1. Los Ramones y las Ramonas

Pues sí, carnal, me hice el muerto. Me quedé tieso tieso, casi sin respirar y esperé a que se acercaran las ratas, pero nomás no se movieron. Pinches ratas, pensé, igual de repente me van a comer y ni tiempo me va a dar de hacerme el vivo. Entonces paré bien las orejas para oír si me brincaban encima, bueno, es un decir, porque no moví mis orejas ni nada, ¡si me estaba haciendo el muerto!, me quedé así bien atento. Sí me entiendes, ¿verdad? Está bueno, entonces sigo. Paré la oreja y escuché que empezaron a hablar entre ellas, ¿Lo han visto?, dijo una. ¿Creerá que somos tontas?, preguntó otra. No me moví, concentrándome en mi papel de muerto. Pero sí me dí cuenta de que hablaban bien raro, como si entre las tres completaran lo que querían decir, o sea, lo que diría una pero entre tres, ¿sí me entiendes? Haz de cuenta que una dijo, Se hace, otra siguió, El tlacuache, y la tercera completó: Una vez más.

Dejé de respirar, para resultar más convincente. Ellas siguieron hablando así, entre las tres: No te canses, Ya sabemos, Que no estás muerto. Levanté un poquitín un párpado para mirarlas de reojo. Los tlacuaches, Hacen siempre, Lo mismo. Siempre que están en peligro, Se hacen los muertos. Pero con eso, No nos engañan, Pues somos, Mucho más listas, Que ellos. ¡Achis!, ¡si yo ni estaba respirando ya de plano, para parecer más muerto! Ellas siguieron: Que no crea, dijo la segunda, Que nos puede, dijo la tercera, Tomar el pelo, dijo la primera, Porque conocemos sus trucos, siguió la segunda, Y no nos impresionan, la tercera, Como a los humanos, dijo la primera, O a las ardillas, terminó la segunda. Pinches ratas, qué abusadas son. ¿Cómo se habían dado cuenta? ¿Y por qué hablaban tan raro?

Perdonen ustedes esta pequeña demostración de las costumbres de mi especie, les dije, y no me lo tomen a mal, pero me asustaron tanto que preferí fingirme muerto. ¿Lo asustamos?, preguntó la primera rata, ¿Lo asusta­mos?, repitió la segunda. ¿Lo asustamos?, la tercera también. ¿Por qué?, quiso saber la primera. ¿Por qué?, la segunda. ¿Por qué?, la tercera también. Es que… son ustedes ratas muy raras, me atreví a decir.

Ya para ese momento había dejado de hacerme güey, y mejor me puse a las vivas. Las ratas como que se sorprendieron por lo que les dije: ¿Raras?, se sorprendió la primera, ¿raras?, la segunda, ¿raras?, la tercera también. ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué? A ver, les contesté, cómo explicarles… son ustedes todas iguales, güeritas, y siempre hablan de esta manera tan extraña, siempre todas juntas, en vez de decir una frase completa cada una. Ah, comprendió la primera, Somos así, explicó la segunda, Y hablamos así, añadió la tercera, PORQUE SOMOS RATAS COLECTIVAS, dijeron las tres en coro. ¿Ratas colectivas?, ¿así se llaman? NO, dijeron en coro otra vez, SOMOS RATAS COLECTIVAS, y dos continuaron, NOS LLAMAN LOS RAMONES… Y las Ramonas, añadió la tercera, que era hembra. ¿O sea, pregunté, todos son iguales y se llaman los Ramones? ASÍ NOS LLAMAN: RAMONES, afirmaron los dos machos, Y Ramonas, precisó la hembra.

Pinches ratas locas, pensaba yo, pero preferí no provocarlas, pues detrás de las tres nos observaban y escuchaban con sumo interés un chinguero de ratas idénticas, sin perderse ni una palabra. ¿Y cuántas son ustedes?, pregunté. Ayer éramos, respondió el primer macho, Ciento cuarenta y seis Ramones, informó el segundo, Y doscientas sesenta y ocho Ramonas, precisó la hembra, pero murieron veinticuatro RAMONES, lamentaron los machos, Y treinta y siete Ramonas, añadió la hembra, Hoy son, dijo el primero, Ciento treinta y siete Ramones, calculó el segundo, Y doscientas ochenta y cinco Ramonas, completó la hembra.

