1. La entrevista

Le trajeron al tal Don Gregorio el pollo que había pedido y, la neta, olía tan rico que me daba ganas de brincar a la mesa y tragármelo. Ya sé que no comes carne, carnal, y lo respeto aunque a mí, francamente, me parece pecar contra natura, pero déjame que te diga que no sabes lo que te pierdes, y no me vas a negar que un pollito asado con papas y salsa catsup tiene un olor que hace soñar, no me digas que no, no puede ser que no te sientas nunca tentado de olvidar tus principios para clavar tus dientes en una sabrosísima pechuguita. Pues, mira, apenas había comido Don Gregorio el primer boca­do cuando vino uno de los que vigilaban la puerta y le dijo que había llegado el escribidor. Así dijo, y ¿Cuál escribidor?, le preguntó el comepollos. Pos el del perió­dico, dice que es para una entrevista, le contestó el otro, y Ah, claro, ya lo había olvidado, le dijo Don Gregorio y que le dijera que pasara, pero no se le veía muy contento de tener que interrumpir la cena.

El que llegó a hablarle era un chaparrito pelirrojo con unos vidrios gruesos frente a los ojos. Don Gregorio, ¡qué honor!, lo saludó abriendo los brazos como para apapacharlo, pero a las que agarró de veras fue a las dos mujeres: ¡Y que encantadora compañía tiene usted!, dijo besuqueándoles las manos. Los ojos de Don Gregorio echaban rayos, pero dijo no más: El honor es para mí, y permita que le presente a estas simpáticas embajadoras de mi tierra, Deisy, la Miss Sinaloa actual, y Soraya, la Miss Sinaloa del año que viene. Qué previsor es usted, y qué buen gusto tiene, se entusiasmó el pelirrojo besándolas en las mejillas con hartos apapachos. Siéntese, mi admirado maestro, por mí ya podemos proceder a la entrevista, no quiero que pierda su precioso tiempo conmigo: pregúnteme todo lo que desea saber, lo invitó Don Gregorio. Sí, claro, la entrevista, pues para esto estamos aquí, respondió el chaparrito, algo decepcionado de tener que soltar a las hembras, y le agradezco el gran honor de concederme el privi­legio de hacerle esta entrevista exclusiva sobre la nueva película que su genero­sidad ha hecho posible y… Sus preguntas, mi querido maestro, hágame sus pregun­tas, insistió impaciente Don Gregorio. Pues, bien, carraspeó el dizque escri­bidor, dígame una cosa ante todo: ¿Cómo se logró este impresionante efecto de realidad de la película que parece tomada de la vida misma? Don Gregorio sonrió: Esta pregunta, mi querido maestro, mejor hágasela al director y a Andrés, pues de ellos es todo el mérito. Yo sólo le puedo decir que lo esen­cial es una buena puesta en escena. Una buena puesta en escena, sí, por supues­to, dijo el pelirrojo, pero, concretamente, ¿qué es una buena puesta en escena? ¿Cómo se reconoce que es buena? Ah, respondió el Jefe, eso ya lo verá usted dentro de muy poco, maestro, dentro de muy poco…

En este momento se oyeron fuertes gritos y mentadas de madre en la entrada de la cantina y todos miramos hacia allá. Unos hombres vestidos de negro habían desarmado a los vigilantes de la puerta y los tenían arrodillados en el suelo, apuntándoles con sus pistolas para que no se les ocurriera moverse. Quiubo Gregorio, te veo sorprendido, dijo uno que estaba en el umbral de la puerta, un tipo alto y musculoso. ¡Orlando! ¡Cuánto tiempo sin verte!, excla­mó Don Grego­rio como si se tratara de un viejo amigo, pero no parecía alegrarle el inesperado reencuentro. El llamado Orlando lo miró con desprecio: No te hagás el güevón, Gregorio, sabés perfectamente por qué dejamos de hacer nego­cios con tu puta banda de hijueputas. Vos sos un bacán de la traición, encochi­naste al Wílber y al Arcángel con los polis y nos dejaste en la puta olla, pero ahora sí vas a saber quién soy yo, ya podés irte yendo para la puta mierda.

