- La señal
Pus mira, manito, a mí me encantó la canción del tlacuache y la rata, la neta que me gustó mucho, pero el tal Don Gregorio les armó una tremenda bronca a los guacamayos, que ponían unas caras bien vaciadas, como de espanto, como si les arrancara sus plumas una por una, para decirlo en metáforas como dice el Ratson que se dice cuando en vez de decir las cosas como son se dicen de un modo enrevesado y rebuscado y como poniéndoles florecitas, no sé si me entiendes lo que quiero decir. Los guacamayos sí que comprendieron lo que les dijo Don Gregorio en la cagotiza que les puso, pues en su siguiente canción que cantaron se quejaban de los golpes en el corazón que les había dado, y no sólo a ellos, pues a mí también me dolió mi corazoncito por no poder seguir escuchando las cosas tan chidas que cantaban de mí y del pinche Ratson. Ni modo.
Vamos a inspeccionar el terreno, dijo de repente la rata. ¿A hacer qué?, le pregunté. A pasearnos un poco por el jardín y la casa, explicó, para hacernos una idea del lugar y ver si todo está listo. ¿Listo pa’ qué?, me sorprendí, y al hacerle la pregunta caí en la cuenta de la importancia del asunto, o sea, ¿qué chingados hacíamos allí un marsupial indefenso y un pinche roedor presumido, solitos y abandonados en un jardín que estaba hasta la madre de humanos ojetes que, si nos vieran, seguro nos dispararían con sus armas y en un abrir y cerrar de ojos nos harían pedazos, picadillo nos harían, sin la menor compasión? Pero el Ratson nomás me respondió: Ya verás, Tlacuache, ya verás, ahora se trata de saber qué hay detrás de esta casa. Y una vez más no hubo de otra que seguirlo.
Nos bajamos de nuestro árbol y protegidos por el follaje de unos arbustos nos alejamos del mitote para dar la vuelta a la mansión. El Ratson miraba con mucho interés todo lo que nos encontrábamos en el camino, cables, ventanas, mangueras, husmeaba los desagües, los botes de basura y hasta las llantas de los coches, y a cada rato decía «muy bien, muy bien», «perfecto», «estupendo», cada vez más contento por lo que veía, y yo lo seguía sin entender ni madres, pues, la verdad, no veía nada digno de tanto entusiasmo y ya echaba de menos el bonito olor de la riquísima comida que se estaban tragando los convidados del otro lado de la casa, ellos lamiéndose los labios de puro gusto y yo quedándome con las ganas. Pues allí donde estábamos sólo había unas bolsas de desperdicios apestosos que un par de ratas rateras estaba revolviendo en busca de algo que roer, pinches mugrosas muertas de hambre. El Ratson les chilló, las ratas dejaron de roer, lo miraron y le chillaron también y lueguito desaparecieron corriendo. A beber y a bailar, que el mundo se va a acabar, pensaba, la prueba: hay ratas por todas partes, montones de ratas, un chingoputamadral de millones y millones de ratas, donde vayas y por donde andes hay ratas, y dime sinceramente, carnal, al chile, ¿puedes imaginarte algo más chingado y acabado y jodido que un mundo lleno de ratas? Pus, ahora que lo pienso, sí, hay algo mucho peor: un mundo lleno de humanos.
Oye, le dije al Ratson, ¿me puedes decir por fin qué carajos estás buscando? Pero la pinche rata me hizo callar con un ¡Chst! enfadado y se levantó en las patas traseras para acercarse lo más posible a una ventana abierta de la que salían, ahora yo también lo oía, unas voces humanas, voces de dos machos, no había duda, de un macho furioso y otro acobardado, para ser exacto, pues el primero le mentaba la madre al otro que balbuceaba excusas.
¿Cómo fue posible esa chingadera?, bramó el macho emputadísimo, ¿para qué les pago si son incapaces de protegerme? ¡Casi me matan anoche los pinches colombianos! Es que…, empezó el otro cagado de miedo, pero no lo dejó seguir el encabronado: ¿Por qué aeropuerto llegaron? ¿No pago yo bastante al personal de seguridad para que reconozcan y neutralicen a unos pinches sicarios fuereños? ¿Y qué hacían tus hombres en la calle que no les impidieron entrar en La Ópera? ¿Estaban allí para mirarles la cola a las turistas? ¡A mí me quebraron a la mitad de mis guaruras, y ustedes sin mover un dedo! Ni siquiera me avisaron del peligro. Tenemos un pacto, ¿o ya lo has olvidado? Es que…, intentó interrumpirlo el otro, pero no lo logró. Es que son unos pendejos inútiles que no valen ni un centavo del dinero que me cuestan, le gritó el rabioso.
Déjeme que le explique, Don Gregorio, lo imploró el amedrentado, por Benito Juárez no entraron, ni por otro aeropuerto federal, esto se lo garantizo, los aeropuertos los tenemos todos controlados, a pesar de que últimamente hemos sufrido muchos contratiempos, muchas bajas, usted ya sabe, es cada vez más difícil ganarse deshonestamente la vida en nuestra profesión, nos someten a exámenes de confiabilidad, o sea, pruebas de confianza, ya me entiende, ¿verdad?, y muchos salen reprobados, y en el DF recién sustituyeron a toda la plantilla después de la última balacera en la terminal 2, pero reclutamos a nuevos, digamos, colaboradores que son de ley, se lo juro, Don Gregorio.
