- El tlanahuatilli
Cuando desperté, el pinche Ratson todavía estaba allí. Delante del Instituto de Investigaciones Antropológicas, con cara de aburrimiento, así como lo había dejado cuando me fui a una cuevita que mi tío me había guardado en el tronco de un árbol. Una cuevita bien cómoda, acogedora, dicho sea sin albur, como hecha a la medida de un tlacuache dormilón. Es que me encanta dormir, carnal. Dormir es lo mejor de la vida, es la neta, mejor que comer y coger. Que también me gusta, no creas que no, pero coger cansa y comer te puede hacer daño, si comes mal o demasiado te duele la panza y hasta puedes reventar, como el pinche Pancho, que en paz descanse. Pero dormir no cansa nunca, antes al contrario, y sueño cosas chidas, sueño con árboles llenos de frutas sabrosas y tlacuachas gorditas que me sonríen y me hacen ojitos, muy coquetas, y me siento como en Tamoanchan y ya no quiero despertar. Así estaba soñando ese día: que me hartaba de papayas y guayabas y que echaba relajo con hembritas bien buenonas, cuando de repente apareció el pinche Ratson y me empezó a mentar la madre. Bueno, no exactamente, pero para mí fue como si me la mentara, nomás con esa manera rara que tiene el Ratson de hablar, que es como decirle orificio al hoyo del culo, no sé si me explico, todo reborujado y suavecito, pero se le nota la mala leche en cada palabra. Dormí un ratote, hasta que vino el Ratson, me despertó, y me dijo: ¿No consideras que tenemos cosas más importantes que hacer, mi querido Tlacuache? O algo por el estilo, que a mí me sonaba como a mentada de madre, puto roedor, porque me hizo perder todos mis sueños bonitos. Pos ya qué, me desperté. Y el pinche Ratson todavía estaba allí, esperando con cara de estreñido.
Por fin, me dijo, pensaba que seguirías roncando todo el día. Pus, ganas no me faltan, le contesté lamiéndome las lagañas. Apresúrate, insistió, ya hemos perdido demasiado tiempo. Otra vez la burra al trigo, a ver, ¿cómo que habíamos perdido tiempo? No mames, si el tiempo siempre está pasando, ¿cómo chingados lo podemos perder? Tenemos un titipuchal de tiempo delante y no tenemos que hacer nada para que pase, es lo único que sabe hacer el tiempo, pasar, y aunque no te muevas, el tiempo sigue pasando y nunca se termina, antes te terminas tú que el tiempo. Entonces, ¿cómo lo puedes perder? ¡Qué forma de pensar tan rara tienen las ratas, carnal! A veces me cae que parecen humanas. ¡Pinche tiempo!, le dije, si apenas acaba de empezar el día. Ya pasó medio día, me reprochó la rata. ¿Y luego?, le respondí, nos queda toda la tarde y la noche, y de todos modos no podemos hacer nada antes de que pase el tlanahuatilli, o sea, el mensajero que nos llevará a la guarida de Don Gregorio. ¿Y cómo sabes que no ha pasado ya?, insistió el Ratson. Elemental, mi querido Ratson: me lo dice el instinto, le expliqué, los tlacuaches sentimos ciertas cosas, es algo de nosotros, lo llevamos en la sangre desde antes de salir del marsupio, es el secreto ancestral de nuestra raza, como dice el nagual, y te digo que nos queda un chingo de tiempo para esperar al tlanahuatilli. ¿Y quién es el tlanahuatilli, si se puede saber?, preguntó impaciente el Ratson. Pus el de los guajolotes chuecos, le contesté para terminar la discusión.
La neta es que no tenía ni puta idea de cuándo pasaría el tlanahuatilli ni de cómo lo iba a reconocer, pero no se lo iba a decir a una pinche rata presumida. Lo único que me quedaba claro es que debíamos esperarlo delante del estadio de los Pumas, así que allí llevé al Ratson y nos pusimos a ver el tráfico entre unos huecos en las piedras de la barda. Pasaron muchos coches, taxis, camionetas, tráilers, y también un chingo de motos, pero ninguno tenía pinta de ser el tlanahuatilli. Había jóvenes y viejos, hombres y mujeres y hasta parejas, pero a todos les faltaba la cara de Quetzalcoatl. Nunca le había visto la cara al Quetzalcoatl, si siquiera sabía quién carajos era Quetzalcoatl, sólo sabía que era una serpiente barbuda o un hombre con alas o ve tú a saber qué diablos. El Ratson empezó a ponerse nervioso: ¿Estás seguro de que es aquí donde lo tenemos que esperar? Clarines, le mentí, pues seguro, lo que se dice seguro, no estaba. El estadio es muy grande y casi redondo, así que delante podía ser de cualquier lado, pero pensaba que lo más probable era que delante significara del lado donde el estadio tiene unos como decorados, donde la calle es más ancha y hay más tráfico, y allí estábamos nosotros esperando al tlanahuatilli.
