1. El cónclave

Pus, haz de cuenta, carnal, que había mucho movimiento entre las ratas, corrían de unas a otras y susurraban todas la misma cosa: «la comida, que viene la comida, los humanos traen la comida». Hambre no les faltaba a los pinches roedores, y la neta, el mero hecho de oír hablar de comida bastaba para darme apetito. Pero el tal Ratson no tenía cara de quererme invitar. Mirándome de reojo, preguntó a la reinita loca: Ratsi, cómo te encuentras. Espero que este tlacuache no haya querido propasarse contigo. ¿Cómo crees?, para nada, Ratson querido, le contestó la madre de la raza cósmica. Aunque todos se vean igualitos, no todos los tlacuaches son Franky, my dear. Dime ahora, ¿seguiste mis órdenes? Los humanos vienen a dejarnos su ofrenda y no quiero sorpresas esta vez, ¿sí me entiendes? Pierde cuidado, todas las ratas están avisadas y esperando mi señal, la tranquilizó el llamado Ratson y me echó una mirada llena de desprecio: ¿Supongo que este tlacuache podrá volver a su árbol?, ya nos ha dicho lo que necesitábamos. Bájale a tu tren, carnalito, yo no soy el Pancho, le contesté. Si quieren aquí pinto mi calavera y si te vi ni me acuerdo, pero antes necesito que ustedes me den una información a mí, ¿estamos? Dando y dando, pajarito volando: yo ya les conté cómo estiró la pata mi compadre, ahora les toca. Me miraron casi con desprecio, pinches ratas, pero me valió. Necesitaba saber quién había matado al Pancho, y si no habían sido las ratas rateras sino los humanos, quería saber por qué. Que fabricaran ratas, que empuercaran todo lo que tocan, que conocieran la filosofía de diez pesos, va: su pedo, pero que mataran de esa forma a un tlacuache no se podía quedar así. Se lo había prometido a mi compita cuando lo pateó el viene-viene.

Así se las canté, al rabo. El Ratson comenzó a mirarme casi con simpatía, creo que adivinó que yo no era otro rival, que sabía su secreto y que no me interesaba la ratesa por muy buena que estuviera, ¡y mira que estaba como para seguir haciendo tlacuarratitos a pasto! La Ratsi, por su parte, nos miraba a los dos, algo se traía entre las patas: Vas tlacua, pregunta que te contestaremos lo que sepamos. Le pregunté lo que más me urgía saber: Estos humanos que vienen a dejar la comida, ¿son los mismos que trajeron a la vieja con la que se atragantaron los Ramones y el Pancho? Las ratas se miraron y ella le dio como permiso. ¡Qué tal las jerarquías de las ratas! Hasta para hablar piden permiso a la rata reina, qué pinche güeva. Precisamente es lo que vamos a averiguar, tlacuache, respondió el tal Ratson. Nadie podrá comenzar a comer antes de que revisemos la ofrenda: si son los mismos humanos, el cuerpo tendrá ciertas aberturas y los guías del vehículo no se irán hasta que nuestras hermanas hayan comido buena parte del rostro.

Ya ves, tlacua, en este triste asunto hay algo que todavía no hemos comprendido, pero confiamos en saberlo pronto, dijo la Ratsi, y le rogó, o mejor dicho, le ordenó al macho: Ratson, quiero que lleves al tlacua a donde arrojen el cuerpo y que le ayudes en lo que puedas. Esto pintaba bien, podría saber si los humanos eran los mismos y, quizás, seguirlos a sus guaridas. Pero no iba a ser tan fácil, por lo visto: Y Ratson, porfa, añadió la reinita, una vez que haya visto lo que quiere ver, no te le despegues hasta que esté bien trepadito en su árbol de Calzada de Tlalpan, ¿sí, darling? Pero llévatelo por la ruta corta, porque, o sea, si regresa por su mismo camino va a llegar dentro de dos lunas, ¿sí me captas? No, pos no era esto lo que tenía planeado y se lo dije bien clarito: Aguanta el corte, mamacita. ¿Cómo que me va a acompañar hasta mi árbolito? No chiquita, tengo que seguir a los humanos hasta saber por qué mataron al pinche Pancho y si fueron ellos o los jefes de su manada, le dije. No mames, de nuevo le brilló esa lucesita siniestra que había visto en la cueva. Y aunque por lo visto creían que no me daba cuenta, tampoco soy ningún pendejo: estaba en su territorio, pero si los humanos me habían traído, los humanos me podían sacar antes de que me mandaran con el Pancho al Árbol de la muerte. La ratesa me contestó soberbia: Nosotras, tlacua, también queremos venganza y sabes bien por qué. Además, queridísimo amigo marsupial, sin ayuda de las ratas difícilmente podrás orientarte en esta ciudad. O en cualquier otra. ¿O cuántas veces te habías aventurado más allá de los límites de tu árbol, querido? ¿Hasta dónde habías llegado antes de venir a MI Bordo, al parque que está a dos postes de distancia? Jajajá, me das ternura, ¡te acabas de bajar del árbol y ya quieres recorrer solo el mundo! ¡O sea, así o más inocente!

