1. El sabio abuelo

Desperté debajo de un árbol. No me preguntes cómo llegué a parar allí, no te lo sabría explicar. Sólo recuerdo que me escapé de la balacera, que había vagado un buen rato por las calles del centro, llenas de gente y carros, y que me sentía medio mareado, y que todo se veía extrañísimo y se oían ruidos raros, creo que los humanos me habían pisado la cola porque me dolía horrible o que me habían rozado las ruedas de varios coches porque estaba todo tiznado, sí me acuerdo que del puro miedo me había quedado engarrotado detrás de un tambo, y también de una pareja que hablaba de cosas que no entendí pero que me sonaban como familiares, como si me recordaran algo pero no sabía qué, y que al final él había dicho algo sobre una alameda, y que apenas lo había dicho todo se apagó. No sé que pasó luego, si me desmayé, si me dormí, si seguí caminando por las calles, quién sabe. Nomás todo se puso negro y no recuerdo nada, sólo que volví en mí debajo del árbol que te dije, con una pinche sed como nunca había sentido en mi tlacuacha vida, con los ojos hinchados y con las patas todavía medio dormidas. El árbol estaba en medio de un como parque, donde había más árboles y pasto y flores y mucha gente sentada en bancos o paseándose o bañándose en una fuente, y no muy lejos se veían pasar muchos faros de coches, o sea, estaba como en una isla verde en medio de la ciudad. Más tarde me dijo el Ratson que eso era la Alameda, que no la había reconocido porque nunca antes había estado allí, pero él sí, el pinche Ratson, siempre presumiendo de conocerlo todo, pero cuando desperté debajo del árbol no estaba ahí, el culero se había esfumado cuando empezó el tiroteo, diga lo que diga, estoy seguro de no haber visto a ese cabrón desde que los narcos comenzaron a dispararse. Pinche rata miedosa.

Miré para arriba y no vi el cielo, porque el árbol lo cubría totalmente. ¡Qué árbol más alto! Un fresno enorme, con tres raíces gruesas que se hundían en la tierra como serpientes monstruosas y el tronco era tan largo que no alcancé a ver la cumbre. De repente alguien me agarró del pescuezo y me levantó hacia una de las ramas inferiores y de allí, saltando de una a otra, subió y subió rapidísimo, agitándome como un trapo y riéndose todo el tiempo, jijijí, jijijí. ¿Quién carajos…?, empecé a quejarme, cuando me soltó, y mientras caía me perseguía la risa loca del pinche cabrón, jijijí, jijijí, y casi cuando me estrellaba contra el suelo, en el último momento me cogió de la cola y me hizo girar varias veces en el aire, vuelta y vuelta de mi adolorida cola, hasta que me tiró sobre una rama. ¿Quién chingados jugaba así conmigo? Jijijí, se rió una ardilla. ¡Puta ardilla loca!, le grité, ¡casi me matas! Jijijí, me contestó. Entonces la vi de cerca y me pareció conocida: ¡era la ardilla a la que había mordido en los Viveros!, ¿o no? Traté de ver si tenía una cicatriz en la cola. Pero no podía ser la misma, pues esta ardilla era más grande, era enorme, gigantesca, y siguió creciendo ante mis ojos como también crecía el árbol, le salían ramas y hojas que a su vez se multiplicaban y el tronco parecía llegar ya hasta la luna. ¡Puta madre!, había empezado a alucinar otra vez y bien gachísimo. ¿Te late mi cuate?, me preguntó el Pancho, es la rata Tozqui, o Tochtli para los amigos, no le tomes a mal sus bromas, es la mera mera de este árbol. No lo podía creer, pero sí: era el pinche Pancho que se había sentado junto a mí. ¿Pancho?, le dije asombrado, ¿eres tú, carnal? A güevo güey, ¿quién otro si no?, ¿o tengo pinta de ser tu abuela, que en paz descanse?, se burló. Pero, ¿no estás muerto? No estaba muerto, andaba de parranda, pendejo. Nel, ya en serio, muerto o vivo, ¿qué diferencia hay?, dijo con desdén, ¿y tú, estás vivo o qué? ¿Eres real o imaginación mía? No supe qué contestarle: ¿seguía mal de la cabeza yo o era él el loco? No era posible que estuviera allí platicando conmigo. ¿No lo había visto reventar? ¿No lo había botado el viene-viene? Quédate acá con nosotros, me dijo el Pancho, se come muy bien en este árbol, hasta mejor que en el Bordo, la rata Tochtli nos trata a toda madre. Jijijí, se rió la ardilla. ¿Qué rata?, pregunté. Pues, ésta, carnalito, y señaló a la pinche ardilla. No es una rata, es una ardilla, le dije. Es la rata Tozqui, insistió. Que no, pinche Pancho, ¿además de muerto estás ciego o te hiciste más pendejo que cuando estabas vivo? Es una ardilla, le dije. Soy Ratatosk, dijo la ardilla con voz cantarina, el guardián del árbol del mundo, jijijí. Me quedé como electrocutado por un rayo: ¿Qué árbol dices que dijistes? Éste, pues, el del mundo, jijijí, repitió, pienso que es maravilloso, jijijí. ¿El árbol Xochitlicacan? ¡Qué chingón! ¿Ahora sí estoy en Tamoanchan?, quise saber todo emocionado. Llámalo como quieras, me dijo el Pancho, pero te digo que se come muy bien aquí, y el Tochtli es ley, quédate mano, no te arrepentirás, esta noche hay fiesta en la madriguera. Pero tú estás muerto, Panchitito, estoy seguro, te vi con mis ojos bien tieso, bien fiambre. No creas lo que ven tus ojos tuyos, confía en lo que ve tu corazón, me dijo el pinche Pancho. Pero la ardilla… ¿Qué ardilla?, dijo y se desvaneció. ¡Pancho! ¡Pancho!, lo llamé desconcertado. ¿Qué Pancho?, preguntó la ardilla, y vi que le habían crecido las orejas, ¿Qué Pancho?, y el rabo se le había reducido a un pinche muñón, ¡Te veré!, me gritó, y ya no era una ardilla sino un conejo, ¡Te veré, jijií!, en el lado oscuro de la luna te veré, jijijí!, se rió, pegó un brinco y se esfumó. Un rato los busqué entre las hojas, pensando que se habían escondido para burlarse de mí, pero ni rastro. ¿Y ahora qué? ¿Cómo bajo de este árbol?, me preguntaba, pero el árbol ya no estaba allí, y me encontraba en el suelo, delante de una fuente que chorreaba agua hacia cuatro rumbos diferentes.

