1. Problemas laborales

¿Te das cuenta, carnal? Estábamos presos en el coche-ratonera que de nuevo arrancó hacia no sabíamos dónde, y por pura suerte todavía no nos habían descubierto en nuestro escondite debajo de sus asientos. La que sí ya nos había visto era la hembra humana que habían traído los dos machos malhablados. La mujer encobijada parecía la machaca de un burrito gigantesco. Como la habían tirado en el coche boca abajo, su cara estaba justo delante de nuestros hocicos y desde el fondo del burrito nos miraba directamente a los ojos, con una expresión de pánico que, dadas las circunstancias, no me sorprendía, aunque no dejó de ofenderme pues se le notaba que no la calmaba nuestra simpática presencia, sino que, al contrario, el hecho de tenernos a nosotros como compañeros de viaje la horrorizaba aún más. Los dos narcos no le prestaban atención y seguían su plática como si nada, tocándole ahora al flaco contarle su vida al compadre grasiento:

—A güevo, bróder, lo pasábamos bien machín en Juaritos, la neta que sí, yo soy de la colonia Anapra, que es de las más bravas, sabes, allí estaba el cantón de mis jefecitos, que en paz descansen, allí crecí, allí conocí a mi primera jainita y a los cuates de mi círculo, puros malandros maldosos, pura buena onda, andábamos sombis todo el día, bien arreglados, totalmente creisis, pero nada de vestir desastrosos, nel, los de la clica íbamos siempre con calcos chaineados, con lisas de marca y con las fuscas en los tramos, y bien ondeados, claro, si nos metíamos de todo: grifo, papas, perico y hasta burra, pos, qué te cuento, la juventud es alegre, compa, plaqueábamos grafitis en los muros pa’ marcar el territorio, la cotorreábamos en las esquinas wachando al pipol que pasaba por la calle y rolando hartas chelas pa’ desentumirnos, y dábamos vueltas y vueltas por el barrio en ranflas robadas y si nos topábamos con un puchador que se había perdido donde no lo habían llamado le bajábamos la mota y la lana, y también la guacha y la güila si traía, y lo madreábamos hasta dejarlo para… para… ¿cómo se dice?… paradójico, ¿es así que se dice, verdad?

¡Híjoles!, el tipo hablaba peor que su compinche, no había quien lo comprendiera, salvo el otro narco, que parecía acostumbrado a la jerga del güey, y el pinche Ratson, que puso cara de sabelotodo.

—¿Y por qué no te quedaste en la frontera si te gustaba tanto? —preguntó el gordo, no sin razón, dicha sea la verdad.

—Pos, la neta, compita, lo pasábamos bien, no hay quien lo niegue y nadie te quita lo bailado, le respondió el flaco: Pero de eso no se podía vivir, eso a la larga no daba ni para tacos vegetarianos, y no había jale en Juaritos, jale decente quiero decir, pues no iba yo a chambear de chúntaro hamburguesero en un Mac Mierda’s del gabacho como cualquier mojarrita, uno tiene su honor, pero, digo, no había jale para un cholo como yo, ni de gatillero ni de halcón me contrataron, y es que el que controlaba todo el negocio, el que tenía todo el páuer era el Cheque Corral y ése sólo confiaba en sus paisanos de Durango, no le gustaban los cholos, y se encabronó mucho nada más porque unos batos de Lomas de Poleo le habían quebrado a dos o tres guaruras que igual no le habrían durado mucho, nosotros no tuvimos nadidita que ver, fueron sicarios de la Regla, la banda del Atoto, pero el pinche viejo malencachado ordenó acabar con todos los cholos y declaró la guerra a la raza, pero sin cansarse él mismo, no, era todo un señor el pinche ruco, así que nos echó encima a los chotas, pues tenía en la nómina a más de la mitad de los placas y mulones de Juaritos, y un día mis cuates cayeron todos en una rialada, yo me salvé de puro milagro, gracias a un voto que había hecho a San Juan Soldado, pero a ellos les embarcaron gachos por culpa de un peinetón, y después el papiro decía que mis cuáis eran todos unos narcos comeniños y asesinos violadores y una plaga y una vergüenza para la patria, ¡narcos ellos mismos, los putos periodistas vendidos!, era puro cuento, claro, puro invento de los jenízaros y del Cheque Corral, pero ¿quién le cree a un cholo?, y el pinche Corral ya no vive para desmentirlo pues le dieron kíler poco después, y así mis cuates hasta hoy están en cana y quién sabe si saldrán vivos del botellón o si de allí se van lisos pa’l cementerio. Por eso me fui de Juaritos a probar suerte en Tamaulipas.

El gordo dio un brinco en el asiento como si lo hubiera mordido un alacrán:

—¿En Tamaulipas? ¿No me digas que chambeaste con los pinchis zetas, cabrón? Si es verdad eso te corto los güevos aquí mismo y te los comes de botana.

—Nel, carnalito, lo tranquilizó el flaco, con los zetas no anduve, son unas pinches ratas culeras, no, si fui a Tamaulipas era porque me habían dicho que el Cártel de Paracuán buscaba un decapitador, y pensaba: a ver si me dan la chance, pos no es mala chamba, conoces a un chingo de gente y trabajas mucho con las manos, y a mí me gusta el trabajo manual y el contacto con los clientes, desde chavalín tengo vocación por lo artesanal, así que apliqué al puesto.

