1. El túnel

Ya no quedaban muchos humanos en condiciones de resistir. Mientras en algunos lugares del jardín devastado se prolongaban las últimas batallas, mis compitas tlacuaches ya habían tomado por asalto el bufet para atacar, ora sí, los restos de comida esparcidos en el piso, claro, no iban a permitir que se perdiera tanta ricura y, la neta, carnal, no me faltaban ganas de juntarme a la comilona, pero el pinche Ratson y yo teníamos una misión que cumplir: darle en su madre al Jefe de Jefes. Con la batalla casi se me había olvidado, a lo mejor ya se escapó, pensé, pero no: lo vi en la terraza de la mansión, adonde se había retirado con un grupo de sicarios que intentaban defenderse con patadas y culatazos contra el furibundo ataque de las tlacuarratas, rompiendo huesos y machacando cráneos, pero se notaba de lejos que ni así aguantarían mucho más, y seguro lo comprendió Don Gregorio pues se metió en la casa y cerró la puerta desde dentro, y parece que con llave y cerrojo, el muy traidor, porque sus guaruras que intentaron seguirlo no la pudieron abrir ni echándose contra ella con todo el peso de sus cuerpos y no tuvieron de otra que volver a luchar con los hijos del Pancho, pero ni modo, cayeron uno tras otro bajo el ataque justiciero de la raza cósmica, como los llamaba la loca de la Ratsi.

¡Se escapa el cabrón capo!, grité, pero el Ratson no perdió la calma: No te preocupes, Tlacuache, tenemos todo el jardín bajo nuestro control: no hay salida ni para una rata, mucho menos para un primate tan grandote. Está atrapado en la trampa, pronto sabrá lo que uno siente al estar encerrado en una ratonera. No pudo convencerme: La confianza es buena, pero el control es mejor, le contesté, vamos a ver a dónde quiere volar nuestro pájaro. Mira allá, en esa ventana del primer piso, le dije, acaba de encenderse la luz: te apuesto un güevo que allí lo vamos a encontrar. Y sin esperar la respuesta me eché a correr tronco abajo, para que por una vez la rata fuera quien tuviera que ir atrás de mí.

Corrimos hasta la casa saltando por encima de los cadáveres y esquivando en zigzag incendios que ardían por todos lados. No fue difícil encontrar un árbol y subir hasta la ventana donde lo que vimos me dio la razón. La habitación estaba llena de cajas iluminadas en que se veían imágenes movidas de la mansión y del jardín, y todas mostraban claramente nuestra victoria: humanos perseguidos por ratacuaches rabiosos, humanos siendo devorados por las ratas, tlacuaches comiéndose sopes y quesadillas y chiles, o sea, todo el desmadre, y la neta es que aquí se podía mirar mucho mejor que desde el otro árbol porque todos los lugares del campo de batalla se veían en esta habitación, todos al mismo tiempo y desde ángulos diferentes. Y allí estaba Don Gregorio frente a estas imágenes, apretando botones como loco y girando palanquitas, y aparecían aún más imágenes, de cada vez más lugares, hasta de los más remotos rincones, y en todas se repetían las mismas escenas de nuestra heroica lucha y la derrota humana. Y entonces pasó algo bien chistoso, carnal: en una de las cajas se veía la casa con una ventana iluminada, y en la repisa de la ventana dos bultos oscuros, entonces la ventana se hizo más grande y se vieron las espaldas de una rata y un tlacuache. Don Gregorio se levantó para mirar más de cerca la imagen, y se hicieron aún más grandes la rata y el tlacuache, hasta que ya no me cupo duda: ¡Órale, somos nosotros!, le dije al Ratson, y él, como si no me lo creyera, levantó una pata y la movió como para saludar, y la rata de la imagen hizo exactamente lo mismo. Don Gregorio se echó pa’trás como espantado por vernos allí, tropezó con una silla y terminó en el suelo. ¡Híjoles, ya se cayó este cabrón! ¡Sóbate la cola, puto narco de mierda! Para que le duela más, le dije al Ratson, y éste nomás soltó una de sus frasecitas: Cuanto más alto volamos, Tlacuache, nos duele más la caída. Y entonces Don Gregorio, todavía en el piso, miró hacia nosotros y ¿cómo explico, carnal?, ¿viste alguna vez el horror en los ojos de un humano? ¡Cállate la boca!, te juro que los ojos de Don Gregorio eran los más horrorizados que te puedes imaginar, aunque la verdad no era para tanto: ya sé que a los humanos les dan harto miedo las ratas y hasta lo entiendo, pinches roedores jetones, pero no está diatiro tan feo el Ratson para poner esa cara de pánico. Entonces, que agarra el pinche narco su cuerno de chivo y que nos apunta derechito a nosotros pero el arma sólo hizo clic clic clic, pos claro, si se había quedado sin balas. ¿Y qué crees que hizo el pendejo? ¡Que nos avienta su cuernito!, pero el Ratson y yo, bien aguzados, nos agachamos y sólo rompió los vidrios de la ventana; entonces agarró la silla y que nos la avienta también bien encabronado, pos claro que nomás logró romper lo que quedaba de los vidrios, y cuando se dio cuenta de que seguíamos allí se dio la vuelta y echó a correr, y como nos había abierto la ventana tan amablemente, no esperamos más invitación y entramos a perseguirlo.

