- No oyó ladrar los perros
Al flaco lo tiraron en el patio delante de la casa y allí se quedó un rato sollozando y escupiendo sangre. Eso, la verdá, me valía verga, lo que empezaba a preocuparme en serio era el hambre. Oye, tú, le dije al Ratson, ¿no hay nada de tragar en este lado, tú? ¿No te gustaría comerte un huevo?, me propuso. Órale, no me alburies, además no veo más huevos que los tuyos y la neta todavía no te tengo tanta confianza. El Ratson me echó una mirada de compasión: ¿No has visto el gallinero detrás de la casa? Debe de estar repleto de huevos, porque seguramente estos narcos no se cansan recogiéndolos todos los días. ¡Híjoles, no lo vi manito, con suerte hasta nos comemos unos pollitos recién saliditos del cascarón, que es cuando son más sabrosos! Tuve que admitir que a veces al Ratson se le ocurrían ideas que no eran nada malas, aunque cuando mencioné a los pollitos se le torció un poco el gesto. Cómo se me antojaban unos huevitos de gallina ponedora, con sus yemitas, y de postre un pollito, ¡pura vida! Quienes no encontraron tan buena la idea del Ratson fueron las gallinas, claro, que armaron un buen de escándalo y nos agarraron a picotazos, así que me vi obligado a degollarlas para poder merendar en paz. ¡Y qué merienda, manito! El Ratson nomás se empujó medio huevo y un puñito de maíces, pero yo sí le atoré macizo al bufete pues no hay tlacuache que se resista a tanta ricura. Hasta pena me dio llenarme tan pronto, ya no pude tragar más aunque sobraban todavía un montón de huevos y algunos pollitos que parecían decirme: ¡Cómenos! ¡Tráganos! Pero ni modo: ora sí que si me movía me derramaba como cuenco.
Y bueno, yo después de comer sabroso acostumbro echar una pestañita, pero el Ratson dijo que no era hora para dormir, que teníamos que observar a los narcos para averiguar qué estaban tramando. Sale pues, vamos a licar narcos, eructé de mal humor. Dimos la vuelta a la casa y nos topamos con el flaco, que ya se había recuperado algo de la madriza que le dieron y que se estaba vistiendo para ir a buscar a la ruca que se le había perdido. Al vernos se le encendieron los ojos de odio, hizo un gesto de amenaza con su cuerno de chivo y nos gritó: ¡Pinchis bestias del infierno! ¡Ora sí los voy a desollar vivos! Sin decir nada el Ratson se echó a correr, y yo tras él, rumbo al portón del predio que los narcos habían dejado abierto. El flaco nos perseguía renguiando y vociferando, agitando su cuerno de chivo, por suerte sin disparar. Íbamos pegados al muro como si nos hubieran puesto cuetes en la cola, hasta llegar al cerro. El Ratson corría como un rayo en zigzag entre los árboles y matorrales, pero a mí me costaba brincar tanto con la panza atiborrada de huevos con pollo. ¡Aguanta, aguanta, no falta mucho, ya vienen!, me gritaba el Ratson. ¿Quién vendrá?, me preguntaba sin comprender, sintiéndome ya agotado de tanta corredera. Es que lo mejor para la digestión es el descanso, pero explícaselo a un narco encabronado que te persigue para despedazarte. Vi que el Ratson se subió a un árbol más rápido que la pinche ardilla de los Viveros, mientras yo me arrastraba a duras penas hacia el tronco salvador. ¡Hazte el muerto!, me gritó el Ratson. ¿Otra vez?, le dije poco convencido, ¿no es pan con lo mismo? Ya sería la cuarta vez desde que empezó esta historia, y la neta ora que veo en qué me he metido preferiría haberme quedado en mi árbol en Tlalpan, pues los tlacuaches no te manejamos este tipo de aventuras, no es nuestra forma natural de vivir, lo nuestro es la vida tranquila, serena, lejos del mundanal ruido. ¡Si quieres vivir, cállate ya y hazte el muerto, Tlacuache!, me gritó el Ratson desde su rama. Y como el narco estaba ya a punto de alcanzarme, no tuve de otra que hacerle caso. Me quedé pues tieso como palo de nogal del Santo. El flaco frenó en seco y me miró perplejo, hablando como para adentro: ¿Es un truco, verdad? ¿No estás muerto de verdad? Me movió con el pie de un lado a otro, y yo sin respirar. Pos mira pinchi alimaña, por si acaso, te voy a reventar a plomazos, dijo. Me apuntó con su fusil y accionó el gatillo, pero sólo salió un clic clic clic. Decepcionado levantó el arma para machacarme a culatazos.