—¿Cómo que «aplicaste» al puesto? El gordo no lo comprendió, ni yo tampoco, la neta que no, ni tampoco entendí la explicación del flaco pues usó muchas palabras extrañas, pero la recuerdo perfectamente, ya sabes, carnal, la memoria de los tlacuaches es infalible:

—Pos, le mandé mi carta de motivación al Chato Rombal, con mi currículu bite y hasta dos cartas de recomendación, una del jefe de los Artistas Asesinos y la otra del cura de mi parroquia, por si acaso.

La mujer intentó moverse, pero no lo logró, habían dejado bien atado el fardo los dos canallas. Nos miraba con un no sé qué de asco y terror. Me late que no le gustamos, le susurré al Ratson, quien en vez de contestarme, se le acercó a la chava para husmearle la jeta, hasta hacerle cosquillas con los pelillos de su bigote. La ruca torció la nariz y estornudó, pa’ dentro, pues tenía la boca cubierta de cinta, nomás le resbalaron los mocos por la nariz.

—¡Cállate, pendeja!, le gritó la bola de grasa, pero no le dio más importancia y volvió al tema: ¿Y te dieron la chamba?

—No’ombre, ni me contestaron, dijo el flaco: Es que no te imaginas lo difícil que es encontrarse un jale decente por allí, en la costa del Golfo, digo, hay mucha competencia, mucho tira metido a sicario, y sin experiencia profesional no te fichan como decapitador, que es un puesto de confianza que exige mucho tacto, te piden requisitos y currículum, y ahora vienen cada vez más kaibiles de esos de Guatemala que se las saben todas en la materia, hasta con diploma y condecoraciones vienen, allí en Guatepior mochan hartas cabezas, lo sabe cualquiera que allí es dizque patrimonio cultural lo de decapitar cristianos, hasta hubo presidentes que cortaron cabezas, y la neta que da gusto ver tanto apego a la tradición, y claro, acá en México la mano de obra nacional no puede competir con fuereños tan profesionales, ahí está el cuete, y mucho menos yo, que soy autodidacta y me falta práctica. Lo intenté en otros oficios, a dale y dale, pero nomás no: para francotirador no servía porque soy miope, y como ayudante de un pozolero no duré ni dos días por alergia al ácido. Hasta quise debutar de cantante de corridos, pero no llegué al final de la primera estrofa que me dijeron, párala ya, cabrón, que por menos mataron al Chalino. Y para contrabandista me faltaba la grin car, que sin grin car ya no te dejan ni acercarte al bórder, y para pollero ni te cuento, ahora exigen la jaiscul y el toifle y prefieren a los chicanos güeros y a los chavos del Tec, que con su inglish y sus modales finos les llaman menos la atención a los mugrosos de la migra gringa. No, bróder, las cosas se han vuelto bien difíciles por ahí, hay mucha competencia, muchas exigencias.

La hembra se retorcía desesperada, pero no había modo de liberarse del megaburrito en que la habían metido. Tenía los ojos muy abiertos y nos miraba con un espanto desmesurado. Dejó oír unos gemidos roncos, o quizás intentara decir algo que a través de la mordaza sonaba como «¡mmhmhmm!».

—¡Te dije que te calles, pinche pendeja!, le gritó el gordo, antes de preguntarle a su compa: ¿Y seguiste buscando chamba en Tamaulipas?

—Simón, pero sin suerte, contestó. Contacté a una banda de secuestradores por si acaso ocupaban un chofer y esos güeyes me preguntaron en serio si tenía permiso para conducir. Pos la neta que no, les dije, es que el que tenía ya caducó y no lo puedo renovar por exceso de multas, les dije, pero manejar sí que manejo como un piloto de fórmula uno, habrá que ver, cuando en Juaritos íbamos a asaltar en las colonias siempre iba yo al volante. No, ni hablar, me contestaron, sin licencia no entras en el bisne. Si sólo es por ese detalle, les dije, me compro una mica chueca y ya está. Noles, olvídalo, me respondieron, las micas chuecas van contra los principios éticos de la empresa, nosotros somos secuestradores honestos y no queremos problemas con los polis. ¿Te das cuenta? ¡Con su pinche ética arruinan el mercado de trabajo! Pero no me di por vencido e insistí: ¿Y por qué les importa tanto lo que pensarán los pinches polis?, les pregunté. ¡No lo hubiera dicho! Me miraron con ojos de pistola y me contestó el jefe de la banda con una voz que me helaba los güevos: Porque nosotros mismos somos polis, pinche cabrón, y no queremos quedar mal con los compas, y además te advierto que si te volvemos a ver por aquí lo vas a pasar muy mal, porque nos consta que eres un malandro y aquí no toleramos la delincuencia, aquí somos nosotros los únicos con licencia para secuestrar y cobrar derecho de piso, porque la ley es la ley… No vayas a Tamaulipas, carnal, allí la crisis pegó tan duro que ya se matan de a gratis, por pura ética. Ni modo, me fui a Coahuila, a San Pedro Garza García, pero llegué en el peor momento, en medio del desgarriate, justo cuando la matadera de la cantina La Cuauhnáuac, la de los mejores burritos de machaca, qué pedote se armó, allí chuletearon a la flor y nata de la mafia local, todo por culpa del sotol, que lo inventó el diablo, y no quedó capo con vida para ofrecerme una buena colocación.