Algún animal corrió por el pasto y se metió en los matorrales, tal vez un conejo. Me metí debajo de un arbusto detrás de un banco para descansar. Aquí no te puedes quedar, me ladró un xoloitzcuintle más negro que la noche, o cruzas el umbral o te quedas de tu lado, pero muévete, aquí nadie se detiene, me dijo. ¿No te vi ya en el Cerro de la Estrella?, le pregunté. No sé de qué me hablas, soy el perro de Mictlán, el reino de los muertos, y te advierto que de donde estoy yo no hay retorno, no hay retorno, no hay… Y resonó el eco de sus palabras en que se había disuelto el xoloitzli, pinche perro, ¿dónde se metió para desaparecer así? Y habría jurado que era el mismo que mandaba a la jauría que se zampó al flaco. Uta, también el perro se había esfumado. Y en el cielo la luna llena, como una bola ardiente, un mundo abrasándose en el fuego, y con una gran mancha oscura como un conejo. ¿O era una ardilla? Me mareaban tantas locuras, tenía la impresión que había alguien en mi cabeza, pero que no era yo. ¿Qué jardín más extraño era éste donde aparecían y desaparecían animales vivos y muertos y uno veía crecer los árboles que eran enormes y de repente ya no existían?

La que sí seguía allí era la fuente con sus cuatro chorros de agua y un humano de metal en el centro, un muchacho en cueros que se balanceaba sobre una sola pierna como un bailarín y que llevaba en una mano un palo en torno al cual se enlazaban dos serpientes y en la cabeza un sombrero con alas, ¡qué mariconada! Ya no había mucha gente. Un bolerito bostezaba esperando clientela, dos policías a caballo hacían su ronda a trote lento, y allí estaba de nuevo la pareja que había visto después de escaparme del restaurante, y ella preguntó: ¿No te parece mucho mejor aquí?, y él: Sí, tenías razón, es mucho mejor, y señalando la fuente añadió: A éste lo deberíamos poner también, es como un anuncio simbólico, como un guiño, ¿qué te parece? Pero ella no lo comprendió, y él explicó: El mensajero de los dioses, las alas: piensa en la profecía que le va a decir, ¿no ves las analogías? No sé, es demasiado culto, demasiado rebuscado, dijo ella, no me gustan tantos juegos intelectuales. Ya verás, saldrá requeteguay, se mostró muy con­vencido él, y ella gruñó: Se dice chido. Y se alejaron discu­tiendo.

De nuevo tuve la impresión que lo que habían dicho tenía algo que ver conmigo y me quedé pensando sobre qué podrían significar sus palabras y qué hacía ese par de bichos raros en un lugar como aquél, pero no le encontré sentido a nada. Entonces, así de repente como venida de quién sabe dónde, vi a la luz de la luna la sombra de un tlacuache grandote, tan alto como un humano: el cuerpo larguirucho como ejote con panza, y por delante, a la altura de la boca del estómago, un bulto, como una bolsa. Chicles, dulces, caca­huates, gritó la sombra, y vi que no era un tlacuache, sino un vendedor ambulante, y no llevaba bolsa, sino una caja delante de la panza en que traía la mercancía, y en una mano un bastón blanco con que tanteaba el suelo como había visto hacer a los ciegos humanos. Se paró delante de mi escondite, y tras olfatear un rato el aire de la noche, se dirigió hacia mí con pasos seguros y me apuntó con su bastón como si me viera: Mira con quién me encuentro aquí. ¡Qué bonito es el tlacuachito, qué preciosidad de tatacuatzín! ¿No quieres un chocolatito, tatacuatzinito lindo? Se agachó y me tomó en las manos para hacerme cuchi-cuchi, y yo, como apendejado, me dejé hacer sin morderlo. El ciego se sentó en el banco, me posó en su regazo, y curiosamente no le tenía miedo: nunca me había tocado un humano, pero era como si nos conociéramos desde mucho tiempo atrás. Así se quedó sentado un rato, acariciándome la espalda y llamándome tacuachito de mi corazón y tatacuatzín de mi alma y otras cursilerías por el estilo, hasta que de repente se puso muy serio y me susurró: Sabía que te encontraría por aquí. Tenemos que hablar. Lo miré incrédulo: ¿Hablar nosotros?, pensé en voz alta. Sí, te tengo que decir cosas importantes, me contestó.