¿Quién es ese tipo gandalla y alto?, le pregunté al Ratson. Sí hay otros más altos, que hasta le sacan la cabeza, pero hasta ahora no había visto a un narco tan grandote y salvaje. Lo digo porque parece un güey bien acá. Debe de ser el jefe de esta banda, que son de Colombia, me explicó el Ratson, pues allí hablan de este modo tan raro, y que parece que son humanos más altos: observa sus zapatos azules, no tienen plataforma de elevación y aún así se ve más alto que el Jefe de Jefes. Y sí, debía ser así, se veía que era el mero mero, pues lo rodeaban varios guaruras con fusiles de los que llaman cuernos de chivos.

Los hombres de Don Gregorio se pusieron agresivos levantando sus armas, pero con una señal de la mano su jefe les ordenó quedarse quietos: Por favor, Orlando, le dijo al fulano que lo estaba insultando, no vengas ahora con estas viejas historias. Si todo fue un malentendido…. El tal Orlando se puso rojo de cólera y gritó: ¡Ni viejas historias ni puto malentendido! Te hemos buscado por otra cosa, y sabés muy bien de qué te hablo: vos nos robaste el periquillo y mataste a las chimbas que lo transportaban. Y a mí me emberraca que me maten a mis mulas.

Al pelirrojo, que lo había escuchado boquiabierto, sin comprender lo que estaba pasando, de repente se le iluminó la cara: Ahora caigo: ¡es una puesta en escena, claro! ¡Qué original es usted, Don Gregorio! ¡Qué buena idea para promocionar la película! Pero éste ni caso le hizo, y las dos muchachas lo miraban horrorizadas: No se preocupen, niñas, les dijo, es sólo una puesta en escena, bastante buena, por cierto, los que hacen de colombianos hasta parecen de verdad, se esfuerzan por hablar como colombianos auténticos, pero si se fijan bien, se les nota un ligero acento. Además, ¿no dijo don Gregorio que pronto vería una buena puesta en escena? ¡La montó sólo para nuestra revista! ¡Qué honor!

Don Gregorio no se inmutó por lo que le había dicho el otro: ¿Qué cosas te inventas, Orlando? ¿Qué tengo que ver yo con tus mulas? ¿Crees que me interesan las cantidades ridículas de coca que puede llevar en la panza una de tus muchachas? Nosotros movemos toneladas, ¿no te acuerdas? El tal Orlando siguió en lo suyo: Puras güevonadas, vos no creés ni una sola palabra de lo que decís. Y más te vale con­fesar la verdad porque aquí se va a armar un mierdero de la gran puta. Sabía que te encontraría en La Ópera porque leí el anuncio de la película y me decía que segura­mente seguís celebrando aquí los estrenos, y sé que sos vos quien está detrás de las desapariciones de las chimbas que nos llevan la coca a México. No puede ser otro y tengo pruebas que sos vos el puto matamujeres: ¡tráiganme para acá a ese bizcochito!, ordenó a sus pistoleros.