Tuvimos que esperar un ratote y me dio mucha rabia, pues todo este tiempo habría podido seguir durmiendo si no me hubiera despertado el pinche Ratson. En fin, ya estaba perdiendo la esperanza cuando se paró, justo delante de nuestro escondite, un tipo en una moto para fumarse un cigarrito. En la parte de atrás, la moto tenía una caja donde había pintada, sobre fondo rojo, la imagen de un humano viejo todo blanco, el pelo blanco, el bigote blanco y una barba igual de blanca, como de cabra. ¡La cara de Quetzalcoatl! ¡El tlanahuatilli!, le susurré al Ratson. ¿Estás seguro?, me preguntó incrédulo, ¡A güevo! le volví a mentir, aunque esta vez no tenía tantas dudas, sólo faltaba ver qué era lo que traía en la caja para convencerme de que le había atinado. El chavo estaba metidísimo fumándose su cigarro y mirando no sé qué cosas en su tablita, sobándole con el dedo gordo, y ni cuenta se dio que corrimos hasta la moto, nos subimos al asiento, hicimos a un lado el trapo que cubría la entrada y brincamos para adentro de la caja. Lo que encontramos allí, la neta, me decepcionó: eran pollos empanizados. ¡Otra vez pollos! Ya me había comido tantos el día anterior que hubiera preferido cualquier otra cosa. Es que me gusta la variedad culinaria. Comer lo mismo todos los días me da hueva. Pero el Ratson estaba bien contento y, el cabrón, sorprendido: ¡Los guajolotes falsos!, exclamó, tenías razón, Tlacuache. Pos claro, le contesté, los tlacuaches siempre tenemos razón, a ver si te convences, ¡con un carajo! Nos escondimos en la caja, y apenas bajamos el trapo que tenía por tapa, el humano la apretó para cerrarla bien y la moto arrancó. ¿Adónde nos llevará?, preguntó el Ratson, creo que algo preocupado. A Zacatépetl, le dije muy sacalepunta. ¿Y cómo puedes adivinarlo, nuevamente, y con tanta seguridad?, se sorprendió el Ratson. Me lo dice el instinto, respondí satisfecho.
Los tlacuaches estamos acostumbrados a la oscuridad, pues nos gusta más salir de noche que de día, somos lo que se dice noctívagos, y con la luna y las estrellas nos basta para ver, y no te hablo de la ciudad con las luces que cuelgan los humanos, que, la neta, tienen muy mala visión y necesitan iluminarlo todo, porque si no andan como atarantados. Pero en la caja, con la tapa cerrada, no se veía nada, carnal, pero naditita, sólo la negrura más negra que la noche. En cambio, olía muy bien a pollo retesabroso y papas a la francesa y pan calientito. Bueno, prefiero una carnita en salsa verde o tortillitas con pico de gallo, o lo mejorcito, el huitlacoche, pero no les hice el feo a los pollitos de la caja de Quetzalcoatl, y como había también unas yerbas en salsa blanca y puré de papa, pues hasta el Ratson pudo cenar lo poquitito que come, de modo que durante un buen rato sólo se oía el morder de los dientes y el crujir de los huesos y algún eructo contento. Menos mal, ya estaba hasta la madre de las mamonas pláticas de la rata, con sus palabras domingueras que no entiende nadie y sus frases llenas de segundas intenciones que siempre como que esconden algo, que no quieren decir lo que parece que quieren decir. Me gustaba más cuando comía, porque se quedaba calladito y en la oscuridad no le veía su pinche hocico de roedor. La moto gruñía y daba unos brincos tremendos, pero no me distraía, pues sabía que no tardaríamos mucho en llegar a nuestro destino y quedaba todavía mucho pollo por tragar. El Ratson, en cambio, terminó pronto y empezó a chingar con que le faltaba aire. Estamos muy encerrados, dijo, y creo que la voz se le notaba nerviosa. Pus, qué le vamos a hacer, intenté tranquilizarlo, mejor éntrale al pollito mientras dure el viaje, que largo no puede ser. Y seguí masticando un delicioso trozo de ala, uy, ¡qué alita! Aquí no hay manera de que se renueve el aire pues deben guardar el calor, se inquietó la rata, y sin corriente de aire, éste se enrarece cada vez más, podemos morir asfixiados. Uyuyuy, ora resulta que tiene miedo el señor Don Chingón Sabelotodo, me reí, tranquilito, mi cuate, aquí hay aire para dos. Pero el Ratson se puso bien loco, tomando el trapo y royéndolo con sus dientecillos. Cálmate, le dije, ya estamos a punto de llegar. Y, de hecho, en este momento el ruido de la moto empezó a bajar y la caja daba ya menos brincos, y poco después la moto dio un frenazo en seco y se quedó parada.