Lo vimos bajar unas escaleras y desaparecer en un cuarto, y corrimos tras él, pero en el cuarto ya no estaba: era un baño, con una tina enorme que había levantado no sé cómo, y debajo aparecían otras escaleras que daban vueltas y bajaban para abajo de la casa y como no había ventanas ni otra salida, dedujimos que era por allí que debía haber huido. Entonces nos lanzamos en chinga para no perderlo y llegamos hasta los bajos de la mansión justo a tiempo para ver cómo, al fondo de un largo túnel, el narco abría una tapadera de metal y se metía por un agujero redondo. Y ahí te vamos nosotros corriendo atrás de él, nos metimos también y salimos en otro túnel más grande por el que corría un arroyito de agua sucia. Estaba oscuro, contra las paredes retumbaban los pasos de Don Gregorio, y entonces recordé aquella frase misteriosa de El Sabio que me había dicho el nagual: «El ladrón es el ser que puede penetrar en el gran tubo». Y de golpe comprendí lo que quería decir: como un rayo, como si algo se hubiese iluminado adentro de mi cabeza, tan fuerte que me quedé engarrotado, y por un momento fue como si todo lo demás hubiera desaparecido y existiese sólo este túnel, oscuro y solitario, el mío, el túnel en el que había pasado mis años de cachorro, mi juventud, toda mi vida, y sentí que este túnel era mi destino, que era el túnel de mi especie, el gran tubo anunciado por mis ancestros, y que por este túnel tenía que pasar, pasara lo que pasara por este pasadizo tenía que avanzar. Sentí que la garganta se me contraía dolorosamente, pero no vacilé: iría hasta el final del túnel porque sabía que allí estaría la respuesta, la solución, el final de la búsqueda y de todas mis inquie­tudes, y que después todo serían bailes y fiestas y alegría y frivolidades. ¡Es el gran tubo!, le dije al Ratson, ¡y yo soy el ladrón! Es el drenaje, me contestó Ratson, y tú eres un tonto si te quedas ahí parado con cara de alucinado. Corre, Tlacuache, si no quieres llegar tarde. Y penetramos en el gran tubo.

En la oscuridad del túnel húmedo y apestoso se oían los pasos y jadeos de Don Gregorio que se alejaban cada vez más. Olía a moho, caca y comadreja, y el suelo era blando y al caminar se enterraba uno en el limo hasta las rodillas. ¡Se nos va a escapar!, le grité al Ratson que corría a mi lado. Ya te he dicho que no te preocupes, me respondió, si fuéramos humanos a lo mejor lograría huir por el drenaje, pero a las ratas nadie nos gana en nuestro propio territorio: vivimos en las alcantarillas, las cloacas y las cata­cumbas de los humanos, todo lo que ellos construyeron bajo la tierra hoy nos pertenece, las galerías subterráneas, las minas y los pozos, y podemos seguir las rutas principales y las rutas secundarias e internarnos por los túneles que nuestra propia gente ha construido, sin miedo de perdenos. No hables tanto y mejor apúrate, le regañé, el pinche narco corre más rápido que nosotros. Créeme, Tlacuache, de este túnel no saldrá vivo, me contestó con toda tranquilidad el pinche roedor.