No mames, ora sí me estaba ofendiendo esta pinche rata culera. Carajo, y no podía ni mentarle la madre porque antes de terminar estaría convertido en botana de estas pinches ratas. Ocurrió lo que menos había esperado, el tal Ratson tomó partido a mi favor: Ratsi, me temo que estás incomodando a nuestro huésped. Por favor, te lo ruego, no sigas recordando al tlacuache su naturaleza arborícola, después de todo él también ha perdido un amigo… ¡Uy, no lo hubiera dicho!, ¡que se enchila la ratesa! Se puso en sus dos patas y le gritó bien gacho: Detente ahí, Ratson, y bájale dos rayitas al tono de tu voz. No me obligues a olvidar que fuimos vecinos de camada: a mí nadie, ¿me oyes?, NADIE me dice lo que puedo o no puedo decir. ¿Sabes qué?, te me vas largando con el tlacua. Te ordeno que lo acompañes, que averigües con él quién mató a mi amado Franky (golpe bajo, eso sí le dolió al Ratson) y que no regreses a este tiradero sin una relación detallada del crimen. ¿Soy clara o te lo explico con manzanas?

Qué putiza. ¿Así que ésta era la famosa jerarquía de las ratas? ¿Esta pinche rata doble cara tenía el derecho de cagotearse a quien le diera la gana nomás por ser la ratesa? Jijos, dejaran de ser pinches roedores. Esto nunca se vería en la sociedad tlacuacha, ahí todos los tlacuaches somos iguales, nomás reveren­ciamos a los viejos, pues ellos guardan la sabiduría de los años cuando no se les olvida por chochos. Pero de ahí en fuera, estos desplantes de autoridad no los ves nunca. ¡Pinche ratesa, tan buenota y tan jija de la chingada! Véngase, mi Ratson, le dije, seguro que juntos encontraremos a quienes mataron al Pancho y a tus carnalitos Ramones. Vamos a ver humanos.

Bien, entonces sígueme, dijo Ratson, y prepárate pues el espectáculo no es agradable en absoluto. Un resto de ratas iban corriendo hacia algún lugar detrás de una montaña de basura, cerca del cual alcancé a mirar un carro enorme, de esos que usan los humanos para transportarse cuando van en manadas pequeñas. A veces los veo pasar desde mi árbol, veo cómo rugen a los otros coches más pequeños y, cuando se detienen, bajan hasta seis o siete especímenes de su interior. El que había llegado al bordo era negro, con unas ruedas muy altas y las ventanas también ennegrecidas, pues a algunos de estos seres no les gusta que los vean dentro de estos cochesotes. Llegamos a la cima de la basura y ahí estaban dos hombres: uno muy gordo y otro más bien flacucho, pero ambos vestidos casi igual, todos de negro y con botas picudas. Qué patas tan feas deben tener los humanos, por eso siempre las llevan cubiertas, ¿verdad?, comenté, pero el Ratson ni caso me hizo. Se había detenido a una distancia prudente de ambos y miraba alternativamente hacia sus rostros bigotones y hacia abajo, al fondo de la basura. Me asomé y entonces, ¡ay, mi tlacuacha madre! ¡Qué cosa más horrible! ¿Cómo podían los humanos hacer esto con sus hembras?, ¡si las hembras son sagradas!, ¡son las que nos paren y nos guardan en sus marsupios durante meses! No carnalito, si te lo cuento ni me lo vas a creer: los hombres habían arrojado el cadáver de una hembra humana, pero casi no se le reconocía como parte de su especie, nomás por tener sus patas delanteras y traseras muy largas, como tienen ellos. Pero a esta hembra quién sabe qué le habían hecho porque tenía la piel con manchas moradas verdosas, los ojos hinchados y negros, la quijada toda chueca como rota, todo su cuerpo manchado de sangre; y lo peor era que en lugar de una panza normal parecía que la habían comido los zopilotes. La habían cortado desde abajito del pescuezo, entre las tetas, hasta abajo casi donde comienzan las patas traseras y parecía que le habían hurgado toditos los dentros, pues le colgaban las tripas para afuera, como a un tlacuache cuando le pasa un camión encima.

¿Estás bien, Tlacuache?, me preguntó el Ratson que me miraba preocupado. ¡Cómo voy a estar bien!, le dije, ¡esto está de la chingada! ¡¿Qué carajos les pasa a los humanos para hacerle esto a una hembra de su especie?! ¡¿Qué no saben que uno no mata por gusto sino nomás para alimentarse?! ¡Y este par hasta se ríe mirando los restos de la hembra! No mames Ratson, ¿cómo carajos voy a estar bien? Te comprendo, Tlacuache, fingió querer consolarme, a mí también me horrorizan estos excesos de humanidad y creo que no lograré acostumbrarme nunca. Hay que ser muy humano para hacer algo así. Sin embargo, es alimento para mis hermanas: mira.

Hizo una señal con la pata y un ejército de Ramones y Ramonas entró en acción. Con mucho cuidadito se acercaron a las tripas y al vientre abierto del cadáver, unos Ramones usaron sus colas tiesas como palancas y abrieron espacio para que otros y otras revisaran que no hubiera nada extraño. Un ratito después salieron todas y se formaron frente a Ratson: TODO LIMPIO Y EN ORDEN, dijeron a coro. Ratson se volvió, hizo una reverencia y como en cortejo llegó la Ratsi: Hermanas, hijas, ratas todas del Bordo Poniente, gritó, recibamos la ofrenda que nos han traído los humanos. ¡A comer! ¡Buen provecho!