Pero algo lo detuvo. Un perro chihuahueño que había salido de no sé dónde le estaba mordiendo los pantalones y tratando enfurecido de arrancarles tiras de tela. Aproveché su distracción para resucitar y treparme al árbol donde me eché al lado de Ratson, en una rama gruesa desde la que teníamos una vista bien chida del espectáculo. El flaco medio se rió de los esfuerzos del perro, se sacudió la pierna, pero el chihuahua no se soltaba. Dejó caer el arma y se agachó para zafárselo, lo levantó y se lo puso delante de los ojos, hablándole en tono simpático, y el chihuahueño, claro, aprovechó para morderle en los dedos. ¡Puta madre!, gritó el flaco, aventó al perro y en seguida otra vez gritó ¡Ay, carajo!, pero esta vez porque un bulldog se había prendido de su canilla. El humano trató de darle una patada y perdió el equilibrio. Entonces, como de la nada, que aparece un bóxer y que se le echa encima. El pinche narco se revolcaba en el suelo dando patadas y puñetazos a ciegas y echándoles a los perros todo lo que encontraba para defenderse, piedras, basura, trozos de madera, y por un momento pensé que lo iba a lograr pues se levantó y alzó los brazos hacia nosotros, yo creí que para estrangularnos, y no, trataba de alcanzar nuestra rama para subirse y ponerse a salvo de la bola de perros asesinos que lo atacaba, pero en vano: se derrumbó otra vez porque un rottweiler y un doberman le habían saltado sobre la espalda y le estaban despellejando la nuca. Para no hacerte el cuento largo, después de una lucha corta y desigual sólo quedó del flaco una piltrafa humana que gemía y jadeaba, sin fuerzas para librarse de los perros que se habían echado a descansar: el bulldog y el boxer sobre sus brazos, el doberman sobre las piernas y el rottweiler en la panza; el chihuahueño se le había subido al pecho y lamía la sangre que le manaba de sus muchas heridas, bien horrible. Entonces, que sale de entre los matorrales un xoloitzcuintle negro negro negro y más pelado que mi cola de tlacuache, se le acercó al flaco con pasos lentos lentos, bien acá, como un rey de los perros, lo miró a la cara con gesto de estar oliendo caca y, como si le hiciera un favor, le clavó los colmillos en la garganta. Ahí comenzó el banquete de los perros.
Viendo lo que habían hecho del flaco, que ya no se distinguía mucho de la ruca que había tirado en el Bordo, los perros me parecían casi humanos y me puse a dizque filosofar sobre ellos. Chance por eso dicen que son los mejores amigos del hombre, ¿verdá, tú? Bueno, del flaco no eran muy amigos, pero casi todos los perros que conozco van siempre con los humanos, los acompañan en sus paseos, vigilan sus guaridas y hasta duermen en ellas, entonces sería normal que con tanta convivencia se humanicen un poco, ¿sí o no? Pero no tanto como para ser iguales a los humanos, pues los humanos son humanos con otros humanos, los perros, en cambio, no son humanos con otros perros, sólo con otros animales: gatos, ratas, armadillos, mapaches, tlacuaches, y a veces incluso para un humano como el flaco. Sí está bien claro así como te digo, ¿sí o no? Pero entre ellos, nel pastel, nomás se oliscan sus chiquistriquis, oséase su ano suyo de ellos, entre ellos. Ora que… a veces sí se pelean. Ya que lo pienso, se pelean muy seguido, por un no te mees en mi árbol o te meo el tuyo son capaces de agarrarse a mordidas bien recio. O sea, sí son casi humanos, se pelean todo el tiempo. Y los humanos se divierten viendo peleas de perros como se divierten mirando peleas de humanos, ¿tú crees? ¿A quién le gusta ver cómo se pelean sus dizque mejores amigos? Hay que ser muy humano para disfrutarlo. O muy perro. Pero los perros les hacen caso casi siempre y hasta los humanos les enseñan a portarse como pendejitos: que dame la patita, que el muertito, ni que fueran tlacuaches, que si date la vueltita. O los traen vestidos como humanos reducidos, bien ridículos que se ven con sus sombreritos y sus garras pintadas de colores, pero ellos encantados, humanos y perros. Se me hace que por eso que me caen tan mal, los pinches huelecolas. Bueno, los xolos son diferentes… ellos sí son de aquí como nosotros los tlacuaches y son como misteriosos. A mí me dan cosa, una cisca como si tlacuaches y xolos nos hubiéramos conocido hace un chinguero de años y nos hubieramos peleado quién sabe por qué, seguro alguna pendejada provocada por los humanos. No, mano: con los xolos uno no se mete, como que pertenecen a otra onda del más allá. Quién sabe más allá de qué o de dónde, pero más allá, me cai de madres.