Y bueno, ya ni para qué te cuento, carnal, una vez más tenía razón: al final del túnel había otra gran puerta de metal cerrada, y Don Gregorio forcejeaba desesperado con una palanca para abrirla. Estaba atrapado, pero era un humano grandote y nosotros nada más que una rata y un tlacuache y, aunque el Ratson parecía tenerlo muy claro, yo nunca había pensado sobre qué haríamos cuando lo tuviéramos enfrente, la neta no creí que llegáramos tan lejos. Nos paramos a una prudente distancia sobre las patas traseras y mostrándole nuestros dientes y garras para que viera que estábamos dispuestos a todo, que no lo dejaríamos pasar de ninguna manera. El pinche narco se agarraba a la palanca y trataba de moverla con todas sus fuerzas, echándonos miradas de pánico y sudando de miedo como un cerdo rumbo al matadero. No sé quiénes son, nos gritó fuera de sí, no sé para quién trabajan ni para qué me quieren, pero todavía no me han vencido, a mí no me vence nadie, soy el Jefe de Jefes, cuando sepan contra quién se metieron será tarde para arrepentirse, los asaré y los freiré y me comeré hasta sus almas de pinches ratas, de pinches tla… y ya no dijo –cuaches porque en este momento cedió la puerta y Don Gregorio, sorprendido, se cayó de espaldas y las palabras se le reborujaron en la boca cuando vio lo que lo esperaba del otro lado.

Bienvenido al reino de las ratas, lo saludó, con una sonrisa pérfida, la Ratsi, y ¡BIENVENIDO!, la corearon contentas las miles de ratas blancas que la acompañaban, y otra vez ¡BIENVENIDO!, pues lo roedor no les quita lo cortés, y ¡Carajo! fue lo último que alcanzó a decir Don Gregorio antes de que se le volcaran encima cientos de Ramones y Ramonas que por fin iban a vengar a sus hermanos, y el Jefe de Jefes se hundiera bajo una maraña blanca de patas, hocicos y colas tiesas. ¡Qué carnicería! Una cosa es contarla, carnal, pero otra fue vivirla. ¡Qué pinche impresión! El Ratson se quedó atarugado mirando a la Ratsi, como si todo lo que hicimos fuera un homenaje a la gran ratesa del Bordo, pero yo no me perdí de nada. Sólo por momentos se medio veían algunos trozos de su cuerpo perforado por las dentelladas, las manos que en vano tapaban sus ojos y orejas, la sangre que le corría por todos lados: no había salida, los Ramones y las Ramonas lo hicieron pedacitos con una rapidez admirable. De veras que estas ratas güeritas sí estaban bien encabronadas, no perdieron ni un ratito y todas tuvieron su parte de narco donde echar para fuera su coraje.

Del revoltijo de ratas salieron volando pedazos de su camisa y sus pantalones, y como era lo único que tenía para descargar mi propia cólera, pisoteé los jirones de tela y los refregué hasta convertirlos en guiñapos sucios. ¡Ya nunca más envenenarás tlacuaches, pinche narco hijo de la chingada!, grité. Pinche lacra del basurero humano, malditos sean tú y los que son como tú para toda la eternidad. Y lo maldije al modo ancestral de los tlacuaches, que todos nos sabemos de memoria para lo que se ofrezca: Maldita sea tu saña, Don Gregorio, que no tenía límite, maldita sea tu ira, que fue muy dura y mala, pues fuiste un pendejo con tu rabia y obcecado en tu locura, un hombre que había olvidado toda lealtad y ley, que no creía en nada, cruel hasta no poder más, asesino de tu señor, enemigo de tu raza, destruidor de tu tierra, culpable de traición contra todos los tuyos; amargo será siempre tu nombre en la boca de quien lo nombra, dolor y rencor sembrará tu memoria en el corazón de quien lo recuerda, y serás siempre maldito de cuantos de ti hablarán. Y gritando así des­pedazaba lo que quedaba de sus vestidos, que ya no era mucho, la neta que las ratas habían hecho un buen trabajo, lo habían machacado, espachurrado y aplastado, desgarrado, despanzurrado y destripado, mordido, carcomido y corroído, lo habían desmembrado, desmenuzado y triturado, arañado, que­bran­tado y pulverizado, en fin, le habían dado la muerte que merecía, que merece toda esa plaga de pinches narcos canallas mugrosos, morir destrozados y devorados por las ratas que en el fondo coreaban: LOS HUMANOS, ¡OH, LOS HUMANOS!