Se oyó una voz: ¿Qué ocupa? ¿Aquí pidieron Kentoqui?, preguntó el de la moto. Ah, está güeno, nomás déjame revisar, dijo la voz. Se abrió la tapa y se asomó un macho humano que, al vernos entre los restos de los pollitos, puso una cara de pendejo bien vaciada, la verdad. ¿Qué carajos?, gritó. El Ratson no se hizo esperar: se le echó a la jeta y le mordió la nariz, y yo salté tras él y me agarré de los pelos del güey, que se cayó de espaldas dando puñetazos a ciegas y gritando como poseído ¡Pinchi rata! ¡Me mordió la pinchi rata!, y disparaba al aire con el cuerno de chivo que llevaba colgando de los hombros. Al tlanahuatilli le pegó el susto de su vida: se trepó en la moto y en chinga desapareció, mientras el otro se revolcaba en el suelo sin dejar de chillar. Mientras, nosotros ya nos habíamos puesto a salvo entre los matorrales. Desde allí vi que estábamos delante de un alto muro que rodeaba no sabíamos qué, con una gran puerta de fierro que al parecer estaba vigilando el chilletas que seguía vociferando y sangrando de la nariz.
De repente se oyó otra voz que salía como de un ladrillo de la pared: ¿Qué chingados está pasando? ¿Qué significa esta balacera? Como picado por un alacrán el tipo se levantó y corrió hacia el ladrillo hablador: Usté disculpe, jefe, es que vino el plebe del Kentoqui con su pollo y… ¿Y te lo quebraste, pendejo? El tipo se cagaba de miedo, se puso de rodillas delante del muro y le rogaba al ladrillo: No, jefe, por favor, créame, fue por la rata que… ¿Qué pinchi rata?, lo interrumpió la voz. Pos no sé cómo, jefe, pero en la caja del Kentoqui había una rata y un tlacuache que se comieron toda la comida y la rata me mordió la nariz y… El ladrillo se enfureció: ¿Otra vez el cuento del pinchi tlacuache y la rata? Me vas a pagar los pollos pero con los güevos, cabrón, ¡la rata y el tlacuache!, ora verás, pedazo de pendejo… Qué feo hablan los ladrillos, carnal, no tienen educación ni cultura, dicen puras majaderías los ladrillos.
- La guarida del Jefe
Me cae, carnal, los humanos no dejarán nunca de sorprenderme. No tanto porque hablen con los ladrillos, porque, la neta, hablan y hablan y hablan, es obvio que no aguantan quedarse callados un rato y por eso le sacan plática hasta a una pinche piedra. Pero lo que de veras no entiendo es cómo logran que los ladrillos hablen con ellos de regreso, aunque sólo sea para insultarlos. O dime tú, ¿a ti te contestan las paredes cuando les dices quihubo, qué pedo, qué buen clima hace hoy? Pus, no, ¿verdad? Se quedan callados los pinches ladrillos, como es natural, ¿sí o no? Entonces, cuando el narco le hablaba al cuadro en la pared y lo llamaba «jefe», lo normal hubiera sido que la pinche pared se quedara callada. Pos no, el cuadro le mentó la madre: ¿es normal eso? ¡No! Por eso te digo, mano, cuanto más observo a los humanos menos los entiendo y más miedo me dan. Bueno, miedo miedo no, pues ya vi lo sonsos que son y que no duran mucho si se les enfrenta un tlacuache decidido a acabar con ellos. Pero, ¿no crees que hay algo como siniestro en ellos, algo ominoso, imprevisible? Puta madre, carnal, si aprendí estas palabrotas oyendo al Ratson y mirando a los humanos: se comportan como locos, ¡y al mismo tiempo son capaces de hacer hablar a los ladrillos! Y además hacen que se comprenda lo que les dicen las pinches piedras. Seguro que has visto a algún humano platicar con un perro o un gato, ¿verdad? Hasta me imagino que a veces hablaron contigo, ¿verdad? Les gusta hablarnos a los animales aunque nunca entiendan lo que les contestamos. No hay posibilidad de una dizque charla con ellos, nos hablan como si fuéramos pendejos. Pero con los ladrillos sí se entienden, y les hacen caso y les tienen respeto: deberías haber visto al tipo ese con su cuerno de chivo y su jeta de malandro echarse de rodillas delante de un muro y pedirle perdón y que no lo volveré a hacer, jefecito, que no me castigue, por mi mamacita que no vuelve a pasar, y el ladrillo diciéndole de todo: que si eres un pendejo, un ojete, un imbécil y hasta palabras más feas le dijo. Si a mí me habla así una piedra, le meo encima.