Ya, ya, dijo algo amansado el que debía ser el capo, ya sé que la corrupción nos resulta cada vez más cara desde que el Doctor reorganizó la policía en el DF, y ahora que amenaza con hacerlo en todo el país nos a costar aún más, si sólo supiera cómo frenar a ese aguafiestas con sus malditos principios éticos, ese fanático de la honradez, ese… ¡policía ejemplar! Ah, pronto meteré a alguien ahí arriba que lo saque para siempre, te lo aseguro… un chinito que ya no quiere vivir en el jarrón… Pero explícame, pues, ¿cómo entraron a México los putos colombianos sin que nadie los viera, ni nuestros halcones ni tus tiras?
No lo sabemos, admitió el otro, chance y hayan utilizado una pista de otro cártel… ¡Empresa!, lo corrigió Don Gregorio indignado, ¿cuántas veces te tengo que repetir que somos una empresa multinacional que compite en varias áreas, una de las cuales es la producción y comercialización de estupefacientes? Y no, no lo creo, tenemos bien infiltrada toda la competencia y nos habría llegado un pitazo…
También es posible que hayan aterrizado de noche en una carretera vecinal, sugirió el que parecía ser policía. Esta vez Don Gregorio no se enfureció ni tantito: Podría ser, nuestras propias avionetas lo hacen a veces, en el interior de Quintana Roo. Pero, ¿cómo llegaron hasta el DF sin llamar la atención? Nuestros halcones vigilan todas las carreteras y autopistas.
Esto creo que lo hemos averiguado, contestó el poli. Entonces, ¿cómo?, insistió el capo impaciente. Suponemos que se hicieron pasar por una banda de músicos colombianos, de los que tocan vallenatos, explicó el otro. ¿Qué?, gritó Don Gregorio, ¿te estás burlando de mí? Pero el que debía ser policía negó tener tal intención: Hay indicios que apuntan en esta dirección: a unas cuadras de La Ópera encontramos dos camionetas abandonadas en que estaba escrito «Los Chéveres de Cartagena», y dentro no había instrumentos de música, sino cuernos de chivo, cajas de munición y hasta granadas de fragmentación, y en una bolsa hallamos más de cien millones de pesos colombianos y unos cedes de Shakira y de Doctor Krápula. Son pruebas suficientes, ¿no le parece? Hmm, se puso pensativo el capo, Shakira no prueba nada, pero Doctor Krápula… En fin, lo que más me preocupa es si ayer murieron todos los colombianos en la balacera. ¿Y qué si vienen más? ¿Si atacan mi fiesta?
El policía intentó tranquilizarlo: Descuide, Don Gregorio, no le van a molestar más esas ratas: no sobrevivió ni uno, la mayoría estaban ya tiesos cuando llegamos, y a dos que todavía se revolcaban en su sangre les di el tiro de gracia yo mismo. Y respondo personalmente por la seguridad de su fiesta: hemos puesto centinelas en torno al jardín, y nuestras patrullas circulan por toda la colonia.
Pero aun así el capo todavía no se dio por satisfecho: Y los otros, los que liberaron a la muchacha, ¿quiénes son?, preguntó: Porque está claro que ésos no eran de los colombianos, pero por alguna razón les ayudaron. El poli tuvo que reconocer que no tenía ni idea: A lo mejor se liberó ella misma, propuso, no muy convencido: O tal vez es verdad lo que cuentan del tlacuache y la rata, quién sabe, a veces los animales hacen las cosas más extrañas, no hay quien los entienda, son tan brutos, y a lo mejor les gusta roer cables para afilarse los dientes, o los atraía el perfume de la ruca porque los pone cachondos… ¡Tarugadas!, exclamó Don Gregorio: ¿me quieren volver loco con el cuento de los pinches animales ésos? ¡Qué tlacuache ni qué rata! Seguro los inventó el pendejo ese: quizás la desataron esos dos ojetes para cógersela, y la ruca, que era de armas tomar, una sicaria de a de veras, no se hizo de rogar y dio piso a uno y le rompió la jeta al otro. O se trata de los motes de dos güeyes que han venido de no sé dónde para chingarme, pero a mí no me chinga nadie, pues soy yo quien me chingo a todos, yo soy el gran chingón, el único, el original, el mero mero, culero, el mero mero de la chingadería, aquí no pasa nada sin que yo lo sepa ni que yo lo ordene, y si te vienen a contar cositas malas de mí diles que sí que yo te dije que sí fui, que lo sepan todos, a mí nadie me viene con que un tlacuache y con que una rata, a mí nadie me trata de pendejo, gritó fuera de sí Don Gregorio, y así siguió rabiando un buen rato, dando vueltas como si estuviera enjaulado hasta calmarse por fin. Todavía no hemos terminado con esto, advirtió al policía, me debes algunas explicaciones más. Pero no ahora: ya es de noche, vamos a tronar cohetes.