A los perros hay que saberlos controlar, así lograrás que hagan lo que tú decidas, dijo el Ratson con su voz de sabelotodo. Ay sí, ay sí, ora resulta. ¿Y qué sabes tú de perros?, lo provoqué. Ante todo, Tlacuache, empezó muy ufano, hay siete reglas que siempre debes recordar, y el flaco se olvidó de todas sin excepción. ¿Y me vas a recetar ahora todas esas reglas?, le pregunté resignado, igual ya no podía evitar que me las dijera. Sí, por tu bien y para dejar algo en la tábula rasa de tu memoria cognitiva. Escucha atentamente. Primera regla: No introducirse en su hábitat, y aquí estamos en el Cerro de la Estrella, que les pertenece a ellos y donde no toleran intrusos. Pos sí, pero no me cuadra porque nosotros también nos metimos en su territorio, le objeté algo preocupado. Justa observación, admitió el Ratson, y por eso nos trepamos a un árbol: como ellos son los dueños del suelo, nosotros nos vamos por las ramas donde estamos seguros. Segunda regla: No correr de forma imprevista si se está al alcance de ellos, y el flaco corría como poseído por una legión de cucarachas. ¿No correr, no mames, para que te coman?, lo miré incrédulo. Claro que esta regla funciona sólo para los humanos —siguió sin siquiera escucharme—. Para nosotros es diferente: si estás al alcance de un perro, corre lo más rápido que puedas y busca un refugio en un sitio elevado como un árbol o un poste, o bien bajo tierra como una alcantarilla. Ándale, le dije, esta regla ya me la sabía; si no soy tan pendejo. No me detendré a refutar esto último, respondió el cabrón, sería tan sencillo como inútil. Sigo con la tercera regla: No tratar de acariciarlos, en cambio el flaco tomó al primer atacante para acercarlo incluso a su rostro lo que le impidió detectar a los ejemplares grandes antes de tenerlos sobre sí. Eso es obvio, dije, pero los humanos tienen la pinche maña de querer acariciar a todos los perros que se encuentran, ¡serán tarados! Suelta la cuarta, mi Ratson. No mirarles directamente a los ojos. El flaco no sólo les miró directamente sino con cierta intensidad que mostró claramente su miedo, sin contar que además les dio patadas y les aventó cuanto objeto contundente encontró a mano, en contra de la quinta regla: No agredirlos. Y después cometió otro error grave al estirar los brazos tratando de alcanzar nuestra rama y subirse a ella, pues la sexta regla es: No levantar los brazos porque los perros ven en ello un signo de agresión. Falta la séptima, dije. Sí, la última y más importante: No darles de comer. Sobre todo si la comida es uno mismo.
Me quedé pensando un rato en lo que me había explicado la rata. Pero hay una cosa que no entiendo, le pregunté finalmente: ¿Por qué no oyó ladrar los perros? El pinche roedor me miró con ese aire de superioridad que un día le va costar la punta de su cola o una buena mecha de su pelaje: Y tú, ¿los oíste? Me quedé estupefacto: Ah, jijos, la neta no, ora que lo dices: ¿Por qué no oí ladrar los perros? Porque no ladraron, contestó el Ratson: Perro que ladra no muerde. Y éstos sí muerden.
- La verdad de las mentiras
Los perros se habían retirado a digerir la merienda, pero igual no me atreví a bajarme del árbol, a lo mejor quedaba algún compa que había llegado tarde al mitote y que no le haría asco a un tlacuache bien sabroso. Los humanos no nos comen, los perros sí. ¿Tú entiendes a los humanos, manito? Los humanos nos envenenan, nos matan a palos, nos disparan, pero a la hora de comer prefieren vacas y cerdos, que son unas bestias asquerosas que siempre tienen la cola llena de caca. ¿Has visto una vaca limpiarse la cola? No, ¿verdá? Pus yo tampoco. Son nada limpias las vacas. Y de los cerdos ni hablar: son unos puercos. Los humanos se comen también gallinas y patos, hasta conejos, que son unos pinches roedores, pero a nosotros nos desprecian. No tanto como a las ratas, claro, a las ratas las odian como todo el mundo que no sea rata. Aunque, ora que lo pienso, mejor que no les gustemos a los humanos, porque si se les diera por comer tlacuaches, te apuesto mis güevos que toda nuestra raza terminaría en sus cazuelas. Están locos, los humanos, no se llenan por más que coman lo que tengan enfrente: jamás se les acaba el hambre, siempre andan entrados en ganas de comer y ninguna comida les ajusta para llenarse las tripas. Pero no comen tlacuaches. Los perros en cambio se comen todo bicho vivo que pueden agarrar. Por eso en ese bosque lleno de perros y narcos, los que de veras me daban miedo eran los perros. Los narcos no: ya habíamos visto lo poco que duraron el gordo y el flaco, y los demás ni cuenta se habían dado de que los andábamos siguiendo. Los narcos son medio pazguatos y bien inofensivos, sólo matan humanos, que es lo que más sobra en el mundo, pero cuídate de los perros, nos matan por el puro placer y después dizque sólo querían jugar. Créeme, carnal, no hay peores asesinos que los perros.
Estaba metido en mis pensamientos cuando me dijo el Ratson: Muévete, debemos volver a la casa cuanto antes. Muévete tú primero, le contesté, a ver si llegas lejos. Y el Ratson: No temas, Tlacuache, los perros han saciado su hambre, acaban de llenarse las verijas y están durmiendo la siesta. No me convenció: Los que se comieron al flaco sí, hay chance, pero ¿y si hay más en el bosque, eh? No hay más, insistió la rata. ¿Cómo podía estar tan seguro?, me preguntaba, y como si me hubiera adivinado el pensamiento, para variar, el Ratson comenzó su choro: Veamos, Tlacuache, te explicaré despacio y con manzanas. Los perros son animales territoriales como muchos de nosotros, no toleran a los intrusos, y se nota claramente que esta jauría es de pocos amigos, ¿me sigues? Entonces, si un perro ajeno a la jauría se metiera a cazar en su bosque, lo pasaría peor aún que el flaco. Me miró con cara de, ¿ahora sí?, y sin más se deslizó tronco abajo. ¿Vienes o te quedas?, me retó. Prefiero irme por las ramas, le respondí: Es que los tlacuaches somos arborícolas. Sea pues, vete por donde quieras, pero apresúrate, me dijo la rata, te esperaré a la orilla del bosque. Ahí nos vemos, ¡y maricón el último! Y sin escucharlo más, me trepé al extremo de una rama larga y salté al árbol de al lado.