Bueno, pero te estaba contando de cómo entramos a la casa ésta. Estaba pensando en cómo mearía yo un cuadro en una pared tan alta cuando me interrumpió el Ratson: Tenemos que averiguar quién vive detrás de este muro, dijo. ¡Ah, eso no es difícil de adivinar!: un tipo bien emputado que se quedó sin comer, le contesté. Pero, ¿quién será?, preguntó. Pues el Jefe de Jefes, Ratson, no puede ser otro, me lo dijo el Viejo en la Alameda y me lo tradujo el tlacuache nagual, y todo lo demás que me dijeron fue cierto, así que no nos van a fallar ahora: detrás de este muro debe estar la guarida del gran Capo, del mero mero petatero, del que estamos buscando para vengar al Pancho. Y a las Ramonas y los Ramones, me recordó el Ratson con un tono como de reproche, pinche rata, nunca se contenta con darme la razón nomás con sí, así es, en efecto, siempre tiene que meter algo, precisar, completar, corregir, como si uno no supiera palabrear con propiedad. Es que si dije «vengar al Pancho» fue porque con la muerte del pinche Pancho empezó toda esta historia y si yo no hubiera ido al Bordo siguiendo la pista del Pancho las ratas no se hubieran movido, ¿a poco no? Seguro que les habrían valido madres sus cuates muertos, pues las ratas son unas cosas descerebradas si no viene alguien como yo para echarlas a caminar, fui yo quien les enseñó lo que es la amistad y la dignidad tlacuachil y la necesidad de encontrar al culpable y darle en la madre, diga lo que diga el presumido del Ratson que siempre quiere tener la última palabra.
Vamos a ver por dónde nos podemos cruzar, dijo el Ratson y se fue a husmear el muro, que en lo alto estaba lleno de pedazos de vidrio y con unos rollos de alambre de púas. También había unas torres con vigilantes armados pero teníamos fe en que no se fijaran en nosotros: los humanos le tienen miedo a los demás humanos, no a un marsupial y un roedor, incluso si nos vieran no nos considerarían un peligro para ellos, y normalmente tienen razón, somos bien inofensivos y los nocivos son ellos, pero esa vez estaban equivocados, pero muy mucho. Encontramos un árbol con ramas que llegaban hasta arriba del muro. El Ratson corrió por una de estas ramas y con un brincote saltó a un árbol del otro lado. Intenté imitarlo, pero entre más avanzaba en la rama, más se inclinaba bajo mi peso, hasta que me resbalé y perdí el equilibrio, ¡cállate la boca!, si no me hubiese agarrado a la rama con las patas de atrás, seguro hubiese caído en medio de las púas y los vidrios. Aunque mucho no había ganado, pues colgaba encimita de ellos y casi me rozaban el hocico. ¿Cuánto tiempo aguantaría así? ¿Y si se rompiera la rama? El pinche Ratson se cagaba de risa: Mueve la colita, me decía, mueve la colita, dale dale, a mover el esqueleto, pa’lante, pa’trás, pa’lante, pa’trás. Pinche Ratson, se burlaba de mi incómoda situación, y yo zarandeándome encimita de los vidrios. Te estoy hablando en serio, me gritó la rata, tienes que menear la cola hacia adelante y hacia atrás, con fuerza. Entonces me cayó el veinte, lo comprendí: empecé a columpiarme, primero suavecito, después cada vez más fuerte, dándome impulso, pa’lante, pa’trás, pa’lante, pa’trás. Y ahora suelta las patas, me gritó el Ratson, y las solté y salí volando por encima del muro y me caí en un matorral que, ¡ay cabrón!, era un pinche rosal lleno de espinas. Bueno, peores hubieran sido las púas de fierro y los trozos de vidrio, pues las espinas al menos son naturales y los tlacuaches tenemos la piel hecha para resistirlas, y aunque sí me picaban mucho, me aguantaba el dolor para no darle más motivos de risa al pinche Ratson.
Estábamos en un jardín grandote, con hartos árboles, arbustos, y flores por todas partes, un chingo de flores, y fuentes con figuras de piedra que echaban agua por los orificios más extraños, y bardas y barandales y caminitos de arena y una albercota en que se bañaban unas hembras humanas medio encueradas, y unos tipos vestidos de negro les estaban mirando las tetas, que sólo tenían dos, pero bien hinchadas. En el centro del jardín había una casa muy grande, y al lado varias como casitas más pequeñas, una que parecía para guardar coches, y otra con un como insecto gigantesco de metal en el techo. ¿Y esa chingadera qué es?, le pregunté al Ratson señalando el abejorro gigante. ¿Qué va a ser?, me contestó con ese tono que no le aguanto: un helicóptero. Ah sí, lo que pensaba, le respondí. Claro que no le iba a decir que nunca había visto un helicóptero de tan cerca y que no lo había reconocido, pero igual ya se había dado cuenta. Es para volar, dijo. ¿Y también fuman dentro de los helicópteros, como en los aviones?, pregunté para mostrar que no era tan silvestre como creía. En los aviones, como en los helicópteros, está prohibido fumar, me contestó el pinche Ratson. Achis, ¿y cómo sabes, que tú has volado en un avión o qué pedo?, lo reté. Yo no, me lo contaron unas ratas que sí han viajado en avión. No me di por vencido: A ver entonces, dime, Don Sabelotodo, ¿de dónde viene el humo que les sale por el culo a los aviones?