La mujer siguió retorciéndose sin dejar de mirarnos asustada. Creo que quiere decirnos algo, dije y me le acerqué para tratar de comprender sus gemidos. A mí me parece que le cuesta respirar y por eso gime y patalea tanto, opinó el Ratson y se le acercó también para escrutarla mejor. Teníamos los hocicos tan cerca de sus ojos horrorizados que casi le tocábamos las cejas y podíamos ver reflejada en sus pupilas la imagen de un tlacuache bien bonito y una rata requetefea, pero sólo por un momento, pues en seguida entornó los ojos, los puso en blanco y se quedó tiesa.

—¿Y de ahí adónde te fuiste?, quiso saber el gordo.

—Pos, déjame que te cuente, siguió el otro: entonces fue que me enteré de que en Monterrey el Julio de los Cabrones renovaba el estaf porque algunos de sus colaboradores habían sufrido una intoxicación de plomo, y no lo pensé dos veces y presenté mi candidatura, y hazte cuenta que me invitaron a una entrevista y viajé a Monterrey muy ilusionado, pero resulta que el Julio era un sentimental medio puto y se pegó un tiro por una vieja, y por eso seguí yo en el desempleo, ¡pinche Julio! Y en eso me llegó una oferta para ayudarle al Bicolor a descuartizar a sus contras en Quintana Roo, y claro que no me hice de rogar, cómo no iba a aceptar un jale en la riviera maya si a mí siempre me han llamado la atención las culturas prehispánicas, esos cuates sí sabían decapitar y despellejar y destazar con estilo, lo llevaban en la sangre, digo yo, y podríamos aprender mucho de ellos. Le recé a Malverde y a la Santa que esta vez me fuera mejor. Pero apenas llego a Kukulkán que levantan al Bicolor y le hacen la corbata colombiana, y eso que en vida nunca llevaba corbata, no era su look.

La mujer ya no se movía ni decía ni mu. «¿Está muerta?», pregunté preocupado por perder la posibilidad de que la ruca nos llevara a descubrir a los asesinos del Pancho. «¡Qué va!», dijo el Ratson, «sólo desmayada». «¿Y eso por qué?». «En definitiva no le gustamos», contestó el Ratson con voz resignada. Pinche vieja, ¿se creía una reina de belleza con sus nalgas chiclosas y depiladas y para colmo con sólo dos tetas? De veras no hay quien comprenda a los humanos: los machos hablan mal y las mujeres no tienen ni una pizca de buen gusto. Están locos, los humanos.

—Oye, una cosa no me queda clara: ¿era de los Conchos el Bicolor o fueron ellos los que le dieron piso?, preguntó el gordo tras reflexionar un rato. El flaco tenía dudas:

—No sé si era de los Conchos o de los Caballeros Templarios o de la Mano con Ojos, tal vez de las Ovejas Negras, de la Barrendera o de la Familia.

—¿De la Familia? No mames, si ésos no operan en Quintana Roo, que es territorio de los Conchos, objetó el gordinflón provocando la protesta de su compinche:

—Ya ni la friegas, bróder: ¿tú qué sabes dónde se meten ellos? Son como las ratas, se meten en todas las cloacas más apestosas, los pinches tacuachones. —»¿Lo oyes?», le susurré al Ratson, «de nuevo hablan de nosotros».— Y el flaco continuó: ¿O crees que la Familia se queda tranquila en Michoacán como mariposa monarca en invierno? Pos, desengáñate, ya abrió sucursales en otros estados, incluso en el DeFectuoso. Y lo entiendo, pues todos vienen al DeFe, tarde o temprano. Si hasta yo, que nací norteño hasta el tope, terminé aquí, tras dar un vueltón por el bórder y la ruta maya, y acá estoy bien, y eso con lo mal que me caen los chilangos, pero acá hay chamba de la buena, y eso es lo que cuenta, mi compa, una buena quincena y harto relajo, y todo lo demás me vale verga.

  1. Una estrategia eficaz

Esta vez el viaje duró bastante más. Había que armarse de paciencia, carnal, no quedaba más remedio. Cuando los narcos se cansaron de su charla, se pusieron a escuchar aullidos de esos que llaman música. El gordo tamborileaba con los dedos sobre el volante y el flaco silbaba al compás y canturreaba: Soy ratón de tu ratonera, y el otro contestaba: Vivo muriendo prisionero, y juntos coreaban: MA-RI-POOOO-SA TRAI-CIO-NEEE-RA. ¡Qué par de tarados! Acunado por el balanceo del coche estaba a punto de dormirme, como ya me había pasado con los basureros, cuando de repente noté un cambio del ruido que hacían las ruedas y me puse bien trucha. Ya no sonaba a asfalto, sino a arena y grava, de lo que deduje que ya no estábamos en las calles del DeFe ni en carretera, sino en una pista de terracería, o sea, que pronto llegaríamos al destino.