¿Sí te das cuenta de lo que te digo, carnalito?, ¡el chingado humano me contestó! Tú sabes que los humanos siempre andan dale y dale con hablarnos a los animales, pero nunca reaccionan a lo que les decimos, son como sordos para nosotros, ¿cómo puede ser de otra forma si no son animales de razón? Pero el ciego ese me respondió. ¿Me comprendes?, le pregunté para asegurarme de que no me había equivocado. ¡Claro que te comprendo?, me contestó. Pero, esto no puede ser, los humanos nunca comprenden a los animales. Yo a ti sí te entiendo, y no sólo lo que dices, sino también lo que piensas. No tienes secretos para mí. Achis, ¿cómo?, ¿por qué?, pregunté. Tenemos mucho en común, más de lo que te puedes imaginar, mucho más, dijo con un aire misterioso. Somos almas gemelas: tu eres mi lado animal y yo tu lado humano, empezó a explicarme, es como si tú fueras mi nagual y yo el tuyo. ¿Sabes qué es un nagual? Sí, claro, le contesté, un tío mío chambea de nagual en la UNAM. El viejo se rió: ¡Qué chistoso eres! ¡Un nagual en la UNAM! Y casi se atragantó de la risa, antes de continuar, de nuevo muy serio: Tienes que saber que muchos siglos atrás, los hombres todavía no habíamos olvidado por completo que somos animales también y nos comunicá­bamos con ustedes, aprendíamos de ustedes y les pedíamos consejos, y en aquellos tiempos había entre los aztecas una casta de guerreros que tenían la astucia de los tlacuaches y se movían en la noche y luchaban en la oscuridad como los tlacuaches, se vestían como tlacuaches y que cuando meditaban tomaban la forma de ustedes, se transformaban en tlacuaches de carne y huesos, con pelo y rabo, tlacuaches humanos: a esos los llamaban yaotlacuatzin, los guerreros tlacuache. Te voy a revelar un secreto: estos guerreros tlacuache siguen existiendo, en un pueblo que se llama Coatlinchan, son gente sabia, gente que siempre está en contacto con el mundo espiritual, y yo soy uno de ellos, me llaman el Sabio Abuelo Tlacuache, y como todos los yaotlacuatzin tengo alma dual, medio humana, medio tlacuacha, y por eso te comprendo y me puedes hablar.

Qué de cosas me decía el viejo ciego y barbudo, cosas de nosotros que ignorábamos los tlacuaches, que me hacían orgulloso de mi raza, que me enseñaban que los tlacuaches éramos seres excepcionales, que podíamos ser héroes y hasta dioses que los humanos admiraban en otros tiempos. Habrá mucho que contar de ustedes, siguió el viejo, cosas maravillosas: ¿Sabes de los cuatro tlacuaches que cargan sobre sus espaldas a los cuatro dioses que sostienen el cielo? Los pueblos de estas tierras siempre los veneraban, los creían indestructibles: ¿conoces el mito del tlacuache que se suicidó en un río y dijo a su esposa que diera su carne a comer a un compadre, pero que dejara todos los nervios pegados a los huesos, y que recompuso su cuerpo despedazado en el agua y, resucitado, fue a platicar con el compadre que lo había comido? Me encantan los mitos, y te contaría muchos más, pues escribí todo un libro sobre ustedes, pero no tenemos tiempo, hay que ir al grano. Escucha bien y no olvides ni una sola de mis palabras, lo que te voy a decir es muy importante: estás buscando y encontrarás al que buscas, pero no creas en las apariencias, debes saber que todos somos pasibles de error por la emoción del descubrimiento, a menudo nos engañamos y no reconocemos lo buscado cuando lo tenemos delante de los ojos, los resultados de la búsqueda derivan, a veces, de forzadas enmiendas y pesan en ellos huecos y supuestos, las conclusiones son unas más, otras menos convincentes, pero lo que sí es innegable es que con esta laboriosa tarea finalmente llegaremos a la verdad.

Ahora el ruco hablaba bien extraño, dando vueltas y vueltas en torno a las cosas, y con ese tono solemne, como de funeral. El sabio abuelo se inclinó hacia mí y me habló a la oreja: Yo sé a quién buscas y dónde lo encuentras. Te podría llevar por los caminos más torcidos o por el camino más derecho al lugar donde está el que buscas, pero como soy dual lo haré por los dos: sólo de ti depende si el camino será largo y complicado o si llegarás a tu meta por la vía más corta. Escucha bien lo que te voy a decir: para llegar allí tienes que buscar al tlanahuatilli moteca, no lo olvides, el tlanahuatilli de los guajolotes chuecos, recuerda que vendrá cabalgando un insecto de metal y pasará cerca del tlachtli de los mimiztin, espéralo allí, delante del tlachtli, a la hora del ocaso de Tonatiuh, lo reconocerás porque lleva pintada la efigie de Quetzalcoatl, el de las barbas doradas, y él te llevará al cerro donde crece el zacate y allí terminará tu búsqueda, si bien o mal, esto no te sabré decir, que no soy vidente.

La cara del ciego se me acercó tanto que sentía su aliento agrio, hasta creí que me iba a agarrar a besos, luego de su boca salió una lengua larga y viscosa que me lamió el hocico y, ¡guácatelas!, el ciego se había transformado en un pinche caballo. ¡Fuera de aquí, Tlacuache! No toleramos alimañas dañinas en este parque, dijo el cuaco y me mostró su dentadura capaz de partirme en dos como un cacahuate. Huí pitando y no paré de correr hasta encontrarme ante unas escaleras que conducían bajo la tierra.