Se oyeron sus pasos que se alejaban, una puerta que se cerró, y luego ya nada. Todo lo que había visto y escuchado en esta fiesta me hizo pensar: Oye, le dije al Ratson, hay una cosa que no acabo de comprender. ¿Una cosa sólo?, me preguntó el pinche roedor con esa su sonrisita burlona de rata, pero no me dejé provocar: Pus, sí, le dije, no entiendo quién en realidad es el narco al que estamos buscando, o sea: ¿quién mató al pinche Pancho? Y a los Ramones y las Ramonas, añadió el Ratson, siempre tan mamón. Quiero decir: ¿quién tiene la culpa?, ¿a quién es que tenemos que dar en la madre para vengar al pinche Pancho? Y a los Ramones y las Ramonas, completó el Ratson. Pus, eso, continué: Primero seguimos al Gordo y al Flaco porque ellos llevaban a las mujeres muertas al Bordo, y los dos ya se enfriaron. Pero entonces nos enteramos de que el que daba las órdenes era el Jefe de Jefes, o sea, el tal Don Gregorio de su puta madre, y decidimos buscarlo. Y así nos enteramos que los que pusieron el polvo blanco en las rucas fueron los colombianos, que se murieron todos en la balacera de anoche, y si entiendo bien, los narcos de Don Gregorio más bien se dedicaban a sacarles el polvo de las panzas a las rucas que tiraban en el Bordo, o sea que no fue con intención que mataron al Pancho y causaron la gran matazón de ratas, y se me figura que ni siquiera se enteraron de que habían olvidado una bolsita en las tripas. En fin, podría decirse que ya quedó vengada la muerte de mi cuate y de tus clones, pero…
Hice una pausa para que el Ratson se viera obligado a preguntarme ¿Pero qué?, pero el pinche roedor se quedó callado, de modo que continué: Pero, más lo pienso y más me convenzo de que no importa quién metió el polvo y quién lo sacó ni quién llevó a las muertas al Bordo, sino que al Pancho lo mataron todos esos, todos los invitados a esta fiesta, pues parece que todos son cómplices de los narcos, todos están a su servicio, todos se alimentan de su comida, que todos juntos son el asesino, o sea, que la plaga son todos esos pinches humanos matatlacuaches y raticidas.
Créelo o no, carnal, pero por una vez el Ratson me dio la razón sin sonrisillas ni palabras de doble sentido: Así es, dijo con su cara de funeral, todos ellos son culpables, y por eso todos serán castigados, nuestra venganza los arrasará a todos, nuestra justa ira, Muris Irae, los aniquilará a todos sin excepción. Como un ladrón en la noche vendremos y no sabrán a qué hora vendremos sobre ellos. ¡Ay, ay, ay de los invitados a esta fiesta cuando resuene el sonido de las trompetas que las ratas van a tocar!… Ya, ya, párala, lo interrumpí, ¿cómo crees que nosotros, una rata y un tlacuache, podemos vencer a tantos enemigos humanos? No olvides, contestó el Ratson, que una rata es todas las ratas. Sí sí, y los tlacuaches unidos jamás serán vencidos, le dije, son frases chingonas, pero con frases chingonas no basta para luchar contra los humanos. Claro que no, y no es con frases que vamos a destruirlos, dijo el Ratson con una seguridad que me hacía sospechar que me estaba ocultando algo. Pus, dime ya qué piensas hacer, insistí. Pero nomás respondió: Ya verás, Tlacuache, ya verás: quien tenga ojos, que vea, y quien tenga oídos, que oiga. Pero para que lo veas y oigas bien, propongo volver a nuestro árbol, que es de donde mejor se ve.
La neta es que no lo propuso, sino que más bien lo decidió, pues apenas lo había dicho, salió corriendo por debajo de los matorrales, y yo tras él, una vez más, parece que ya no hago más que correr tras las pinches ratas. Volvimos pues a nuestro árbol y vi que Don Gregorio estaba hablando a la gente reunida en torno a la alberca, pero llegamos tarde para oír qué les estaba diciendo, y apenas nos habíamos posado en la rama de donde mejor se veía todo, se oyeron unas detonaciones fuertísimas y en el cielo estallaron las estrellas en infinitas chispas de luces de todos los colores y olía como a azufre. Tremendo susto me dieron las explosiones y los truenos: ¿Qué es esto?, pregunté, ¿una erupción del Xitle? No, dijo el Ratson, es la señal. ¿La señal?, pregunté, ¿la señal para qué?, y justo en este momento se oscureció la luna y cayeron unas gruesas gotas malolientes: Empieza a llover, dije sorprendido pues no había visto ni una sola nube en todo el día. No, Tlacuache, no se trata precisamente de lluvia, contestó el pinche Ratson.
- Comienza la batalla
No era lluvia, carnal, la verdad que no. Caían grandes gotas blancas y amarillentas que cuando reventaban en el piso no sonaban como agua ni tampoco olían a agua sino que apestaban como cagada de pájaro, y eso es lo que eran, cagadas de pinches palomas podridas por dentro, mierda de mugrosas palomas diarréticas, guácala. Sólo ahora me di cuenta de que la nube gris que había oscurecido la luna era una enorme bandada de palomas que cubría todo el cielo. Nunca había visto tantas palomas juntas, un torbellino de palomas que giraba justo encima del jardín, un huracán de palomas que vaciaban sus intestinos sobre mesas y sillas, y los convidados a la fiesta gritaban histéricos y corrían en todas las direcciones buscando refugio bajo toldos y árboles o se agachaban debajo de las mesas, y los meseros se protegían las cabezas con cacerolas y bandejas, y las palomas cagando y cagando toda la basura mal digerida que llevaban en las tripas. A pesar del escándalo que armaban los pajarracos los humanos no habían dejado de tronar cohetes que ahora estallaban con estruendo entre las aves haciéndolas pedazos en medio de una maravilla de estrellitas rojas, azules, violetas, verdes, de modo que la tormenta excremental se mezclaba con una granizada de plumas y vísceras, y los fiambres de las palomas descuartizadas caían del cielo salpicando de sangre los vestidos y echando a perder todas las delicias tan sabrosísimas que quedaban en los platos sin nadie que las comiera, ¡qué desperdicio!