Un frenazo me dio la razón. Los narcos se bajaron y sacaron a la mujer encobijada. ¡Pucha, cúanto pesa la morra!, se quejó el flaco. ¿Y qué esperabas? ¿Que fuera ligera como un pajarito? ¿Que tuviera las nalgas de merengue?, se rió el gordo: Cuando me cuelguen de un mezquite sabré con exactitud lo que me pesa el culo, pero ya me hago una idea pues lo tengo más grande que esta pendeja y lo llevo conmigo todo el día. Dejaron el fardo en el suelo. El gordo se puso una cajita de metal a la oreja y habló al aire, como lo suelen hacer los humanos cuando no tienen a nadie cerca con quién platicar: Soy yo, jefe… Sí… Sí… Ya llegó la colombiana… Sí, trae la mercancía, Don Gregorio estará contento… Sí, se la tragó, como siempre. Le va a dar una indigestión… ¿La sacamos ya?… No, claro… claro, claro… No, hasta ahorita no, señor… Hasta ahorita no… Descuide, se la reservamos… Como no, mi jefe… Por supuesto, acá lo esperamos… A sus órdenes… Que Diosito me lo acompañe… Entretanto el flaco se fue a cerrar un portal de hierro por el que el coche había entrado en el patio. El gordo a su vez empezó a arrastrar a la mujer hacia la casa. Aprovechando la sombra del único árbol que había en el recinto, el flaco se bajó la cremallera de los pantalones para mear contra el tronco. MA-RI-POOOO-SA TRAI-CIO-NEEE-RA, siguió cantando. Apúrate, cabrón, le gritó su compinche, deja de contaminar el medio ambiente y ayúdame a cargar a esta ruca, que solo no puedo. Ya voy, ya voy, le contestó el otro con pocas ganas. Juntos lograron llevar a su presa hasta el zaguán. Pinche vieja, refunfuñó el flaco, parece que tiene la panza llena de plomo. Ya sabes que no es plomo lo que lleva dentro, reviró el gordo: Pero no te preocupes, una vez que la hayamos vaciado tendrá unos kilos menos. Todavía les quedarán muchos para las ratas, gruñó el flaco. Pinches ratas, zanjó el gordo. Y entraron en la casa.

Menos mal que no se tomaran la molestia de cerrar las ventanas del coche, se notaba que se sentían seguros de ladrones y mirones. Al verlos desaparecer en la casa, el Ratson y yo saltamos a tierra y nos metimos bajo la camioneta, para ver sin ser vistos. La casa estaba sola, al pie de un cerro boscoso y cercada por un alto muro erizado de alambres de púas y trozos de vidrio. A un ladito de la casa había un garaje grande, un tráiler estacionado en el patio y una pila de llantas. Afortunadamente no se veían más humanos. Corrimos a la casa y subimos por la pared hasta el borde de una ventana desde donde podíamos espiar el interior. Era una habitación pequeña, con un foco pelón colgando del techo, carteles de hembras encueradas en las paredes, un armario con vitrina lleno de fusiles. El flaco estaba sentado delante de una puerta, y el gordo se había echado a descansar sobre un catre, pero ni rastro de la mujer.

Vigílala bien mientras yo echo un coyotito, dijo el gordo, y toma un cuerno de chivo, por si acaso. ¿Pa’ qué?, le preguntó el flaco: La tenemos amordazada y atada, ¿cómo se puede liberar? No discutas y toma un cuernito, es orden del jefe y las órdenes del jefe se cumplen, las comprendas o no, insistió el otro. Y que no se te ocurra cogértela, añadió con un tono amenazante, este bizcocho es para el jefe, ¿está claro? Se volvió hacia la pared y después de un rato se le oía roncar. El flaco, con un fusil en el regazo, se mecía en su silla sin dejar de mirar la puerta. No era necesaria la inteligencia extraordinaria de un tlacuache para comprender lo que esto significaba. Detrás de esta puerta está la hembra, dijo Ratson. Por una vez estamos de acuerdo, le contesté.

Dimos la vuelta a la casa en busca de un lugar por donde colarnos en el cuarto donde debía estar la secuestrada. Por los tubos de desagüe subimos a un tragaluz enrejado y vimos que de hecho allí dentro estaba la mujer, ya desempaquetada de la cobija, pero seguía amordazada y con los pies y las manos atados. La rata se metió sin problemas por entre las rejas, pero a mí me costó más trabajo porque soy un tlacuache grandote. En vano intenté pasar apretando y empujando: me había quedado atorado entre las barras de hierro, y el reméndigo Ratson, en vez de ayudarme, se reía a carcajadas observando mis inútiles esfuerzos. Espira, Tlacuache, espira, me gritó. ¡No me quiero morir! Exhala, te digo, expulsa todo el aire que llevas dentro. ¿Qué iba a hacer en una situación tan desesperada? Hacerle caso al pinche roedor, no había otra: con un largo bufido dejé salir de mis pulmones todo, todito el aire, hasta casi el último soplo de mi vida, y cuando me sentía ya medio asfixiado, de repente se soltó mi cuerpo y, cataplún, caí al suelo de la habitación donde el Ratson me esperaba cagado de la risa y la mujer nos miraba horrorizada y gemía: mhmmmhm. No parecía alegrarse de que la acompañáramos.

