1. Paisaje después de la batalla

Ya ni escándalo había, nomás de repente las risas de algún grupo de tlacuaches bien comidos que se saludaban y se platicaban la aventura, el chillido de una que otra rata, los refunfuños del Radomir peleando con la Rigoberta, y el tronido de la casa de donde comenzaba a salir un humo bien espeso. Ya no quedaban muchos animales, y como había fogatas por todas partes nomás se veían sombras de ratas y tlacuaches en medio de la noche, como si regresaran del mundo de los muertos flotando unos para allá, otros para acá entre cadáveres de coches y de humanos, mesas tiradas y pocos restos de comida.

En medio, frente a mí, estaban una paloma toda tiznada, un Ramón todavía medio rosita, la Ratsi rete chula como siempre pero con sus ojitos de loca, y el Ratson. Se habían acercado sin hacer nada de ruido y sí me asusté cuando los vi ahí bien formaditos, como esperando. ¡Ora, dije, no me espanten que me va a dar el patatús! Pero la neta estaba contento de ver a la Ratsi, que ya después de todo el borlote ni la veía tan buena como al principio… No me vayas a entender mal, sí está bien pinche sabrosa y está cabrón no caer en sus redes, pero, al final, era la querencia del Ratson y pus no está chido olerle las secreciones a las hembras de tus cuates. ¡Quihúbole, la Ratsi!, la saludé, ¿qué te pareció la venganza de sus cuatitas ratas? Estuvo chingón, ¿sí o no? Y ustedes, le dije a la paloma, sí nos alivianaron un resto, quién habría pensado que los pájaros se iban a aliar con las ratas.

Ay, Tlacuache, me respondió la Ratsi, ¿es posible que todavía no se te haya quitado lo naco? Deberías haber comprendido que nosotras hacemos alta política y concertamos alianzas con nuestras compañeras de hábitat, no como ustedes los tlacuaches que no se hablan más que de árbol a árbol. Pero no me lo tomes a mal, darling, hicieron un papel bastante decoroso aquí, casi parecían ratas, ¿no es verdad, Ratson querido?

Pinche Ratsi, jija de su rejija, ¿después de todo lo que pasamos para encontrar a los asesinos del Pancho y de las Ramoncitas me salía con su mamada? Qué poca madre, ¿no carnal? Se me hace que puse cara de pedo porque luego luego el Ratson salió al quite: Estuvieron deslumbrantes, Tlacuache, el robo del fuego permanecerá en la memoria ratuna por generaciones, con toda seguridad. Lo que Ratsi deseaba, si me permite el atrevimiento de parafrasearle un poco, fue explicarte que las ratas no tenemos prejuicios ante otras especies, sino que buscamos conseguir de cada una lo que más nos sirve y que todas pueden ser nuestras amigas si aceptan las condiciones del pacto.

Aaah, ta’güeno, le dije, así sí. ¿Verdad que estuvo chingoncísimo cuando mis compadres se robaron toda la munición y dejaron al capo más perdido que un zanate en un centro comercial? ¡La cara de pendejo que puso! Y por extraño que te suene, el Ratson se rió conmigo y me dio la razón: ¡Es verdad, la expresión del capo sólo fue mejor cuando nos vio en los monitores de su sistema de seguridad! Además, Tlacuache, sin esa maniobra lo hubiéramos tenido mucho más difícil, las armas de los humanos son letales incluso para un buen ejército de ratas. Tarde o temprano se les habría acabado la munición, pues debes considerar que somos unos doscientos millones de ratas en el DF y zona conurbada, y nunca habrían tenido balas suficientes para matarnos a todas, pero la intervención de los tlacuaches aceleró nuestra victoria y evitó que miles de ratas perdieran la vida. ¡La victoria de todos!, respondí, ¡hasta les salvamos la vida, compadre! Ya nos íbamos a seguir, pero la Ratsi estaba medio impaciente y no nos dejó: Ratson, querido, ¿no querías explicarle un par de cosas al Tlacua antes de volver al Bordo?, se hace tarde, darling, no queremos estar aquí cuando lleguen los humanos a levantar este tiradero, ¿sí me entiendes?