¿Nos podemos ir ahora?, hace rato que nos están esperando, dijo de repente el Ratson. ¡Órale, no me espantes! ¿De dónde saliste, güey? ¿Dónde estuviste?, le pregunté sorprendido. ¿A qué te refieres con que dónde estuve? Si te he acompañado todo el tiempo, desde que salimos del Bordo, me contestó al parecer no menos sorprendido por mi pregunta que yo por su reaparición, pero para mí que estaba fingiendo, el muy hablador. Hace rato que desapareciste, le reproché. ¿Cómo que desaparecí?, me dijo el sinvergüenza, si nunca me aparté de tu lado. Entonces, le pregunté, ¿también escuchaste lo que dijo el viejo?, ¿y viste a la ardilla? Por favor, Tlacuache, no sé de qué me hablas, ¿qué viejo y qué ardilla?, el Ratson no sabía de nada. ¿No oíste lo que hablé con el hombre ese, el viejo ciego? El Ratson me miró con una chispa burlona en sus ojitos: Tlacuache, entiéndeme, tú no hablaste con nadie, por otra parte, ¿cómo te podría comprender un humano?, ¿desde cuándo los humanos pueden hablar con los animales? ¿No sabes que nosotros los comprendemos, pero ellos a nosotros no ya que carecen de razón natural? Son humanos, primates inferiores. Estuviste soñando, al parecer. Pus, no me parecía, le dije algo inseguro, lo vi bien clarito y platiqué con el viejo como ahora contigo, y me contó de los guerreros tlacuaches de Coatlinchan y que nos esperaría un tlanahuatilli moteca en el tlachtli de los mimiztin y… Y al Pancho, ¿no viste tampoco al Pancho? Tú estás mal de la cabeza, eso es lo que sucede, dictaminó el Ratson, estás delirando. ¿Cómo puedes haber visto al Pancho? Los muertos no resucitan. ¿No habrás comido algo que te pueda haber sentado mal? Pus, no, le contesté, ojalá hubiera comido, si hambre no me falta, pero sólo probé un poco de hierba seca que se le había caído a uno de los narcos. El Ratson se rió: Ah, pues, eso lo explica todo: comiste mota. ¿Mota? Sí, mota: es una droga que usan los humanos y que te provoca alucinaciones tanto visuales como auditivas, como si soñaras despierto. Y se te nota: tienes los ojos retecolorados. Pero el viejo era real, pro­testé, incluso me tocó y sentí sus dedos en la pelambre cuando me hacía cuchi-cuchi. ¡Alucina­ciones!, dijo el Ratson, ¡pura imaginación tuya! Y ahora date prisa, ya te dije que nos están esperando, y empezó a bajar las escaleras. Oye, le pregunté desconfiado, ¿adónde se baja aquí? ¿No será la entrada a Mictlán? Por mí llámalo como quieras, me contestó el pinche Ratson, yo le digo estaciona­miento subterráneo.

  1. El consejo de las ratas

Hasta me da vergüenza contarte esto, compita, dirás que nomás ando detrás de pura rata, pero había jurado vengar la muerte del Pancho y como te digo, la palabra de un tlacuache es sagrada: si para cumplir mi promesa debía convivir con roedores mugrosos, ni modo. Además, ya el viejo del parque me había confirmado que iba por el camino correcto, dijera lo que dijera el pinche Ratson con sus maneras de chingaquedito. Debía seguirlo pero la neta me daba frío, yo creo que tenía un como presentimiento, si hubiera sabido lo que iba a encontrar ahí abajo no me hubiera metido atrás de la rata, pero en ese momento no me quedaba de otra que ir detrás de ella. Así que bajamos para abajo por las escaleras a un lugar muy caliente y que apestaba a gases venenosos, a orines, a humor humano, bien feo, y cómo no si estaba lleno de coches, era donde los carros dormían la siesta, y en los lugares donde no había coches el suelo estaba manchado de grasa y unas sustancias brillantes, seguro que venenosas, te lo juro que me daba asco pisar ahí. Y no me lo vas a pasar a creer, carnal, pero en ese lugar inmundo había humanos vendiendo comida, ¡guácala! ¡Quién puede comer ahí si hasta de respirar se te revuelven las tripas! Me cae que hay lugares donde sólo pueden vivir los humanos y las ratas, se me hace que por eso se encuentran los unos tan cerca de los otros.

Yo iba callado porque todavía andaba medio mareado por la famosa mota que me había comido, además de que no quería ni respirar ese aire tan apestoso, así que el Ratson iba hable y hable muy contento. Bueno, yo creo que muy contento aunque, como siempre, decía todo en tono serio de funeral. Este momento es muy importante, Tlacuache, me decía mientras me guiaba ahora por un tubo de ventilación para meter aire bajo tierra: Las ratas hemos decidido brindarte un honor muy alto al permitirte entrar en este lugar. Pocos animales han entrado y, hasta hoy, ninguno ha salido vivo para desvelar el secreto debajo de la tierra: quienes cruzan este umbral pierden toda esperanza; pero tú nos has ayudado y, aunque todavía se notan las trazas de tu encuentro con la mariguana, te permitiremos atestiguar una reunión en el gran Consejo de las Ratas. ¡Puedes sentirte muy orgulloso, Tlacuache! Ajá, dije yo. No, pos sí me iba a sentir rete-orgulloso de ir tras de un pinche roedor por túneles inmundos y oscuros, me cae. Llegamos a un lugar en el tubo donde había un agujero, ahí se metió el Ratson y detrás me metí yo; era una caverna muy antigua donde el aire ya no estaba tan apestoso pero sí había harta humedad, caía agua de las paredes y corría por debajo de nuestras patas. Ya no hacía tanto calor como en el estacionamiento, pero sí estaba tibio el aire y olía a viejo y a tierra. Y a ratas. Chingos y chingos de ratas, como cuando llegué al Bordo. Pinches roedores siniestros, de pronto nomás sentí como se me erizaban todos mis pelos, como si miles de ratas vigilaran cada uno de mis pasos. Yo trataba de no perder al Ratson pues por nada del mundo hubiera querido quedarme solo ahí, pero de ladito de pronto veía pares de ojitos negros o colas que salían corriendo. Mi guía por este inframundo, el Ratson, seguía con que su consejo y el honor para un tlacuache común y corriente, que si era un día memorable entre ratas y tlacuaches y que si después de los tlacuarratas nomás esta visita estaba al nivel, que no dejara que mi prudencia me colmara de temor y que toda flaqueza debe aquí ser muerta y no sé cuántas tonterías más con sus maneras extrañas de decir las cosas. Yo ni le escuchaba bien, pues comencé a oír un murmullo que cada vez se hacía más fuerte, nos íbamos acercando a un lugar lleno de ratas por lo que podía adivinar. Y sí, de pronto el Ratson se detuvo y se me puso enfrente: ¿Comprendes entonces, Tlacuache, la trascendencia de este momento, la importancia que reviste? Psss, clarín trompetas mi Ratson, le aseguré aunque no había escuchado ni la mitad de su perorata. Bien, respondió, y tendiendo sus garritas delanteras me confortó con rostro placentero, bienvenido al Gran Consejo de las Ratas, y me llevó por un recoveco. Salimos a una cueva más grande, también oscura, pero llena hasta el tope de ratas que rodeaban un edificio impresionante, de esos que según mi tío habían hecho los humanos cuando fueron amigos de los tlacuaches, ¡un templo!