El Ratson se puso a husmear las cuerdas de plástico con que la habían amarrado. La mujer se retorcía como si tuviera pulgas en los chones. ¿Y ahora qué vamos a hacer?, le pregunté a Ratson. Liberarla: muerde las ataduras de los pies, yo me encargo de las manos. No me quedaba claro qué pretendía con eso: ¿Y eso pa’ qué? No es más que una pinche humana que nos odia. ¿No sería mejor esperar que le abran la panza para ver si lleva dentro el polvo blanco que mató al Pancho y a los Ramones? Y las Ramonas…, me corrigió el Ratson: Eso ya lo sabemos, lo acaba de decir el gordo al hablar con su jefe. La vamos a liberar para que nos ayude. No lo comprendía: ¿Y cómo nos va a ayudar la pinche vieja que nos mira como si fuéramos monstruos? Por eso mismo, Tlacuache, afirmó el Ratson, haz lo que te digo, ya verás. ¿Qué veré?, le pregunté. El triunfo de mi estrategia, sonso. ¿Qué estrategia, se puede saber? Y el pinche Ratson muy ufano: Se resume en dos principios básicos: no violencia y eficacia. ¿No violencia y eficacia? No lo podía creer, estaba mal de la cabeza el roedor. No intentes comprender lo que supera tu capacidad intelectual, me riñó: Ayúdame a cortar las ataduras y ya verás. Pero debemos tener cuidado en que quede libre de las manos y los pies en el mismo momento, si no, lo pasaremos mal.

Empezamos pues a morder y roer el plástico, yo muerde y muerde y la rata roe y roe, hasta que a una señal del Ratson cortamos con fuertes dentelladas los últimos restos de las ataduras. Apenas tuvo las manos libres, la mujer se quitó la cinta de la boca y gritó como histérica: ¡Iiiiiiii! ¡Ratas! Pinche vieja, no veía que soy un tlacuache y que la única rata allí era el Ratson, quien al primer grito se había esfumado debajo de la cobija. Con suerte esquivé un puntapié que me intentó propinar la ruca, que no dejó de gritar ¡Iiiiiiii! ¡Ratas! ¡Qué falta de agradecimiento! ¡Y qué ignorancia! En este momento se abrió la puerta y entró el flaco agitando su cuerno de chivo y con cara de tonto preguntó: ¿Qué pasa aquí? ¡Ratas!, gritó la mujer y apuntó hacia mí con un dedo acusador. El narco me miró perplejo y alcanzó a decir: ¿Ratas? Pero… ¡es un tlacuache!, y no dijo más pues la chava le dió una patada en los huevos, de modo que el tipo se dobló de dolor y cayó de rodillas. La mujer le arrebató el arma y se la estrelló en la cabeza. En el umbral se asomó el gordo bostezando y quitándose las lagañas de los ojos: Pero, ¿qué chingados…? Antes de que terminara la frase la mujer le disparó una ráfaga que lo catapultó hacia la pared y, dejando al flaco insconsciente y al gordo acribillado, salió corriendo.

Me quedé impresionado: uno de los narcos agonizaba revolviéndose en su sangre y el otro seguro que despertaría con una migraña de la chingada. Pinche Ratson, ¿a esto lo llamas no violencia? No, dijo el cabrón, esto fue la eficacia de ella, la no violencia la aportamos nosotros al cortarle las ataduras. Como no comprendí tanta sutileza, me explicó: Tratamos muy bien a la chava, ¿no te parece? Pus sí, ni siquiera la mordimos. Y la ayudamos a liberarse de sus opresores, ¿no es verdad? Pus sí, sin duda. Pues eso fue la no violencia nuestra que hizo posible la eficacia de ella. Una eficacia bastante violenta, objecté. Tlacua, ¿qué quieres que haga? ¡Es humana!

Quise seguir a la mujer, pero el Ratson me detuvo: Déjala, esa desdichada ya no tiene ningún interés para nosotros, no es más que una mula al servicio de los narcos, y estos dos brutos son simples peones, no pintan nada. Hay que ir por el capo. Ya’vas, pero, ¿y cómo lo encontramos? Fácil: tenemos que esperar aquí, pronto vendrá el jefe de estos dos bellacos, y éste nos conducirá al capo, al jefe de jefes, al mero mero. Es a éste a quien debemos exterminar para acabar con toda esta plaga de raticidas.

Afuera se oyó el motor de la camioneta y el ruido de las llantas sobre la grava: era la ruca que huía, me pregunto de quién más, de los narcos o de nosotros.

  1. Tratamiento humano

Nunca había visto morir a un humano y me sorprendió lo poco que aguantan una vez que les hayan agujereado la panza con sus armas de fuego. No son como nosotros, carnal, que luchamos hasta el último respiro, no, ellos se resignan, respiran fuerte, babean, se quedan tiesos y ya. Así el gordo, tirado en un charco de sangre. El otro, el flaco, todavía no se había petatiado, al contrario, se removía como si se estuviera despertando. Tenía el pelo todo ensangrentado, aparte de grasiento y oliendo a detergente. Al parecer el culatazo lo había apendejado nomás, sin romperle el cráneo. ¡Qué lástima! Cómo me hubiera gustado verle el pensamiento gotear de la cabeza, debe de ser interesantísimo ver lo que piensan los humanos aunque sean narcos, pero ni una sola gota de sesos había salpicado el suelo, los llevaba todavía todos dentro de su cabezota. Así me quedé con la curiosidad. Ni modo.

