- Un narco de a deveras
Eso pues era el estreno: mirar a los humanos comportarse humanamente en la pared de una caverna. Y escuchar el rollo del Ricky que hablaba sin cesar, pinches ratas de cine, cómo se les da por la verborrea, parece que ni respiran entre las palabras.
En este documento de representación humana, comentó el Ricky, podemos apreciar el modelo B de comportamiento: la lucha en favor del macho alfa que busca ampliar su territorio mediante la aniquilación de otros machos. Se distingue al líder de manada por su atuendo, usual entre los machos de su subespecie primate: viste ajustados pantalones de mezclilla deslavada que realzan los atributos de fecundación, eso que en lenguaje humano se conoce como “el paquete”. Sus garras inferiores, que esta especie llama pies, aparecen guardadas en los tubos de piel que los humanos llaman botas; éstas protegen la parte baja de la pierna y logran la elevación del espécimen gracias a un apéndice posterior alto, mientras que en el lugar donde deben haber garras la bota se estrecha y se eleva para terminar en una punta decorada en plata brillante. Igualmente brillante y en plata es el disco que sostiene los pantalones y guía la atención del espectador hacia el eje de importancia o “paquete” del macho. La parte superior se encuentra cubierta por una cáscara o camisa que detalla las extremidades superiores y los pectorales, tan importantes entre los primates inferiores como símbolo de fortaleza y, al parecer, fertilidad. La camisa de color negro brillante con botonadura igualmente en plata, entreabierta, deja al descubierto parte de los ya mencionados pectorales que entre los primates humanos se distingue por la carencia casi total de pelambre. Finalmente, este espécimen ostenta pelambre oscura en la parte superior de la cabeza e inferior de las narices, orejas pequeñas, ojos claros y dientes parejos, poco útiles para el ataque. En conjunto, los detalles en plata, la elevación de las botas y el uso de sombrero brindan al espectador la imagen de un hombre fuerte, con buenas posibilidades fecundadoras; la voz muy sonora y de tono bajo, y su aparente habilidad con las armas humanas además de su arrogancia ante el resto de la manada lo muestra como el más apto para liderar a la horda y para fecundar a las hembras como se ha visto durante la primera mitad de la manzana.
Me sorprende cuánto saben las ratas sobre humanos, hasta cómo llaman a los trapos que se ponen encima como cáscaras, claro si los pobres no tienen pelos que les resguarden del frío o les aíslen del calor. Están muy mal hechos. Pero bueno, lo chistoso es que este güey, el de la pantalla, se parecía al caimán pero más poderoso: no estaba ni gordito ni tan chaparrito y todas las hembras se le acercaban para que las fecundara. Luego el Rambo me explicó otros atributos del que, estaba ya convencido, era el Gran Señor, el Jefe de Jefes, el megacapo al que estábamos buscando: Mira Tlacuache, lo más importante es cómo construyen el modelo a seguir. ¿Ves cómo todos los hombres que aparecen en esta representación atacan al bigotudo que viste de negro? Así es como deben comportarse los machos del grupo: todos, tanto los que visten de policía como quienes visten de manera similar al más importante, deben agredirlo para que éste pueda demostrar su habilidad con las armas, sus dotes de supervivencia y sus competencias como líder. Unos cuantos, los miembros más débiles de la manada, le consiguen las armas y cuidan de sus mujeres pero no se aparean con ellas: su descendencia resultaría débil, poco apta para sobrevivir.
Caray, no pude sino pensar en las tlacuarratitas de mi compita, el Pancho. Con lo pendejo que era su jefecito y lo orate que estaba su mamacita, quién sabe qué futuro les esperaba. Me cae que esos dizque documentales humanos sí me estaban enseñando muchas cosas. Aunque me costaba seguir pues era como si faltara algo, era muy raro, como si hubiera huecos en el tiempo, no sé si me explico, como si te duermes y al despertar no sabes qué pasó entretanto, o como si recuerdas pedazos del pasado, pero sin orden ni sentido. Como si sueñas, bien raro: que allí estaba el capo con unas hembras bebiendo líquidos de colores en un sitio ruidoso, y de repente se le veía en las montañas, entre unos arbustos de hojas extrañas que nunca he visto por aquí, y tocaba las hojas, las frotaba entre los dedos y las husmeaba y alababa mucho las calidades de las pinches hojas, y entonces llegaron otros humanos que los balacearon y hubo mucho tiroteo y quemaron todos los arbustos, y de golpe el capo ya no estaba en las montañas, sino en un lugar con mucha arena y mucha agua y soplaba mucho viento y no comprendí cómo había llegado tan rápido de un lugar a otro ni cómo habían metido las montañas y toda esta agua en la sala, pues había mucha agua, pero no me mojé, ni una gotita me salpicó. Pero a las ratas todo esto no les impresionaba, les parecía lo más normal del mundo, y el Rambo siguió hablando como si nada:
En cambio, los otros líderes de manada guardan a sus mujeres e intentan matar al de negro para que no pueda reproducirse ni controlar el territorio. En represalia éste mata a todos los que puede y escapa de todas sus trampas, con lo que demuestra ser el más apto del grupo, el más humano. ¡Cómo no, si mata a todos quienes se le ponen enfrente! Más aún, interrumpió Ramsey, hemos identificado que este hombre aparece muy a menudo en estas representaciones: incluso hace muchas lunas, cuando sólo se enseñaban aquí las técnicas de apareamiento humano, ¡que son mucho más interesantes de lo que te imaginas! Bien, pues este espécimen aparecía ya fecundando hembras. Bah, les dije, y a mí qué chingados me importa cómo se aparean los humanos, si parece que es a lo único que se dedican, por eso son tantísimos. Ni nuestras hembras con sus trece tetas podrían amamantar a tantos cachorros. Los humanos parece que sólo piensan en coger y procrear. Ya mero se me salía un “como las ratas” pero me callé a tiempo, no quería que me quitaran la poca manzana que me quedaba por comer. ¡Ah!, exclamó Rudy, precisamente sobre eso hemos encontrado un secreto humano de suma importancia, ¡sí!, de suma importancia, ¿no es verdad? Los humanos son tan prolíficos porque a sus hembras las fecundan por múltiples entradas: casi todo orificio natural les sirve para el apareamiento, ¿sabes? Suponemos que las hembras tienen un sistema reproductivo único, no encontrado en ningún otro animal: mientras que las hembras de toda especie normal tienen varias tetas y un solo orificio de apareamiento, las hembras humanas tienen sólo dos tetas pero varios orificios que les aseguran la fecundación. ¡Así comprendemos cómo, si tienen apenas una cría o dos al año, es que no dejan de crecer como especie!, ¿comprendes? Pero eso lo deben haber aprendido muy bien en este barrio, pues ya no muestran esos modelos, no, ya no los muestran aquí, en este cine. Ya no.
No le comprendí ni la mitad: que las hembras humanas tienen pocas tetas, ya lo he constatado, pero ¿cómo puede ser normal tener un solo orificio de apareamiento? Si todo el mundo sabe que las tlacuachas tienen dos, ¿puede ser normal tener uno solo? Pero, claro, ¿qué será normal para una pinche rata ratera? Lo que debemos sacar en claro aquí, siguió el Rambo, es que el hombre de negro, entonces, no sólo se ha mostrado como un semental eficiente sino como un magnífico líder de manada: en repetidas ocasiones hemos visto cómo mata a otros machos, toma sus territorios y hembras e incluso, cuando ha parecido que lo matan, a la siguiente première reaparece como si nada. Es verdad, debe ser inmortal, confirmaron los otros cuatro, y volvieron a las dizque proyecciones.
A todo esto, el Ratson se había mantenido callado, vigilando al caimán y al hombre de negro que estaba a su lado. Apenas había mordisqueado un poco su manzana con chocolate, así que me acerqué a él: Ratson, ¿ya no te vas a comer eso? No Tlacuache, puedes tomarla si te apetece, yo prefiero no perder de vista a este par de criminales. Algo no me convence del todo en la interpretación que mis amigos han hecho de esta película, no todo parece real… no concuerda con lo que he observado en los humanos. ¡Ay Ratson, no la friegues! ¿A poco te crees que los humanos son tan, pero tan tontos como para sentarse a que los cuentién durante todo este rato?, ni madres, si les echan mentiras el caimán se los quiebra, ¿qué no? Quizás, Tlacuache, quizás.
Seguimos mirando eso que Ratson llamó la película pero a mí, la neta, me daba mucha curiosidad saber de dónde salían todas esas imágenes que aparecían en la pantalla. Finalmente, pues soy tlacuache, ¿qué no?, y los tlacuaches somos famosos por nuestra natural curiosidad, nos gusta conocer cosas nuevas a ver si se pueden comer. Entonces, aprovechando que estaban bien clavados con las aventuras del narcote, que me les escapo, carnal, y que bajo al cuartito de donde venía el rayo de luz justo cuando un humano salía de ahí: que me cuelo de volada. ¡Uta madre!, había un aparatote como una caja grande grande, negra, con un chorro de cables y un tubo enfrente de donde salía el rayo de luz. Me asomé y vi que el rayo de luz era el que enviaba a la pared blanca las imágenes de la película y pensé, ¡ah, pos entonces adentro de la cajota han de estar las personas pequeñitas que están haciendo todo eso que hacen en la pantalla, y seguro ahí dentro hay una versión enana del narcote. ¡Imagínate cuate, ver humanos pequeñitos, tamaño rata! Puta madre, me podía comer uno que otro, y chance si me comía a los narcos pequeñitos ya no fuera necesario seguir buscando a los grandotes, a lo mejor eran todos proyecciones nomás de otros chiquititos que estaban encerrados en una caja negra. ¿Y si todos los humanos no fueran más que proyecciones en la pared de una caverna como este cine? Me puse a filosofiar, como dicen que se dice cuando uno se gasta el pensamiento en preguntas que sólo te haces si tienes la panza llena. Y la neta, la mía la tenía bien llena, de modo que filosofiaba muy a gusto. ¿Y si los humanos verdaderos fueran los hombrecitos enjaulados en la caja negra? Me encantaba la idea de vengar a mi compadre comiéndome al que lo mandó matar. ¡No había mejor venganza para un tlacuache!