¿Pa’ qué negarlo, carnal? El último fui yo. Irse por las ramas es mucho más difícil que correr derechito por el suelo, llega uno más tarde, pero tiene más mérito, es más elegante lanzarse de una rama a otra en lo alto de un árbol, sí o no. ¡Pero explícaselo a una méndiga rata que vive bajo tierra, entre montones de basura! El Ratson me estaba esperando con cara de ya-sabía-que-te-ibas-tardar. ¡Rápido!, me gritó, ya se van. No comprendí: ¿Cómo que se van? ¿Y luego, qué nos importa? Que se larguen a chingar a su madre, ya estoy harto de narcos. Ratson corrió hacia los carros y yo tras él: Tenemos que seguirlos si queremos saber quién envenenó a nuestros compañeros y compañeras, me explicó. Y al Pancho, dije yo, jadeando y sin entender un carajo: Pero, si ya sabemos que fueron el flaco y el gordo y éstos ya chuparon faros, ya se murieron, ¿qué más quieres averiguar? Para esto, ya estábamos debajo de una de las camionetas. Esos dos no eran más que peones en este tablero, y además no fueron ellos quienes metieron el polvo en las hembras, sólo las mataron y se deshicieron de los cuerpos. Debemos encontrar al rey de los narcos, a quien mueve las piezas, al jefe de la piara. ¿Eh?, interrumpí, ¿qué chingados es eso? Olvídalo, me refiero al Capo de Capos, dijo el Ratson, si no acabamos con él, al Bordo llegará más canalla que arrojará más mujeres rellenas de veneno. Órale, y ¿no sería mejor no comérselas por si acaso train relleno cremosito?, me atreví a objetar. ¡Estás loco!, se escandalizó la rata: ¡Cómo rechazar una carne tan rica y nutritiva como ésa! Es lo mejor que sirven en el Bordo. El problema es el polvo que las muertas llevan dentro. Pues entonces, nomás no se coman el polvo y ya, recomendé. Ratson me miró como si fuera una cría retrasada: ¡Si fuera tan fácil! Como sucede con las sustancias que consumen los Ramones y Ramonas, quien lo prueba no puede dejar de comerlo. Ese polvo tiene algo, un no sé qué de… Nunca lo he probado, pero los que lo hicieron sin morir dicen que te cambia por completo, que te hace ver el mundo diferente, que te da una fuerza increíble, y también que… ¿Qué, qué?, dime ándale, quería saber. Que puedes aparearte un día entero sin parar, contestó el Ratson algo avergonzado. Empecé a contestarle que para eso un tlacuache que se aprecia no necesita comerse polvos maravillosos, que no hay nadie mejor para el chaca-chaca y el friegue-friegue, y si un tlacuache se pone en celo, un día es poco para que se canse de coger, pero el Ratson me hizo callar con un ¡chsst! porque de la casa salían los dizque narcos y venían hacia los coches. De un salto se metió en la camioneta y no me quedó de otra que hacer lo mismo. Ya sabíamos dónde escondernos. Ni modo, íbamos a hacer otro viaje.
El jefe se subió a nuestro carro, rodeado de cuatro tipos armados con cuernos de chivo. Teníamos las puntas de sus botas de cocodrilo delante de los hocicos, pero no pudo vernos en nuestro escondite. ¡Vámonos ya!, ordenó: No quiero llegar tarde al estreno. Nos espera Don Gregorio, ya saben que es muy puntual y vamos hasta el Centro, al Teresa. El coche arrancó, y con él otros dos carros más que iban uno delante y otro detrás del nuestro. Íbamos un rato en silencio, como si nadie se atreviera a abrir la boca mientras callaba el jefe. ¡Pinche Gordo!, dijo uno por fin: ¡Dejarse quebrar por una ruca! Y pensar que en Sinaloa había sido uno de los gatilleros más temidos, dijo otro. El cocodrilo se rió: No me digas que le creías el cuento del sinaloense, ese güey no era más sinaloense que yo, que soy del mero Tepito. El otro preguntó sorprendido: ¿Qué no era de Sinaloa el Gordo? Si siempre nos andaba contando sus historias de allá, de su pueblo en la sierra, de las fiestas de la narcada en Navolato, las balaceras en Culiacán, los levantones en Mazatlán, los entierros en Jardines de Humaya… El cocodrilo se rió a carcajadas: ¡Puro cuento! No hay que ser de Sinaloa para inventarse historias de narcos buchones, cualquiera lo puede hacer. ¡Achis!, ¿cualquiera?, ¿hasta un gringo?, preguntó el guarura. A güevo, contestó el cocodrilo, es más: con que sea labioso, hasta un inglés o un japonés lo pueden hacer. Bueno, hasta un suizo: esos güeyes, así de pendejitos como parecen, son bien transas. ¿Los suizos?, se asombró el güey, ¿y de dónde son los suizos? ¿De dónde van a ser, pendejo?, le espetó el jefe: ¡De Suecia, pues! ¡Ahí están los bancos donde se guarda la lana, pero lana de a deveras! ¿No te enseñaron los mapas del mundo en la escuela? Es que sólo hice la primaria, se disculpó el ignorante, y mis maestros estaban en paros y bloqueos en el zócalo casi todo el tiempo, ¡pero me enseñaron a hacer mantas bien chidas! Y el cocodrilo les dijo muy ufano: No se engañen, zonzos: el Gordo era sinaloense pirata. La neta es que nació en Iztacalco el pinche Gordo. ¿A