Y fíjate, carnal, la que entró ahora fue la mujer desagradecida que el gordo y el flaco secuestraron en el aeropuerto y que salvamos de ser descuartizada. Te creés muy listo, Gregorio, siguió hablando el grandote colérico, pero andás muy equivo­cado si pensás que los colombianos somos putos idiotas. Cuando me di cuenta que habían desaparecido cuatro de nuestras mulas, y todas en el DF, no era difícil sumar dos y dos y comprender que nos las estaba robando algún puto traidor, de modo que decidí mandar a la Rosario. Las otras eran unas chimbas de las que sobran, muertas de hambre y dispuestas a todo, pero tontas y miedosas, perdedoras natas, pero la Rosario es diferente, desde niña ha sido muy enva­lento­nada y a más de uno ha capado. Y, sobre todo, la Rosario es nuestra parcera. Y qué te cuento: apenas llegada al aero­puerto del DF, la Rosario fue detenida por dos falsos polis, que la llevaron a una casa de seguridad y planearon violarla y descuartizarla y echarla a las ratas. Hasta en el coche había ratas, y en la casa también. Y la Rosario les tiene un miedo pánico a las ratas, imaginate lo que sufrió, la pobre. Y decinos, Rosario, ¿qué es lo que oíste decir a tu secuestrador cuando hablaba por teléfono con su jefe. Y la Rosario contestó: Lo que oí que dijo fue: Don Gregorio estará contento. El tal Orlando apuntó a Don Gregorio con un índice amenazador y le espetó: ¿Todavía lo negás? ¿Nece­sitás más pruebas? Ahora Don Gregorio también parecía ponerse nervioso: Pues, mira, Orlando, hay muchos que se llaman Gregorio en esta ciudad…. ¡Puras güevonadas!, lo interrumpió el otro, sólo hay un Don Gregorio capaz de hacer lo que hicieron con mis chimbas, y éste sos vos.

El pelirrojo se rió a carcajadas: ¡Qué gracioso! ¡Qué buen chiste! ¡Qué buena puesta en escena! ¡Debí traer a un fotógrafo! Pero de nuevo no le hicieron ni caso. Don Gregorio dijo: Me ofenden tus acusaciones injustas e infundadas, y no estoy dispuesto a seguir tolerando tus insultos. Pero no quiero un baño de sangre. Esto es un asunto de honor que sólo nos concierne a nosotros dos, y así lo tenemos que resolver: entre hombres, a puñetazos. El otro se rió: ¿Querés pelear conmigo? Y Don Gregorio le contestó: Eso es: te desafío a una pelea de box. Diles a tus hombres que pongan sus armas en el suelo y los míos harán lo mismo. Será un duelo entre nosotros dos sólo, tú y yo. El tal Orlando siguió riendo: Te dejaré hecho un trapo que no servirá ni para fregar el piso. Y el pelirrojo también siguió riéndose: ¡Qué buena puesta en escena! ¡Qué buena puesta en escena!

  1. Gala de box

Te decía que el dizque colombiano, que hablaba tan chistoso y que llegó con la muchacha del aeropuerto, y el Jefe de Jefes habían decidido arreglarse a golpes. ¡Qué manera más pendeja de arreglar las cosas tienen estos humanos! Uno nomás se pelea para ganarse a la tlacuacha más sabrosa y tener hartos tlacuachitos, o por la comida si no hay para todos, pero por lo que entendí éstos no se iban a pelear a la hembra para hacer más humanos, menos mal porque humanos ya hay por montones, no como tlacuaches que somos retepoquitos, sino por algo relacionado con los polvos blancos. Me cae, carnalito, ¿quién los entiende?, ¿pelearse por ese polvo matatlacuaches?

Entonces las dos ratas que nos habían metido a la cantina, Rigo y Rey, aparecieron junto a nosotros: Ora sí se puso gruesa la cosa, jálenle detrás de esta mampara, pero agucen los oyidos que aquí los sabedores, Rama Rama Ramita y Rato el Ratito, nos van a pasar a contar la pelea, ¿sí o no, parejita?, dijo Rey. Simón, ellos viven aquí y se traen al tiro todas estas humanadas, son regüenos, confirmó Rigo, y nos señaló a dos ratas que se veían ya grandes, con sus barbas canas y todo, que estaban en una mampara alta pero escondidos entre los pliegues de la cortina. Desde lejos nos saludaron muy amables y se remetieron más, así que sólo les veíamos brillar los ojitos, pero nomás empezaron a hablar, compa, y entendí lo que decían el Rigo y el Rey: de que son buenos, sí son bien buenos para contar las humanadas. Pos bueno, entonces nos pusimos a escuchar al Rama y a Rato el Ratito pues no lográbamos ver nada de nada:

Aquí empieza el viaje, comenzó el Ratito, el hombre del calzado azul comienza metiendo las manos, ataca con izquierda y derecha por arriba pero se encuentra con la guardia cerradísima del mexicano que se mueve, se agazapa tratando de no mostrar un blanco fijo. Sabe que no es un borrego lo que tiene enfrente, ahora el de los botines negros ataca con uppers y ganchos sobre el rostro de su contrincante clavando sólidamente sus puños y esto se pone bueno. Siguió Rama-Ramita: Muy flaca, muy deficiente la defensa del colombiano, confía demasiado en su aguante y está recibiendo mucho castigo. Se nota claramente que es un fajador, Rato, debe marcar con mayor precisión y frecuencia la mano izquierda para acortar la distancia del chaparrito, hacer los remates con la derecha sin precipitarse. No debe permanecer parado ni dejarle la iniciativa a un peleador como éste, que se ve muy peligroso. Se confía y el estilo del mexicano se le puede indigestar.

¡Órale!, se notaba que las ratas conocían estas costumbres humanas y, aunque no les comprendía todo, casi casi podía ver la pelea en mi cabeza nomás de lo que contaban; sí me asomé un poquito pues quería saber cómo se madreaban los dos jefes. Pero el Ratson me tiró de la cola y me escondí otra vez, resignándome a mirar la pelea en mi cabeza. Así que cerré mis ojos y me concentré en la narración de las ratas:

El colombiano ataca con toda su fiereza, mete jab con la zurda y rápida­mente dispara gancho con la derecha, decía Ratito, sigue con una ráfaga en serie de izquierdas en la región blanda coronada por un upper de derecha que se conecta directito a la barbilla del contrincante. Pero su distancia larga no puede contra el contragolpeo del mexicano que otra vez le mete un rush, un rally de golpes que ponen a bailar en falso al de calzado azul, de milagro no se fue a pique. Se echa para atrás el colombiano, completó Ramita, creía que éste sería un pollito al pastor, un pollito asado, así de sabroso, pero no contaba con la fuerte pegada del mexicano que ahora le carga todo su peso y le hace sangrar el labio, la ceja y sobre todo el alma al colombiano. Así es, Rama-Rama-Ramita, sabe que el nocaut es su única posibilidad y en cuanto lo tenga a tiro le va a disparar, pero el mexicano tampoco es un postrecito de fresa y ahora conecta con fuerza, con los guantes arriba y le mueve la cabeza al colombiano como si fuera una pera loca, para un lado y para el otro, ¡parece una máquina de tirar golpes! ¡Paren al mundo que me quiero bajar, dice la cara del colombiano!

Ahí comencé a hacerme bolas, carnal, porque como tenía mis ojos cerrados para imaginar mejor la pelea, de pronto comencé a mirar pollos asados y fresas muy sabrosas en lugar de ver a los humanos. ¡Qué manera más rara de contar una pelea tenían estas ratas!, se me hace que usaban las metáforas esas que me explicó el Ratson. Entonces abrí mis ojos para ver afuera y lo primero que vi fue al trío de ratas mugrosas, Rigo, Rey y Ratson, que se asomaban entre las mamparas para ver qué sucedía en la cantina.

Ratson me hizo una seña para que me acercara y me dijo a la oreja: Prepárate Tlacuache, temo que estamos a punto de ver la derrota de uno de los capos y eso no le gustará nada a su gente. Escuchemos lo que dicen los Guerreros, que así les apodan a las ratas especialistas en golpes humanos: ¡Pero mira, Rato Ratito, el colombiano responde ahora con un golpe de conejo, prohibidísimo!, engancha por la nuca al mexicano y lo jala para detener el ataque con un clinch alevoso, se le abraza mientras el chaparrito cabecea hasta zafarse de la horrorosa trampa del de zapatos azules. Siguen ahora cambiando metralla mientras aparece entre ellos el fantasma del nocaut, se disparan lo mejor de su repertorio, ¡qué buen derechazo del mexicano!, exclamó Rama-Ramita, está castigando duramente el rostro ya lacerado del colombiano, es un verdadero esteta que dicta cátedra de golpeo. El mexicano ataca con fuerza, siguió Rato el Ratito, jabea con su poderosa izquierda para mantener la distancia del oponente, fintea al coloso que baja constantemente la guardia dejando huecos por donde entran limpiamente los ganchos y cruzados, pero ¡qué estamos viendo, Rama! ¡El colombiano conecta un gancho claramente bajo el cinturón y ahora lanza una patada al mexicano! ¡Se equivocó de deporte, Ratito, confundió esta pelea con karate!