En vez de contestarme, el pinche roedor se echó a correr. No se vale, le grité, te hice una pregunta: a ver si me lo explicas, ya me anda por aprender lo que me va a decir el señor Roedor Sabelotodo, a ver, a ver, ¿de dónde viene el humo de los aviones, señor Don Chingón? Tú déjate de humos y corre por tu vida, me gritó el Ratson desde lo alto de un árbol, porque si no corres te va a alcanzar… Ya no le oí más: me había saltado encima un pinche gato que me lanzaba arañazos y mordidas. Pinche gato, ya sacaste boleto a la chingada, le dije y le pegué una mordida en una pata, que, claro, lo enfureció aún más. Se echó para atrás, encorvó el lomo maullando a todo pulmón y, ¡sobres!, que se me avienta de nuevo buscándome el pescuezo, pero lo vi, lo medí y cuando saltó lo pepené de su pescuezo suyo de él hasta que, retorciéndose y lanzándome arañazos a los ojos, se soltó y se echó pa’trás otra vuelta. Huí pa’l otro lado trepándome al árbol donde me esperaba el Ratson, y el gato se trepó detrás, y subimos cada vez más alto y el gato detrás, y cuando estábamos ya muy muy alto, en el extremo de una rama fuerte, y el gato se nos acercaba con los pelos erizados mostrándonos los colmillos, el Ratson de repente le saltó encima del lomo con un chillido estridente y corrió para abajo, y yo hice lo mismo aprovechando mi peso para apachurrar al gato, que se quedó allí enchiladísimo, porque, sí sabes, ¿o no carnal?, que a los gatos se les da por subir a los árboles, pero ya que están arriba les da miedo a los muy pendejos y no saben cómo bajar y allí se quedarían para siempre si no vinieran los humanos con escaleras para salvarlos, lo vi muchas veces en la calle donde vivo. Los humanos adoran a los gatos, los miman y les aplauden su hueva y sus caprichos mamones, ve tú a saber por qué, y los gatos, claro, se aprovechan de los humanos y se dejan mimar y pasan la mitad del tiempo durmiendo y la otra mitad fastidiando, cómo no, si viven en casas y les sirven la comida y les dan todo lo que necesitan, ¿pa’ qué cansarse? Entonces se hacen vanidosos y huevones y sangrones, los pinches gatos, y comen de su platito las delicias que su humano les sirve con la cucharita. Si a mí me dieran comida los humanos no la tocaría hasta que comiera de ella otro animal, una rata, por ejemplo, porque sé que nos echan veneno por considerarnos ladrones, y hasta tienen razón, pues preferimos robarles a dejar que nos envenenen los pinches humanos matatlacuaches, ya ves lo que le pasó al Pancho por andar confiado con ellos. Y dime, ¿qué habría hecho un gato si le hubieran matado a su cuate? Yo te apuesto que nada, cuando mucho se habría quejado un poco, soltado un miau miau, y después habría vuelto a devorar sus croquetas, tan tranquilo. ¿Te imaginas un gato haciendo lo que hicimos el Ratson y yo por el Pancho y los Ramones? ¿Un gato pasando por tantos peligros para encontrar al culpable y castigarlo? ¿Crees que un gato sería capaz de seguir las huellas, de comprender mensajes misteriosos como el del Viejo de la Alameda, de reconocer al tlanahuatilli, de descubrir al asesino razonando con lo poco que tiene en su pinche cabecita de felino mamón? Nel, carnal. No entiendo esa como fijación que tienen los humanos por los gatos, que no sirven para nada, como ese pinche gato maullando allí arriba en su rama donde lo dejamos a que se pudriera por pendejo.
Bueno pues, entonces nos buscamos otro árbol desde donde podíamos mirar bien lo que estaban haciendo los humanos. Las mujeres habían salido de la alberca y se habían metido para dentro de la casa, y ahora unos hombres vestidos de blanco estaban colocando mesas y sillas en el jardín y traían platos y vasos y botellas, y grandes bandejas llenas de comida que se veía riquísima y olía a toda madre, hasta nuestra rama llegaba un aroma de quesadillas y sopecitos y carnes asadas y camarones y langostas y muchos dulces, la neta que me hubiera gustado acercarme a probar un bocadito, pero el Ratson, que debía haberme leído el pensamiento, me dijo que no, que no era el momento para pensar en llenarme la panza. Pinche Ratson, ¿a poco hay momentos en que uno no piensa en comer? Pus yo no, yo siempre pienso o en lo que voy a comer o en lo que acabo de comer o en cómo conseguir algo de comer, y dime, ¿hay algo más bonito y más útil que pensar en la comida? Luego de un rato llegaron unos hombres en trajes muy extraños, de muchos colores, como de guacamaya, y con sombreros muy grandes y chistosos, y se instalaron en una plataforma al lado de la alberca, donde había unas cajas negras amontonadas y una bola de cables, y los hombres traían unos objetos raros que nunca había visto antes, en unos golpeaban y en otros resoplaban, y a otros más les hacían como cosquillas con los dedos, y de todos salían sonidos rarísimos. Han llegado los músicos, dijo el Ratson, pronto comenzará la fiesta. ¡Órale, va a haber fiesta!, me dije muy contento, pues me encantan las fiestas, y le pregunté al Ratson: ¿Y estos ruidos que hacen son música? No, me contestó, todavía están afinando los instrumentos mientras esperan que venga la gente, y de la cantidad de comida deduzco que habrá mucha gente. O sea, que será una fiestota, dije yo para mostrarle que también sabía deducir. Seguramente, afirmó el Ratson. Entonces con suerte sobrará algo de la comida, dije yo y seguí pensando en lo que más me gusta.