¿Qué diablos es esto?, le pregunté al Ratson, pero éste, como si fuera lo más normal del mundo, sólo dijo: Son palomas. Pus claro que son palomas, pero ¿qué están haciendo?, me desesperé, y el Ratson: Lo de siempre: fastidiar y ensuciar. O sea, chingar y cagar, ya lo veo, pero ¿por qué atacan a los humanos?, insistí, pensando que el Ratson debía saberlo, ¿no había dicho que algo pasaría y que era la señal y todo ese rollo? Entretanto las palomas, enrabiadas por los cohetes destripapájaros, habían empezado a echarse en picada sobre los primates y a taladrarles las cabezas a picotazos feroces. Algunas se habían agarrado al pelo de una mujer y le estaban perforando la piel del cráneo, y la ruca chillaba y chillaba como un cerdo degollado, y otras se enredaron en la melena de uno de los músicos, pero éste se salvó echándose a la alberca y los pajarracos se quedaron con toda su cabellera, ¿tú crees?, el pinche guacamayo tenía el pelo chueco. Por cierto, no le sirvió mucho su brinco al agua, pues un grupo de ratas se le saltó encima, tantas que su peso lo ahogaba, y aunque siguió pataleando un rato, pronto se quedó tieso y tranquilo.
Deja ya de hacerte el misterioso, le dije al Ratson, y explícame lo que, si no lo viera, no lo creería: ¿de dónde vienen todas estas palomas? Bueno, se dignó por fin de responderme el pinche roedor sin más evasivas, digamos que son las fuerzas aéreas que apoyan nuestra lucha justiciera con el producto de su trabajo digestivo. ¿No te acuerdas de lo que se discutió en el consejo de las ratas? Pero, claro, a ti te atraían más las manzanas y los cacahuates… Sin querer se me escapó un suspiro: Ay, ¡qué ricas las manzanas! Y el Ratson: Ya lo pensaba: ¿no escuchaste el debate entre Radovan y Rigoberta? De eso sí me acuerdo, le dije, de que uno quiso acabar con todas las palomas y que otra dijo algo de que eran las ratas del aire y que podrían ser cuates y pasarlo la mar de bien, pero después, la verdad, no recuerdo nada más, pues me llevaron adonde estaban las manzanas y dejé de escuchar. Bueno, dijo el pinche Ratson con su sonrisilla repugnante, la verdad es que te apartaron adrede para que no te enteraras de nuestros planes secretos: en fin, yo intenté convencerlas de que el asunto de los narcos raticidas tenía prioridad sobre nuestras ridículas querellas con las palomas y que éstas podrían sernos útiles, y entonces Ramsey nos contó que hace años había visto en el cine un documental interesantísimo y muy instructivo, que era sobre las aves de un pueblo en la costa del mar que estaban hartas de los humanos y que los atacaban donde pudieran, y que quizás las palomas podrían hacer lo mismo. Y así decidimos hacer las paces con las aves, y ellas aceptaron ayudarnos en nuestra lucha. A ver, a ver, lo interrumpí, lo último no lo entiendo: ¿qué les importa a las palomas nuestro pleito con los humanos? ¿Por qué los atacan ellas? Qué poco sabes de cómo son las palomas, se maravilló el Ratson: Si es tan obvio: lo hacen sólo para molestar, a las palomas les encanta molestar a quien se deje. Me quedé boquiabierto: ¿Todo este desmadre sólo para fregar! Pinches palomas, de verdad se cagan en todo.
Y de hecho eso era justamente lo que estaban haciendo, las puercas. Pero ahora los guaruras habían sacado sus pistolas y les disparaban a quemarropa, y Don Gregorio había salido de la casa con un cuerno de chivo y rafagueaba el cielo y caían docenas de palomas destrozadas, y ya toda la bandada empezó a retirarse con arrullos enfadados y en pocos instantes habían desaparecido. Los humanos salieron de sus escondites, mirándose atónitos e intentando limpiar sus vestidos empapados. Una mujer, arrodillada entre los restos de lo que había sido el bufet, se puso a boquear y como entre hipos balbuceó unos extraños sonidos, ¡RA-RA-RA!, y levantó un brazo señalando hacia el muro que rodea el jardín, ¡RA-RA-RA!, y ahora los demás también miraron hacia donde apuntaba su dedo índice, y entonces se quedaron todos callados un momento, todos mirando hacia el muro en silencio, hasta que la mujer por fin pudo gritar lo que se le había atragantado: ¡RATAS!
En el primer momento pensé que una vez más me confundían con un pinche roedor. Es que tienen las entendederas muy lentas los humanos y no aprenderán nunca a distinguir un tlacuache de una rata ratera. Pero no, no nos habían visto, nadie miraba en nuestra dirección, y claro, es natural que uno sea curioso, y así miré también hacia donde miraban ellos. Y entonces las vi. Primero sólo sus ojos. Parecían luciérnagas, pero eran ojillos de rata. Miles, millones de ojillos destellando en la noche. Había ratas por doquier, a lo largo del muro, encima del muro pese a los vidrios y alambres de púas, una al lado de otra, en la hierba, encima de los arbustos, agachadas entre las flores, subidas a los árboles. Una masa densa e impenetrable de ratas, grises, pardas, negras, hasta blancas había, apretadas en un inmenso ejército de ratas, con sus ojos brillantes en la oscuridad, sus bigotes vibrantes de tensión, husmeando el aire con sus hocicos, mostrando con una mueca escalofriante sus dientes afilados, y sus ojos incendiando la noche.
Los humanos los miraban horrorizados, en un silencio absoluto. Se habían quedado sin palabras los pinches bípedos al verse rodeados de ratas. Y las ratas sin moverse, con sus ojillos ardientes, al acecho. Entonces, en el punto más alto del arco de la puerta de entrada del jardín, apareció la rata de las ratas, la ratesa reina, Ratsi la incomparable, Ratsi la insuperable, la madre de la dizque raza cósmica, más majestuosa que nunca. Contemplaba el jardín, el cerco de sus ratas y al grupo de humanos asustados en torno a la alberca, y en medio de ellos el pinche Don Gregorio. Sus miradas se encontraron, perpleja y pendeja la del narco, soberbia y triunfante la de Ratsi que, al ver que sus súbditas estaban esperando sus órdenes, alzó una pata, señaló al Jefe de Jefes, lo miró un momento fijamente, como si se tratara de un desafío entre los dos, y con una voz que te helaba la sangre en las venas, chilló: ¡Al ataque!