Seguro volví a poner cara de pendejo, porque el Ratson se puso muy contento. Ah, el impacto dramático no falla, decía, ante el Gran Rat sólo puede uno quedar estupefacto, ¿no es verdad Tlacuache? Pos no sé qué sea eso de estupeflato, pero de que está chingón sí está chingón, ¿cómo dices que se llama? Se dice estupefacto, me corrigió el pinche roedor, y es el Gran Rat, el lugar del consejo, la casa de las ratas: la Rat-Haus como le llamaban las primeras ratas que llegaron a estas tierras, y éstos que ves aquí son los miembros de la asamblea, ven que te los presento. Me llevó ante un grupo que hablaba de no sé qué cosas y me fue presentando de uno por uno a cada pinche roedor, si nomás porque como tlacuache tengo una memoria prodigiosa, de otra manera no sabría cómo es que me aprendí tantos nombres raros: recuerdo a un tal Romualdo que se la pasaba contando sus sueños cachondos con una tal Ratimonda y decía que ésa era su vida real y que el Consejo era el sueño y no sé qué tantas jaladas, luego me presentó otra rata bien chistosa que tenía su nariz roja roja como fruto de pirul, un tal Rodolfo. Déjame pensar, también me presentó a Ronaldo, Raimundo, Rosina, Rosa, Romana, Ratka, una hembra bien peluda que se llama Rapunzel, un Randalf al que apodaban el Gris, un tal Rakä, un joven que presumía haber dado la vuelta al mundo en un barco, y una mamacita bien buena pero que según era una jija, Rubí, y además Rosaura, Rómulo, Remo, Ralf, Rashid, Roberto, René, Radoslava, Rosalía, Rosalío… También ahí abajo nos encontramos otra vez con Rudy, Ramsey, Ricki, Rambo y Rocky, las ratas de cine, quienes nos saludaron con mucho gusto: ¡Ratson, Tlacuache, qué placer verles por acá! Te hemos guardado varias manzanas con chocolate, Tlacuache, dijo Ramsey, creemos que te gustaron mucho. ¡Qué buena onda de ratas!, mira que tener un detalle como ése es de cuates, ¿no crees? También vimos a Rigo y a Rey que trataban de ligarse a dos hembras diciéndoles algo que, por lo que se notaba, no les gustó nada pues los dejaron plantados muy ofendidas.

La neta yo ya me sentía medio mareado entre tanta rata y en ese lugar tan encerrado, pero el Ratson estaba como en su casa, platicando con todo el mundo, muy serio, como si estuviera organizando algo bien importante. Entonces subieron al templo, que ya acostumbrado a la poca luz veía bastante ruinoso, varios grupos de ratas y todos se quedaron callados, como esperando. Randalf el Gris tomó la palabra: ¡Hermanos y hermanas ratas! ¡Nos hemos reunido en este consejo para discutir sobre los asuntos más urgentes de nuestras comunidades! Cedo la palabra al compañero Ruprecht para que nos diga la orden del día. Se levantó sobre sus cuartos traseros una rata negra de hollín y comenzó a recitar: Primera plenaria: se buscará la manera de auxiliar a las compañeras del Bordo sobre el caso de envenenamiento por ingestión de carne humana; segunda plenaria, se recuperará la discusión sobre un tratado de paz con las palomas del centro y sur de la ciudad. Ahí una rata se puso bien loca y comenzó a gritar, ¡Nada de tratados de paz! ¡Es un atraco a la soberanía de las ratas! ¡Consejo vende-ratas que pacta con el enemigo! ¿Que no ven?, ¡sólo buscan dejarnos sin comida! ¡Hay que exterminar a todas las palomas! ¡No son nuestras amigas, son nuestro alimento! Otra rata le interrumpió: No, Radomir, debemos dar aliento a los esfuerzos de paz, reconciliación y justicia para contribuir al logro de la convivencia armónica entre palomas y ratas, ratas del aire y ratas de tierra. Ya si ellas no cooperan les podemos cortar las cabezas antes de que salgan de sus inmundos nidos y comernos sus huevos hasta lograr su completo exterminio, mas no antes de buscar la convivencia pacífica. Comenzaron a murmurar todas las ratas, pero Randalf golpeó una piedra sobre otra para acallarlas: Se ruega a los compañeros Radomir y Rigoberta que aguarden su turno en la tribuna, de otra manera tendremos que levantar la sesión. Siga por favor, compañero Ruprecht. Tercera plenaria, se discutirá la búsqueda de habitación para las compañeras ratas que han visto invadidas sus alcantarillas por cachorros humanos. Se abre la discusión para las ratas del Bordo. Compañero Ratson, se le solicita su presencia en la tribuna para exponer el problema… En esas estaba cuando me llamó Rambo, que se acercaba con Rudy: ¡Eh, Tlacuache!, aquí te trajimos las manzanas con chocolate, ¿por qué no vienes y nos cuentas cómo estuvo lo de tu amigo el Franky? No, le dije, ¿que no ven que va a hablar el Ratson?, y pus ese tema me interesa también. Sí, sí, lo sabemos, hijo, pero Ratson puede ser un poco cargante cuando toma la palabra, ¿no es cierto? Cargante, sí, algo cargante, me decía el Rudy mientras me tomaba de una pata para alejarme del lugar donde hablaban sus compañeras, y tú ya conoces bien el problema que va a exponer esa ratita con sus maneras tan rebuscadas y barrocas, ¿verdad? En eso tenía razón el Rudy, a quien acompañaban las hembras que habían plantado a Rigo y Rey y que me presentó como sus primas Rowena y Raquel, muy bonitas para ser ratas, la neta. Pus sí estaban sabrosas sus primas del Rudy, pero a mí más me gustó ver un par de manzanas cubiertas de chocolate con nueces, ¡casi lloro de nuevo, compadre! ¡Tenían nueces! No, pues de oír la misma historia que te estoy contando pero en la versión aburrida del Ratson, a comerme esas manzanitas chacoteando con las ratas del cine, ni había que pensarle. Así que me senté junto a Rocky, Rudy, Raquel, Rowena, Rodion, Ratan, Rabindranath, un roedor con una marca muy rara entre los ojos, parecía tener tres, Ricky, Roswitha, Rysio, Roelof, Ramón y Rambo. Jijos, les dije, nunca había platicado con tantas ratas al mismo tiempo, ustedes disculparán pero me siento como raro, como culpable con mi herencia tlacuacha. ¡Ah, no hables de culpas, amigo mío!, exclamó Rodion, mírame a mí que soy duro, soy malo, no me cabe duda, y mis amigos me quieren cuando no lo merezco, ¡debí crecer solo, sin ningún afecto y sin sentirlo por nadie! Yaaa, interrumpió Rigo que se había acercado a Raquel, ¡bájale la espuma a tu chocolate, güey! Mejor que aquí el valedor del Ratson nos cuente cómo viven los tlacuaches, ¿sí o no, mi reinita? ¡Cállate, naco!, ¿no ves que Rodion es un alma atormentada?, respondió la Raquel y Rigo se tuvo que ir con la cabeza gacha murmurando palabrotas contra el otro roedor. ¡Están locas, las pinches ratas! Yo, la neta, estaba más ocupado con mis manzanas y unos cacahuates que me habían traído, bien sabrosos.