Entonces, que me trepo a un banco junto a la caja negra, y me estaba asomando cuando, ¡chin! que me cae el pinche Ratson. ¡Qué haces, Tlacuache! Oh, nomás estoy mirando a ver si están las gentecitas aquí adentro. Aguántame tantito y sostenme el banco para que no se mueva, le dije mientras me recargaba en la caja para mirar por encima. En eso, ¡no mames!, que se cae el pendejo banco, que me caigo encima de la caja y que nos caemos todos al suelo. ¡Pum! Santo tlacuachazo que me acomodé, de pura suerte caí sobre la caja que si es al revés volteado no estuviera yo aquí contándote mis aventuras. Nomás oímos que empezaban en la sala, ¡Cácaro! ¡Cácaro!, y que llega corriendo el humano al que había visto salir. Se nos quedó mirando con tamaños ojotes, ¡como si nunca hubiera visto a un tlacuache y a una rata en su vida! Hazme favor, quién pasa a creer que no hubiera visto a otros como nosotros. En eso me dice el Ratson: ¡Ven Tlacuache, escóndete en el ducto del aire acondicionado!, y que me jala de la cola. Cabrón Ratson, con lo que odio que me agarren la cola, pero eso nos salvó, pues en ese momento entró el guarura del narco con otros tres rufianes, ¡Qué pasó aquí!, gritó, y el cácaro muerto de miedo, ¡fu-fu-fueron una rata y un tlacuache, jefecito! ¡Se fueron por el aire acondicionado! ¡Pos regresa la película que el jefe se está enojando! Y mientras el cácaro ponía de vuelta a los hombrecitos en la pantalla, que seguro aparecerían bien magullados luego del batacazo que nos acomodamos, el Ratson me llevó hasta donde estaban los humanos esperando por la película. Nos trepamos a los respaldos de hasta atrás, en una esquina, y desde ahí vimos cómo el guarura se le acercó al caimán y le dijo algo al oído. Bien chistoso, se levantó todo enojado y gritó: ¡Cómo que una rata y un tlacuache otra vez! ¡Ya me están llenando el buche de piedras con su cuento del tlacuache y la rata! Entonces siguió la película, se sentó el capo y vimos cómo el hombre de negro terminaba de matar a todos los que restaban y se quedaba con las hembras y el territorio. Prendieron las luces, nos hicimos chiquitos detrás del respaldo, “para ver sin ser vistos”, como me dijo el Ratson. Pinche Ratson, de veras que eso de palabriar se le da muy bien: siempre sabe cómo decir las cosas. Sí es bien chorero, pero a veces me gustaría hablar así como habla, bien clarito y bien bonito, pero no conozco tantas palabras como él. Bueno, pues aquí vimos algo muy interesante, como decían las otras ratas: el caimán fue con el bigotudo de negro que había estado como modelo en la película y le daba un abrazo como de felicitación. ¡Cómo no, si había matado a todos sus rivales y se había quedado con las hembras! Entonces, el caimán le dio una libreta y el de Negro le puso unos garabatos que lo pusieron muy contento, o sea que unos garabatos del de negro le quitaron todo el mal humor al caimán, ¡lógicamente, no don Gregorio, sino el de negro tenía que ser el Jefe de Jefes! ¡Lo habíamos encontrado! Además, por si nos quedaban dudas, iba saliendo del cine con el tal don Gregorio y con dos hembras igualitas a las de la representación. Tenía que ser él.
Y pues ahí te vamos el Ratson y yo. A ver si logramos colarnos en su automóvil, me dijo. Hubiéramos cabido bien a gusto, era un carro más grande que el del caimán, pero justo cuando íbamos a la calle, ¡se nos vino encima una marabunta de gente! ¡Montones de gente que iban caminando todos juntos con palos y pancartas! Ya no logramos subir al coche, sólo pudimos escuchar que el acompañante del Jefe de Jefes decía “A La Ópera…” y nos quedamos a la mitad de la calle en medio de la turbamulta. Otra palabreja de la rata, que se las sabe todas.