Y las ratas se echaron sobre los humanos como un torrente vivo, como un río chillador de pieles y colas y patas, y se armó un griterío y un pánico entre los hombres y mujeres que si no lo has visto, carnal, no te lo puedes imaginar. Las ratas que estaban encima del muro se echaron abajo y detrás de ellas aparecieron más ratas y más y más, parecían inagotables, surgían de la nada, cataratas de ratas bajando del muro y de los árboles, y las primeras que llegaron hasta las mesas intentaron morder pantalones o treparse por las faldas para hincar los dientes en piernas, espaldas, brazos y panzas, y los humanos se agitaban frenéticamente y se sacudían como si les picara un enjambre de abejas, y otros dándoles patadas o machacándolas con sillas o botellas o cualquier cosa que conseguían agarrar para defenderse y romperles sus cráneos de roedores que se estrellaban con un crujido como de nueces reventadas. Los guaruras disparaban ya sin mirar hacia dónde ni a quién, y sus ráfagas pasaban por los lomos de las ratas levantando una regadera de sangre, pero no podían frenarlas, las vivas saltaban sobre las muertas y seguían corriendo hacia los que les disparaban, y en la balacera cayeron también algunos humanos que en seguida desaparecían debajo de una costra espesa de bultos escurridizos de la que sólo sobresalía todavía algún brazo, alguna pierna que se retorcían en la agonía.
Nosotros seguíamos en nuestro árbol desde donde teníamos una buenísima vista de la batalla encarnizada que se libraban los roedores con los primates. ¿No vamos a participar en la lucha?, le pregunté al Ratson, sin muchas ganas de abandonar la rama, pero no quería que después me llamaran cobarde por no haber combatido valientemente en el frente. Me importaba haberlo propuesto por lo menos, para salvar el honor. Qué alivio sentí cuando me dijo que no, que lo nuestro era la logística, otra de sus palabrejas que usa para presumir, pero que en aquel momento me venía de perlas. Todavía no sé lo que es la logística, pero al ver la carnicería que hacían las armas humanas entre las ratas descubrí mi vocación por ella, que es una tarea maravillosa, muy exigente y sumamente provechosa, y me consta que hay que ejercerla desde lo alto de un árbol, pues no hay logística sin árboles y no se ganan batallas sin logísticas. Lo de morir heroicamente en el combate mejor lo dejo a las ratas, me decía. Seguimos pues dedicándonos a la logística con esmero y aplicación.
El agua de la alberca se había teñido de rojo y bocarriba flotaba en ella, en medio de docenas de cadáveres de ratas descuartizadas, el guacamayo ahogado, muertito, con los ojos saltados; sobre su cara se habían posado algunas ratas golosas que le estaban devorando la nariz y las orejas. El gordo vestido de negro, el de la cinta violeta al que habíamos escuchado platicar debajo de nuestro árbol, se había subido a una mesa y agarraba con ambas manos una cruz pesada de metal que le colgaba del cuello, gritando con voz histérica: ¡El apocalipsis! ¡Es el apocalipsis!, y levantando la cruz chillaba: ¡Vade retro! ¡Vade retro! Al verse cercado por los roedores, se arrancó la cadena a cuyo extremo estaba atada la cruz, y empezó a dar vueltas y vueltas, blandiendo la cruz como si fuera un hacha, y la cruz giraba y giraba aplastando hocicos y quebrando vértebras, y el gordo, excitado, gritó: ¡Inmundas criaturas de Satanás, volved al abismo en el nombre de…!, pero ya no dijo más porque las ratas habían logrado roer las patas de la mesa y lo hicieron caer y hundirse en el magma de bichos que hervía en el piso. Casi al mismo tiempo, de la casa salieron unos tipos de blanco con una gran olla llena de agua hirviendo y la vaciaron sobre los roedores, y muchos quedaron cocinados en el acto, pero ya una nueva oleada de ratas se volcó sobre los raticidas y los enterró bajo sus cuerpos.
Había algo que quería preguntarle al Ratson pero no sabía cómo hacerlo sin que el pinche roedor lo aprovechara para demostrarme su superioridad. ¿Cómo nos habían encontrado las palomas? ¿Y de dónde habían venido todas estas ratas? ¿Cómo sabían dónde estábamos si ni siquiera lo sabíamos nosotros? Pues desde la caja del tlanahuatilli no se veía por qué calles pasábamos, de modo que ignorábamos a qué zona de Zacatepetl nos había llevado. El Ratson no se había mostrado ni mínimamente sorprendido cuando vio el cerco de las ratas, al contrario, le noté como un brillo de satisfacción en los ojitos cuando la Ratsi gritó la orden de atacar, como si lo hubiera esperado ya todo el tiempo. La curiosidad me roía las entrañas como una ratita, hasta que no aguanté más: Oye, Ratson, le dije por fin, hay un detalle que me gustaría que me lo explicaras… Ya sé, Tlacuache, lo que me vas a preguntar, me interrumpió la rata, no es difícil preverlo: ¿Cómo ha sido posible? ¿Cómo hicimos para reunir este glorioso ejército de ratas y cómo nos encontraron aquí si no habíamos dicho a nadie adónde íbamos? Es esto lo que quieres saber, ¿verdad? Pinche Ratson, ¿sabía adivinar mis pensamientos o qué? Pus sí, admití algo avergonzado, nada más que por curiosidad. Pues, ya te conté que hablamos de eso en el Gran Rat y que decidimos aliarnos con las palomas, me recordó el Ratson: Allí mismo se ordenó enviar mensajeras a todas las ratas del DF y la zona conurbada y pedirles que movilizaran sus tropas y las pusieran en alerta para lo que viniera. Y nuestros ojeadores hicieron un buen trabajo, nunca nos perdieron de vista: no sólo nos condujeron a la UNAM, sino que desde entonces nos siguieron observando todo el tiempo. Cuando íbamos en la caja de los pollos, en cada esquina, en cada árbol, en cada alcantarilla había una rata que nos vio pasar y en seguida informó a nuestra central de comandos, y una vez que supieron que estábamos en este jardín pasaron las coordinadas a las palomas y nuestros batallones se pusieron en marcha para concentrarse en Zacatepetl. Así lo habíamos planeado en el consejo y así se hizo, punto por punto. ¡Pinches ratas, siempre tan organizadas!, pensé, pero sólo dije: Ah, pues, justo así me lo había imaginado. No iba a hacerle creer al pinche Ratson que había conseguido impresionarme con su cuento, aunque, la neta, sí que lo había logrado. Saben un montón las ratas, es verdad, son muy truchas, pero tienen un gran defecto, carnal: nos subestiman a los tlacuaches.