De pronto apareció de nuevo el Ratson, ¡Vámonos, Tlacuache! Nuestra misión aquí abajo ha terminado. ¿Ya tan pronto?, le dije, pero me sentí aliviado pues, a pesar de la comida, necesitaba salir a tomar aire fresco y ver el cielo, ¿y en qué quedaron, pues? Ah, me dijo, de eso ya te enterarás cuando sea el momento. ¡Pinche rata culera! ¿Y para eso me había traído a su dizque consejo? Pus ándale, guárdate tus secretos pero subámonos para arriba que ya me está entrando la ñáñara y todavía tenemos que llegar hasta donde está mi tío el nagual, que es el único que a lo mejor nos pueda ayudar a comprender las palabras del sabio abuelo. El Ratson insistió en tratarme de pendejo: Tú no hablaste con ningún abuelo, ya te lo dije, nada más te lo imaginas por el efecto de lo mota que ingeriste sin saber sobre su naturaleza alucinógena. Allá tú, le dije, ¿acaso tienes una mejor idea para hallar a los narcos que se nos perdieron? Pues, la verdad, no, admitió el pinche roedor. Entonces mejor me ayudas a encontrar el modo más rápido para ir a ver a mi tío. No te preocupes por eso, me dijo el Ratson recuperando su tonito de sabelotodo, nuestro sistema de guías nos llevará por el camino más corto y seguro. Pinche roedor, me cae que a mamón nadie le gana.

  1. El nagual

Ya en la madrugada llegamos a la UNAM, guiados por unas ratas que se relevaban en cada esquina, acompañándonos de una calle a otra. Tengo que admitir, con todo lo rateras y sucias que son, que las ratas están muy bien organizadas. Créeme, carnal, el DF es de las ratas: están en todas partes, se conocen la ciudad de arriba a abajo, no hay alcantarilla ni drenaje sin rata que lo vigile, y se pasan las noticias no sé cómo, pero de nuevo a donde llegábamos ya nos esperaban unas pinches ratas que sabían quiénes éramos y adónde íbamos y nos conducían al próximo punto de relevo. Hay que haberlo visto para creerlo, neta.

Así llegamos a la Universidad donde no tuve que buscar mucho a mi tío, lo encontramos hurgando en los tambos de basura en busca de su desayuno. ¿Y esta pinche rata?, me preguntó en vez de saludarme. Es el Ratson, le dije, era muy amigo del Pancho y me ayuda a encontrar a sus asesinos, para vengarlo. ¡Qué mentirota le estaba echando!, pero ni modo, de otra manera ni me iba a hablar. ¿Y los buscan aquí?, se asombró. No, pus no, contesté, venimos a hablar con tu cuate, el que dijistes que es nagual de un profesor de antropología, es el único que nos puede explicar algunas cosas que no entendemos. Bueno bueno, dijo mi tío, voy a ver si está en el instituto y si acepta hablar con ustedes, pero no les prometo nada, normalmente sólo recibe en su hora de tutoría, y como están de huelga… Dile que es muy urgente y que se trata de la sobre­vivencia de nuestra especie, insistí. Mi tío se trepó a un árbol, se subió a una rama que llegaba casi hasta el muro de un edificio oscuro y tétrico, dio un saltó y entró por una ventana entreabierta.