Bueno, Tlacuache, lo esencial ya lo sabes, comenzó el Ratson, pues ya te dije que en el Consejo de las Ratas te distrajimos con lo que más te gusta. ¡Cómo no, dije, si me llevaron una manzana cubierta con chocolate y chochitos!, hay cosas que no se olvidan. Bien, siguió, y ya te expliqué que allí discutimos sobre la estrategia a seguir y de cómo la red de espionaje que tenemos las ratas en toda la Ciudad informó de nuestros planes a nuestras hermanas en la zona sur a fin de organizar un ejército como el que has visto. Lo que aún no tuve tiempo de explicarte son las estrategias y tácticas principales de nuestra organización militar, que seguramente podrán ser útiles a los de tu especie si saben aprovechar la lección… Pinche Ratson, iba a soltarme uno de sus discursos y no había manera de hacerlo callar pues se lo había ordenado la misma Ratsi. Ni modo, había que escucharlo y fingir interés.

La guerra, continuó el Ratson, se preveía inevitable, y como bien sabemos, la guerra es el asunto más importante para el Clan. Es el terreno de la vida y de la muerte, la vía que conduce a la supervivencia o a la aniquilación. No puede ser ignorada. Mientras tú y yo lográbamos localizar al Jefe de Jefes en su guarida, como lo hicimos, nuestras hermanas se reunieron bajo el mando de un caudillo virtuoso: Ratsi, pues sólo ella posee el don de mando y la capacidad para mantener unido a un gran ejército. Una vez localizado el lugar del enfrentamiento, las ratas de la zona informaron a la central de comando sobre las condiciones climáticas, si habría nubes o luna llena, lluvia o viento; grupos de avanzada estudiaron la topografía a fin de encontrar la mejor accesibilidad para reunir a las fuerzas sin ser vistas: esto fue sencillo, pues las ratas estamos en todas partes y pocas veces nos ven los primates. Finalmente, Ratsi estableció un sistema de premios y castigos para lograr la disciplina que has podido apreciar entre nuestras filas: el castigo consiste en la expulsión del individuo de cualquier clan, el premio en la posibilidad de comer o atesorar todo lo que quede al final de la batalla. Con las ratas del Bordo no fue necesario usar este sistema, el recuerdo de los Ramones y Ramonas agonizando fue el mejor aliciente, pero había otras ratas que no habían peleado nunca: se impuso, pues, la necesidad de controlar y disciplinar estos miles de cuerpos y mentes, ajenos hasta entonces al enfrentamiento con los humanos, a los que se les exigió una obediencia ciega y total en el campo de batalla. Los clones fueron la pieza clave: siempre bajo el mando de Ratsi, los Ramones y las Ramonas organizaron, controlaron y disciplinaron a los cientos de miles de ratas que viste aquí.

Pinche Ratson, siempre con sus largas peroratas. Incluso la Ratsi bostezaba abiertamente y la paloma se había agenciado un trozo de pan y se dedicaba a picotearlo, sólo el Ramón miraba al Ratson embobado, como si estuviera hablando el mismísimo Quetzalcoatl. La neta ya me estaba desesperando, así que lo interrumpí bien gacho: Lo del Consejo y las palomas y las dizque estrategias ya me lo explicaste hace rato, pero nada me dijiste de los hijitos del Pancho: ¿qué pedo con los tlacuarratas? Métele velocidad, cabrón, ¡que no tenemos toda la noche!

El Ratson como que se amoscó pero agarró la onda: Pues bien, ya te lo contaré, pero antes permíteme que te diga que de las palomas no sabes ni la mitad. No fue tan fácil llegar a un acuerdo con ellas, había muchas ratas que estaban en contra, y además había que convencer a las palomas, y no tienes idea de lo difícil que es negociar con pájaros. Luego de una larga disputa, acordamos que una delegación de ratas establecería un grupo de diálogo con ellas; ahí, Rigoberta, Rodion y Rudy les expusieron varios puntos de acuerdo que no te conciernen, más uno. Las palomas, como nosotras, tienen una red de comunicación eficiente. No tan amplia, ni tan rápida, ni tan eficaz como la de las ratas, pero funcional. Ellas nos preguntaron sobre nuestras andanzas en el Centro, sobre todo preguntaron por un Tlacuache mariguano que iba dando tumbos por la Alameda, que es territorio de las palomas, y te aseguro que no hubieras contado esta historia si no te hubieran protegido las ratas del metro Bellas Artes.