¡Buzos, ora sí viene lo mero güeno!, exclamó Rigo, ái nos vidrios, Ratson, mi parejita y yo nos pintamos de colores, ¿sí o no, parejita? Simón, pareja, aguado con los humanos y ái se soban los madrazos que les pasen a tocar. Nomás córranle a las balas, porque ésas hacen agujeros, ¡adiós y a chingar a su madre! Gracias muchachos, respondió Ratson, y yo me quedé callado, ya pare­cía que yo me iba a despedir de esas mugrosas, y mejor me asomé para ver cómo se agarraban a patadas entre narcos. Pero seguramente saqué mucho la cabeza, pues la tal Rosario me alcanzó a ver y gritó: ¡La rata, papito! ¡La ratota gorda! Con un carajo, me volvían a confundir con rata y encima de todo, gorda. Los secuaces del colombiano sacaron sus armas y voltearon a donde estaba yo, ¡Pero mire, hermano, qué ratota!, decían. Ya les podría yo enumerar las muchas diferencias que existen entre los mugrosos roedores y los tlacuaches, que somos animales más fuertes, no más gordos, pero los sicarios pronto encontraron algo más interesante para ellos: el colombiano le había dado una patada al Jefe de Jefes entre las piernas y éste se retorcía en el piso. Unos humanos gritaban, ¡chévere, ganó, parcero!, y otros, ¡faul, faul! ¡Golpe bajo! Con mucho trabajo, el que le decían Don Gregorio comenzó a pararse y cuando lo logró fue cojeando con uno de sus secuaces, le arrebató un cuerno de chivo y gritó muy, pero muy enojado: ¡A la chingada el honor!, ¡Esto lo arreglamos a balazos!, ¡Viva Pancho Villa, jijos de la rechingada! y disparó una ráfaga al techo. Los colombianos, para no quedarse atrás, respondieron en coro: ¡VIVA PABLO ESCOBAR! y también rafagueraon el techo de la famosa Ópera. Pus así estaba claro, carnalito, eso me explicó lo del primer agujero del techo: en este restorán acostumbran echar tiros al aire antes de comenzar a matarse humanamente. O sea, no era difícil adivinar cómo iba a seguir el mitote: con las primeras balas cayeron la Rosario y algunos secuaces de ambos bandos, y con el relajo que se armó el Ratson y yo terminamos debajo de una mesa donde se habían escondido también el pelirrojo preguntón y las dos hembras que venían con don Gregorio. Se acomodó una de cada lado y exclamó, ¡qué buena puesta en escena!, con una publicidad así la película va a ser un exitazo. Ratson y yo nos pusimos en un ladito debajo de la banca para que no nos vieran y no nos alcanzaran las balas, pero algunos meseros tuvieron la misma idea y se metieron debajo de nuestra mesa mientras el preguntón le agarraba los cuartos traseros a las hembras, se las arrejuntaba bien contento y decía «qué atiborrado se está poniendo», y más meseros intentaban meterse y él mejor se acomodaba a las hembras. Una intentó salir, ¡cómo no, si la estaban apretujando como aguacate!, pero el otro la detuvo: ven aquí, hija querida, y acomódate ante mí para que no te pierdas el espectáculo, ¡qué jijo!, ¡puso a la hembra como protección para que no le tocaran las balas!, mientras a la otra, que quería escapar, le decía: No me abandones, hija mía, en este valle de lágrimas. Pero las hembritas ya no respondían jijijijí, más bien se estaban poniendo moradas con lo apretados que estábamos ya todos; por si faltara, un mesero gordo intentó esconderse también y entonces, ¡mocos! ¡Que se cae la mampara con todo y mesa y gente y comida! Las hembras corrieron a la salida, los meseros en cuatro patas huyeron a la cocina, el del periódico se metió al baño para arreglarse los pantalones y nosotros, Ratson y yo mero, quedamos casi a la vista de todos. Pero ni quien nos pelara, manito, pues ya se había armado tremenda balacera.