  1. El gato de los sicarios

¡Qué megadesmadre, compa! ¡Jajai! Cuando salimos para afuera nos encontramos un paisaje de irse para atrás: de la dizque fiesta del capo no quedaba nadita de nada, ¡pero qué tal la fiesta para los animales! Las palomas picoteando los restos de pastelitos y panes, mis colegas tlacuaches atiborrándose las panzotas de comida buenísima, las ratas royendo los huesos de los fiambres, las Ramonas y los Ramones bañándose en la alberca para quitarse los restos de sangre y quedar de nuevo blanquitas blanquitas, dizque algo del agua que se llama cloro les ayudaba, decían, y sí, salieron hasta brillositas. Todos los animales bien contentos, ¡hasta el pinche gato lameculos le entró sabroso a la comedera! Con mucho cuidado me le acerqué, no me fuera a atacar de nuevo. No mames, le dije, pinches gatos, son todos iguales de traicioneros, acaba de enfriarse tu amo y ya estás aquí tragando tan campante con las ratas y las palomas, de verdad que no tienen lealtad ustedes, son todos unos cabrones que primero aceptan convivir con los humanos haciéndoles gracias y luego les vale sombrilla lo que suceda con ellos. Dizque los protegen de las ratas y los ratones, ¡puras habas!, mírate aquí entre puro roedor apestoso. ¿Y sabes qué me respondió el méndigo felino, carnal? Y a ti qué, me dijo, tú qué sabes de las maniobras de los gatos domésticos o de la vida que tenía yo aquí con este narquete; mira Tlacuache, ni era mi «amo», ni yo le servía, ni me importa lo que le haya pasado: odio cazar, y si los ataqué a tu amigo y a ti fue para cubrir las apariencias y para evitar que otro intruso más se colara en esta casa. El naco ése recibió apenas lo que merecía, ¿y sabes por qué? Porque yo soy un gato de raza pura, un persa auténtico con la cara tan chata que apenas puedo respirar, soy un animal noble, bello, y a él yo no le importé nunca, porque me tenía siempre abandonado y no era para hacerme un cariño o para decirme una palabra bonita, a mí que sólo debo recibir adoración. ¿Qué le costaba decirme de vez en cuando, Merrin, te ves guapísimo?, ¿Merrin, ven que te voy a cepillar esa mata brillante y hermosa que tienes?, ¿eh? Yo aquí nada más era un adorno que le espantaba los ratones y le hacía ver más chic la sala de la casa, una máquina de ronronear, una pieza de arte natural que le hermoseaba la decoración. Que, por cierto, era feísima pues el narquete tenía un gusto pésimo, también por eso me alegra esta destrucción, lo feo debe morir. En cambio, mírame bien: yo aún sigo hermoso, ¿no te parece?, incluso luego de que tú y tu amiga rata me atacaron, me mordieron y me dejaron ahí arriba del árbol y me llené de ramas y hojas y tierra, ¡qué asco!

No, pues sí, le dije, de que estás bonito sí estás bien bonito; aunque aquí entre nos, compita, la neta no le iba a pedir disculpas por las mordidas, además me sonaba bien raro que fuera tan presumido, ¡pos cómo iba yo a saber lo que le había hecho el cabrón narco! Pero, pss, si tan mal te trataba el güey éste, le pregunté, ¿por qué chingados no te largaste, gato? A mí se me hace que nomás por la comodidad de vivir en una casota y que te den sus sobras para comer, ¿qué no?, ¿pinche lameculos? Ay, Tlacuache, me dijo, qué vulgaridades se te ocurren: yo me alimento de croquetas y carne para mi especie, hoy me he permitido un gustito sólo para festejar mi liberación pero seguramente mi arenero sufrirá las consecuencias, y el único culo que lamo es el mío. Si no abandoné al capo, incluso cuando me trajo al intruso, al maldito extranjero que me robó la poca atención que me brindaban, fue por miedo. Poco después de que me mandó operar, mientras yo convalecía apenas con fuerza para beber algo de agua, el infame trajo al otro… el que habla tan raro, el que me suplantó en el afecto de todos, el que le recordaba al narco «lo único bueno que había hecho en la vida», según decía él, «el símbolo de su venganza». Quise huir de esa afrenta, irme lejos para ser feliz pues por fin vivía en el cuerpo que debía tener. Salí por donde ahora entraron la rata y tú, vagué un par de días y luego de mucho caminar, aún débil por la reasignación, sucio y despeinado, caí en una casa cercana. Ahí un humano me alimentó, me lavó y peinó, y lo más importante de todo, me mimó. Me mimó como sólo lo merece un hermoso gato persa, ¡creí que había llegado a mi paraíso personal! ¡Por fin alguien se haría cargo de mis necesidades, sobre todo de la más importante: apreciar mi belleza! Yo no sé si vas a crecer más o no, gato, me decía, pero así como estás eres la maravilla. El pelaje del cuerpo a la luz del sol me daba visos dorados y él me tomaba en sus brazos y me cepillaba y me curaba mi breve herida. Órale, le dije al pinche gato, ¿y por qué no te quedaste ahí si tan bien te trataba el humano? La fatalidad que me persiguió… Ocho días, Tlacuache, ocho días de una dicha interminable, maulló en respuesta, él me fotografiaba y me limaba mis uñas y me hablaba como se le habla a un gato: con amor y entrega absolutas. Mira gato, me decía, tú tienes una ventaja sobre mí y es que eres animalito, y cuando mueras irás al cielo de los gatos que es al que no entraré yo porque soy parte de la porquería humana.