¡Achis!, no me acuerdo de nada de eso, le dije. Y no, compa, la mera neta que no recuerdo ni palomas ni ratas, nomás el árbol de Tamoanchan y al Panchito… y a la puta rata o ardilla o conejo o lo que fuera que me agarró de mi cola y me jugó como balero aventándome para arriba y para abajo. Para esto, la paloma parecía que ni pelaba al Ratson, pero ni madres, estaba bien atenta a lo que decía. No me sorprende ni un poco que no recuerdes nada, siguió Ratson, estabas en un estado alterado de consciencia. Las palomas, entonces, pusieron como condición para cerrar un pacto de no agresión con las ratas: su participación en esta contienda, y estratégicamente fue extraordinaria, ¿no es verdad, Cristiano? Ahí intervino la paloma: Currr, sí.

Pero, le pregunté cuando vi que no decía nada más, las ratas querían vengar a sus hermanas, nosotros al Pancho, ¿y ustedes realmente sólo quisieron entrarle a los guamazos por fregar? Currr, por fregar, asintió. ¿Nomás así, por sus huevos? Curr, sí. Curr, ya me aburrí. Se dio la media vuelta y se largó, me dejó con cara de pendejo. Si ya te lo había explicado, dijo el Ratson: A las palomas, Tlacuache, les gusta molestar, fastidiar, les divierte ver cómo se enojan los otros animales, sobre todo los primates. Para ellas, el aliciente fue la emoción y la oportunidad de organizar una lluvia de heces y de ratas sobre un grupo cerrado de humanos. Intrigante, ¿no te parece? ¡Cuál intrigante, pinches palomas culeras! Se ganaron mi respeto, compa: cualquiera que halle como motivación el fregar a los humanos es un cabrón bien hecho, y las palomas demostraron ser unas reverendas cabronas. Hasta me cayeron bien, creo que no me volveré a comer una palomita recién salida del cascarón, por lo menos durante unos días. Bueno, no sólo por eso, la neta es que ya también me dan un poquito de miedo, jejejé. Está bueno, les dije, ora cuéntenme, ¿y las tlacuarratas?

Entonces oí una voz detrás de mí: Sí cierto, ¿qué son esos animalitos que parecen tlacuaches pero también parecen ratas? Era el tío nagual, no el viejito del antropólogo, sino el otro, el que es nagual de un profesor de física cuántica, que se había acercado con mis compadres de Tlalpan, los primos de Acoxpa y otros parientes de la zona que acabábamos de conocer en el mitote. ¡Pinches calientes, nomás veían a la Ratsi y babeaban! Órale, Nicanor, ya vi que le estás cerrando el ojo a la ratesa, le dije a un compadre para que entendieran todos, nomás acuérdate que mi comadre todavía trae cargando a los ahijados en el lomo, ¿eh? Si quieren que les expliquen cómo está el rollo, le bajan a su calentura y se comportan como tlacuaches de honor, no como chivas en primavera, ¿está bueno? Pero ahí me interrumpió la Ratsi: Ay, Tlacua, déjalos, ¿cómo puede ser de otra manera? Una se acostumbra a provocar estas reacciones, darling, escapan al control de cualquier macho con un poco de sensibilidad olfativa. Miren, chicos guapos, les voy a explicar con manzanas cortadas en cuadritos y rápido para que no se me hagan bolas, ¿sí? Las ratacuaches, o tlacuarratas como insiste en llamarlas este Tlacua, fueron parte de un súper experimento que dio resultados im-pre-sio-nan-tes, o sea, wow. Digamos que su amigo Franky y yo tuvimos una relación muy, pero muy íntima de donde nacieron las ratacuaches.

Mis compas andaban bien perdidos: ¿Franky? ¿Alguien conoce algún Franky? No. Yo tampoco… Está hablando del Pancho, les expliqué, ellos le decían así, Franky. El pinche Pancho se merendó a este bizcocho y tuvo hijitos, medio raritos pero simpáticos. ¡Cómo!, exclamaron todos, ¡¿el pinche Pancho se tiró a esta mamasota?! ¡Órale! ¡Qué suerte tienen algunos!