¡Puta madre! ¡Que se avienta la ratiza sobre el fiambre! Cientos de chingadas ratas, todas al mismo tiempo, comenzaron a roer… ¡guácala, para qué te cuento los detalles! Yo de plano estuve a punto de vomitar, así que mejor me dediqué a mirar a los hombres y a buscar la manera de entrar en su coche. Lo extraño era que el Ratson no le entró a la gran comilona, sin que me diera cuenta se había agenciado un par de zanahorias y un montoncito de cacahuates: Según mis informes, dijo mientras roía su zanahoria, me parece que te agradan los cacahuates, ¿no es verdad, Tlacuache? Supuse que los preferirías y pedí a ciertas amigas Ramonas que nos consiguieran unos pocos. ¡Mmmh, ricos y sabrosos cacahuates! Tenía el estómago revuelto por lo que acababa de ver, ¡pero eran cacahuates! ¡A güevo!, le contesté, gracias por el detalle. Oye mano, ¿y estos hombres son los mismos que trajeron a la vieja con el veneno en la panza?

Los mismos exactamente: uno gordo y uno delgado, afirmó el Ratson. Ambos se cubren los ojos, incluso en la noche, con esas extrañas micas que usan los humanos. Parece que gozan cuando presencian la comida de las ratas, Tlacuache, comentó con mucho desprecio. Son seres inmundos, despreciables, asquerosos los humanos. Nos dan comida, cierto, pero también nos atacan, nos persiguen, nos usan y luego nos matan. ¡No sé por qué mis hermanas les adoran!, si para los hombres el delito mayor de la rata es haber nacido. ¿Sabes, Tlacuache, que así como mataron a los Ramones y Ramonas, y también a tu amigo, así por pura diversión nos torturan, cazan y asesinan a las ratas? Dioses, ¡já! Si los hombres hubieran sido ratas, como Ratarsa, la rata cósmica, hoy supieran ser dioses; pero ellos que han estado siempre bien no sufren con su creación, en cambio la rata si los sufre, ¡Ratarsa es dios!

Antes de que siguiera con su perorata, lo bajé de sus nubes para recordarle cosas más terrestres: Neta que sí, manito, qué poca madre de los humanos y qué chingona la Ratarsa pero, ¿sabes a dónde van desde aquí?, pregunté.

Parecía dudar un momento, como si estuviera indeciso si a un tlacuache se le pueden revelar ciertos secretos: No con seguridad, nuestras redes de colaboración ratuna los han visto en varios lugares: a veces van a festejar su felonía, a veces van con el jefe de su manada. Pero mira, mis hermanas han acabado de roer el rostro y los dedos que quedaban del cadáver; si deseas saber a dónde van es hora de abordar su automóvil.

No me hice de rogar: Sale, mi Ratson, orita que se asomaron a mirar. ¡Córrele! Y sí, como habían dejado abierta una de las puertas del coche, de un brinco nos subimos. ¡Qué miedo, compa! ¡Estábamos por iniciar un viaje al mundo de los humanos más viles! Se necesita un chingo de valor para ir a las madrigueras humanas, sobre todo si se es tlacuache, pero la promesa a mi carnal Panchito me empujó debajo del asiento con el Ratson. Poquito después se treparon los humanos y comenzamos a movernos: la suerte estaba echada.

  1. Crónica narca

Qué susto, carnal, el verme atrapado en el coche de un par de humanos destripahembras, y además enjaulado con una pinche rata filósofa que, a pesar de todo, en el fondo seguía mirándome de esa manera tan rara que me daba un frío que me recorría desde la nuca hasta la punta de la cola. Estábamos acurrucados debajo de sus asientos, tan cerquita que olíamos cada uno de sus pedos, guácala, y traían los intestinos bien revueltos. Menos mal que los dos energúmenos ni cuenta se dieron de nosotros, distraídos en su plática. Al gordo, el que se agarraba al volante, se le dio por contarle su vida al flacucho y, ¡qué manera de hablar!, la neta que no comprendí ni la mitad, pero sí recuerdo cada palabra, ya te dije lo memoriosos que somos los tlacuaches, ¿verdad? Pues le dijo la bola de grasa al muerto de hambre sentado a su lado:

—Nomás por ser sinaloense tengo que andarme cuidando, hay mucha gente que quiere mi cabeza, algunos por cosas que hice allí, no digo que no, es que uno no puede prosperar en el bisne sin enemistarse con nadie, pero otros me la cortarían nomás por ser sinaloense, por ese odio que nos tienen, por puro desprecio a la raza. Yo soy de un pueblo cerca de Chacala, que es tierra de buchones, de los duros, los de verdá, los que si te descuidas un solo momento terminas con una bala entre los ojos. Allí entras en la maña antes de saber hablar. Así siempre ha sido, desde antes de los tiempos del indio Nacaveva, y así será siempre, pos los sierreños mamamos la blanca con la leche de la madre, y qué quieres, allí en el rancho nos gustan los animales: el perico, el gallo y la chiva.

Este amor por los animales me tranquilizaba un poco, aunque no mucho, porque todo el mundo conoce la extraña preferencia de los humanos por los animales más feos y los pájaros más inútiles y su incapacidad de apreciar la verdadera belleza y nobleza, por ejemplo, de los tlacuaches.

—La neta que cuando era plebe estaba muy padre allí, prosiguió el gordo, pero ahora está cabrón, desde que tumbaron a los hermanos Castro ya no hay autoridad y ni al sherif respetan a pesar de que fue sicario antes de colgarse la estrella. Y eran de allí, los Castro, de Chacala misma. Eran lo mejor que había dado aquella tierra. Del Rogelio y del Sidonio me hice muy amigo en los años que íbamos al colegio de los salesianos.

—No mames, ¿tú ibas al colegio de los salesianos?, preguntó el flaco muy sorprendido, no sé por qué, tampoco sé qué son los salesianos, que suenan a sal, pero no creo que sean para comérselos, y si no son comestibles tampoco me interesa saber lo que son.