Todo el jardín era ya un solo campo de batalla. De repente se derrumbó un mástil de esos entre los que se tienden unos alambres que zumban todo el tiempo como si hubiera un enjambre de avispas dentro, y al caer sobre los combatientes dejó chamuscados por lo menos medio centenar de ratas y también a unos cuantos humanos, y empezó a oler raro, como a chinicuiles en comal caliente. Ardían algunos arbustos, y las mujeres chillaban desesperadas y los hombres gritaban majaderías y disparaban con sus armas como enloquecidos, pero nada podía detener ya el ataque furioso de las ratas. Y entonces vi una cosa muy graciosa, carnalito: en medio del desmadre se movía una mesa solita que parecía una tortuga paséandose por entre las flores, pero cuando pasaba debajo de nuestro árbol oí que murmuraba «Qué buena puesta escena, muy buena sin duda, pero demasiado realismo para mi gusto, es siempre lo mismo con los mexicanos, hacen una buena chamba, pero exageran». Y según se alejaba vi que debajo de la mesa reptaba el preguntón pelirrojo de la Ópera, agarrándose con las manos a las patas de la mesa y protegiéndose así de los disparos y objetos volátiles, mientras con las piernas daba patadas a las ratas que intentaban morderle las nalgas. Unos pocos primates habían alcanzado sus coches, pero éstos no arrancaron. «Las nuestras les royeron los cables», explicó satisfecho el Ratson. Otros sí arrancaron, aunque no más para estrellarse contra los árboles. «También les royeron los frenos», dijo el muy presumido, como si se lo hubiera preguntado. En este momento se alzó un grito ensordecedor de cientos de gargantas, «¡Atar a las ratas!», «¡Atar a las ratas!», y vi como las ratas se juntaron con las colas agarrándose fuerte las unas a las otras para formar grandes bolas y así se volcaron sobre los humanos rodando por encima de ellos y aplastándolos como un tráiler que pasa sobre sandías, si no lo viste no te lo puedes imaginar, carnal, y una de estas bolas arrasó la mesa tortuga y el chaparrito pelirrojo quedó todo machacado y por fin dejó de hablar el pinche perico.
Muchos humanos habían caído bajo la embestida ratera, pero los que habían sobrevivido a las primeras oleadas del ataque se parapeteaban detrás de unas mesas volcadas con que se habían construido una fortaleza y las ratas que se atrevían a saltar la barda morían destripadas a cuchillazos o empaladas en tenedores. Y los sicarios de Don Gregorio ni pensaron en rendirse: vaciaban sus cuernos de chivos contra todo lo que se movía, ratas y primates, ya todo les valía verga, parecía que lo único que les importaba era salvar el pellejo aunque, la neta, la matazón de ratas era tan tremenda como inútil, pues por cada roedor muerto surgían dos vivos que se lanzaban al ataque con una furia y un coraje que, créeme, daba miedo verlas, tan fanáticas y sanguinarias.
- La revancha del tlacuache
¡No, manito, la cosa no paró ahí! Antes al contrario, la batalla siguió así un buen rato sin que las ratas lograran romper la resistencia de los sicarios que las baleaban desde el zaguán matándolas por montones. Nomás que ya para entonces se notaba que algo iba mal con los narcos, se movían cada vez más nerviosos y miraban como asustados, además el fuego de sus armas se había hecho menos denso, y vi que algunos tiraron sus cuernos de chivo y sacaron pistolas para seguir disparando, pero ya no ráfagas de balas a lo tarugo, sino bala por bala apuntando bien para no fallar ni un tiro. Vayan a por más munición, gritó Don Gregorio, ¡y traigan granadas y bazucas! Dos guaruras desaparecieron corriendo en la casa, para volver poco después con las manos vacías y caras de pendejos.