- El Día de romper cosas
Nunca había visto a tanta gente junta, carnal, un chingo de humanos con cara de enojados que marchaban todos juntos y gritaban pendejadas, ve tú a saber para qué, una más de sus incomprensibles costumbres. Los tlacuaches somos solitarios, nos reunimos sólo para nuestros mitotes, o sea, para comer con la familia y los cuates, pero no para hacer escándalo en la calle. ¡Maldita sea, exclamó el Ratson, una manifestación! Otra palabrota del pinche roedor. ¿Una qué?, más bien una manada gigante, ¿no?, le pregunté. Algo así, en efecto, Tlacuache, me contestó Don Sabelotodo, en unos momentos nos informarán hacia dónde se dirigen. No había por qué averiguarlo, me parecía, y le dije: Pus hacia donde van todos caminando, ¿qué no?, pero nosotros debemos seguir al narco, no a la manada ésta, pues nos vale verga adónde van, a menos que también vayan a la dizque Ópera que dijo el caimán para pedirle un garabato al Jefe de Jefes, o tal vez para adoptarlo como «macho alfa», como decían las ratas de cine. Pero el pinche roedor ya no me escuchaba: se había hecho a un ladito y platicaba con otras dos asquerosas ratas de alcantarilla, que habían aparecido de quién sabe dónde, como lo suelen hacer los pinches roedores. Me acerqué con cuidado de que nadie me viera.
La neta es que apenas comprendí de qué hablaban, pero ellos no me hacían ni caso. ¿Entonces esta vez no sólo partieron del mismo lugar que siempre, de donde se levanta la columna?, preguntó el Ratson a la más grande de las dos, una rata gorda que olía a caño, y ésta puso cara de seria y le respondió en una jerga extraña que no les había escuchado ni a las ratas del Bordo ni a las del cine, que la verdad también hablaban muy raro:
—Efectivamente, mi Ratson, pasaron a reunirse en varios puntos de lo que viene siendo el centro, con la finalidá de cubrir las principales entradas al mismo, y cuando juntaron una cantidá cuantiosa se echaron a caminar, ¿verdad pareja?
La segunda rata, más pequeña pero no menos maloliente, confirmó lo que había dicho su compadre: Positivo, pareja, por las informaciones que pasamos a escuchar, los llamados manifestantes se van a manifestar por todo lo que viene siendo el Eje central donde nos hallamos actualmente, luego irán por la avenida que le llaman de Tacuba, donde viven las primas del Rudy éste del cine, que dicho sea de paso, mi Ratson, sí están bien sabrosas, a ver qué día vamos a pegarles unos brincos encima, ¿verdá pareja? Y el otro afirmó entusiasta: No, pos de que están sabrosas, sí están sabrosas.
El Ratson, en lugar de emocionarse con las primas del Rudy, comenzó a ponerse nervioso: Pero ¿qué más?, ¿a dónde se dirige la manifestación?, ¿cuánto va a durar?, ¡por favor, Rigo, Rey, completen primero la información importante antes de soñar con hembritas!
La rata a la que había llamado Rigo se puso otra vez seria, como avergonzada: Positivo, mi Ratson: con la novedá de que se dirigen para el mismo lugar de siempre, la plazota grande que le dicen el Zócalo. Y su compañero añadió: Afirmativo pareja, y allí ya los esperan los policías, y dicen que sí va para largo, que se van a quedar todo el día. Según logramos dedujir de las conversaciones espiadas, esta parte de lo que viene siendo la manada principal se dirige directamente por la calle del Cinco de Mayo para reagruparse en el punto de destino, o séase, el Zócalo.
Bien, bien, han hecho un buen trabajo y se los agradezco, muchachos, los alabó el Ratson, sólo que se dice deducir. Entonces yo los interrumpí, pues noté que estas ratas se conocían bien este territorio: Oigan ratas, ¿y ustedes saben cómo llegamos a la dizque Ópera? Me miraron bien gacho, como si no quisieran hablar con un tlacuache las cabronas, y la grandota me soltó con tono intimidador: Quiobas, pinche tlacuachín, no chingues con tu ópera o ái te doy tu negra noche, ojete. Y la otra: Ora que no se te frunza el cutis. ¿O qué, Ratson, es tu valedor?, tú dices y le damos pa atrás.
¿Y ora qué carajos estaban diciendo? O dime, carnal, ¿tú comprendes esta manera de hablar? Se les entendía menos que a las pinches ratas del cine, pero el Ratson los calmó rápido: Tranquilos, es de confianza y viene conmigo. Y es verdad que necesitamos ir a La Ópera, pues el humano al que estamos buscando ordenó a sus secuaces que le llevaran para allá. ¿Conocen el camino?
Esto los tranquilizó: Órale, ni pez: si viene con el Ratson ha de ser ley. ¿Verdad, pareja?, dijo la rata que apestaba a drenaje, y la que olía a estercolero, o sea, el tal Rey, aprobó lo dicho: Simón, pareja, el que es cuate es cuate. Pos entonces, aliónense que vamos a entrar lo que viene siendo la manifestación, porque vamos a la misma calle.