Tantos números se me hacían bolas en la cabeza. Los tlacuaches no somos de números. Normalmente sólo contamos hasta trece: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, muchos. No ignoramos los números más altos, pero nos dan flojera. Como que sobran, como que son superfluos. Contamos hasta trece y ya nos quedamos contentos, tan tan. ¿Por qué hasta trece? Obvio, güey, es que las tlacuachas tienen trece pezones, ¿y qué más quieres, cabrón? ¿Qué más necesita uno para ser feliz que trece tetas? Por eso los cálculos no nos van. Pasamos las primeras ocho lunas de nuestras vidas en el calorcito del marsupio, pegados a uno de los trece pezones de nuestra madrecita santa; y estas experiencias son las que te forman para toda la vida, ¿a poco no? Ahí está, por eso con trece nos basta. Toda la vida seguimos en nuestros trece y de ahí no hay quien nos saque. Todo lo que es más de trece es excesivo, gigantesco, inconcebible. Y estas pinches ratas hacían sus cálculos a una velocidad tan rapidísima que daba vértigo y hablaban de ciento y tantos y doscientos y pico como si fuera lo más fácil del mundo sumar y restar ratas, hembras y machos y crías y todos mez­clados y revueltos.

Debo de haber puesto una cara de pendejo bien grande, pues se esforzaron por explicarme: Seguramente se pregunta, dijo el primero, Por qué son ciento treinta y siete Ramones, continuó el segundo, Y doscientas ochenta y cinco Ramonas, insistió la hembra, y no ciento diecienueve Ramones, los dos machos, Y doscientos y treinta y una Ramonas, la hembra. Ándenles, justo es lo que me estaba preguntando oritita mismo, fingía yo. Tiene razón de preguntarlo, me tranquilizó el primero, Sepa que ayer nacieron dieciocho Ramones, siguió el segundo, Y cincuenta y cuatro Ramonas, subrayó la hembra, de modo que sumamos… Ciento treinta y siete Ramones y doscientas ochenta y cinco Ramonas, claro, es superfácil, me les anticipé recordando el resultado, para presumir, pues si es verdad que los tlacuaches no servimos para hacer cálculos, nuestra memoria en cambio es impecable. ¡Cómo se multiplican las pinches ratas jediondas! ¿Estarán cogiendo todo el día, pinches calientes? Son peores que los humanos, de los que hay tantos que uno se pregunta cómo le hacen. O a poco no es verdad que hay humanos por todas partes, y que lo que más sobra son humanos y que hay cada vez más y más y no hay remedio contra ellos, ni ellos mismos son capaces de ponerse un freno, incluso si se mataran los unos a los otros como moscas, y me cae que a menudo lo hacen, no les serviría de nada, aún así pulularían y cogerían y se multiplicarían para infestar todo el mundo, maldita especie humana.

Pero necesitaba conseguir más información, así que seguí rascándoles: y, ¿de qué dijeron que murieron sus compas ayer? No dijimos, me respondieron al unísono. ¿Y no se puede saber?, inquirí prudentemente. Quizás, contestó el primero, Tal vez, el segundo, Es posible, la hembra. Pinches ratas ladinas, no iban a soltar la información tan fácil. Todas igualitas hasta en el modo de hablar, frías, sin emoción alguna. Ni parecían ratas, bien loco. Pero debía seguir preguntando antes de que decidieran, todas juntas al unísono, darme en la madre. Ramones y Ramona, comencé, ¿me cuentan? Ayer los humanos…, comenzó el primero. ¡LOS HUMANOS, LOS HUMANOS! ¡OH, LOS HUMANOS! ¡Puta madre! ¡Habían exclamado lo mismo todas las pinches ratas que me rodeaban! ¡El muro de ratas! Me sacaron un buen pedo, pero debía mantener la ecuanimidad, me estaba jugando el pellejo. Ayer, repitió el primero y tuvo la prudencia de no volver a decir «los humanos», Trajeron comida, el segundo, Una ofrenda, la tercera. Una humana muerta que acabó con buena parte de los Ramones y las Ramonas, tlacuache. Comieron de la humana y murieron poco después entre estertores de dolorosa agonía.