- El laberinto de la sociedad
De modo que nos buscamos un árbol en medio de las mesas y escondidos entre las hojas nos pusimos a esperar que comenzara la fiesta. Iban y venían los hombres de blanco con bandejas de comida riquísima y un chingo de vasos llenos de ese líquido amarillento que echa burbujitas, pero ¿sabes qué fue lo que más me sorprendió? Que no se comieran nada, nadita, ni un pedacito. ¿Te imaginas, carnal? Tener en las manos todas esas delicias y ni lamerse la salsa. O habían comido ya tanto que no les cabía más, o les tenían miedo a los de negro que estaban vigilando el jardín con las armas metidas en los bolsillos para que no se las vieran, pero bien truchas, siempre mirando por todos lados con ojos de halcón, como si sospecharan nuestra presencia. Bueno, lo de «ojos de halcón» es un decir, pues la neta parecían bien miopes, miraban hacia nosotros y no nos veían, era obvio que no sabían de dónde les vendría el peligro. Y menos mal que no había halcones de verdad, que ésos sí tienen la vista muy buena y no se distraen por contemplar las nalgas de las hembras que pasan como lo hacían a cada rato esos «halcones» humanos, no sabían que les iba a costar caro su obsesión de mironear culos y tetas.
Poco a poco empezaron a llegar los invitados, hartos hombres vestidos de negro, pero también había de blanco, de gris y de azul, y las mujeres iban de todos colores y algunas llevaban sombreros extraños y hasta emplumados y otras iban medio encueradas, y no es que hiciera tanto calor, pero ya había observado en otras ocasiones que a las hembras humanas les da por medioencuerarse cuando se reúnen con una horda de machos, y quién sabe si las tlacuachas no lo harían también si pudieran, pero tienen una sola piel y no se la quitan ni para coger. La gente que no se había sentado alrededor de una de las mesas iba de un grupo a otro, saludando a conocidos y chocando sus vasos, y cuando pasaban debajo de nuestro escondite podía escuchar algunas frases sueltas, «Gracias, ¿y usted?», «Enrique, qué gusto, ¿cómo van los negocios?», «Y su señora, ¿cómo va de salud?», «No le vi en el estreno ayer», «Bien, bien, gracias, y los niños creciendo». Un cacareo como en un gallinero, un vocerío como de tianguis, sin pies ni cabeza.
Cuando se habían llenado las primeras mesas los músicos comenzaron a tocar de verdad y, la neta, ahora sí se oía mejor, hasta daba ganas de menearse al ritmo de las canciones. Con todo lo repugnantes que son los humanos hay que admitir que saben divertirse como nadie y se inventan muchas cosas para echar relajo y no celebran un mitote sin música, hasta en los entierros ponen música. Éstos cantaban sobre todo de malas mujeres, que debe de haberlas muchas, y también de hombres brutos que andan por el monte con pericos y chivas y que se pelean humanamente. La gente aplaudía cada rola, y aclamó con entusiasmo el anuncio de una canción nueva, compuesta especialmente para la ocasión, que empezó así:
Voy a cantar el corrido
de dos pillos singulares
no son el Ojo de Vidrio
ni bandidos regulares.
No son hijos de Porfirio
ni viven a salto de mata,
créanme lo que les digo:
son el Tlacuache y la Rata.
Oye, le dije al Ratson, creo que cantan de nosotros. Es posible, no dejan de sorprenderme los humanos, se limitó a comentar el pinche roedor. Pasaba un grupo de hombres que parecían odiar a los animales pues llevaban zapatos de cocodrilo, cinturones de víbora y sombreros de cuero. Hay rumores, susurró uno, de que a Don Gregorio le han salido unos contras temibles. Ya no, ésos ya no dan miedo a nadie, dijo otro, a los colombianos los dejaron fríos anoche en La Ópera. Eso es lo que dicen, pero aún no se sabe si es verdad, opinó el tercero. No me refiero a los pinches colombianos, les avisó el que había hablado primero, sino a dos que llaman El Tlacuache y La Rata. ¿Y quién tiene apodos tan feos?, se maravilló el segundo. Pos no se sabe, contestó el otro, no se les conoce en la narcada, pero deben ser dos tipos bien truchas si se atreven a desafiar al jefe. O muy pendejos, objectó el tercero, si se meten contra Don Gregorio no van a vivir para contarlo. No estoy tan seguro, habrá que seguir atentos, insistió el primero: las alianzas no son eternas, y si aparece un capo más poderoso, nos vamos con él, ¡los negocios son los negocios y adiós Don Gregorio! Por fin se marcharon y me dejaron escuchar la canción:
Un sicario bien tomado
por la calle daba tumbos
cuando vio dos bichos raros,
extraños por esos rumbos.