Y al grito de ¡Buzos, no los vayan a pisar! se echaron a correr las ratas y nosotros detrás de ellas. ¡No manches! ¡Con razón nos advirtieron sobre los pisotones! Los humanos iban todos como poseídos, mirando al frente y gritando sus tonterías que tanto les encantan: ¡Este puño sí se ve!, y todos levantaban el puño, ¡pos así cómo no se va a ver! Pero, ¿para qué? ¿Qué hay que ver en un puño? Están bien locos, los humanos. Además, no comprendía para qué ni a dónde iban todos amontonados, con pancartas y algunos con la jeta cubierta y bolsas colgando. No podíamos ver por dónde corríamos, nomás seguíamos a las otras dos ratas que, como ya estaban acostumbradas a caminar en la humanada esquivando pies, debían esperarnos cada dos por tres. ¡Ay, me hubiera gustado más quedarme donde había manzanas con chocolate! Pinche Pancho, lo que hacía por vengar su muerte: yo, que odio a estos «primates inferiores», como decían las ratas del cine, estaba rodeado de sus patas, recibiendo puntapiés y, como si fuera poco, ya de nuevo con hambre. Que me enchilo, carnal, luego de un montón de patadas cualquiera se enoja, ¿qué no? Pos eso, luego de varios pisotones a mi cola, que me enchilo y, ¡zaz!, que le pego un mordisco a una pata. ¡Aaaayy!, gritó el humano, ¡Algo me mordió! Entonces se abrió un pequeño hueco entre la muchedumbre y me dejaron a la vista de todos, y apenas me había visto, el de la pata mordida gritó: ¡Una rata! ¡¡¡Me mordió una rata!!! ¡Otra vez con lo mismo!, que no soy una pinche, asquerosa y méndiga rata, ¡soy un tlacuache! Pendejos humanos ignorantes que no saben distinguir entre el único marsupial americano y las comunes y corrientes ratas, carajo. No te cuento el alboroto que armaron, carnalito, ¡cállate la boca! ¡Ratas!, gritaban, ¡Nos atacan con ratas!, y otros comenzaron a vociferar, ¡Pinches policías ratas, atacaron a un compañero! ¡Estamos infiltrados! ¡Muera el PRI!, ¡Fuera de la presidencia! ¡TODOS CONTRA LOS GRANADEROS RATAS! Y entonces, como si se hubieran puesto de acuerdo, de varias mochilas comenzaron a sacar unas botellas a las que prendieron fuego, y unos manifestantes corrieron mientras otros se agarraron a golpes con unos humanos que tienen caparazón, creo que son policías criados para recibir golpes, pues estaban todos en bola y de pronto lanzaban unas piedras de las que salían gases mientras los de la manada les pegaban y les pegaban. Ratson, Rigo, Rey y yo nos hicimos a un ladito, junto a la pared, sin escondernos ni nada porque ya ni quien nos pelara, y presenciamos un espectáculo humanísimo: entre la manada y los policías con caparazón, dándose de catorrazos hasta que unos u otros caían llenos de sangre y los demás gritaban ¡ASE-SI-NOS, ASE-SI-NOS! Mientras los que iban con la jeta cubierta aventaban piedras a las ventanas, otros golpeaban lo que fuera con palos que quién sabe de dónde habían salido. Algunos entraban por donde habían roto las ventanas y aventaban para afuera mesas, sillas y hasta humanos que desesperadamente intentaban defenderse agitando brazos y piernas, aventaban de todo, y luego rompían lo que no saliera corriendo. ¡Qué desmadre, compa! Nomás veíamos pasar primates corriendo, unos para escapar y los otros para perseguirlos y golpearlos. Y todos rompiendo lo que hallaran a su paso.
El Ratson me lanzó una mirada llena de reproche: ¡Ves lo que has provocado, Tlacuache! Qué poco les falta a los humanos para matarse unos a otros, me dijo, pero no así como para regañarme en serio, no te creas, más bien como que estaba divertido, creo que la vista de humanos golpeándose entre ellos no le molestaba, y la neta que a mí tampoco. Al contrario, era bien divertido ver cómo se daban en la madre los pinches locos. Pus, qué te digo, carnal, a mí me gusta ver actos de humanidad, es un espectáculo emocionante y de gran valor educativo.
Órale, ya pasaron a comenzar, dijo el Rey. Simón, parejita, pero ora sí están macizos los trancazos, contestó el Rigo. ¿Qué no habían visto esto antes?, preguntó el Ratson. Nel, respondió el Rigo, humanadas hay diarina pero mitotes así, nel, ¿sí o no, pareja? Afirmativo, pareja, ha de ser porque celebran el Día de romper cosas. Y el Ratson: ¿A qué te refieres con esto, Rey, qué se conmemora hoy en el mundo primate?
Las ratas empezaron una complicada explicación que, por cierto, no comprendí: Ps, dicen que el Día de romper cosas es un guateque que se repite cada seis años, pero esta vez parece que algo train contra el mero chipocles destos primates, oyimos que no le firula el caletre y no lo quieren en la silla. Ni me preguntes cuál silla, ahí sí que desconozco, mi Ratson, dijo el Rigo, y el Rey continuó: Pero dicen las ratas vejestorias, las que sí saben, que sus mandamases tienen lo que son como ciclos de seis años, ¿sí me entiendes?, y dicen que luego los cambian y que esto lo celebran rompiendo cosas. Pos éstas han de ser lo que vienen siendo las cosas que hacen, sí o no, pareja. Y el Rigo afirmó: Simón, positivo pareja. Y así, por no dejar, se rompen hasta la madre, jiar jiar jiar. Y el Rey: ¡Agüelita de Batman! Y el Rigo: ¡A güevo te güelen los gases, pareja!