—Pos luego, ¡claro que iba al colegio de los salesianos!, le contestó el grasiento, pa’ asaltar a los pinchis jijos de papá que estudiaban con los curas esos, ¿cómo se dice?, ¿pedorros? Pero nos apañaron por la denuncia de un pinchi culiroto jijo de su puta madre y nos perdimos de vista porque a mí, por menor de edad, me mandaron a una correccional pa’ mocosos y a ellos a una cárcel pa’ grandes, y seguro que sabes que de allí los dos se escaparon y luego se hicieron con el control sobre la narcada de toda la costa entre Tepic y Los Mochis. Bueno, hasta que el Bocachula le rompió el cráneo al Rogelio de una pedrada bien acertada. ¿Conoces la historia?, ¿no?, pues te la cuento: Rogelio quiso dar piso al Bocachula porque le había manoseado a la novia pero el pinchi Bocachula estuvo más rápido y lo dejó frío, y Sidonio quería vengar la muerte de su hermano quebrando al Bocachula, pero el primo de éste, el Chato Palafox, alias el Comandante Fonseca de los guerrilleros esos que juegan al Che en el monte, el Chato pues le abatió al chofer, por lo que el comandante Mascareño lo hizo enjaular y torturar bien gacho, pero al Bocachula lo protegía el Chuco, que trabajaba para los Carvajal Quintero e iba a casarse con la nieta del mero mero, lo que al final le valió madre al pinchi retrasado, pues pasó como siempre pasa, los jefes se apalabraron y sacrificaron a los peones, y al Bocachula los cuicos lo tiraron al mar desde un boludo, de botana para los peces, igual que antes lo habían hecho con el Fonseca, así estuvo el tiro, no creas las mentiras que cuentan por ahí.

Ya se me hacían bolas los chatos, chucos, cuicos y chulos, pero el delgaducho no les prestaba mucha atención y preguntó: ¿Y por qué ora dicen que el sector está en crisis hasta en Sinaloa?

—Lo que pasa… —el gordo hizo una pausa como para hacerse de rogar— es que ya no hay orden en la narcada, ya no se respetan los territorios. También en el pasado hubo líos, es verdad, acuérdate sólo de la matazagüe cuando los gatilleros de Tony Lugano carraquearon a los samurais de Don Sushi, y después vino la masacre de Lamberto Quintero y los ajustes de cuentas que dejaron viudas a la mitad de la hembrada de Mocorito y Guasave, pero lueguito se calmaron los ánimos y los sobrevivientes llegaron a un acuerdo, no como ahora, que ya no hay ley ni disciplina en el sicariato, y lo peor nos cayó encima cuando empezaron las luchas en el norte.

—¿Y cómo fue eso, bróder?, lo interrumpió el otro: Es que yo soy del norte, ¿cómo es que no me enteré de nada?

Yo tampoco me había enterado de nada, pero lo que realmente me interesaba no eran estas historias de Tonys, Sushis y Lambertos, sino adónde nos llevaban en este coche los dos engendros de su chingada madre. Lo que, claro, no dijo el gordo al seguir su enrevesado relato:

—Pos tú eres de Juárez, eso es otro pedo, compa, pero fue en la costa del Pacífico donde se desató el acoplapisis este, cuando el Tiburón dejó fríos al Calaca y toda su jauría de pinchis chiqui­narcos, dizque para vengar la muerte de su morra, y también porque lueguito de que se jubiló el Güero se quedaron algunos muertitos en el camino, entre otros el viejo Zubiaga, y su jija la Lizzy se puso al mando del cártel pero ya no quería mercar coca, sino las pastillas esas que dicen que te ponen más píldoro que el perico más puro, y como además en Culiacán don Marcelo, el jefe de jefes, se dio de baja del negocio por la muerte del cabrón de su jijo e hizo voto a Malverde de hacerse bueno, el bisne se quedó más huérfano que la pinchi Lizzy, y entonces fue que el Cuéllar y Los Grajales empezaron a disputarse la costa desde Mazachúsets hasta Tijuanita, de modo que pronto había ouverbukín en todos los cementerios.

—Sobre eso deberían escribir corridos el Cuervo y el Artista, no esas pendejadas que suelen cantar, los putos, dijo el flaco, y el gordo estuvo de acuerdo:

—Eso lo digo yo, compa, y mira, ya estaba muy calentada la zona cuando el Yolcaut le hizo una gran fiesta de cumple a su escuincle, dicen porque el pinchi crío tenía el capricho de que le regalara un hipopótamo enano, y como no hubo manera de conseguir un pinchi hipopótamo ni secuestrando al director del jardín zoológico de Chapultepé y al pinchi escuincle le dio una rabieta tremenda, entonces al Yolcaut se le ocurrió calmarlo con una fiestota en su rancho, y lo pasaron muy bien hasta que en una hielera encontraron tres cabezas que eran de los guaruras del plebe, y como atribuyeron las decapitaciones a los Malpica y los Cureño, se armó una matazón como nunca se había visto ni en los años de la revolución, pero son puras mamadas lo que dicen, los Malpica no tuvieron nada que ver, ni los Cureño, yo sé de buena fuente que fue el Bendito quien les mandó el regalito.

El flaco protestó: No mames, al Bendito lo chamuscaron los cuachos en Culiacán.