No eran el chupacabras,
ni coyotes, ni mapaches,
ni armadillos, ni tejones,
sino la Rata y el Tlacuache.
Chocaron sus vasos dos hombres que en vez de pantalones llevaban unos vestidos de tela negra que les llegaban hasta los pies, con cintas de color atadas en torno de la panza, una roja y violeta la del otro, quien tomó un sorbito del líquido burbujeante y comentó con voz quejumbrosa: Estas canciones modernas no hablan más que de violencia y superstición, ¿no le parece lamentable, Su Eminencia? Quizás le sugiera al Pontífice que diga algo al respecto en su próxima encíclica. El otro hizo una mueca de desdén: Es una lucha perdida de antemano. Hay tanta depravación en el mundo de hoy, tanto materialismo hedonista, y todo por culpa de esta plaga de laicismo con que el diablo tienta a las masas inconscientes. Sólo nos salva que quedan hombres altruistas y de principios firmes como Don Gregorio, quien tan generosamente nos ayuda: ¿qué sería de nosotros sin personas abnegadas como él? Pero mejor hablamos de asuntos más agradables, Reverendísimo: ¿hay nuevos monaguillos en su diócesis? Uy, sí, contestó, unos chiquilines recién llegados de Honduras. El de la cinta roja levantó su vaso en señal de aprobación: Qué bien que alguien se apiade de los pobres niños migrantes. Y el otro tomó un sorbito y se lamió los labios: Amarás a tu prójimo como a ti mismo: ¡salud, Su Eminencia! Y no se pierda el caviar, que es excelentísimo. Se dirigieron a las mesas de la comida mientras los guacamayos seguían cantando:
Un halcón tenía la orden
de guardar muy bien la mota,
la robaron toditita
sin que lo viera el idiota.
Cuando el jefe se entera
saca el fierro y lo mata,
de nuevo lo humillaron
un Tlacuache y una Rata.
Un hombre solo, apoyado contra el tronco de nuestro árbol, hablaba a una cajita que se apretaba contra la oreja: No sé si es verdad lo que me acaban de decir, pero me preocupa… Sí, así es… Tiene enemigos… Nadie sabe quiénes son, sólo se conocen sus apodos… El Tlacuache, y al otro le dicen La Rata… Que si cae Don Gregorio, que nos ayudó tanto a financiar las campañas electorales, me temo un escándalo… Sí, tú y yo sabemos con qué tipo de negocios ganó su fortuna, pero para la opinión pública es un mecenas del cine y del arte, un modelo para toda la nación… No digas esto, sabes perfectamente que a mí el movimiento me da tan igual como a ti, y las transas de Don Gregorio me valen verga, pero sí me importan la imagen que tenemos con el pendejo pueblo, la lana que nos da y el poder que nos hemos comprado, y si cae él será difícil evitar que en su caída nos arrastre consigo… ¡Cómo que no serán peligrosos! Si ya les hacen corridos… Más no pude entender y volví a concentrarme en la letra de la canción:
A una chava levantaron
que de Medellín venía
con la coca bien guardada,
en las tripas la traía.
Se creían muy seguros
pero metieron la pata,
no contaron con la astucia
del Tlacuache y de la Rata.
Otro grupo de hombres se estaba acercando. Si se confirmara que algo tuvo que ver con la balacera de anoche sería una muy mala noticia para la bolsa, dijo uno, ustedes saben que Don Gregorio posee el sesenta por ciento de las acciones de nuestra empresa y el mercado reacciona de manera muy sensible a tales rumores. Si sólo fueran rumores, dijo otro, pero hay cada vez más indicios que parecen demostrarlo. O díganme, ¿por qué financia películas sobre narcos y contrata a cantantes de narcocorridos para sus fiestas? No exageren, los regañó el tercero, éstas son meras concesiones a la moda: el narco es lo de hoy, es lo que se vende, es puro estilo, pura estética. Si quieres invertir bien tu dinero produce una película sobre narcos. Si quieres ganarte una fortuna con poco trabajo, escribe una narconovela. La narcocultura es un buen negocio, nada más, y ninguno de nosotros le haría asco a un buen negocio. ¿Han olvidado ya las sumas nada despreciables que Don Gregorio donó para la lucha contra la droga? No puede ser tan cínico. A propósito, ¿dónde estará Don Gregorio? Es su fiesta y todavía no lo hemos visto. Y se fueron discutiendo mientras la letra del corrido rezaba así:
En el Cerro de la Estrella
guardaron a la mujer,
amarrándola con sogas,
ni le dieron de beber.