Y se echaron a reír las dos ratas pendejas. Bien, bien, muchachos, basta de gracejadas, les dijo el Ratson. ¿De qué?, preguntamos los tres, Rigo, Rey y aquí tu servidor. De bromas, explicó impaciente el Ratson: Además de huir de los gases que propagan los humanos, debemos llegar a donde está el Jefe de Jefes. Ya vas, respondieron las ratas, y nos llevaron hasta una puerta abierta: Aquí merengues. Chido mi Ratson, orinita nos metemos para adentro, ái ustedes nos siguen como puedan, dijo el Rigo mirándome de ladito: Nomás alionados, porque si nos clachan nos carga Gestas. Mientras no nos liquen seguimos a tus recanijas, pero si nos ven, ya sabes, aquí se rompió una jerga, que te vaya bonito y si te vi ni me acuerdo. ¡Changos, valedor!, añadió el Rey.
Estábamos en una esquina de una casa vieja, con toldos rojos encima de las ventanas. Olía a comida. Por fin iba a saber qué diablos era la Ópera: frente a nosotros estaba el carrote del Jefe, él ya debía estar adentro del local.
- Una noche en La Ópera
Entramos por donde solemos hacerlo: por una ventana entreabierta que habían encontrado el Rigo y el Rey. ¿Cómo te describo lo que vimos allí, carnal? Una sala grande llena de mesas y sillas, las paredes cubiertas de madera oscura y tela roja, del techo colgaban luces resplandecientes como estrellas grandotas, y unos hombres vestidos de blanco y negro corrían con bandejas de un lado y otro. Y lo que llevaban en las bandejas olía bien, muy bien. Olía a caracoles en salsa de chipotle, a pescado al perejil, a pollo y a sopa de mariscos, a manzanas y chiles, a queso y dulces. Olía a todos los perfumes del paraíso. ¿Es Tamoanchan?, pregunté maravillado. No, es la cantina de La Ópera, me contestó el Ratson con un suspiro. Pus, qué bonito se ve, le dije, y qué bien se come aquí, ¿no crees que deberíamos tomar una probadita?, hace rato que no hemos comido. Para eso habrá tiempo más tarde, me regañó el pinche roedor, ahora se trata de encontrar un lugar desde donde podamos escuchar lo que hablan. ¿Y eso pa’ qué? Para saber quiénes son y qué están tramando. Ah pues, ¿y por qué no nos metemos allí entre las botellas? Allí estaríamos cerca y no nos perderíamos ni una palabra, propuse. ¿De qué botellas me estás hablando?, me preguntó el Ratson. Pus, las que están allí alineadas en la pared. No ves que el gordito y el bigotudo se han sentado justo detrás. El Ratson me miró como si hubiera dicho la mayor pendejada del mundo: ¿Es posible que seas tan bruto o me estás tomando el pelo? Detrás de las botellas lo único que hay es un espejo, y los que ves allí no están allí, sino en el otro extremo de la sala. Y me los mostró con un movimiento del hocico. Qué cosa más rara: allí estaban también. El gordito al que le decían Don Gregorio había llevado al bigotudo y las dos mujeres a un gabinete entre dos mamparas, mientras que el caimán y sus sicarios ocupaban todas las mesas vecinas, y dos se habían quedado de pie vigilando la entrada. Y los de detrás de las botellas, que se ven igualitos, ¿son otros?, pregunté, pues, la neta, no comprendí cómo podían estar en dos lugares al mismo tiempo: ¿O de nuevo son proyecciones como las del cine? No, me contestó impaciente, son ellos, pero sólo su imagen que se refleja en el espejo. Pero, objeté, si nos pusiéramos entre las botellas los podríamos ver más de cerca, ¿no? Y si los vemos de cerca, ¿no los oímos mejor? El majadero del Ratson ni me contestó. Siguió al Rey y al Rigo que corrieron a lo largo de la pared hasta la mesa vecina de la de Don Gregorio, subieron a una repisa y se escondieron tras unas cortinas. Una vez más, no me quedó de otra que seguirlo. Qué vergüenza, correr tras de puras ratas todo el día. Aunque, la verdad, desde allí de hecho se oía mejor lo que hablaban. Uno de los bandejeros les llenó los vasos con un líquido amarillento espumoso y con muchas burbujitas, mientras el gordito le decía al bigotudo:
Impresionante, mi querido amigo Andrés, realmente impresionante: nunca se ha visto en el cine mexicano un narco tan convincente, tan auténtico. Tiene en mí a su más fervoroso admirador. Como dicen los jóvenes: soy su fans. Gracias por concederme el honor de invitarle una copa, y lástima que no se pueda quedar para la cena. Pero, claro, entiendo que es usted un hombre muy solicitado, y si lo manda llamar el director de IMCINE en persona, no lo puede hacer esperar.