—Pos parece que no, dijo el gordo, hay un güey que escribió un libro en que cuenta toda la historia de cómo el Bendito se escapó y se burló de los milicos y que cambió de nombre y se hizo operar la cara y que ahora vende camarones por ahí, en algún sitio de Sinaloa.

—¿Y tú leiste el libro ese?, quiso saber el flaco, que parecía poco convencido del cuento de los camarones.

—Quiobo güey, se enfadó el gordo, ¿me ves cara de puto? Yo no leo: no, lo vi en la tele.

—Ah, pues, dijo el flaco, entonces tiene que ser verdad. Pero cuéntame mejor de los buenos tiempos. Es que Sinaloa siempre ha sido para mí, ¿cómo te digo?, como la tierra de promisión de que hablan los pinchis predicadores esos de los gringos, como la patria de los meros meros, como…

—Ya estuvo suave, ya te cuento, siguió el gordo. Pos, sábete que mi destino siempre ha sido ser mafioso, 
como mi padre, por tradición de la familia, y como me gustan los corridos y las bucanas, se me notaba la vocación desde pequeño. Cuando plebe en Badiraguato me enseñaron a jalar los cuernos, y de los dieciocho en adelante desarrollé mi cerebro y pronto dejé de ser puntero y me mandaron a Navolato para integrarme al comando de sicarios. ¡Qué tiempos más chilos! Pa’ dar levantones éramos los mejores, siempre en caravana, bien empecherados, con trocas blindadas y listos para ejecutar a todas las ratas, tacuachones y demás lacras, con cuernos de chivo y bazucas y siempre con una granada en la cangurera, y por si alguien se ponía perro de volada lo trozábamos, así íbamos a hacer jiras al contrario, buscábamos a los zetacuaches en los agujeros jediondos donde se escondían, y al carraquearlos les gritábamos: «la limpia empezó, que se cuiden las ratas». La neta que éramos pura plebada de arranque, con carros de lujo, siempre con camionetas del año, los bolsillos llenos de billetes y
 ropa de marca Ferrari.

¿Oiste esto?, le pregunté a la rata Ratson. Hablan de matar tlacuaches y ratas, los pinches asesinos. Seguro que ellos envenenaron al pinche Pancho y a los Ramones. Y a las Ramonas también, me corrigió Ratson: Y sí, admito que fueron ellos quienes arrojaron a la joven en cuestión, sin embargo… ¿Cómo que sin embargo?, le espeté furioso: No hay duda que fueron ellos los que mataron al Pancho y a toda la raza ratera. A veces las apariencias engañan, tlacuache, contestó: habrá que averiguar si ellos introdujeron el polvo blanco en el vientre y las vísceras de aquella desdichada y si sabían que se trataba de una sustancia raticida. ¿Ratiqué?, le pregunté, pus ya hablaba el Ratson una jerga tan incomprensible como los dos descuartizadores. Raticida: que mata ratas. ¡Ah, pues, entonces también era tlacuachicida el polvo ese! Es verdad, me dio por fin la razón, aunque sólo fuera una palabra que acababa de inventar. No dije más para no perderme nada de la plática:

—¿Y ’tonces cómo se acabó la buena vida?— preguntó el flacucho. El gordo gimió como recordando la muerte de su abuelita:

—A mí me corrieron por puro pendejo, o mejor dicho, el que se fue corriendo fui yo. Mi error fue hacerle un paro a un cuñado mío que me pidió que le diera piso a un güey al que le debía dinero, dijo que quería ahorrarse los intereses que eran de un diez por ciento al mes, que era mucha plata que le debía al vato ese y que le resultaba más barato pagarle en plomo, y como el lugar que me dijo donde encontraría al tipo quedaba cerca del gimnasio donde practico artes marciales, acepté aventarme el jale, y pasé pues por allí, un téibol donde se encueran puras güeras chuecas, unas morras bien nalgudas y con unas chichis que no parecen culichis, si conoces el refrán de mi tierra entiendes lo que quiero decir, y allí estaba el güey ese conviviendo con sus compas, y bueno, qué querías que hiciera, vacié mi cuernito rafagueándomelos a todos, pos no quería arriesgarme a perdonarle la vida a uno y después se le ocurre sacar su fierro y pegarme un cuetazo, es que los hay muy tacuaches, los hay muy ratas, y más vale tomar precauciones, de modo que a los cinco los dejé bien muertitos de volada, que lo profesional no me lo discute nadie, y de ahí me fui al gimnasio como si nada.

¡Te lo dije!, ¡es un pinche asesino de tlacuaches y ratas!, le susurré a la rata Ratson, pero no se dio por vencido el pinche roedor: Yo tengo para mí que usa «tlacuache» y «rata» como metáforas, y antes de que me preguntes maravillado «¿metaqué?», te explico, mi querido tlacuache, que una metáfora es un uso figurado de una palabra que se emplea en lugar del término propio en virtud de una relación de semejanza, de modo que si el humano dijo «tlacuaches» y «ratas» se estaba tal vez refiriendo a otros humanos que desprecia tanto como —y eso seguramente lo sabes pese a la ignorancia ancestral de tu especie— los humanos nos suelen despreciar a las ratas y, lo que se entiende mucho mejor, también a los tlacuaches. ¡Pinche rata ratera!, me tomaba el pelo el jediondo Ratson. Allí mismo le habría roto el pescuezo a dentelladas secas y calientes si no hubiera temido que sus ayes moribundos delataran mi presencia a los dos cabrones tlacuachicidas.