Tenemos que salir de aquí, dijo el Ratson, este malandro está volviendo en sí; pronto vendrán sus cómplices y será mejor que no nos pillen en el sitio del crimen. ¡Maricón el último!, lo reté, y más rápido que una lagartija trepé la pared y me metí entre las rejas del tragaluz, donde ¡diantres!, de nuevo me quedé atorado. Por aquí no voy a pasar, me decía una voz interior, mientras empujaba y me retorcía y resoplaba desesperadamente con todas mis fuerzas, sin lograr nada. Si te quedas así, te van a ver y te van a llenar el culo de plomo, si no te lo cortan a machetazos, me dijo quedito el Ratson a la oreja. Pinche Ratson, ya estaba afuera muy sonriente mirándome con sus ojitos fríos y yo seguía tratando de pasar por entre esas rejas de la rechingada. ¿Cómo saliste?, le pregunté asombrado. Obvio, por donde normalmente se sale de una casa: por la puerta, me contestó el roedor. ¿La puerta? Pues sí, claro, por la puerta, me dijo: ¿O crees que la mujer se tomó la molestia de cerrarla antes de largarse de aquí? Pus no, no lo creía, mejor dicho, ni siquiera había pensado en la chava y lo que podría haber hecho o no, había estado distraído mirando el espectáculo de la agonía humana y ya me había olvidado de la ruca antipática que me había tildado de rata, la pinche vieja. En fin, sacar la cabeza de entre las rejas fue mucho más fácil que pasar con todo el cuerpo, y así salí de la casa por donde no había entrado. ¿Te imaginas, carnal, lo que sentí al pisar el umbral? Si los tlacuaches entramos en una guarida humana, nunca es por la puerta, sino por tuberías, alcantarillas, ventanas abiertas, chimeneas y otras aperturas, y por allí salimos también. Pisar el umbral sin que ningún humano me lo impidiera era como una superación de mí mismo, una conquista de un territorio prohibido, un triunfo sobre un enemigo poderoso.

¡Apresúrate!, me gritó el Ratson, ¡ya llegan! De hecho se oía el ruido de varios coches que se estaban acercando. Ya abrían el portal de hierro, ya entraban en el patio tres camionetas. Corrí a esconderme detrás de una pila de llantas desde donde pude observar como de los carros se bajaron varios hombres tan similares al gordo y al flaco que parecían clowns, o sea, clones, como decía el Ratson: las mismas micas oscuras, las mismas botas picudas, la misma ropa negra, y también llevaban las mismas armas de fuego, los dizque cuernos de chivo con que apuntaban hacia todas las direcciones. De la camioneta que había ido entre las otras dos se bajó el chofer, pistola en mano, dio la vuelta al carro y abrió la puerta del otro lado. Los cristales oscuros no me dejaban ver quién iba dentro, pero tenía que ser un pez gordo. Una pierna salió del coche. Entre el suelo y lo que cubría la puerta sólo alcancé a ver la bota, pero qué bota, una señora bota, la mera mera de las botas, ésa sí era una bota de pez gordo, mejor dicho, era una bota de cocodrilo. Y con autoridad esta bota se puso en la arena del patio, levantó una nubecilla de polvo, y allí se quedó, indecisa, pues la otra bota se hizo esperar, se quedó dentro del carro, y con ella todo el resto del animal. Parecía haberse dado cuenta de que algo no estaba como debería. ¡Quihubo!, gritó una voz dentro de la camioneta. Se oyeron unos bocinazos furiosos. ¡Gordo, mueve el culo o te traigo de los güevos!, gritó la voz. Más bocinazos. ¡Flaco, asoma la jeta!, gritó el jefe con desconfianza. De la casa, evidentemente, no salió nada. El jefe emitió un chiflido fuerte y retiró su bota. Los tipos de los cuernos de chivo se movían nerviosos de un lado a otro. Cuatro se escudaron detrás de los coches, otro detrás del árbol, otros dos corrieron agachados hasta la casa y se apretaron con la espalda contra la pared, a ambos lados de la puerta del zaguán. Pasó un rato de silencio absoluto. Todos dirigían sus miradas y sus armas hacia la casa. ¡Entren!, ordenó el cocodrilo, y los dos del zaguán desaparecieron por la puerta. Otro rato de silencio. Salieron y gritaron lo que ya sabíamos: ¡El Gordo está muerto! ¡Y al Flaco lo descalabraron! ¿¡QUÉ!?, gritó el cocodrilo: ¿Qué chingados pasó aquí? Pus, eso es lo que hay, jefe, le informaron: Al Gordo lo quebraron y el Flaco está inconsciente. ¿Y la vieja?, preguntó la voz del caimán con botas. ¡No está! El rugido que les respondió no era de cocodrilo, sino de fiera salvaje: ¡¡MIERDA!! Y añadió: ¡Me las van a pagar! ¡Sean quienes fueran los pinches culeros de la chingada que me hicieron eso, me las van a pagar!

El cocodrilo se bajó del coche y se encaminó con pasos enérgicos hacia la casa. ¡Qué decepción! La facha del tipo no cumplía lo que habían prometido las botas. Tenía sus piernas embutidas en unos pantalones pegados, con estrellas de remaches metálicos en las nalgas; sus brazos peludos llenos de cadenitas relucientes en las muñecas, con sus labios fofos chupaba un cigarro, y su camisa abierta, de colores tan estridentes que parecía guacamayo, dejaba entrever una panza velluda y aguada; una cruz de oro muy grande con un manto de plata que brillaba más que las cadenas de los brazos le colgaba sobre el pecho. Cubría su cabeza con una tapa ancha que le hacía sombra en la cara. Pese a su aspecto ridículo, sus hombres lo miraban con un respeto perruno: una mera seña de la mano bastó para que los choferes corrieran a estacionar las camionetas, cuatro se posicionaran en las esquinas de la casa y los demás entraran con él.