Quien hablaba ahora era un macho joven en el que hasta ahora no me había fijado y que me miraba con desconfianza. Era diferente de los Ramones, con el pelaje oscuro e hirsuto, los ojos brillantes y muy negros, la cola casi pelada. Era la primera rata del Bordo que hablaba sola y no se veía idéntica a todas las demás: era la primera rata normal. Aunque me hablaba con tono fúnebre, intenté ser amistoso. Espero que no te llames Ramón también, lo saludé. No, tlacuache, contestó con un tono helado, entre molesto y ofendido. Yo no soy un clon. ¿Un clown?, pregunté. Un clon, me corrigió: Los Ramones son ratas clonadas, esa es la razón por la que son todas iguales: clones. ¿Y qué diablos son clones?, quise saber. A ver si comprendes, tlacuache: son ratas fabricadas por los humanos, empezó a explicar, pero lo interrumpió el grito de los clones: LOS HUMANOS, ¡OH, LOS HUMANOS BLANCOS! ¡BLANCOS HUMANOS!

La letanía de los Ramones me ponía los pelos de punta, ¿por qué carajos exclamaban eso cada vez que se mencionaba a los pendejos humanos?, ¿qué no saben que son bestias inmundas, los humanos? Pinches ratas siniestras. Y esta rata pendeja con su pinche tonito de perdonavidas. ¿Por los humanos?, pregunté incrédulo. Así es, confirmó: Ignoramos cómo lo hacen, pero sabemos que las fabrican ellos: los humanos todo lo saben y todo lo pueden. Procuran que sean todas idénticas por motivos insondables que no nos es dado conocer. No lo podía creer: ¿Los humanos fabrican ratas? ¿No hay ya bastantes ratas en el Bordo? ¿No se con­tentaban con fabricar toda esta basura, por encima también fabricaban las ratas que se la comían? Pero, ¿para qué fabrican ratas?, pregunté incrédulo, y la respuesta me sorprendió aún más: Para estudiarlas. Las ratas y los humanos tenemos una relación estrecha, tlacuache. Ellos nos dan vida, nos dan comida, nos dan sustento, pero también nos quitan todo. Los humanos crearon a los Ramones y las Ramonas en tubos de cristal para vivir a través de ellas, para conocer a través de ellas.

El macho miraba a los Ramones y las Ramonas casi con devoción, en cambio a mí me miraba con ojos de pistola. ¿Qué se traería este cabrón? ¿Sabría algo del Pancho? Además hablaba de los humanos como si fueran animales capaces de pensar y discernir, ¡ni que fueran tlacuaches! Qué pendejada, si todo el mundo sabe que los humanos hacen lo que hacen sin pensar. Si no, a ver, ¿a quién se le ocurre fabricar ratas cuando el mundo está lleno de estos pinches roedores?, pensaba yo, pero dije: ¿Y a los Ramones y las Ramonas los «hacen» en un tubito de vidrio nomás, sin chaca-chaca ni friegue-friegue ni nada? Te repito que son clones, tlacuache, respondió, son una sola rata en muchos cuerpos: una sola alma, una sola raza. El linaje incorrupto de los Ramones y las Ramonas, idénticas, piensan juntas, hablan juntas, no se mezclan con el resto, me respondió con un tonito de sabelotodo que me cayó retegordo.

Seguí sin comprender: ¿Y qué hacen aquí? ¿No deberían estar en el dizque laboratorio de los humanos? El cabrón puso cara de que no tenía muchas ganas de explicármelo, pero hizo un esfuerzo: Escaparon una noche que hubo un incendio. La mitad de ellas se quemó en el laboratorio, a otras las aplastaron los automóviles en la calle, a otras las mataron los gatos, esas bestias inmundas. Muchos Ramones y muchas Ramonas trascendieron esa noche, pero una minoría permaneció en este plano de existencia y llegó hasta aquí, y desde entonces los Ramones y las Ramonas viven con nosotras, las ratas del Bordo. No, pues está chingón… las que trascendieron… Se hizo un silencio incómodo. Los Ramones y las Ramonas ahora miraban al macho como esperando instrucciones. Él me taladraba con sus ojitos negros negros como capulines, como si supiera algo. Pinches ratas culeras, por eso dan miedo, debía preguntar con mucho sigilo: Y los Ramones y las Ramonas que trascendieron ayer, ¿se murieron por comerse a la vieja que dejaron los humanos? LOS HUMANOS BLANCOS, NOS QUIEREN BLANCAS, NOS HACEN DE ESPUMAS, NOS HACEN DE NACAR, ¡OH, LOS HUMANOS! Otra vez el grito del coro. Dale con la chingada letanía, aunque sí, todos los pinches clones ramoniles eran blanquitos, bien chistosos, pero eso de que no se podía mentar a los humanos porque comenzaban con sus recitaciones macabras comenzaba a ponerme de malas.