—Pos fíjate, continuó el gordo, que la misma noche saliendo de un antro quisieron tumbarme, y no eran los contras, sino mis cuates del comando los que quisieron venadearme, me traían cortito, no podía rajarme, pero gracias a Malverde tengo la costumbre de andar siempre ensillado, la gente es corriente, no puedo confiar, pos, corté cartucho rafagueando macizo, me salió la yuca y me pude fugar.

El flaco pronunció lo que yo también me preguntaba: Pero, dime, lo que no comprendo es por qué tu propia gente te quería quebrar.

—Pos al principio yo tampoco lo comprendí, claro, dijo el gordo, porque todavía no podía saber que uno de los chavos que estaban pistiando con el güey ese era un jijo del capo mismo, ¿te das cuenta?, había matado al jijo del cacique.

El flaco parecía a la vez impresionado y horrorizado: ¿Del Chalo Gaitán?, preguntó.

—Sí, del mismísimo Chalo, contestó el gordo, un plebe que don Felizardo había tenido con su primera mujer, antes de entrar en la maña, y al que yo nunca había visto porque estaba estudiando en Gringolandia, en un pinchi sitio de esos famosos, en Jarvar o Yail o Braunis o tal vez en Hershies, vete tú a saber, y el pinchi plebe había venido a Culiacán nada más que a pasar el esprinbraique y a ver a sus amigos de la prepa, y vaya que le sentó mal la primavera, y a mí también, la neta que sí, pues aunque lo terrenié sin querer, el Chalo no iba a aceptar excusas, pero era tarde para arrepentirme, al fiambre ese de su jijo ya no lo iba a resucitar ni el mismo Malverde, y no había de otra que esfumarme lo más pronto posible, o sea, el mismo día, pos de otro modo ni te imaginas lo que habrían hecho conmigo, sólo te digo que destazarme, despellejarme, destripar­me, colgarme de un puente y quemarme vivo habría sido un placer en comparación con lo que me habrían hecho, y así me vine al DF, donde lo dicho: nomás por ser sinaloense tengo que andarme cuidando, pero estoy vivo, y me miren como me miren y digan lo que quieran, una cosa la tengo bien clara: pese le pese a quien le pese, Sinaloa sigue rifando.

  1. Aeropuerto Benito Juárez, Terminal 1

Por fin se paró la camioneta. No podía haber durado mucho el aventón, pero el miedo de ser descubierto por los dos humanos me hicieron el trayecto más largo de lo que seguramente fue. Vamos a ver si Santaclós nos ha mandado otro regalo, dijo el gordo burlón. Pero esta vez lo abro yo, se rió el flaco. Los dos tipos se bajaron del coche y sacaron algo de la cajuela. Me asomé a la ventanilla y alcancé a ver que se iban cargando cada uno una bolsa. Un trueno muy largo, terrible como el rugido de una fiera, me puso los pelos de punta y me hizo retirarme a nuestro escondite. ¿Qué es esto? ¿Dónde estamos?, pregunté a la rata. Todavía resonaba el trueno horrible, pero al pinche Ratson no le impresionaba para nada. En el aeropuerto, contestó con una tranquilidad que me ponía aún más nervioso. ¡Pinche roedor!, ¿cómo podía seguir tan impasible en una situación tan desesperada? Otro trueno me estremeció. ¿Has estado aquí antes?, le pregunté. No. ¿Y entonces cómo sabes que es el aeropuerto si no has visto casi nada del lugar? Por los ruidos de los aviones, me contestó, y añadió con este aire de superioridad ratuna que los tlacuaches odiamos tanto: ¿Sabes qué es un avión, verdad? Pus claro, le respondí orgulloso, es un pájaro enorme en que entran los humanos por el culo para fumar en sus intestinos. Ratson me miró como si fuera un tarado y me habló con un deje de desprecio en la voz: Bueno, quizás esto lo será para los tlacuaches; para los humanos, en cambio, es un medio de transporte que en poco tiempo los lleva por el aire de un lugar a otro, y a menudo las ratas viajamos con ellos, sin que se den cuenta. Me quedé como de piedra: ¿Se van de viaje? ¿Y cuándo regresan? A decir verdad, no lo sé, dijo Ratson, que ahora también empezó a preocuparse. Es que… si no vuelven pronto, ¿qué comemos?, inquirí. Caray, pues, tampoco sé, volvió a decir el pinche Ratson. ¿Y si es un viaje largo? Ratson no supo contestar. Lo único comestible que veo aquí eres tú, le dije, pero no me gusta la carne de rata, espero que no te ofendas. Ratson había perdido su expresión altanera, en cambio movía los bigotes y olfateaba con inquietud: Debe de haber una salida, tenemos que buscar una salida…