poco era de Iztacalco?, preguntó otro: ¿Cómo, si hasta hablaba con acento culiche? Pues, la mera verdad es que tenía talento para imitarlo, era buenísimo para las imitaciones el pinche Gordo, lo aprendió viendo películas de narcos, admitió el jefe, pero era de Iztacalco y me consta que nunca estuvo en Sinaloa, de esto estoy seguro, cuando lo conocí era taquero en la Lagunilla y ya desde entonces lo apodaban el sinaloense porque en su puesto escuchaba narcocorridos a todo volumen y en secreto hasta leía novelas de narcos, sabía todo del Chalo y del Majo Lambada y de los Letrán Beyva, y desde chiquillo soñaba con hacerse narco. Habría sido taquero toda su vida si no lo hubieran empezado a extorsionar unos malandros que eran cuates del jefe de La Unión de Tepito, y que a un compa suyo le quemaron la taquería y a otro lo balacearon y le cortaron los güevos porque se negó a pagar la cuota. Yo iba mucho a su puesto con mis guaruras pues como mi jefecita vivía por allí en la esquina me quedaba cerca, y un día que me habló de los extorsionadores le propuse un trato: Mira Gordo, le dije, yo te quito de encima a estos güeyes, nomás porque te tengo ley. Pero pos dando y dando, yo me arreglo con La Unión y tú nos dejas los tacos de a grapa, cómo la ves. Ya vas, me dijo sin pensarlo mucho; al día siguiente los naquitos esos colgaban de un puente con los güevos en la boca y el Gordo nos hizo unos tacos poca madre de lengua, de cachete y de ojo. ¿De los extorsionadores?, preguntó incrédulo uno de los guaruras. ¡No me chingues!, se rió el cocodrilo: No, pendejo, de cerdo y de res, y mira que su especialidad era el suaperro, pero a nosotros sí nos daba carne de buena calidad. Y así entró en confianza conmigo y un día que me dice, oiga jefe, ¿no ocupan a alguien que sepa destripar y descuartizar? ¿Tú sabes de eso?, le dije, ¡Psss claro!, me contestó, si fui carnicero antes de que me traspasaran el puesto, y entre un perro, o un cerdo pa’ los clientes especiales, y un hombre no hay gran diferencia a la hora de cortarlo en pedazos. Así entró en la empresa, y la neta que hacía un buen trabajo, muy profesional, pero le daba por cuentearse a los cuates y por inventarse un pasado dizque de narco sinaloense para impresionar a los principiantes.
Al enterarse de que se los habían chamaqueado los guaruras empezaron a soltar pestes del muertito: ¡Pinche Gordo cabrón!, se estuvo riendo de nosotros, bola de tarados, que le creímos todos sus inventos, no friegues, y nosotros de pendejos hasta respeto le teníamos al ojete. ¡Y leía novelas, el culero, por eso era tan labioso! Y el cocodrilo, muy contento, los aleccionó: Hay que ser muy abusado en este negocio, y no creer todo lo que cuentan. Apúntense ésta: Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Lo decía mucho un cuate al que conocí en un bar de Mexicali, hace mucho de eso, el güey era estudiante de periodismo y si le pagabas una chela te contaba historias buenísimas que parecían verdad y después decía que las había inventado por el mero gusto de vernos las caras de tontos y que las historias verdaderamente verdaderas eran las que menos lo parecían, ¿qué habrá sido del bato ese?, no lo he vuelto a ver por allí.
Siguieron hablando del gordo hasta que el carro frenó en seco y se bajaron todos, y nosotros tras ellos, pero, ¡uy!, ¡qué gentío!, ¡qué luces! Era como una tormenta de relámpagos que nos caía encima, y la gente batía las manos y gritaba toda excitada, mientras nosotros nos ocultamos tras una rueda de la camioneta. ¿Qué diablos es esto?, le susurré al Ratson, medio ciego todavía por las explosiones de luz y ensordecido por el griterío. Y el pinche Ratson como siempre, sin impresionarse, como si estuviera de vuelta de todo, como si ya hubiera visto de todo: Un estreno, me dijo, ¿no oíste lo que dijo el de las botas: No quiero llegar tarde al estreno, les dijo a sus guaruras, y esto que ves es un cine, y la gente está aplaudiendo a los que van a ver el estreno, y ese señor gordito tan acicalado que saluda al cocodrilo debe de ser el tal Don Gregorio, y si no es él mismo el Capo de Capos creo que nos va llevar al que estamos buscando, y el otro, el del bigote, también tiene que ser un pez gordo, a lo mejor es él el máximo líder. Órale, y, ¿qué hacemos?, le pregunté. Vamos a ver el estreno, contestó la rata y se echó a correr hasta un puesto de ambulantes al lado de la entrada al edificio. Y yo siempre tras él: ¿Y quién nos va a dejar entrar? Está lleno de humanos, y con tanta luz que no habrá dónde escondernos. No te preocupes, nos ayudarán las ratas, intentó tranquilizarme. ¿Cuáles ratas?, quise saber, ¿ratas de cloaca como tú? No, me respondió sin acusar el insulto, ratas de cine. Está bueno, le dije resignado, vamos a ver el estreno. Pero, ¿qué carajos es un estreno, se puede saber? ¿Y qué es un cine?