Mientras mis compadres y primos armaban su escándalo por la suerte del pinche Pancho, le pregunté a la Ratsi: ¿Y luego, dónde quedaron mis sobrinitos? Ratsi y Ratson se miraron y luego el roedor me puso una pata en mi garra: Lo siento, Tlacuache, todos murieron en la contienda. Eran temerarios y a ellos no se les pudo disciplinar, su entrada final fue, en realidad, un ataque suicida. ¡No me digas eso, Ratson!, ¿no quedó ni uno de los hijitos del Pancho? Esta es la triste verdad, respondió, eran pocos en comparación con el resto, y no lograron sobrevivir. Jijos, carnal, sí me puse bien triste, porque tontitos y todo eran los hijos de mi compadre y ya me había hecho a la ilusión de adoptar uno o dos. Pero no quise perder la esperanza, iba a buscar hasta debajo de las piedras para estar seguro de que no me estuvieran echando habladas, porque a la pinche Ratsi no le creo nada.

Uy, sí, Tlacua, me decía mientras la ratesa, es súper triste que hayan trascendido todas mis ratacuaches, sin embargo por algo pasan las cosas, ¿no? O sea, creo que la raza cósmica, con todo y que es el futuro para nosotras las ratas, pues se queda como corta, ¿sí me entiendes? Cómo te explico, a ver, ¿sí te fijaste cuando mis ratas caían del cielo, en los palomópteros? No sé, pero creo que lo de ratas del aire no suena mal, nada más que no para esas avechuchas locas… Creo que la verdadera raza cósmica ha de ser algo así como murciélagos pero con el chic y la organización de las ratas, y así.

Ratson y yo nomás nos miramos, ¡pinche rata loca! Y metida en sus mafufadas como estaba, se dio la vuelta para regresar al Bordo; atrás la siguieron varios de los primos, insistiéndole en que ellos podían ayudarle a hacer más tlacuarratas, que no dejara un proyecto tan interesante y que cuando quisiera la irían a ver, que les dejara mostrarle cómo se porta un tlacuache de verdad, no tarugadas como el pinche Pancho. Mugrosos calientes.

Bueno, mi Ratson, pues aquí nos despedimos, le dije. ¿Estás seguro, Tlacuache, no quieres ir con nosotros al Bordo o que te acompañe a la Calzada de Tlalpan? Las ratas conocemos muchos atajos y podemos llegar en muy poco tiempo… No, le contesté, no te preocupes, mano, de aquí sé llegar bien y, además, todavía me quedé con hambre, ¿tú crees? Además, necesito pensar un poco en todo lo que pasó, en el Panchito, en los tlacuarratitos. Fue bien chistoso, como que ya no me caía tan mal el pinche roedor, hasta me entristecía que se hubiera terminado nuestra investigación, justo cuando había empezado a gustar, y creo que al Ratson también le daba como esa que le llaman nostalgia. ¡Menuda aventura hemos corrido!, dijo, en algunos momentos llegué a pensar que nunca encontraríamos al narco. Sí, le dije yo, la neta yo también dudé un poco, pero así en retopersiva estuvo bien emocionante, ¿qué no? Me puso su garrita en un hombro: Retrospectiva, Tlacuache, se dice retrospectiva, y me miró otra vez con sus ojitos burlones. Fíjate, en vez de darme coraje hasta nos reímos: ¡Pos eso mero!, y ándale que te está esperando tu Ratsi. Ái cuando vayas a visitar a tus amigas de los hospitales pasas a mi árbolito para platicar, le dije. Por supuesto, y tú siempre serás bienvenido en el Bordo, cacahuates nunca nos faltan. Hasta pronto, Tlacuache, me dio gusto que estuvieras conmigo, al final de todas las cosas. ¡Chale, Ratson, hasta el final con tus palabrejas!

Epílogo

No quería irme con los demás, preferí quedarme un rato solo entre las ruinas. Habían sido tantas aventuras que me mareaba nomás acordarme, y necesitaba tiempo para reflexionar sobre todo lo que había pasado desde que el pinche Pancho estiró la pata. Bueno, eso es lo que les dije a la Ratsi y al Ratson y a mis compas tlacuaches, pero en realidad todavía tenía hambre y esperaba comerme algunos restos del banquete, con suerte no todo había sido destruido en la batalla. Y, la neta, también me hacía ilusión la idea de encontrar en los escombros de la casota a algún tlacuarratito sobreviviente, de adoptarlo en memoria del Pancho y de educarlo al modo tlacuache, para liberarlo del mal influjo de las ratas rateras.