Nos hizo esperar un buen rato hasta que volvió a asomarse: Está bien, hablará contigo, pero la rata se queda fuera. El Ratson quiso protestar, pero el tío no lo dejó ni abrir la boca: La rata no, aquí no entran roedores, es zona sagrada: marsupiales sólo. Lo siento carnal, con la penita pena, le dije al Ratson, aguantándome la risa al ver la muina que se cargaba, son las leyes ancestrales de nuestra especie. Ya luego te cuento. Y subí adonde me esperaba el tío. Me llevó por unos pasillos y escaleras a un desván donde, entre cajas llenas de papeles y libros polvorientos, nos esperaba un tlacuache viejo, calvo, canoso, cagado y podrido; la verdad sea dicha y con todo respeto, que era un tlacuache viejito muy feo, pero más presumido que un gato persa. Con que tú eres el sobrino que quiere salvar el mundo, me saludó con una sonrisita. Salvar el mundo no, pero sí acabar con unos pinches humanos que andan envenenando tlacuaches, le contesté. Pues, vamos a ver, cuéntame de qué se trata.

Entonces le resumí en pocas palabras la historia que acabo de contarte, carnal, la muerte del Pancho, mi visita a las ratas del Bordo, cómo nos metimos en el coche de los narcos y lo que nos pasó en el Cerro de la Estrella, la película que vimos en el cine, la balacera en el restorante y mis dudas en cuanto a quién era quién en esta historia: a Don Gregorio lo trataban de narco sus guaruras y los colombianos, pero el Jefe de Jefes de la película y el preguntón del periódico se habían reído de la mera idea de que podría ser un narco, aunque a mí me parecía que sí lo era, pues todo lo indicaba y sólo así las cosas tenían sentido, aunque si él era el Jefe de Jefes, no me explicaba cuál era el papel del bigotudo del cine.

El nagual me escuchó en silencio, como absorto en profundas medita­ciones. Mira, empezó luego, nuestros ancestros poseían un inmenso saber que todavía hoy nos ayuda a comprender muchas cosas, y lo que en aquellos lejanos tiempos dejaron escritos los humanos en realidad se lo habían susurrado en el sueño sus naguales tlacuaches, pues los hombres son, a pesar de su evidente retraso mental, el animal que más enseñanzas sacó de nuestra perfecta organización, aunque no lo admitan, y así ha llegado hasta nosotros, y gracias a lo que recuerdo de las clases de mi profesor, soy heredero de la infinita sabiduría de nuestros antepasados, los dueños de la aurora, los creadores del tiempo, los meros meros de la tlacuachería. Y te digo que según lo que está escrito en los códices de los aztecas, que no eran más que los transmisores de la ciencia tlacuache, está claro que el que llaman Don Gregorio es de los que dicen tepamictiani tepaitiani, o sea, asesino con veneno, envenenador de la gente, en una palabra: narco. En esto no te equivocaste. Del otro, del que vieron en la película, en cambio, diríase que teiztlacahuiani, teca mocacayahuani, iztlacatlatole, tetlapololtiliztlahtole. ¿Y eso qué quiere decir?, pregunté impaciente. Engañador, burlador de la gente, poseedor de discursos falsos, poseedor de discursos que turban a la gente, tradujo el nagual. No lo comprendí: Entonces, ¿qué es?, ¿acaso uno de los que les dicen políticos? El nagual me miró sorprendido: Pues, ahora que lo dices, podría ser verdad, no sería el primero de su oficio que se hace político, pero no pensaba en eso… Y se quedó callado el viejito sangrón. ¿Tons’?, insistí. No estoy seguro, pero creo, digo: creo, sin tener la certidumbre y no tomes por una afirmación lo que es mera especulación sin prueba alguna, pero hay indicios que me hacen pensar que… Y otra vez se calló. ¿Que qué?, quise saber. Que es actor. ¿Cómo actor? ¿Y qué hace un actor? Pues, actúa. ¿Actúa? Pues, eso: hace papeles. ¿Papeles? Achis, ¿a poco es papelero?, ¿hace papeles como ésos en que los humanos envuelven sus cosas, hacen sus garabatos y se limpian la cola? El nagual se rió: No, no es eso: quiero decir que es alguien que hace como si fuera otro, que habla con la voz de otro que no existe de verdad, que finge tener otra vida… ¿Un mentiroso? No, no exactamente, o sí, en cierto sentido, digamos, para simplificar, que es alguien muy hábil en parecer quien no es. Empecé a comprender: De modo que el, ¿cómo dijiste?, el actor no es el Jefe de Jefes sino sólo nos hacía creer que lo era, como cuando me hago el muerto y no lo estoy. Exacto, me dio la razón el tlacuache nagual, el verdadero jefe es Don Gregorio, hay que ir por él si quieres vengar la muerte del Pancho. Ahí está el detalle, me entristecí, se nos perdió de vista en la balacera del restorante, y no tengo ni puta idea de adónde se habrá ido. A menos que…