¡Ven aquí!, chistó el Ratson, que seguía posado en el borde del tragaluz. Desde aquí lo verás todo. ¿Qué va a pasar?, le pregunté trepando hacia él. Es fácil preverlo, se lució el roedor engreído: Los dos tipejos debían haber vigilado a la mujer, pero ésta se les escapó y el gordo está muerto… Comenzó a señalar con su garra a quienes veíamos: El del sombrero es el jefe de esta célula, eso es tan claro que hasta tú lo puedes apreciar, éste de abajo es quien cuida al primero de manera directa mientras los dos que ves a sus lados son quienes le cuidan la espalda desde la distancia. Finalmente, el resto son sicarios que se ocupan del trabajo sucio y cuidan a la célula completa en una organización concéntrica cuyo eje es el jefe. Entonces, el trabajo del flaco que ha tenido la desgracia de sobrevivir, para fortuna nuestra, era entregar a la hembra al macho de la manada y la hembra ya no se encuentra en el resguardo. En cambio uno de los secuaces de esta célula está muerto, ¿me sigues? La conclusión más obvia es que tratarán de hacer cantar al flaco, por las buenas o por las malas, pues es la única manera para saber qué ocurrió. Y como no le van a creer lo que le sonsaquen por las buenas, lo intentarán por las malas. ¿Lo van a poner a cantar?, ¡qué extraño!, eso sólo lo he visto en las fiestas de los humanos y esto parece todo menos una fiesta, comenté extrañado. Ratson me miró otra vez como si fuera yo muy, pero muy tonto: Me refiero, Tlacuache, a que le sacarán toda la información posible sobre lo que ha sucedido en este lugar. Pinche Ratson, por qué carajos no hablaba bien, derecho. ¿Crees que le van a hacer daño?, pregunté. No te preocupes, seguramente le van a dar un trato muy humano, me contestó el Ratson. ¡Uy!, pensé, le van a hacer mucho daño.

En este momento el jefe entró en la habitación por encima del cadáver del gordo que obstruía el paso, y mirándolo con asco y desprecio ordenó: ¡Quítenme de aquí a este pendejo! Déjenlo en el patio, más tarde lo tiraremos a los perros. ¿Cuáles perros?, preguntó perplejo uno de los narcos. Los que viven en el cerro, idiota, le espetó el cocodrilo y se encendió un cigarrillo. Dos hombres arrastraron al muertote afuera, mientras el jefe empezó a dar patadas al flaco. ¡Despierta, güevón!, le gritaba, propinándole puntapié tras puntapié, incrustándole sus botas en el vientre, la espalda, el culo, los riñones. El flaco se retorcía de dolor y, todavía medio inconsciente, intentaba levantar los brazos para protegerse de los golpes. Una patada en la cabeza lo noqueó otra vez. ¡Despiértenmelo!, gritó el jefe fuera de sí. Un tipo entró con una cubeta de agua y se lo echó a la cara al flaco, que abrió los ojos con una mueca de horror y sollozó: No fue culpa mía, jefe, no fue culpa mía. Una tormenta de patadas le cayó encima: ¿Cómo pudo liberarse la mujer?, ¿Quién mató al Gordo? Habla, cabrón, o terminas como él, le gritó el cocodrilo. Fue un tlacuache, gimió el flaco, un tlacuache mordió las cuerdas y… ¿Qué puta mierda es ésta?, lo interrumpió el jefe rabioso, no estoy de humor para habladas, ¡te lo advierto, animal! Le juro que fue un tlacuache, jefe, por mi mamacita que fue un tlacuache, lloriqueó el flaco, lo vi allí, estaba allí, dijo, señalando con un dedo hacia la pared del tragaluz que se encontraba a espaldas del jefe. ¡Allí!, ¡por Diosito santo se lo juro!, insistió mirando al cielo y en este momento nos vio, nos miró como extasiado y exclamó: ¡Allí están, allí, un tlacuache y una rata!, dejándonos justo el tiempo para sacar las cabezas del tragaluz y no ser vistos por los demás narcos. Con que fueron un tlacuache y una rata, ¿eh? ¡¿Te crees que me voy a creer semejante pendejada?! Qué pinche tlacuache ni qué rata de la rechingada, cabrón, se enfadó el caimán de las botas. ¿Crees que nací ayer o que me chupo el dedo? Los dedos te voy a arrancar de uno en uno si no me dices oritita mismo quién chingados soltó a la vieja, quién carajos mató al Gordo y dónde está mi mercancía, ¿oíste? Tlacuaches y ratas, ¡a la chingada con tu zoológico de mierda! Se me figura que la única rata y el único tlacuache aquí eres tú, dijo, y te vamos a cortar las garras. Y se encendió otro cigarro.