¿Tan pronto se quedaron sin munición?, se sorprendió el Ratson: ¡Qué extraño! Según nuestros cálculos deberían tener almacenadas cantidades de balas y explosivos suficientes para resistir varios días. Cómo me gustaba ver al Ratson sacado de onda, por una vez no tuvo explicación para algo que, en realidad, no era nada difícil de explicar. Había llegado el momento de mi revancha. Elemental, mi querido Ratson, le dije: Si tenían tanta munición y ya no la tienen, es porque alguien se la robó. Me miró pelando chicos ojotes: ¿Pero quién es capaz de robarles…? Debe haberme notado la sonrisa satisfecha porque se calló en medio de la frase y me fijó con sus ojitos penetrantes: Oye, Tlacuache, ¿me estás ocultando algo? Bueno, empecé, si recuerdo bien las primeras que ocultaron informaciones importantes a sus socios fueron ustedes las ratas, ¿si o no? ¿No me dijiste que me hicieron a un lado cuando lo de su consejo para que no me enterara de sus planes? Pues has de saber que los tlacuaches también tenemos nuestros secretitos. ¡Uy, carnal, hubieras visto la cara del Ratson! ¡Cómo disfruté de verlo así! Anoche el nagual nos habló mucho de nuestra historia, le conté, de lo importantes y astutos que somos los tlacuaches, y de nuestra fama de ladrones, que no es una vergüenza, sino prueba de nuestra inteligencia, pues para robar hay que ser muy listo, muy hábil y atrevido. Y nos recordó cómo antaño, que es una manera de decir que hace un chingo de años, un tlacuache robó el fuego, y esto me hizo pensar, y así, antes de despedirnos, nos quedamos platicando un rato y decidimos algo. Hice una pausa para fastidiar al Ratson, y esta vez sí me preguntó: ¿Qué?, ¿qué decidieron? Esperé un tantito más, como si dudara si decírselo o no, y entonces se la solté: Robarles el fuego a los narcos. ¡¿Qué?! Obviamente, el Ratson no había comprendido nada, de modo que se lo tuve que explicar con más detalles, remedando su cantadito de sabelotodo: Los narcos tienen armas de fuego, ¿sí o no? Y para que las armas tengan fuego, necesitan las balas y las granadas y todas estas cosas que llamas munición, ¿verdad? Pues, les robamos el fuego y ya ves, se les está apagando. El Ratson seguía sin entender: Pero, ¿cómo hicieron para…? Ya sé lo que me quieres preguntar, lo interrumpí arremedándolo más fuerte, es fácil adivinarlo: ¿Cómo supieron mis cuates tlacuaches que estábamos aquí en este jardín? Pos facilísimo: le di a mi tío una descripción de Don Gregorio y mientras yo dormía en la cuevita él se fue a preguntar a nuestros compadres de Zacatepetl si conocían a ese humano, y por su lado el nagual se encargó de avisar a los tlacuaches de las colonias de aquí cerca, y ésos alarmaron a los de las delegaciones colindantes, y así todos los tlacuaches de los alrededores se vinieron a juntar en Zacatepetl, bien padre: yo estuve durmiendo en mi cuevita mientras ellos encontraron la guarida de Don Gregorio y el escondite de la dizque munición y se la robaron toditita, pues así lo decidimos, y así lo hicieron exactamente. Es que los tlacuaches somos así, de ley, nunca decepcionamos a nuestros amigos.
El Ratson se quedó callado un rato, pero se le veía que algo le hervía dentro, que le quemaba las tripas una pregunta que traía atorada. Dime, Tlacuache, dijo por fin, ¿y qué hicieron con toda esta munición? ¿Quieres decir, con el fuego?, y en vez de continuar sólo dije ¡Mira! y señalé al helicóptero. Entre sus patines dos tlacuaches esperaban mi orden: me miraron atentamente, nomás les hice una señal con la cabeza y luego luego desaparecieron dentro del edificio, del que salieron corriendo poco después. Primero salió un poco de humo, después algunas chispas, y de repente estalló todo con un ruidero y un chorro de fuego alto como un árbol y el helicóptero voló, pero en mil pedazos. Para que no se nos vaya volando el pájaro, reí, y el Ratson ya no dijo nada pero se me quedó viendo como con respeto.
Pero no creas que nos contentamos nomás con robarles el fuego. Ya te lo dije, carnal, los tlacuaches somos de ley, nunca olvidamos a nuestros muertos, había que vengar al pinche Pancho y bien vengado lo íbamos a dejar, y además nos gusta el desmadre, y jamás habíamos visto semejante desmadre como el que estaban armando las ratas en el jardín de Don Gregorio, ni tanta comida riquísima como la que había en esta fiesta, ni tampoco les podíamos dejar todo el botín a los pinches roedores, esto lo entiende cualquiera, ¿si o no? Al grito de ¡Fuerza tlacuache!, mis compadres se echaron sobre los humanos que intentaban salir del cerco de las ratas, mordiéndoles las pantorrilas y obligándolos a retirarse de nuevo hacia la alberca y la mansión. Ya sin sus armas, los pinches humanos se defendían con todo lo que encontraban al alcance de sus manos: sillas, platos, vasos y botellas, tenedores y cuchillos, cucharas, hasta les aventaban restos de comida a los atacantes, qué risa, como si nos pudieran asustar a chuletazos. Y como los tlacuaches somos bien listos, los nuestros dejaban a las ratas las zonas más calientes del campo de batalla y se dedicaban a impedir la fuga de los sobrevivientes, que si destrozando las llantas de sus coches, que si cortando cables a mordidas para provocar pequeños incendios en el jardín y dentro de la casa, que si rompiendo tuberías para que el agua saliera a chorros e inundara el pasto y los caminitos de arena. Hasta decía un tlacuache de allá por Xochimilco que parecía canal de su tierra, nomás faltaban los ajolotes.