  1. Un poco de hierba

No sabes carnal, lo brutos que son los humanos. Son lo más bruto de la brutez, ¡pero los narcos! ¡Puta madre!, los narcos superan todo lo visto en humanidad. No hay humanos más humanos que los narcos, me cae. Si quieres comprenderla a esta pinche raza, fíjate en esas gentes y vas a ver lo que es la huma­nidad más pura y perfecta. ¿Qué hubiésemos hecho nosotros en un lugar como ése, tan lleno de cosas bien riquísimas? Pues nos hubiésemos olvi­dado de todos nuestros pleitos y hubiésemos compartido la comida y la beberecua, ¿sí o no? No nos íbamos a peliar cuando lo que sobra es la comida, ¿no? Además, la mera verdad no hay nada mejor para la dulce reconciliación que llenarse la panza juntos en un mitote. Pero los narcos, nel, mano, volteaban las mesas y tiraban las botanas al piso y ni siquiera se fijaban ni en el platón de carnes frías que un mesero había dejado caer cuando se cayó con la cara partida por un balazo. Y había jamón y salchichas, y panes con esa madre amarilla resbalosa que sabe bien rico, y chilitos en vinagre con hartas verduras, ¡chale! No, te digo, si lo único que les importaba a los pinches narcos era dispararse con tremendos pistolones y con sus cuernos désos que les llaman de chivo. ¡No manches, carnalito, qué fijación por matarse los unos a los otros! ¡Y qué desperdicio de comida!

Entonces, mientras los narcos, escondidos detrás de muebles volteados, seguí­an disparándose, que me aburro de la balacera y que me pongo a olisquiar entre las ricuras desparramadas en el suelo buscando nuevas experiencias gastronó­micas, como decía el pinche Pancho antes de petatiarse por andar experimentando demasiado. En esas andaba cuando uno de los narcos, que había tratado de salir corriendo llevándose unos paquetes envueltos en plástico, casi me cae encima. Lo que pasó fue que lo alcanzó una bala y se quedó desangrándose debajo de la mesa de un gabinete por donde yo andaba husmeando. Los bultos olían bien fuerte, diferente a todo lo que conocía pero como fresquito, como a copal antes de que lo quemen, y no resistí a la tentación de probar lo que había dentro. Ras­gué el plástico con los dientes y salieron unas hojitas y hierbitas secas, la neta nada así que digas, qué bruto, qué sabroso se ve esto, nel, más bien estaban medio pinchurrientas, y las hubiera dejado si no hubiera sido por el olor ese. No era huauzontle ni toloache, pero olía como no sé qué cosa bien provocativa, como que me recordaba algo de hace muchísimos años, y tomé un mordisco y sabía chido, se sentían como cosquillitas en la lengua, y así me comí algunos manojitos, y sí, me gustó el sabor, y me tragué una buena parte de esa hierba tan sabrosa; y cuanto más comía, más contento me ponía, y de pronto que me olvido de todo el relajo de los narcos y que me agarra la risa. Y los narcos a balazos y balazos y yo a la risa y risa, sin poderme aguantar y sin saber de qué chingados me reía entre tantos humanos.