La mujer se les peló,
no dejó ni un huarache,
y los perros ayudaron
a la Rata y al Tlacuache.
Eso sí no me lo había esperado: una canción sobre nuestras aventuras secretas. No sé por qué, pero me sentía honrado que unos pinches guacamayos humanos nos dedicaran una rola, y al mismo tiempo había algo que no me cuadraba: ¿Cómo se habían enterado de todo esto? ¿Quién les había contado todos los detalles? Del secuestro de la chava podían haberles hablado los mismos narcos, pero lo de los perros sólo lo sabíamos el Ratson y yo, y los pinches perros, claro, pero con ésos seguro que no habían platicado. Era como si alguien nos hubiera observado todo el tiempo sin que nos diéramos cuenta. El Ratson tampoco me lo supo explicar, sólo dijo ¡chst!, ¡déjame escuchar lo que cantan! Y cantaron eso:
Un comando bien armado
de la sierra colombiana
al combate desafió
a la mafia mexicana.
El capo les ofrecía
una tregua con tepache,
aun así empezó la guerra
por la Rata y el Tlacuache.
No te creas nada de lo que escribió la prensa del incidente de La Ópera, dijo una voz que me sonaba conocida. Me asomé un poco para ver mejor quién estaba debajo de nuestro árbol, y sí, era el preguntón pelirrojo de la noche anterior que platicaba inclinándose hacia una mujer que traía la mitad de sus tetas al aire libre y la otra envuelta en un velo de seda verde semitransparente. Ella hablaba muy bajito y no le oía, pero a él sí que se le podía escuchar claramente. Fue nada más que una puesta en escena, le explicó el dizque periodista, mis colegas cayeron en la trampa y hablaron de masacre y muertos por doquier, pero yo estuve allí y fui testigo de todo, muy buenos los actores, por cierto, y excelente la puesta en escena, todo parecía tan real, con efectos especiales impresionantes, tú sabes de qué es capaz el cine, esa fábrica de ilusiones. Pero claro, le prometí a Don Gregorio no revelar la verdad para no sabotear su campaña de promoción de la película, es lo mínimo que le debo, y no seré un ingrato aguafiestas. Me prometió la exclusiva: nuestra revista será la primera en obtener las escenas del video, por eso me guardo la publicación de la entrevista hasta después del estreno del tráiler en YouTube. Sí, el que rodaron anoche, que va a ser genial, te lo prometo, es que yo estuve allí y vi la puesta en escena: viral va a ser, viral. Y de nuevo la canción:
Señor Narco y sus cuates,
guarden bien la mercancía,
porque andan por sus tierras
dos héroes sin cobardía.
Ni el Buscón ni Lazarillo,
ni el Guzmán de Alfarache
saben más de picaresca
que la Rata y el Tlacuache.
De repente olía feo, como una mezcla de rosas de Jamaica, guayaba y orines de caballo. ¿Qué apesta tanto?, le pregunté al Ratson. Supongo que los perfumes de estas señoras, contestó señalándome con la pata un grupo de mujeres que sorbían limonada de sus altos vasos y charlaban con voces estridentes. A mí me encantan estos neocorridos posmodernos, dijo la más acicalada, son más sofisticados que los tradicionales que cantan los nacos. Y tienen un ritmo menos ripioso, añadió la segunda. Y se agradece la rima consonante, opinó la tercera, pues a mi la asonancia no me va, me parece tan plebeya. No comprendí ni jota de lo que decían, pero me consta que olían muy mal, ¡qué asco de perfumes! Entretanto los músicos habían llegado al final de su canción:
De Cancún a Tamaulipas,
desde Chiapas a Tijuana,
y en los montes sinaloenses
ya la raza mexicana
bien lo sabe y ya lo cuenta
que ni Villa ni Zapata
son contrarios tan temibles
como el Tlacuache y la Rata.
Vuela vuela palomita
sobre plantíos y huizaches
aquí se acaban los versos
de la Rata y el Tlacuache.
Creo que querían seguir cantando pero en esto salió de la casa Don Gregorio, con cara de estar muy emputado, y los hizo callar a los músicos con un gesto tan enfurecido que los pobres se miraban pálidos y miedosos. Parece que no le gustó nada la canción a Don Gregorio. A mí sí, la verdad que sí, es que da mucho gusto que canten sobre ti, aunque sean unos pinches humanos. Se siente uno diferente, como más importante, como más noble. Si fuera por mí, podrían hacerme corridos todos los días, soy superfans de los corridos que hablan de tlacuaches, ojalá hagan más, son la neta los tlacuachicorridos, la mejor música que conozco. ¿Sobre ti nunca han hecho canciones, carnal? Qué pena me das.
Deja un comentario