Y nos pusimos a buscar, pero no había modo: las puertas y ventanillas estaban cerradas, no encontramos ningún agujero ni tubo que condujera hacia afuera, y el metal y los cristales eran demasiado duros para nuestros dientes. No hay salida, me resigné. Parece que no, confirmó Ratson, tendremos que esperar que regresen los narcos. ¿Los nacos? Narcos, me corrigió Ratson, aunque, francamente, son narcos bastante nacos, como casi todos. ¿O sea que los dos tipos son narcos?, le pregunté: ¿qué son narcos? Ratson reflexionó un momento: ¿Cómo te explico?, es gentuza, canalla, lacra, chusma, lo peor de los humanos, o mejor dicho, lo más humano de los humanos. ¿Lo más humano? No me imaginaba tanta infamia: ¿Tan malos son? Sí, dijo Ratson, ¿no recuerdas lo que le hicieron a la hembra que tiraron en el Bordo? A güevo que la trataron muy humanamente, respondí recordando el cadáver despedazado. Pues bien, así de humanos son los narcos, dijo Ratson. ¿Y por qué se comportan tan humanamente con otros humanos? Por las drogas. Es por culpa de las drogas que se hacen tan humanos los narcos: torturan, decapitan, cortan brazos y piernas, despellejan… ¿Las drogas? Ratson se estremeció al responder: Así es, las drogas los humanizan: hierba, polvo, pastillas, todo tipo de inmundicias que se tragan los humanos para ponerse alegres, o excitados, o para ver cosas raras alterando los sentidos. Había algo que no comprendía: ¿Y por eso despanzurraron a la ruca del Bordo? En efecto, porque llevaba la droga en el vientre: el polvo blanco que mató a tantos Ramones y tantas Ramonas y también a tu amigo Franky, era droga que habían olvidado dentro de la mujer. Ratson dio por concluida la explicación, pero yo seguí dudando, me faltaba un elemento importante: No entiendo por qué llevaba la droga en la panza, pregunté. Había tocado el punto flaco de la sabiduría ratuna: Esto aún no lo hemos averiguado, admitió Ratson. Algunas ratas piensan que lo hacen para mantenerla fresca, otras que usan a las hembras como incubadoras de la droga. ¿Incubadoras? Sí, tragan la droga para que madure dentro de su vientre, ¿no hacen lo mismo las hembras con sus crías? No me convencía el argumento: Las nuestras las llevan en una bolsa, objeté, ¿por qué no usan bolsas? Ratson se rascó la oreja pensativo: No sé, lo que está claro es que no hay quien comprenda a los humanos.

Y se quedó callado un buen ratote. Hasta que le pregunté por el Pancho. ¿Cómo lo conocieron las ratas? ¿Cuándo empezó a visitarlos en el Bordo? ¿Y qué pensaban las demás ratas de los ratacuaches bastardos que parió la Ratsi?

Ah, sí. El «pinche Pancho», comenzó, el pinche, pinche, pinchísimo Pancho. ¡Órale, güey! ¡Que el Pancho era mi carnalito y aquí nomás yo lo pincheo!, reclamé encabronado: nadie insulta a un tlacuache frente a un amigo. El Ratson me miró derechito a los ojos, en el fondo se le notaba grueso el rencor, pero también una como tristeza bien profunda, bien cabrona. Tienes razón, Tlacuache. Acepta mis disculpas, siguió, tú no has sido responsable por la conducta de tu amigo. Pues bien, has de saber que Frank, o el Pancho como lo conocen ustedes y al parecer se llamó en vida, entró en relación con las ratas hace muchas lunas. La historia es muy vulgar y no debería importarnos, pero ya que insistes te la contaré: todo comenzó en un centro de investigación científica que construyeron los humanos hace pocos años cerca de donde viven ustedes, en Tlalpan. Algunos Ramones y Ramonas supieron que en este centro los humanos creaban y usaban ratas de su estirpe, clones, y solicitaron permiso a Ratsi para ir a echar un vistazo. Es algo común entre los Ramones y Ramonas, no son ratas normales y conservan algunas taras provocadas por los hombres o heredadas de sus padres en el laboratorio; sé, incluso, y espero que sepas guardar un secreto, que algunas van a conseguir sustancias a las que los humanos las hicieron adictas. Por eso sabemos sobre las drogas: inocularon en nuestras hermanas blancas la necesidad de inhalar o comer polvos y pastillas que alteran sus sentidos. Pero ni Ratsi ni el resto de las ratas saben que muchas no lo han superado, sólo yo que me he convertido en su amigo y cómplice. Por eso me interesa tanto saber qué era lo que tenía la humana en el vientre… Pero me desvío. Sabes, porque la has visto, que Ratsi, nuestra reina, es una rata excepcional. ¡Puta, sí, no mames, qué cuero de rata!, interrumpí, pero el Ratson me miró tan horrible que mejor me quedé calladito. Su fama ha trascendido las fronteras del Bordo, y de alguna manera llegó a oídos de tu amigo Pancho. Al parecer escuchó una conversación ratuna en los alrededores de Tepepan, donde supo también que los Ramones y Ramonas son del clan del Bordo Poniente. Según me relataron las ratas clonadas, Pancho usó sus conocidas habilidades de tlacuache para hacer lo que su especie sabe mejor, robar las sustancias que buscaban mis hermanas. Puso en contacto a las ratas blancas del laboratorio con los Ramones y Ramonas, facilitó el tráfico de pastillas y se amigó con ellas al grado de convencerlas para llevarle al Bordo, a Ratsi.

Órale, qué pinche Pancho más ojete, le dije, y nosotros pensábamos que no era más que un tragón medio tonto. ¿O sea que se transaba a las ratitas güeras? Y sí, me cae que siempre fue bien amiguero: que si las ratas, que si los zanates, ¡hasta con los cara-de-niño hacía amistad el cabrón! Era un chingón, el Pancho. Ojete, pero chingón. ¿»Cara de niño»?, preguntó intrigado Ratson. A esta rata había que explicarle las cosas más elementales: Sí, son unos como chapulines o grillos pero gigantes y color negro o miel, que ni saltan ni vuelan. Nomás caminan lento lento y son tarugos como ellos sólos. ¡Uy, pero los humanos les tienen harto miedo! Los matan a los pobres porque dizque son venenosos, ¡y no, ni madres! Si hasta dan ternura de tan pazguatos e inofensivos.