Estaba pasando un rato maravilloso, carnal, qué rato más maravilloso, qué… Hasta que una bala pasó silbando muy cerca de mi cabeza y qué crees que ni susto me dio, pero igual di un brinco y así riéndome como baboso dizque corrí para protegerme pero iba tropezando en la oscuridad, pegando la cabeza contra los muebles, hurgando el polvo. Cuál correr si ni las patas sentía, era como caminar suavecito suavecito encima de la panza de una madre tlacuacha. Pero nel, la madre fue lo que casi me parten; así como desde muy lejos noté que un guarura me señalaba con su pistola y me gritaba algo que primero no comprendí: ¡Ya te vi, pinche tlacuache!, y que me dispara otra vez el cabrón. Yo iba como en sueños, entre los muebles tirados y los postes de fierro tratando de encontrar la puerta o un agujero para meterme como a un marsupio suavecito, calientito, y me enroscaba entre las pocas mesas que quedaban en pie nomás sintiendo cómo el narco tiraba balazos al piso sin atinarme ni uno. ¡Pum!, oía a un lado, ¡pum!, oía al otro, y como que veía los tronidos y los rodeaba, y me acordaba de la pinche ardilla loca de los Viveros, y pensaba, pinche ardilla me quieres agarrar otra vez a cacahuatazos, pero no era la ardilla, carnal, era el narco que me perseguía. ¡Pinche tlacuache, el Flaco no dijo mentiras, ahí estás, cabrón!, gritó, ¡lo voy a vengar!, pero que veo un agujero negro y que me meto por ahí. Vi una luz arriba, eran los restos de una ventana, me trepé no sé cómo por la pared y me asomé tras los cristales para ver qué pasaba, y desde mi nuevo escondite lo vi buscarme entre las mesas y sillas y botellas y cuerpos mientras sus compadres seguían su balacera. Como no me encontró, levantó del suelo el paquete del que había comido y sacó un poco de hierba, la examinó frotándola entre los dedos y se la acercó a la nariz como si tratara de olfatear mi olor para seguirme, y yo nomás de pensar en el humano siguiendo mi rastro, que me empiezo a reír otra vez. Pero seguí mirando para adentro, como si estuviera de nuevo en el cine y todo fuera lento lento, así como entre sueños vi que el caimán se le acercaba al guarura. Quihúbole pendejo, le dijo bien calmado mientras lo empujaba con su cuerno de chivo, ¿se te antojó fumarte un churrito justo ahora? No-no, mi-mi je-jefe, cómo cree, respondió el sicario miándose del susto, es que que vi un tla-tlacuache y el tla, el tla-tla… Y tlacatlacatlaca: no terminó la frase pues el cocodrilo le disparó una ráfaga que lo aventó al otro lado de la cantina: ¡Pinche mariguano! ¡A mí no me vengas con el cuento del tlacuache! ¡Aquí nadie fuma mota si no se lo permito yo! Y mientras yo veía cómo volaba el guarura, así como en cámara lenta el otro se regresaba con los otros sicarios para continuar balaceando con los colombianos, que seguían atrás de la barra y al mirarlo volver le contestaron con una rápida y furiosa lluvia de plomo. Así se entienden los humanos, que no hay quien los entienda.