A lo lejos ya alcanzaba a oír los aullidos de los camiones con sus humanos adentro, seguro no tardaban en llegar así que me apuré a buscar algo de comer o algún sobrino. Entonces llegué hasta lo que quedaba de la casa donde guardaban al helicóptero y ahí, delante de las llamas, descubrí a un bicho raro que miraba fascinado el incendio y decía: ¡Qué caló! ¡Qué caló! No era tlacuache, ni parecía rata, aunque tenía dientes de roedor, pero tampoco tenía pinta de tlacuarrata. ¡Quiúbole, compadre!, lo saludé, ¿has visto algún tlacuarratito por acá? ¿Un tlacuarraqué?, me miró tan sorprendido que no tuve que preguntar más para saber que no tenía ni puta idea de lo que estaba hablando. Pos nada, le contesté, estoy buscando unas ratas que son mis cuates. Pero tú no eres rata, ¿verdad? ¡Yo rata!, gritó ofendido, un cervidó ej un hámzter, y pa que lo zepaz, un hámzter nacido en Ejpaña, la cuna de la lengua que hablaz tan mal. ¡Eras tú, carnal! La neta me sorprendió encontrarte ahí, en medio de las ruinas de la narcada y hablando tan extraño, ¿Y qué haces acá, tan cerca del fuego?, pregunté. Pué, cuando empezó el foyón que armajtéiz lah ratah y lah zarigüeyah me ezcapé de mi jaula donde me tenían encerrao loh humanoh, y me quedé fazcinao viendo ejte fuego tan maravillozo. ¡Qué caló! ¡Qué caló! La leche, aquí hace máz caló qu’en Écija. No, pos en la vida había oído yo hablar de ese lugar: ¿Ésija? ¿Y eso dónde queda o con qué se come o qué? Chale, no hubiera preguntado, empezaste con tus mamadas: ¡Écija! ¿No conocez Écija? No, dije, la neta que no me suena. ¡Joder!, te reíste de mí, pinche hámster: ¡No conoce Écija el tío! ¿Ej pocible cer tan paleto? Écija, provincia de Zeviya, autonomía de Andalucía, ej el pueblo donde máz caló hace en Ejpaña. ¿Y se llama Ésija?, dije nomás para no quedarme callado. ¡No, Écija, con ce! Oye, parecería que erez de ayí, pué hablaz como mih primoh de Écija, que también dicen Ésija, con ssss, pero lo correto ej Écija, ej que no zaben pronunciar la ce mih primoh de Écija, jaja, hablan como tú, dicen Ésija, loh muy gilipoyah no zaben decir bien el nombre de zu pueblo, dicen Ésija, pero ej Écija, É-CI-JA. Ci zupieraz hablal correctamente el ejpañol diríaz Écija. Ándale, como tú, ¿verdad?, porque tú si sabes «hablar correctamente», roedor tarado, y lo confirmaste con orgullo: Cí, que yo vengo de Lebrija, como la gramática, que era mi tatarabuela, jajajá. Como ya me estaba enchilando con tus babosadas, intenté cambiar de tema fingiendo interés por tu patria chica: ¿Y dónde queda tu pueblo, cómo dices que se llama, Nebrija? ¡Lebrija!, me corregiste indignado: Provincia de Zeviya, autonomía de Andalucía. ¿Igual que Ésija? ¡É-CI-JA, joder!, gritaste furioso: Parecez un cazo peldido. Vozotroh loh indioh nunca aprenderéiz a hablar el ejpañol como manda doña Academia, no zoiz civilizableh, diga lo que quiera el padre de lah Cazah.