Ah chingaos, le dije, ¿un humano diciendo eso de su especie?, no pos sí que está raro, ¿y luego? Y luego, Tlacuache, la desgracia. Un día tomábamos sol mirando por la ventana y el narquete nos vio: poco después un par de rufianes entraron en casa de mi humano y le gritaron vulgaridades horrendas, ¡maldito puto, maricón, te robaste el gato del jefe! Y ahí, frente a mí, le dispararon. ¡Cuidado, gato!, alcanzó a gritarme mientras caía frente a mí, y me seguía admirando desde el abismo de sus ojos verdes. Los rufianes me metieron en una jaula y me trajeron de vuelta a ésta otra; cuando el narco me vio, dijo que él había pagado por un gato de raza y que él había pagado mi transición, y que mataría a quien quisiera robarme otra vez. Por eso me quedé, no soportaba la idea de que siguiera matando por mi culpa, por la posesión de mi belleza.

¡Órale, le dije, qué fuerte tu historia! La neta a mí me seguía cayendo retegordo con eso de que su belleza y de que lo admiraban y esas mamadas, pero pos también tenía razones para odiar al capo. Nomás me quedaba otra curiosidad, que no me atrevía a preguntarle porque me daba vergüenza, y es que nunca había conocido a ningún animal al que hubiera operado un humano como no fueran las Ramonas y Ramones, pero pos ellos chambiaban con ellos en sus laboratorios… los gatos no. Al final pensé, ya puestos a platicar, chingue su madre el gato y le pregunté así, al tiro, Oyes, gato, ¿y de qué te operaron o qué? Ah, me dijo muy contento, me castraron. ¡Putísima madre! ¡Con razón odias al güey éste! No, carnalito, si a mí me rebanaran mis cacahuatitos también le agarraba odio eterno a todo el mundo, me cae de madres. ¿Y sabes qué me dijo el gato? Algo bien extrañísimo, carnal, que a él no le molestaba que le hubieran cortado los güevitos, que ahora es más feliz y su única preocupación es no subir mucho de peso para mantenerse bien precioso. Bueno, no me lo dijo así exactamente, pero sí se veía contento y yo me dije para adentro, pos cada quién. ¿Y ahora qué vas a hacer?, le pregunté, ¿vas a quedarte en el bosque o qué de qué? ¡Válgame, no, qué horror!, dijo, voy a buscar algún otro humano que me atienda, seguramente no me costará trabajo pues aquí muchos vecinos me miran con avidez y saben que el peligroso es el otro, el intruso.

Pinche gato mamón y presumido, que le haga feliz vivir sin sus cacahuates está bien, cada quien su vida y uno respeta, pero que vuelva de rastrero con los humanos nomás para que le den de comer y lo mimen y lo apapachen, ¡sí me cae gordo, carnalito! No, si por eso hay que andarse alionado con perros y gatos: viven con humanos y sus amos los humanizan con lo que dejan de ser perros o gatos, o viven en el cerro y se vuelven asesinos. Pero de pronto se quedó mirando algo detrás de mí, se le pararon todos los pelos y se fue: Adiós, Tlacuache, alcanzó a despedirse, hasta para la fealdad hay límites y el mío acaba de ser rebasado, y que te vaya bien, que te pise un carro o que te estripe un tren. ¿Pos ora?, me di la vuelta y entendí, ¡cómo no se iba a largar el pinche gato presumido! Ahí detrasito de mí estaba el Ratson con un Ramón, una paloma y la Ratsi.

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