Allí los dejé y me fui, no sabía adónde, pero me daba igual, sólo quería irme, y que se mataran entre ellos, me decía, yo con esa chingadera ya no tenía nada que ver, no quería saber de narcos ni de drogas, ni de la búsqueda del capo y todas esas tarugadas, me bastaba con lo que había visto. No sé ni cómo, de pronto estaba ya en la calle y del pinche Ratson ni rastro. Pero entonces ya como que se me había acabado la risa y había empezado a sentirme muy raro, ya no estaba chido. Seguía como volando muy ligero, como traía mis patas bien dormidas ni el piso sentía. Las luces de la calle me mareaban pero igual no podía dejar de verlas. Míranos, Tlacuache, me decían, míranos que retebonitas estamos. Y sí, mano, nunca las había visto así, tan grandes, tan cercas, como bolas de fuego amarillo, rojo, blanco, luego sonaban como truenos de tormenta y luego las luces se partieron en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos que empezaron a girar hasta que se quedaron fijos como un retrato, y los coches, ¡cállate, bien loco!, las veía como tortugas gigantes que se me venían encima, como animales salvajes en celo, fieras con ruedas que abrían sus hocicos así de grandes para devorarme, y los camiones bramaban insultos horribles y escupían nubes de su aliento apestoso, y todo se movía, se movía cada vez más rápido alrededor, pero yo iba bien despacio, volando en medio, luego el mundo se había hecho agua, todo fluía, fluía como un río y yo flotaba y me dejaba llevar, como un torbellino de luz y de bultos que me daban vértigo y al mismo tiempo me llamaban, Tlacuacheee… Tlacuacheeee… con una voz como de un tlacuache muy viejo, y los árboles bailaban y las casas se mecían al ritmo de los bocinazos y silbatos y gritos, y el suelo temblaba también, la tierra pulsaba como si fuera un cuerpo vivo, otra vez como la panza de una tlacuacha enorme que respirara, como si corriera sangre por sus venas subterráneas. La ciudad se movía alrededor, sólo yo me había quedado totalmente inmóvil, como paralizado, como de piedra, atrás de un tambo de basura, asustado, alucinado, temeroso y espeluznándome veía pasar a las bestias humanas, las sombras monstruosas de los carros, y el mundo daba vueltas y vueltas y más vueltas, y no había nada fijo, nada estable, sólo un desmadre infinito de formas y luces, y tenía la sensación de oír los colores y ver los ruidos. ¿Era verdad todo eso? Lo sentía como si fuera real, pero también lo veía como una extraña pesadilla. ¡Qué mal me sentía! Ya no podía ni levantar la cabeza, y tenía la boca reseca, reseca.

Entonces, entre todas estas visiones apareció una pareja de humanos que no sé de donde había venido, y se quedó parada justo delante de mí, se agacharon y se me quedaron mirando un rato, luego comenzaron a discutir entre ellos. El hombre era grandote y bigotón y la mujer chaparrita y muy guapa, y él dijo con un acento extraño que nunca había oído, mirando para los lados: No sé, no me convence como locación, hay demasiada gente aquí, llamaría mucho la atención en un lugar como éste, y ella: Es lo que te decía desde el principio pero tú como siempre de necio, y él: Ya, pero ¿no comprendes que primero tenía que ver el lugar para hacerme una idea?, y ella: Pues te lo había dicho yo, ¿no crees que soy bastante chilanga para conocer esta ciudad?, ¡ah!, pero no, el doctor ha de venir al centro a esta hora, con todo el tráfico y encima la manifestación, para convencerse in situ de que su idea no tiene pies ni cabeza, y él: Fuiste tú la que se empeñaba en que fueran al cine Teresa y que cenaran allí cerca, y ella: Sí, pero también te dije que para el encuentro con el ciego habría que buscar otro lugar, y él: Ya está bien, tienes razón, como casi siempre, excepto cuando se trata del uso correcto de las palabras y de cuestiones de teoría, pero dime mejor cómo resolvemos el problema: para el encuentro con el ciego necesitamos un lugar más tranquilo, no sé, con árboles quizás, y bancos para sentarse. Te había propuesto que fuera en la Alameda, dijo ella, y él: ¿La Alameda?, hmm, no es mala idea, en la Alameda podría funcio­nar, y no está muy lejos, ¿pero cómo lo llevamos de aquí a la Alameda sin que parezca inverosímil?, no creo que esté en condiciones para caminar ni dos cuadras, y ella: Pues, no sé, algo se nos ocurrirá, y él: Pues bien, que sea en la Alameda, pero tenemos que darnos prisa porque ya es en el próximo capítulo, y ella: Entonces, ¿qué esperamos? ¿Por qué no lo despla­zamos a la Alameda nada más, sin explicar cómo?, y él: ¿Sin explicarlo?, ¿Y cómo quieres que los lectores lo acepten?, y ella: Nunca te has comido un pastel de mota, por lo visto. Mira, es fácil: simplemente despierta en otro lugar y se ha olvidado de todo, por efecto de la droga, y él: Ah, bueno, tienes razón, la droga es la solución. Entonces, ¿qué?, ¿a la Alameda?, preguntó ella, y lo último que recuerdo que dijo él fue: Sí, ¡a la Alameda!

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