Viviendo en tierras helvéticas uno aprende de todo. Lo primero, que hablar una o dos lenguas nunca es suficiente y que el agua de la llave se puede beber sin peligro. Que las vacas pueden echarse sobre sus patas, que hay una dimensión de sabor en el queso a la que sólo se puede acceder si está fundido, y que el maíz debería ser un alimento más global.

Entre muchas otras cosas, claro…

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