- La première
Vamos a entrar por la puerta grande, dijo el Ratson, y se echó a correr de nuevo. Oye, pero ¿adónde vamos?, ¿qué es lo del estreno que vamos a ver?, le preguntaba, pero el pinche Ratson se quedó callado durante todo el trayecto. Subimos unas escaleras llenas de puestos de ésos donde los humanos venden su basura: papeles tiesos, cables, muchas de esas cajitas pequeñitas con las que platican como si alguien los oyera ahí dentro, adornos que se meten dentro de las orejas quizás para no oír el ruidero que hacen los demás. ¡Ah, porque no me lo vas a negar, cuánto ruidero hacen los humanos! No están contentos si no gritan o ponen sus ésos que les llaman emepetres que venden en el metro a diez pesos. Eso tampoco lo comprendo, mano: fíjate, ahí al lugar a donde entramos para el dizque estreno había un chingo de humanos, pero de veras un chingoputamadral de humanos, un hormiguero no tiene tanto animal como los que había ahí, muchos de ellos escondidos detrás de los fierros cargados de basura que llaman «puestos», pero en cuanto veían acercarse a otro humano se asomaban y comenzaban a gritar como en el metro: QUESTÁ BUSCANDO, SE LO DEJO BIEN BARATO, QUÉ NECESITA, QUÉ LE PUEDO AYUDAR. Si no estaban detrás de los fierros, se metían a unas cuevitas llenas hasta el tope de más basura, y los otros iban caminando despacito como admirando todos los adornos como si fueran acá la maravilla, árboles cargados de frutas o como a veces miramos a las tlacuachas cargadas con sus tlacuachitos caminando como si nada… No, pues las tlacuachas y las frutas sí son bonitas pero esa basura, ¡ni madres! Además olía horrible, a orines humanos y a sudor mezclado con las aguas que se echan encima dizque para oler a frutas, flores o árboles. ¿Los has olido carnalito? Puta madre, a mí la neta me dieron ganas de gomitar los pollitos que me había recetado en la casa del narco. Pero ni chance porque el Ratson corría y corría entre cables y basura y patas humanas, y ahí iba yo detrás jadeando, tratando de evitar las patadas y los pisotones.
Por fin nos metimos por un agujero en la pared a un tubo. Pinchi Ratson, se metió bien jirito y yo casi me atoro, como soy un tlacuache fornido y tanto pollo con huevo me había ensanchado la panza sí me costó trabajo meterme. Pero una vez adentro estuvo bien, porque la rata que dizque era mi guía comenzó a trepar usando las junturas de los tubos y pues yo no estoy acostumbrado a trepar más que árboles, ¿verdad? Ah, pero como podía apoyar casi todo mi cuerpezote en el tubo nomás necesitaba empujarme con las patas. ¡No mames, güey, el puto Ratson iba bien rapidísimo y yo apenas podía con mi alma tlacuacha! Por fin llegó a donde quería llegar y se quedó esperándome ahí, y el cabrón nomás me miraba con sus ojillos negros negros como capulines. “En lo que llegas, me dijo, trataré de explicarte con sencillez a qué hemos venido, querido Tlacuache: temo que abriré todo un mundo nuevo para tu inocente cabecita”, se reía el cabrón: Sentirás seguramente el suave viento que corre por estos tubos, ¿cierto? Y sí, fíjate, corría un aire fresquito y apestoso, ¿cierto? Sí, le dije, sí lo siento pero no me hagas hablar que me caigo: yo, o trepo o platico. No, no, me dijo el Ratson, sigue subiendo sin prisa que ahora tenemos un poco de tiempo en lo que el tal don Gregorio se acomoda en su lugar. Me preguntabas, mi salvaje y arborícola acompañante, qué es un estreno, y mientras hacía de tu guía en el camino al otro mundo pensaba cómo podría explicar este particularísimo ritual humano a un animal de naturaleza rupestre como tú.
Ya empezaba con sus rollos el pinche Ratson y creo que me estaba insultando. Él insiste en que no, que todo eso es una manera diferente de decir Tlacuache, pero le gana la risa. A mí se me hace que se burla de mí, lo malo es que no le entiendo y hasta eso, sí suena bonito eso de “naturaleza rupestre”. Ve tú a saber. Bueno, pues entonces ya había llegado a donde estaba el Ratson esperándome con su eterna sonrisita perdonavidas. Sale pues, le dije, explícame mientras resuello un rato porque siento que me falta el aire. Y el Ratson siguió hablando de esa manera suya que me pone mal de los nervios:
—Ah, eso es justo algo que te sobrará ahora pues nos encontramos en el sistema del aire acondicionado del cine. Verás, en este edificio o cine, como en muchos otros que hay en toda aglomeración humana, estos seres incomprensibles construyen cavernas de diversos tamaños; todas grandes, eso sí, para permitir la entrada de grupos considerables. Dado que se trata de un espacio cerrado, necesitan introducir aire fresco a fin de no morir asfixiados y es mediante estos tubos, que a nosotras las ratas nos sirven de entrada y vía, que logran meter aire suficiente para tantos especímenes. Ahora verás, sígueme. ¿Ves esa rejilla? Ahí abajo se pueden ver los asientos donde se acomoda cada uno, todos mirando hacia esa pared de tela, ¿alcanzas a distinguirla? Ahora las luces están encendidas pero pronto las apagarán y reinará una oscuridad inquietante, pues todos sabemos de lo que son capaces los humanos cuando se reúnen en grandes cantidades: se matan o se hieren sin razón alguna. Ni siquiera se comen unos a otros, excepto tal vez los narcos, que son capaces de todo.