La rata no parecía interesarse mucho por los insectos: Ya. En fin, dijo impaciente, recupero mi narración: una mañana luego de que los Ramones y Ramonas saludaran a sus amigas investigadoras y llenaran sus carrillos de sustancias extrañas, invitaron al Pancho para que las acompañara al Bordo. ¡Ah!, recuerdo ese día. Estaba yo con Ratsi, admirando su manera de controlar al clan, escuchando sus palabras, presa del imán de su majestad ratuna. De pronto un par de ratas espías nos avisaron que los clones venían con un tlacuache del sur. Quise ordenar a mis hermanas para el ataque: ¡Robert, Randolf, Raimon, Royer! ¡Preparen filas para acabar con el intruso!, grité. Pero Ratsi me detuvo en seco. No, ordenó, esperen a que venga pues deseo conocer a quien osa visitar mi Bordo sin autorización. En ese momento entró Pancho. Entró Pancho y algo cambió para siempre en Ratsi y en el Bordo. Tu amigo quedó obnubilado ante la belleza de nuestra reina. ¿Quién no, me pregunto? Si sólo con mirarla, admirarla. Escrito queda en el alma su gesto, y cuanto decir de ella uno desea, ella misma lo inspira tal que son sus palabras las que llenan el espacio, la vida, el aire, ¡todo!

No pude más que darle la razón: Qué fuerte. No entiendo lo que dices pero creo que tienes razón. La que es bella es bella, sí o no. Por eso el Pancho andaba como baboso, me cae. Pero Ratsi tenía otros planes, continuó el Ratson. Como seguramente te ha mostrado, ella aspira a crear una raza de seres mestizos: la «raza cósmica» de ratacuaches, y el Pancho fue para ella una señal, el vehículo para cumplir un destino que ella misma se ha inventado. Ratacuaches, seres monstruosos que no son ni una cosa ni la otra. ¿Entonces tú no la apoyas en esto, no crees en lo de las razas y el choro mareador del Bombón?, pregunté intrigado. No Tlacuache, me dijo, no comparto en lo absoluto sus locas, peligrosas ideas. Va en contra de todo lo que creemos las ratas, va en contra de Ratarsa. Antes Ratsi creía que eran los clones la nueva raza, no percibía su lado oscuro; aún ahora no sé lo que haría si supiera que no han logrado superar la adicción a esa sustancia que fija sus colas o aquélla que les adormece la piel. Así tampoco logra ver que las ratacuaches no podrán prosperar. Pero sigue obstinada con su supuesto oráculo y con los de tu especie, Tlacuache, y a las ratas no nos gusta que nuestra reina se una con ustedes y procree semi-ratas.

Jijos, esta plática estaba tomando un giro que no me gustaba nadita, como que le estaba saliendo lo roedor al Ratson. Preferí cambiar astutamente de tema: No, le dije, yo tampoco creo que los tlacuarratitos rifen machín, y menos ora que se petatió el Pancho, ¿verdad? Oyes Ratson, ya que estamos en la hora de las confidencias, a ti te gusta la Ratsi, ¿verdad? No tengas vergüenza, yo también anduve bien enculado con una tlacuacha que me traía loquito. Ay, la Tlacón dorado… déjame te cuento.

¡Chsst!, me susurró el Ratson: Regresan. Asomado a la ventanilla vi acercarse dos polis que llevaban entre ellos a una mujer atemorizada. ¿Cómo que regresan, si son dos tiras y una chava?, le quise decir, pero ya de más cerca reconocí a los dos narcos que ahora llevaban uniformes de policías, aunque traían las mismas inconfundibles jetas asquerosas. ¿Los narcos son policías?, le pregunté al Ratson. No lo sé, dijo éste algo inseguro, pueden ser narcos disfrazados de policías, o quizás policías narcos, por qué no, entre humanos todo es posible.

Nos escondimos de nuevo debajo de los asientos. El flaco tomó el volante, mientras que el gordo se metió con la mujer en la parte de atrás. No grites o te mato, cabrona, la amenazó poniéndole una pistola en la cabeza. El coche arrancó. El gordo estaba sentado sobre la espalda de la mujer para impedir que se levantara y la vieran desde fuera. Si te mueves te pego un tiro, pinche vieja, le dijo y le apretaba la fusca contra la sien, sin perder la oportunidad de toquetearla con la mano libre: Oye, compa, no está mala la morrita, lo vamos a pasar bien antes de filetearla. El flaco se rió: Pero no te la comas toditita, deja algo pa’ los cuates, aunque sea sólo una teta. Bah, dijo el gordo, te dejo las chichis, yo me quedo con las nalgas, mamacita, hasta pareces de mi tierra culiche, ¡qué culo!

Después de un rato, la camioneta se detuvo, el flaco se bajó y le ayudó a su compinche a amordazar a su presa con cinta adhesiva y amarrarle las manos y los pies con ataduras de plástico. Después la envolvieron en una cobija y la dejaron tirada boca abajo, justo delante de nuestro escondite. ¡Ya está!, constató satisfecho el flaco. Vamos a la casa de seguridad, dijo el gordo, que había recuperado el volante. Y deprisa, contestó el flaco, que ya me dio hambre. Tú aguántate, le conminó el gordo, ya sabes que primero se la chinga el jefe, a nosotros nos toca después. Si algo queda después, refunfuñó el flaco: Siempre nos tenemos que contentar con las sobras. Nunca lo digas delante del capo, le amonestó el gordo: Te pegaría un tiro antes de que termines la frase.

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