Entre golpes e insultos encueraron al flaco, ataron sus manos con un mecate largo, lo colgaron de una argolla que había en el techo e intensificaron el tratamiento humano. Primero tres hombres lo golpearon a un ritmo rápido, uno lo pateaba, el otro lo abofeteaba y el tercero le azotaba la espalda y las piernas con un cinturón de cuero que tenía como hebilla una calavera de hierro, mientras el de las botas fumaba un cigarro tras otro y le hacía las mismas preguntas: ¿Qué pasó? ¿Dónde está la mercancía? ¿Quién mató al Gordo? Cada vez que el flaco, entre lamentos y aullidos de dolor, alcanzaba a decir que fue un tlacuache, un tlacuache, lo vi, juro que lo vi, su jefe le propinaba patadas violentas, le gritaba maldiciones, apagaba las colillas en la piel del interrogado, pero éste no cambió su versión de los hechos: Fue un tlacuache, un pinche tlacuache, ella mató al Gordo con mi cuerno, pero la liberó un tlacuache, yo no fui. Y otra patada lo hacía callar. Le pusieron alfileres bajo las uñas de las patas, le cortaron un pedazo de una oreja, le quemaron una mano con agua hirviendo, le echaron vinagre en las heridas, le cortaron un trozo de dedo, todo en vano: el torturado no dejó de echarme la culpa a mí. Y, la neta, era la verdad, valga la rendondancia como me dijo que se dice el Ratson. Bueno, una parte de la verdad pues la idea de morder las ataduras había sido del Ratson, pero como el pinche roedor se había esfumado cuando empezó a gritar la chava, no lo pudo ver. O sea, no mentía, y creo que habría merecido un tratamiento menos humano. Pero no había quien se lo explicara a su jefe: ¡Mientes!, gritaba cuando su víctima decía la palabra tlacuache, y su furia se descargaba sobre el flaco en tormentos cada vez más crueles.

Es la verdad, la pura verdad, repitió el flaco una vez más, fue un tlacuache, jefe, lo vi con mis ojos como lo veo a usté, le juro que es la más pura verdad, se lo juro por San Juan Soldado, por San Jesús Malverde, por la Santa Muerte, por… El jefe se puso rojo de cólera y le gritó: ¡Cállate, cállate! No nombres a esos ídolos en mi presencia, cabrón. Para que lo sepas y para que lo sepan todos aquí y se dejen de mamadas con sus falsos santos, yo soy católico: mi abuelo luchó con los cristeros contra el gobierno del Demonio y mi padre fue monaguillo de Marcial Maciel y no tolero ninguna forma de idolatría. El flaco imploró: Se lo juro por San Juditas Tadeo, patrón… ¡Apóstol de ladrones!, escupió el jefe desdeñoso y le dio un patadón en donde más duele. Se lo juro en el nombre de la Virgencita de Guadalupe, lo suplicó el flaco. El cocodrilo se quedó un momento pensativo, como calibrando la respuesta, y luego le estrelló un puño en la cara: La Guadalupe es para indios y nacos. El flaco, con las últimas fuerzas que le daba la desesperación, sollozó: No patrón, se lo juro por… por… por San Josemaría. Al oír eso, el jefe, que ya tenía alzada la mano para propinarle otro golpe, vaciló: ¿Por San Josemaría? ¿Eres devoto de San Josemaría? ¿Has leído sus obras? Sí, patrón, sí, todas las que pude conseguir, casi me las sé de memoria, contestó el flaco, al que se le había encendido una luz de esperanza. Entonces sabrás que la resistencia de una cadena… El jefe lo miró desafiante …se mide por su eslabón más débil, completó la frase el flaco. Exacto, confirmó el caimán y le dio una patada en los güevos, y ese eslabón eres tú, pendejo, que me has hecho perder la mercancía que la colombiana llevaba en los dentros. Seguramente también sabrás que la lealtad tiene como consecuencias… Y el flaco continuó recitando de memoria, casi con el puro aliento: …la seguridad de andar por un camino recto, sin inestabilidades ni perturbaciones, y la de afirmarse en esta certidumbre, que existen el buen sentido y la dicha. Muy bien, asintió el jefe con otra patada en el costado, y los traidores pierden toda esta seguridad tan confortable y esta dicha tan bonita y van errando por la vida hasta que los agarren los justos y les corten la cabeza. A ver si te sabes ésta también: La mentira tiene muchas facetas… El flaco se quedó callado, buscando en vano un recuerdo de la frase, pero su jefe no le dio tiempo y la terminó él mismo: Pero es siempre arma de cobardes. Y con otra patada le reventó las nueces.

Después de una larga pausa en que se fumó otro cigarrillo, el cocodrilo se puso delante del flaco, le agarró la quijada con una mano mientras que con la otra apagó la colilla en la mejilla del torturado. Mira, cabrón, le dijo, te voy a dar una última oportunidad, pero no creas que es por tu vocación por San Josemaría ni que te creo tus cuentos de tlacuaches y ratas. De ésta no te salvas ni rezando ni yendo a bailar a Chalma. Lo que quiero es que me traigas a la vieja, y con todo lo que lleva dentro, ¿me entiendes? Eres el único que la ha visto y sólo tú puedes reconocerla. Nomás por eso no te corto la cabeza antes de que intentes recuperar lo que me has perdido. Tienes veinticuatro horas para entregarme a la vieja y la coca dentro de ella. Si cumples, puede que no te demos piso. Pero si otra vez me decepcionas, no te va a ayudar ninguno de todos tus santitos, y aunque te escondas en el mismísimo culo del mundo, te voy a encontrar y va a ser un placer cortarte en pedacitos personalmente. Y ahora, dijo a los sicarios que estaban a la espera de sus órdenes, quítenme de enfrente esta porquería.

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