¡No manches! Me asomé por el agujero que me dijo el Ratson y sí vi a una manada de humanos todos como muy contentos, saludándose y todos haciendo reverencias al tal don Gregorio que había llegado con algunos de sus secuaces y a otros tipos que no reconocí. Los demás narcos se habían quedado afuera, yo creo que para proteger la entrada de la caverna y que no se metieran los otros con sus fierros y sus basuras. Todos se sentaban frente a una pared blanca, rodeada de trapos colgando y de donde, para no variar, salían ruidos y donde se veía un extraño movimiento: ¡Mira, Ratson!, dije, ahí están el caimán y el tal Don Gregorio, y ahí el bigotudo al que saludaron en la entrada. ¿Quién será? De eso nos enteraremos en unos momentos, me contestó el Ratson. Sígueme, Tlacuache, mientras continúo mi explicación. La sinrazón de su comportamiento, al parecer, inquieta también a los propios humanos por lo que organizan representaciones: grupos de hombres y mujeres de alguna manera extraña aparecen en la pared blanca y muestran ejemplos de cómo se comportan. Las ratas tenemos varias teorías al respecto pero no me corresponde a mí exponerlas, ven que te presentaré a algunas ratas que se dedican a mirar estos rituales.
Y como de la nada aparecieron cinco pinches ratas con jeta de sabelotodo, una banda de presumidos. Aquí está Rodrigo, me señaló a un roedor flacucho que tenía los ojos como alucinados. Puedes llamarme Rocky, chaval, me saludó el costal de huesos. A otra rata de mirada medio perdida me la presentó como Rudersindo, Rudy para los amigos. El tercero se llamaba Ricardo. Mejor Ricky, querido, es más chic, me dijo ése con una sonrisita mamona. Éste es Ramsés, me presentó al cuarto, pero ni éste se contentaba con su nombre normal: Francamente prefiero Ramsey, si no te resulta molesto. Y el último era Ramiro, pero, claro, tampoco se conformaba con eso: En realidad me dicen Rambo pues sobreviví durante años en el bosque, me dijo, vaya a saber qué quería decir, no le entendí el chiste.
Las ratas tienen unas costumbres bien raras, carnal, yo no sé por qué no se llaman por sus nombres: ¿cómo que se llaman Rodrigo pero se dicen Rocky, o Ramiro pero mejor Ramsey? Igual que con el Pancho, que le decían Franky o a mí que me cambiaban de nombre a cada rato: tlacua, tlacuacua, tlacote: ¡soy tlacuache! Está bueno, les dije, ¿y ustedes qué hacen aquí, qué pitos tocan en esta fiesta o qué chingados? Además, ¿cómo sabían que veníamos para acá? ¡Ah, Tlacuache, no te asombres!, contestó el que quería que lo llamara Rambo, las ratas de la entrada nos avisaron que se acercaba nuestro buen amigo Ratson con un acompañante, digamos, voluminoso. Y por lo que se ha filtrado en los medios de comunicación ratuna inferimos que se trataba del famoso Tlacua.
Jijos, por lo visto andaba yo con el señor simpatías, ¡y tan gordo que me caía el Ratson! Además me estaba haciendo famoso por el bajo mundo de las ratas, qué caray. No me imaginaba aún a dónde me llevaría esta fama, así que seguí preguntando: ¿Entonces ustedes me van a explicar qué chingados es un estreno? ¡Aaah!, exclamaron las cinco al mismo tiempo, incluso me recordaron a las ratas güeritas, los Ramones y Ramonas, ¡Es verdad que han venido a la première! No, les dije, no venimos a ninguna premier sino a un estreno, eso me dijo Ratson. Se miraron, miraron al cabrón Ratson que se encogió de hombros todo sonrisas y, así en mis güevos, se cagaron de risa. ¡Qué silvestre! ¡Me encanta, “no, no, venimos al estreno, no a la premierr”! ¡Qué rusticidad! Pinches ratas, por eso nadie las quiere, me cae.
Bueno, ya está bien, dijo el Ratson, mi buen amigo Tlacuache no tiene por qué saber los tecnicismos concernientes al estudio de lo humano y sus rituales. ¡Sí carnal!, ¡me defendió el Ratson! No, pus hasta me cayó bien y los otros se alivianaron de volada. Jejejé, está bien, dijo Rudy, basta de chascarrillos. Habrás notado, hijo, que los humanos suelen comportarse de maneras extrañas, ¿no es verdad?; pues mira, muchos de estos comportamientos resultan uniformes en esta especie tan excéntrica y hemos logrado identificar que en lugares como éste se reúnen y miran ejemplos, historias que expresan y condicionan ciertas formas de vida humana básicas, ¿sabes?