Ahora era el nagual quien me miró impaciente: ¿Que qué? Y le conté mi encuentro con el viejo en la Alameda, las cosas extrañas que me había dicho, de guerreros tlacuaches y mimiztin y tachtlis, y que todo había parecido un sueño y al mismo tiempo verdad. A ver, a ver, me interrumpió, este viejo, ¿te habló como te hablo yo ahora y comprendió lo que le dijiste? Pus sí, me parecía bien raro, pero me explicó que era un humano medio tlacuache y que los tlacuaches no tenemos secretos para él. El nagual me miró con un brillo en los ojos, no sé si con admiración, o quizás con envidia. Creo que fue Él, a veces lo hace, elige a uno de nosotros y se le aparece para revelarle algo importante. ¿De quién estás hablando? De Él, El Sabio, el que escribió el libro sagrado de los tlacuaches, el libro que los humanos guardan aquí, en este edificio, el libro que ellos leen sin comprenderlo y que los tlacuaches entenderíamos si lo supiéramos leer, pero somos animales y los animales no sabemos leer, ni siquiera las ratas que presumen saberlo todo, no mijito, no creas, no hay rata que sepa leer, digan lo que quieran los inventores de cuentos mentirosos, las letras son de los humanos y nosotros no poseemos su secreto, por eso sólo conocemos algunas partes del libro, gracias a nosotros, los naguales, que oímos el pensamiento de los humanos, como yo oigo el de mi profesor de antropología que, aquí entre nos, piensa cosas bien extrañas, y yo lo escucho y recuerdo y por eso soy el guardián de la sabiduría tlacuache y… Ya estuvo suave, le dijo mi tío, que hasta ahora lo había escuchado en silencio, bájale de espuma a tu chocolate que se te va a derramar, mejor ayúdanos a encontrar a los asesinos del Pancho. Pues bien, murmuró el nagual, algo molesto con mi tío, y se dirigió de nuevo a mí: Haz memoria y dime qué fue exactamente lo que te dijo, creo que hemos encontrado una pista. Pues eso, me esforcé por recordar las palabras del viejo, que tengo que buscar al tlanahuatilli moteca, el de los guajolotes chuecos, que vendrá cabalgando un insecto de metal y lleva pintada la cara de Quetzalcoatl, y que lo esperara delante del tlachtli de los mimiztin, a la hora del ocaso de Tonatiuh, y que este moteca será quien me lleve a un cerro donde crece el zacate y que allí encuentro al que busco. La neta no entiendo nada.

El nagual se puso pensativo: Hmm, creo comprender que se trata de un lenguaje secreto, una especie de adivinanza, en que hay que descubrir el sentido oculto de cada palabra… Pues, vamos a ver: tlanahuatilli significa mensajero, esto es obvio, y no es azteca ni tolteca ni olmeca, sino moteca, hmm, nunca he escuchado hablar de motecas, no creo que exista un pueblo que se llama así, no… De repente se le iluminó el rostro: Pero, claro, es tan fácil: el mensajero es moteca porque vendrá en una moto, ése es el insecto de metal, nada más que una moto, el viejo te habló en metáforas.

Puta madre, ¿a poco los humanos también hablan en metáforas?, me asombré: Creía que era cosa de las ratas nomás. El nagual continuó resolviendo el rompecabezas: El lugar del encuentro es el tlachtli de los mimiztin, o sea, el juego de pelota de los pumas, pues mimiztin es plural de miztli, que significa puma en náhuatl, para mí no hay duda, debe tratarse del estadio de los Pumas, allí tendrás que esperar que pase una persona en una moto. ¡Qué decepción! Seguramente allí pasan rebaños enteros de motos, ¿cómo reconozco al que es el mensajero? El nagual tampoco lo sabía, pero me explicó que algo tenía que ver con aves y una cara barbuda, pues el viejo mencionó unos guajolotes falsos y a Quetzalcoatl, el dios barbudo. Bueno, añadió indeciso, también lo represen­tan como serpiente emplumada, pero creo que delante del estadio de los Pumas es más probable que pase un barbudo que una serpiente con plumas, la verdad, nunca he visto ninguna por aquí y dudo mucho que existan en otros sitios. Lo mejor es esperar y observar bien a los motociclistas que pasen, confía en que, cuando aparezca la señal, serás capaz de reconocerla, seguramente El Sabio no te eligió en vano. Órale, dije poco convencido, ¿y adónde nos llevará el dizque tlanahuatilli? Esto sí está claro: al cerro de los zacates, es decir, a Zacatépetl, que no está muy lejos de aquí, del otro lado de la Reserva Ecológica. Y la hora del ocaso de Tonatiuh se refiere al atardecer, cuando empieza a ponerse el sol, o sea, la buena noticia es que tendrás la mitad del día para descansar. Y si encontramos a Don Gregorio y su banda de pinches narcos matatlacuaches, ¿qué pasará? No te preocupes, intentó tranquilizarme, eso lo dejó escrito El Sabio: «El ladrón es el ser que puede penetrar en el gran tubo», ya lo comprenderás cuando estés allí, y pase lo que pase, recuerda siempre que zaa quintetepachoa, quintecicali, quintepatzca, quincuatepipitzinia. Y eso, ¿qué significa? Que les van a dar en la madre a los putos narcos, a pedradas los van a machacar, las cabezas les van a quebrantar, contestó tranquilo, satisfecho de su sabiduría, y añadió alegre: Y ahora, ye no taamiqui, no titeocihui. Supongo que lo miré tan desesperado que ya no tuve que preguntar qué chingados quería decir: Debes tener hambre y sed, tradujo, vamos a ver qué hay en el despacho de mi profesor, que siempre esconde alguna golosina y algún trago que se lo vamos a robar, pues no olvides nunca que los tlacuaches somos ladrones. Del maíz y del pulque, dije contento. El nagual se carcajeó: O de la guayaba y del mezcal, o de lo que sea: lo importante es llenarse la panza de gorra. Por fin lo comprendí sin necesidad de traducción.

Encontramos unas galletas, plátanos y jugo de fruta. Nada del otro mundo, pero sabroso y nutritivo. Oye, le susurré a mi tío, ¿no me dijiste que el nagual no habla náhuatl? Lo que es hablar, no lo habla, me contestó, pero se aprendió de memoria muchas frases: ya sabes, la memoria de los tlacuaches es fenomenal. Platicamos un rato más antes de despedirnos. El Ratson me esperaba delante del edificio, con cara aburrida. Todavía se le notaba el rencor por haber sido excluido de nuestro conciliábulo de tlacuaches. Y también de la comilona, pero de ésa ni se enteró. Por fin vuelves, dijo, ya pensaba que te quedarías toda la noche charlando con el presunto nagual. A ver, ¿qué te dijo?, preguntó, incapaz ya de dominar su curiosidad. Que tenemos tiempo para dormir un rato, le contesté.

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