Así fue como nos encontramos, ¡qué manera de conocerse!, ¿sí o no carnal? ¡Casi nos agarramos a madrazos! Ora que lo recuerdo hasta me gana la risa. Al principio me caíste bien gordo con tus decires dizque andaluces y tu forma de palabrear tan rara, pero ya ves, nos hicimos cuates y hasta me llevaste a la cocina de la mansión y a la despensa donde el narco guardaba las provisiones para su consumo del diario y que no habían sido destruidas. ¡No, pos así cualquiera se hace amigo de un hámster! Con la panza llena se habla mejor, se hace uno más tolerante, más comprensivo con el prójimo, ¿qué no? Entonces me olvidé de tus chingadas Écijas y Lebrijas y te pregunté sobre lo que más picaba mi curiosidad: Oyes hámster, ¿por qué estás tan solo acá? ¿Dónde están los demás animales? ¿Qué animalez?, me preguntaste todo sacado de onda. Lo vi en el cine: el Jefe de Jefes tenía un zoológico con tigres, leones, rinocerontes, cocodrilos, monos, guacamayas, en fin, un titipuchal de animales de todo el mundo. Me miraste todo serio: No cé de qué me hablaz, nunca he vijto ni olido ejtoz animalez aquí y no creo que exijtan. Yo luego luego desconfié, creí que me querías hacer tarugo, que me querías esconder el secreto del zoológico, por eso te presioné: ¿Qué tengo la cara de pendejo o de que nací ayer? ¿Me quieres hacer creer que el Jefe de Jefes, el mero mero petatero, el famoso Don Gregorio sólo tenía un… un hámster? Chale manito, de haber sabido que es más fácil matar a un narco que hacerte hablar, ni pregunto, no quisiste soltar prenda: Te lo juro, ej la máz pura veldá: no tenía otraz majcotaz, bueno, aparte de un gato engreído medio gilipollaz que desaparecía de vez en cuando y volvía a aparecer, o zea, ez como zi no ejtuviera, y de veldá zólo me tenía a un zervidó, y me yamaba Jumfri, Jumfri Bógar, no cé por qué, pué mi nombre veldadero ej Jeriberto, pero el capo tenía muy mal gujto, muy hortera como todoh loh narcoh, y por ezo zupongo ce empeñaba en yamarme Jumfri Bógar. Tanto te montaste en tu macho de que no había ningún zoológico que al final sí me convenciste: Está bueno, ya carnal, te creo, dije, pero, ¿qué chingados hace un hámster de Lebrija en Zacatepetl? ¡Me cecuejtraron!, te lamentaste. ¡Órale, qué fuerte! ¿Te plagiaron? Lueguito dijiste que no con la pata: No, plagio no hubo, que yo zoy único y auténtico, pero me cecuejtraron cuando curraba de mazcota de un taxijta en Valencia, que ciempre me yevaba concigo en el taxi, decía que no me quería dejar encerrado en caza con la caló que hacía pué en el coche tenía aire acondicionado, y ací íbamoz dando vueltah too el día, él en zu taxi por la ciudá y yo en mi rueda. Hajta que un día ce zubieron doh tíoh y le exigieron que lez pagace una cuota que le pedían pa dejarlo en paz pero el ce negó y empezaron a pegarle unah hojtiah, y él que no, que no, que no iba a pagar, que eran unoh extorcionadoreh de mielda, y le pegaron máz tortah, y cuando vieron que ce ceguía negando me cecuejtraron a mí, «Noz pagaráz o no volveráz a ver vivo a tu hámzter». ¡Y nunca pagó, el muy tacaño! Loh tíoh me vendieron a una ejtudiante mexicana, que me yevó a México, y ayí la acecinaron unoh cicarioh malvadoh, pué rezultaba que la tía era hija del capo y loh acecinoh eran pijtoleroh de un cártel con que ze había peleao, el de loh colombianoh, y ací me adoptó el capo, que ciempre me decía que le recordaba a zu hija y que lez iba a dar en la madre a loh pincheh cerdoh que la mataron, que primero lez iba a dejtripar a lah burrah que mandaban con la panza yena de coca y depué a loh zicarioh que enviarían pa’ averiguar qué lez había pazao a lah chicah, hajta que yegara el jefe mizmo, al que juró dezcuartizar perzonalmente.

O sea, que a las chavas que tiraban en el Bordo las mataban por venganza, y para atraer a los narcos colombianos, todo era una trampa que les habían tendido para atrapar al capo de ellos y convertirlo en machaca para tacos. Y lo consiguieron, pues los dejaron destrozados en la matazón del restaurante. Sólo que no habían contado con los tlacuaches. Ni con las ratas. Que también somos muy vengativos. Pinches humanos, nunca cuentan con nosotros. Pos sí compadre, y ahora estoy aquí sentado en una barda mirándolos cómo recogen tiraderos ajenos. Qué caras tan vaciadas ponen, ¿verdá? Ala, Tacuache, y tú, ¿cómo yegazte aquí? ¡Uy compita! Es una historia así de larga…  Pué cuéntala, tenemoz tiempo.