Pero lo mejor vino después, no me lo vas a creer, carnal, pero te lo juro por mi mamacita que todo ocurrió tal como te lo cuento. De repente se oyó desde arriba otra vez el aleteo de nubes de pájaros, y entonces, como un trueno sonó bien fuertote «¡Cucucurucucuuu!» y las ratas muy contentas contestaron en coro «¡Las palomas!». Ya volvieron las cagonas, pensé, y le dije al Ratson: Cúbrete la cabeza, que va a llover. Y no me equivoqué, carnal, pero lo que empezó a caer del cielo no fue la caca de las voladoras de Cacantla, no, carnal, dirás que lo invento, pero es la puritita verdad: eran ratas, carnal, una lluvia de pinches ratas cayendo de las nubes. ¡Las ratas del aire!, grité, y el Ratson, sin inmutarse ni un poquitito, explicó: Son nuestras paracaidistas. ¡Jijos, dile como quieras!, le respondí, ¡pero si no se cuidan se van a romper la jeta! Y sí, algunas se despanzurraron como jitomates al estrellarse contra el piso, a otras las mataban los primates todavía en al aire a cuchillazos o se morían acribilladas por las últimas ráfagas que los sicarios tiraban a ciegas hacia el cielo, pero algunas lograron aterrizar sobre las espaldas de los humanos, aferrándose con dientes y garras a sus pelos y caras y sembrando el pánico entre las hembras que ahora chillaban aún más que antes, y la neta hacían más escándalo que los disparos y las explosiones y las pestes que gritaban los narcos. Es nuestro invento más reciente, dijo el Ratson antes de que se lo pudiera preguntar: Lo llamamos palomóptero y funciona así: cuatro palomas agarran a una rata de las patas y la llevan volando sobre el blanco, donde la dejan caer; en el caso ideal, la rata acierta en la cabeza o el lomo de un humano, pero como ves, a veces tiene mala suerte. Son pérdidas lamentables, daños colaterales previstos en nuestros cálculos: por cada rata que aterriza en el blanco, tres fallan el objetivo. Admito que el sistema es todavía perfectible, pero estamos trabajando a fondo para optimizar los resultados. Pinche Ratson, siempre con sus palabrejas y sus discursitos. Mientras hablaba seguía lloviendo ratas, pero ya con muchas más bajas, pues los humanos habían logrado abrir unos parasoles grandes y cobijarse debajo, y las paracaidistas chocaban contra la tela de los toldos, que frenaba la fuerza de la caída y las hacía rodar abajo, de modo que aterrizaban no encima, sino justo delante de los enemigos, y éstos no se hicieron de rogar para aplastarlas sin piedad. Pus, otimícenlo pronto, le recomendé al Ratson, porque si siguen así, sólo lograrán aumentar el número de ratitas huerfanitas.
Entonces el último de los guacamayos que seguía de pie se subió a una mesa y empezó a soplar en un tubo del que salían sonidos bien bonitos, hay que admitirlo, y lo curioso, carnal, es que las ratas que estaban cerca se quedaron todas aleladas, dejaron de luchar y lo miraron como entoloachadas. Oye, le dije al Ratson, ¿qué onda con tus cuates? Parece que les gusta la música, pero creo que no es el momento para… Sólo entonces me di cuenta que a él también le había cambiado la expresión de la cara, la tenía media embelesada y media contraída, como si luchara contra una fuerza fuertísima que lo atraía, lo seducía a dejarse llevar por los sonidos del tubo, que la neta sí tenía su no sé qué, aunque no era para tanto, me parecía a mí. Es que, dijo el Ratson, y le costaba trabajo hablar, es que nunca he entendido la música, un arte que nosotros no practicamos, pero este instrumento, la flauta nos… nos… ¿Les qué, Ratson?, pregunté bien preocupado, y cómo no si todas las ratas se estaban quedando como dormidas y se iban acercando poquito a poco al guacamayo como si las fuera jalando con un hilito invisible. Todos los tlacuaches nos quedamos mirando con cara de ¿y ora qué chingados?, cuando de repente se oyó un chillido de guerra: «¡PUTOS!» ¡Eran los tlacuarratas!, los bastardos del pinche Pancho y la Ratsi que habían aparecido de quién sabe dónde, y que al grito de «#VivaPancho» «#TodosSomosFranky» se aventaron sobre el flautista y lo hicieron pedazos. Las ratas entonces despertaron de su como sueño, pestañeando todas aturdidas, y al ver la fuerza suicida con la que la raza cósmica se había lanzado contra el último de los primates que quedaba completo, gritaron también «¡PUTOS!» y arremetieron contra todo bípedo que tenían al alcance de sus dientes. Nunca vi animales tan feroces y valientes como los tlacuarratas: tenían la astucia y la voracidad de los tlacuaches con la bestialidad y la perfidia de las ratas, y no conocían el miedo, no, carnal, la muerte les valía verga. Haz de cuenta que fueran fieras rabiosas, les saltaban a la garganta a los sicarios que en vano vaciaban sus cuernos de chivo contra ellos, les rebanaban los cuellos con sus colmillos, les arrancaban los ojos con las garras y les cortaban las orejas a dentelladas furiosas. Sí es cierto que muchos de ellos murieron por un exceso de esmero y una total falta de prudencia, pero esto encabronaba al doble a los demás, que masacraron a nuestros enemigos sin la menor piedad. Uno tras otro cayeron los humanos que hasta entonces habían logrado defenderse contra las ratas y los tlacuaches, pero que ya no tenían nada para protegerse de los ratacuaches. Había restos por todas partes y, fíjate qué chistoso, los tlacuarratitos se paraban enfrente de los humanos contra los que peleaban y se hacían señas entre ellos justo antes de matar o de que los mataran, «#MeMueroComoTlacuarrata», decían, o «¡Raza Cósmica or death :P!», y ¡zas! se lanzaban sobre un primate con otro «¡PUTOS!». Jamás, carnal, jamás se ha visto semejante matazón desde la destrucción de la ciudad esa que estaba donde hoy está el DF, que dicen los viejos que se cuenta que estaba en medio de un lago grandote donde hoy no hay más que un pinche desierto de casas y calles que construyeron los pinches humanos, y pasó hace un chingo de años, ve tú a saber si es verdad o no.
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