Estas historias, siguió Ricky, aparentemente fruto de una necesidad inherente a su cultura, poseen estructuras complejas y completas: comienzan y terminan en el rato que nos lleva a nosotras roer, por ejemplo, una manzana, y hemos identificado, además, modelos que se repiten de manera independiente en cada representación y que hemos logrado identificar como elementos básicos del comportamiento humano. Sin embargo, y luego de mirar durante muchas lunas estas representaciones primitivas y de roer muchos montones de manzanas… O chocolates, dijo Rudy. O incluso varias piezas de carne alargadas envueltas en pan, completó Rambo, y siguió el Ricky ese: hemos llegado a algunas conclusiones interesantes: estas representaciones fijan las conductas humanas y, en tanto modelos de comportamiento, explican en conjunto las aspiraciones de la especie. Por esto es que se reúnen y presencian la reelaboración de sus conductas a fin de mantenerlas vigentes. Así, continuó Ramsey, podemos establecer algunas interesantes teorías sobre lo que vas a ver en unos minutos: la primera es que los humanos se reúnen para mirar estos modelos de su propio comportamiento, inexplicable a todas luces, con el fin de imitarlo y lograr los mismos fines que aparecen en la representación.
A saber, explicó Ricky, primero: la reproducción de la especie en los ejemplos donde los machos logran conseguir a las hembras, en los ejemplos donde las hembras consiguen la exclusividad de un macho o bien en los ejemplos donde se muestran las muy diversas formas de apareamiento humano.
Segundo, dijo Rambo: la elección del líder de la manada. En estos ejemplos, se muestra a los grupos de machos que buscan o siguen un alfa a fin de derrocar a otro macho y anexarse otra u otras manadas.
Tercero, terminó Rocky, el cuidado de las crías humanas y la disposición de los miembros inservibles, sea por malformación, incompatibilidad con el resto de la manada o simplemente por vejez. En estos ejemplos, también muy variados, hemos visto las costumbres que los humanos inculcan a sus crías con la finalidad de mantener un comportamiento uniforme. Caótico y destructivo, humano al fin, pero uniforme. Por eso, al llegar a la vejez, los humanos pueden hacer lo que hacen con todo lo que tocan: se convierten en basura de sí mismos y se desechan.
¡Órale! ¡Estas ratas hablaban como el Ratson pero más enrevesado! Lo único que me quedaba claro es que a los humanos les gusta mirarse para aprender a ser cada vez más humanos. ¡Con razón están todos locos! Pero no me terminaban de explicar lo del estreno o premier o como se llamara y por qué el caimán y el otro, don Chingón, estaban ahí. ¿A poco iban a que le enseñaran a aparearse con una hembra? Ya se veían grandecitos como para eso. Oyes Ramsey, comencé dirigiéndome a uno de ellos, ¿y entonces esto del estreno tiene que ver con que aprendan a aparearse o a matarse? Porque me consta que estos hombres de ahí abajo, por lo menos eso de matar, sí que saben. Rudy, niño, yo soy Rudy, me corrigió la pinche rata ratera. Pues verás, hijo, comenzó tomando una de mis patas y guiándome por un tubo que iba subiendo hasta un agujero sobre un cuarto cerrado, estas representaciones son muy populares entre los animales inferiores: como te explicaron Rocky, Ramsey, Rambo y Ricky, creemos que tienen una finalidad educativa, ¿sabes? Por ello, creemos que el macho alfa necesita revisar y brindar su anuencia para que se muestre al resto de la manada: otorgarle validez, ¿comprendes? para todos los miembros de la manada. La manada grande, ¿sabes?, la que llena todas las calles y los edificios. La manada, sí.
Habíamos llegado a un agujero más grande, donde se acomodaron todas las ratas y donde me hicieron un lugar. Entonces, ¡qué maravilla! Carnal, sucedió algo que no había visto en toda mi vida tlacuacha y que no he olvidado ni olvidaré nunca: las ratas tenían manzanas, ¡cubiertas con chocolate! Güey, casi lloro cuando probé la que me dieron: era tan dulce. En ese momento se apagaron todas las luces menos una, muy fuerte, que iluminaba la pared blanca y que dejaba ver imágenes muy extrañas como cuando los humanos están en sus casas y miran unas cajas grandes o delgaditas y se quedan todos apendejados; y luego empezaron a salir humanos en la pared blanca. ¡Pero qué humanos! Si así es como aprenden, ya me explicaba yo por qué son capaces de hacer lo que habían hecho con la hembra que tiraron en el bordo. ¿Son de verdad?, pregunté sin creer lo que veía. No, son proyecciones en la pantalla de esta caverna, me contestaron las ratas. ¿Proyequé en qué?, les dije pues no comprendí las palabras, pero como si no existiera, no me prestaron atención. Tenían los ojos fijados en la pared, o pantalla, como dicen las pinches ratas. Y entonces, lo vi: el mismo tipo bigotudo que había entrado al cine con el caimán y se había sentado entre él y el gordito acicalado estaba en la dizque pantalla, comportándose como todo un humano. Comenzaba a comprender algunas cosas.
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