Chocaron los vasos y bebieron unos sorbitos. Ah, delicioso, qué buen gusto tiene usted, Don Gregorio, y qué bien acompañado va usted, dijo el bigotudo levantando su vaso hacia las dos muchachas, que le contestaron riendo jijijí. Y muchas gracias, Don Gregorio, aunque me avergüenzan tantos elogios que, por cierto, no merezco. No soy más que un simple histrión que intenta hacer bien su trabajo, y como le echo ganitas, a veces no me sale tan mal. Es cuestión de método. Aplicación y mucho trabajo, eso sí, sin mucho trabajo no se logra ese efecto que le parece tan auténtico. Y con razón, pues es justamente lo que busco. Le voy a decir cuál es mi secreto: el realismo. Nada más que el realismo, realismo hasta el tope, realismo absoluto. Uso un método que inventó un ruso: seguramente ha escuchacho hablar del método de Stanley Eslasqui, ¿verdad? Es famosísimo. Me identifico con el papel que hago, aprendo a pensar como el personaje, me meto en su cabeza, en su cuerpo y su alma, me reencarno en él. Como De Niro, como Brando, es lo que hacemos los buenos profesionales. Si hago un general de la revolución soy el general, de carne y huesos, lo soy hasta la más pequeña arruga de mi uniforme, y si hago un capo del narco, pues, soy el narco, desde la punta de cada pelo hasta la uña del dedo gordo.
No lo dudo, mi amigo, asintió el tal Don Gregorio. Y si su papel hubiera sido el de Pancho Villa, seguro que aquí mismo se levantaría y pegaría un balazo al aire, dijo señalando un agujero en el techo. No lo comprendí, pero el otro se rió como si le hubiera contado el mejor chiste del mundo, y jijijí se rieron las dos hembritas, y el bigotudo añadió:
Qué bromista es usted, Don Gregorio. No, no se preocupe, no iría tan lejos como para confundir mi vida real con el cine, no sería profesional. Pero ante las cámaras sí olvido quién soy y me lleno totalmente de la personalidad que represento, para que nadie dude de que el que ven en la pantalla es verdadero, no un tipo haciendo un papel. Es mi afán de ser como un Fénix del cine: quiero morir como persona para renacer como personaje ante los ojos de los espectadores, hacerme cenizas para recomponerme en la luz del proyector. Fácil no es, claro, pero en esto consiste el arte: ser el personaje tal cual como sería en la realidad.
Y tomaron otros sorbitos. Me parecía que Don Gregorio miraba al bigotudo con un brillo de burla en los ojos cuando le preguntó: ¿Y no teme que lo haga tan bien que, al verlo en la calle, le tomen por un narco de verdad y le asalten los sicarios de un cártel enemigo? — Y jijijí se rieron las dos mujeres.
¡Ah, qué Don Gregorio, qué chistoso es usted! Y cuánto se lo agradezco, le respondió el bigotudo. No hay nada como el humor mexicano. Pues no, no temo nada, pues sin el maquillaje y vestido de paisano me veo muy diferente, y si alguien me reconoce, es por mis participaciones en diversas y muy exitosas películas, o en las mejores telenovelas. Sabe usted, aún si no fuera tan famoso y mi rostro no fuera uno de los más conocidos del showbizz latinoamericano, mi público se daría cuenta de que no soy nada más que un profesional que hizo bien su trabajo, que el de la pantalla es pura ficción.
Don Gregorio le agarró del hombro y se lo apretó entusiasmado: Admirable, mi querido Andrés, es usted realmente admirable. Y tan modesto. Pero explíqueme cómo le hace para parecer tan auténtico. Pues yo lo veo en la película y pienso que es un narco de verdad, que nunca ha sido otra cosa. Y claro, no conozco yo a narcos, no trato a esa gente ni sé cómo son realmente, pero me lo imagino, como hace todo el mundo, y cuando lo veo a usted en la pantalla me digo: así, así son los narcos, así deben ser, porque después de haberlo visto ya no puedo imaginarme a los narcos de otro modo. E incluso si fueran diferentes, estoy seguro que después de su película cambiarían para imitarle a usted.