Pus qué te cuento, carnal. Todo empezó cuando se enfrió el Pancho. Pinche Pancho, se palmó por un poco de polvo… Eh, carnal, ¿me estás escuchando? ¿Heriberto?… Pinche hámster, se durmió.

 

 

Relación de robos y pillajes

Los tlacuaches somos ladrones, pero no maleducados, y por eso nunca nos olvidamos de dar las gracias a los que se dejaron robar, y la neta es que sí tomé alguna frasecita, alguna idea que no me pertenecen de pleno derecho, pero de las que saqué buen provecho, y que agradezco a los despojados, o sea, al profesor Alfredo López Austin, autor de nuestro libro sagrado, y a su colega Miguel León-Portilla, a los insignes poetas Nezahualcóyotl y Macuilxochitzin, a Fer­nan­do de Alva Ixtlilxóchitl y al Códice Florentino, a las canciones de los Tigres del Norte, Cri Cri, el Komander, los Tucanes de Tijuana, Movimiento Alterado, los Buchones de Culiacán, Cuco Sánchez, Maná, Chava Flores, Alberto Cortés, Chava Flores, Óscar Chávez, Pink Floyd, Cár­tel de Santa y Gerardo Ortiz, a Stan Laurel y Oliver Hardy, a Huevocartoon Producciones, a Walt Disney, a Pablo Neruda, Elena Garro, Gabriel García Márquez, Hugo Argüelles, Armando Ramírez, José Emilio Pacheco, Ramón López Velarde, Alfon­sina Storni, Óscar de la Borbolla, Julio Cortázar, José Vascon­celos, Lazarillo de Tormes, Lope de Rueda, Pedro Calderón de la Barca, Luis de Gón­gora, César Vallejo, Élmer Mendoza, Ángelo Nacaveva, Jesús Vargas Váldez, Hilario Peña, Gonzalo Martré, Heriberto Yépez, Bernardo Fernández, Leónidas Alfaro Bedolla, Mario González Suárez, Alejandro Almazán, Yuri Herrera, Juan Pablo Villalobos, Daniel Sada, P. J. Sainz, Alberto Ponce de León, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, Martín Solares, Carlos Velásquez, Orfa Alarcón, Juan Villoro, Miguel Hernández, Federico García Lorca, François Villon, Jose­maría Escrivá de Balaguer, Fray Luis de León, Juan Rulfo, Homero, Platón, Virgilio, Konstantín Stanislavski, los hermanos Marx, Pancho Villa, Snorri Sturluson, Gün­ter Grass, Andrzej Zaniewski, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Luis Martín-Santos, Juan Goytisolo, Andrés López López, Jorge Franco, Dante Ali­ghieri, Toño Andere, Sony Alarcón, Miguel Ángel Asturias, Copi, Rigoberta Menchú, Rabindranath Tagore, Fiodor Dostoievski, Sir Arthur Conan Doyle, Agatha Christie, Sam Savage, Max Aub, Augusto Monterroso, Homero Aridjis, San Juan de Patmos, Alfred Hitchcock, Gonzalo Soltero, François Rabelais, Théophile Gautier, Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, Jorge Carrión, Roberto Bolaño, los herma­nos Grimm, el Tlacuaches Rugby Club de la ENAH y la hinchada mexicana del último Mundial, Alfonso X a.k.a. El Sabio, Akif Pirinçci, Fernando Vallejo, Sun Tzu, John Ronald Reuel Tolkien, José Luis Alonso de Santos, Porfirio Díaz, a los papas Joseph Aloisius Ratzinger a.k.a. Benedicto XVI y Jorge Mario Bergo­glio a.k.a. Francisco I, Vladímir Ilich Uliánov a.k.a. Lenin, a los narcos aunque me caigan gordos, Vicente Carrillo Fuentes a.k.a. El pinche Viceroy y Joaquín Guzmán Loera a.k.a. El pinche Chapo Guz­mán, a los anónimos vendedores ambulantes del metro del DF y la canalla de pinches autores analfabetos de narcomantas, a un taxista de Valencia y a todos los demás cuyos nombres no recuerdo o nunca conocí. Pero no voy a decir dónde escondimos el botín: el que busca, encuentra.

Deja un comentario

Tendencias