Pero a la rata mamona como que le valían las exclamaciones de las güeras y me respondió con cara siniestra: Así fue, tlacuache, contestó. También uno de los tuyos estaba aquí y comió de la mujer. Es por eso que has venido a nuestro Bordo. ¿Tienen algo qué ver ustedes, tlacuaches, con el polvo blanco dentro de la mujer? ¿Sabes algo del tlacuache que nos visita? ¡No mames, carnal! Centenares de ojos de ratas me miraban. Centenares de orejas de ratas esperaban mi respuesta. Pero era el par de ojillos negros el que me daba escalofríos: una palabra equivocada y hasta aquí llegaba mi vida tlacuacha. ¿A poco creían estas ratas pendejas que nosotros habíamos puesto veneno en su comida? Me había metido en una trampa. ¡Responde, tlacuache! ¿Conoces al que viene al Bordo?, volvió a preguntar. ¿Qué le iba que contestar? La verdad y nada más que la verdad: Pus sí que lo conozco al pinche Pancho, cómo no lo voy a conocer si es mi carnal, mi compa, mi mero valedor, quiero decir, que es de mi familia, de mi clan, de mi raza, y por eso estoy aquí, para saber qué le pasó al pinche Pancho.

  1. Ratsi

Por primera vez la rata me miró con sorpresa y no con desconfianza, como que se arrugó. No era la respuesta que esperaba. Los Ramones —y las Ramonas también— dejaron escapar un vago murmullo de desconcierto concertado: ¿Qué le pasó al tlacuache? Tanto interés por el pinche Pancho me sorprendió: ¿de veras lo querrían bien las ratas? Quién habría pensado que era posible tanto aprecio entre roedores y un marsupial. Hasta pena me daba tener que decirles que al Pancho ya lo había pateado el viene-viene, pero ni modo, había que decirlo: La neta, si he venido hasta el Bordo es porque esperaba que ustedes me pudieran explicar lo que le pasó al Pancho. Es que él también reventó ayer, o sea, que ya no está con nosotros, quiero decir que… se murió, qué le vamos a hacer, que ya no vive, que se acabó el pinche Pancho. Entonces, dijo nervioso el macho, entonces la información de Tlalpan era correcta, el tlacuache muerto fue… fue… Apretó los dientes, le temblaron los bigotes y antes de que pudiera seguir escuché un grito desgarrador: ¡Ay, no! ¡Ay, no! ¡NO-NO-NO-NO! ¡No puede ser! ¡No! ¡Franky! ¡Mi Frankyyyyyy! ¡POR FAVOR, NOOOOO!

El muro de Ramones y Ramo­nas se abrió en silencio y dejó pasar a la que gritaba tanto, y que era… no mames: era la rata más bella, la rata más hembra, la rata más sexy que había visto en mi vida, era un ejemplar de rata que te hacía olvidar a las tlacuachas más apetitosas, te hacía olvidar todas sus trece tetas una por una, porque esta rata era más que rata, qué cuerpazo, era todo un forro, un manjar, un agasajo, era una alteza de rata, era una ratesa de primera, era la reina de las ratesas, la ratesa por excelencia… y seguía gritando ¡NOOOOO! ¡Mi Franky no está muerto!, ¡Dime que no! ¡NOOOOO! ¡NOOOOOOOO!