Al bigotudo se le encendió la cara de contento, pero dijo: Amigo mío, Don Gregorio, no exagere. No, lo que se decía por ahí de que andaba yo de amigo de los narcos fueron puros rumores infundados. Aunque sí, trabajo mucho para ser un narco auténtico, quiero decir, para serlo para el público. Hay que estudiar mucho el papel, llegar a su esencia, al meollo del carácter, para lo que hace falta mucha información y saber un montón de psicología humana, claro, y no dejarse influenciar por las tarugadas que dicen los periodistas y los intelectuales y los dizque expertos que nos quieren hacer creer que hoy los capos de bajo perfil son los meros meros, los que tienen el poder de verdad. Fíjese, le voy a contar una cosa absurda, el otro día leí en Proceso una entrevista con uno de esos seudo-peritos y, pues, qué le digo, era de risa: decía el señor experto que el Jefe de Jefes no es como lo pintan, que no tiene una hacienda de cinco mil hectáreas en Durango, sino nada más una mansión con jardín en una discreta colonia del DF, que no tiene un zoológico privado, como en nuestra película, sino que sus únicas mascotas son un hámster y un gato, y que no le gusta comer en restaurantes exquisitos, sino que prefiere el Kentucky Fried Chicken. Si fuera así, el Jefe de Jefes pudiera ser cualquier naco nuevo rico que adora la comida chatarra y la Pepsi en vez de apreciar el caviar beluga y el champán Dom Perignon, que por cierto es excelente, muchas gracias, —y tomó unos sorbitos de su vaso— y que tiene un hámster de mascota y no hipopótamos enanos ni tigres blancos. ¡Ridículo! Y decía el escribidor ese que el Capo de Capos no es un semianalfabeto bruto que ha conquistado su poder masacrando despiadadamente a todos sus enemigos y rivales, sino un hombre de negocios licenciado en emprendedurismo y con buenísimas relaciones en el mundo de la cultura. ¿Usted se puede creer semejante patraña? Jajajá, si fuera así, usted mismo podría ser el Jefe de Jefes, y lo digo con todo respeto, por su apoyo al cine mexicano y su excelente reputación de empresario. Imagínese los titulares de la prensa: «Don Gregorio Chávez, mecenas de cine y narco». Y en qué aprieto me vería yo si los paparazzi me tomaran fotos tomando champán con el Jefe de Jefes. Sería de película, jajajá. Pero de película gringa de fantasía, de las que nos muestran un mundo de mentira, no del buen cine mexicano que pinta la vida tal como es, sin maquillajes ni falsa vergüenza, como lo hicieron Mario y Fernando en sus películas, y también Valentín y Cornelio, en que los detectives, los contrabandistas, los bandidos y, claro, los narcos son narcos de verdad y no unos mamarrachos con diploma de universidad privada. No, Don Gregorio, seamos serios: un narco empresario, ¡qué ridículo! ¿Pa’ qué necesita un diploma un narco? Lo que le hace falta son un par de huevos bien puestos y un carisma de mil diablos. Y un bigote. No hay verdadera autoridad sin bigote. Por eso las mujeres y los maricones no pueden dirigir un cártel, por falta de bigote. Y de huevos, claro, huevos de verdad quiero decir, duros como bolas de hierro, huevos de piedra, y sangre más fría que una víbora de cascabel. Pero sobre todo les falta bigote. Yo cuido mucho mi bigote, lo tengo asegurado por un millón de pesos, muy por debajo de su valor, pues es la clave de mi imagen, es mi capital. Yo sin bigote no soy ni la mitad de lo que soy, un 40 por ciento de talento y un 60 por ciento de bigote, y no crea que me falta talento, pues, no, sin falsa modestia, nací para el cine y fui histrión desde la cuna, pero sólo con el bigote empezó el éxito, créame, Don Gregorio el talento no vale nada sin bigote.
Y volvieron a chocar los vasos y beber unos sorbitos. Cuánto lo siento, Don Gregorio, suspiró el tal Andrés, pero como ya sabe, me esperan en IMCINE, y qué le vamos a hacer, al césar lo del césar, no hay remedio. Mañana sin falta nos veremos en su fiesta y tendremos más tiempo para platicar. Los dos se levantaron y se dieron la mano. Me hará un gran honor, mi amigo Andrés, le dijo el gordito. El honor me lo hace usted, Don Gregorio, se despidió el bigotudo con un apretón de manos, y de las muchachas con besos y apretones en otras partes del cuerpo.
Don Gregorio se volvió a sentar y llamó al mesero, que acudió solícito: ¿Qué le puedo servir? Lo de siempre: un pollo con papas a la francesa y una Pepsi, y con harta salsa catsup, que así me gusta. Y para las señoritas unas paletas tutsipop. Se acercó el caimán: ¿Ya se fue el payaso? Sí, le contestó Don Gregorio con una mueca de desprecio: Dice que lo espera el «director de IMCINE». Pinche mamón, seguramente quien lo espera es una de esas viejas calientes que se mueren por ayudarle a resolver su problemita. ¿Cuál problemita?, se asombró el cocodrilo. Pues, ¿cuál va a ser? El de la bombita. ¿No lees el periódico? ¿No ves la tele? Si no se hablaba de otra cosa. El problema de la verguiflojera. Risitas de las dos mujeres. ¿La verguiflo…?, el caimán tardó un momento en comprender: O sea, ¿que no se le…? Don Gregorio afirmó: No, pues no, ya no se le… Órale, se sorprendió el cocodrilo: Quién lo diría, tan machote que se ve, tan viril. Y Don Gregorio: No es lo que parece. No olvides que es un gran profesional, nos hace creer el papel que representa, pero es pura ilusión, efecto del método del ruso Stanley. Y las muchachas se rieron jijijí, ellas sabrán por qué.
Deja un comentario