¡Ah chingaos! No, les dije, debe ser otro tlacuache porque el Pancho no se llamaba Franki, se llamaba Pancho. ¿Pos cuántos tlacuaches vienen a ver aquí a la mamasotota, cosita rica, bizcochito ratononoón? Ratsi, nuestra reina, llora por tu amigo, tlacuache, me explicó el joven macho. Aquí lo conocimos como Franky, o Frank. Él y nuestra reina… ¡Nooo! No lo podía creer. ¡Pinche Pancho hijo de la rechingadísima! ¡¿Se estaba cogiendo tooodo este bizcocho?! ¡Así que éste era el secreto! ¡Por eso ponía los ojitos en blanco y por eso no pelaba ni a las primas de Tepepan! Que sí están buenas, pero nada que ver con esta tal Ratsi; no podía dejar de mirarla, ¡qué pedazo de rata! ¡Qué rabo, qué bigotes, qué tetas, qué garras! ¡Qué, qué…! Qué feo me miraba ahora el macho. Ay cabrón, pensé, se me hace que a este pinche roedor no le caemos naditita bien los tlacuaches: Quizás sea mejor que te retires, tlacuache, me sugirió: Nuestra reina no está en condiciones para recibir condolencias de tu especie. Pero la reinita no lo dejó terminar: No, Ratson, dijo la Ratsi. Porfa, déjalo, hermano querido.

Jujuy, lueguito se frunció cuando escuchó eso del «hermano», este pinche ratero rateril estaba enculado con la chiquitota. Ratsi me miraba entre lágrimas. Carajo, qué rata tan maravillosa, ahora comprendía al Pancho. Sorry tlacua, me dijo, es que la noticia me cayó como bomba. Ay, poor baby, mi Frankito precioso. Lo que pasa es que aquí no le llamábamos por su nombre naco, ¿sí me entiendes, tlacua? «Pancho» suena como muy, muy… no sé cómo decirte, o sea como muy regional, ¿sí? Rupestre. En cambio Frank es más cool, más como nosotras las ratas. Sí sabes, ¿no? Las ratas somos otro cosmos. Pero ya no voy a llorar, lo prometo. Ay Frank, mi Frank… sí era súper mega naco, pero no sé, tenía un como don. Algo así como un sexy que me encantaba. ¡Aay, bebé! Ratson, lindo, ¿te llevas a los Ramones y las Ramonas porfa? Necesito platicar con el tlacua, ¿me apoyas con esto? Gracias, eres un sol. En cuanto a ti, tlacuacua, tlacote, tlacuyo o como te llames, acompáñame. Hay algunas cosas que debes saber.

Hubiera seguido a la mamasota adonde me lo pidiera, hubiera subido con ella a la cumbre de los volcanes y me hubiera arrojado al magma hirviendo en el cráter si me lo hubiera pedido esta ratesa indescriptible, esta superhembra de mis sueños, la hubiera acompañado hasta el fin del mundo; y que no debía quedar lejos, a juzgar por el olorcito… pinches ratas jediondas, cómo pueden vivir así. Ay, pero todo se soportaba con la sola vista de Ratsi. ¡Carajo! ¡Estaba aquí para averiguar qué le había pasado al Pancho! ¡Pinche Pancho! ¿Así que te moriste por comer de la misma vieja que las ratas?, ¿y también se habían muerto el montoncito de ratas que dijeron los clones? Pues sí necesitaba saber muchas cosas, y si la ratesa me las podía contar estaba dispuesto a escucharla. ¡Aunque me costara trabajo concentrarme tan cerquita del olor de la Ratsi! Que no era un olor, no, era… un aroma, un sabor, no: un perfume que prometía mil delicias, que embriagaba los sentidos, que obnubilaba la vista y me convertía en un esclavo de sus irresistibles secreciones.

Para este momento los Ramones y las Ramonas habían desaparecido: igualito que aparecieron se esfumaron, bien extraño. El macho con el que había hablado, el tal Ratson, se quedó atrás mirándome con sus ojitos negros. Que si las miradas mataran, hasta ahí hubiera llegado yo. Pinche Ratson, me cae que no podía ocultar que le había caído como patada de mula, pero, ¿por qué? Bueno, sí es verdad que los tlacuaches podemos ser medio mamones con las ratas, no nos llevamos nada bien. No dejan de ser unos pinches roedores comemierda, pero casi nunca matamos ratas ni nos las comemos… la neta es que nos dan asquito. A menos que sean ratitas bebés, ¡huy, ésas son bien sabrosas! Todavía no se contaminan de la mierda en la que viven las ratas adultas. No, no nos comemos a las ratas, nomás las matamos de vez en cuando. ¡Pero que no mamen, a veces ellas se agandallan a un tlacuache y también se lo enfrían! Sin embargo, eso no me explicaba la tirria del tal Ratson, así habían sido las relaciones entre tlacuaches y ratas desde que esas advenedizas habían llegado a esta tierra. Ellas llegaron en los barcotes más allá de los volcanes, o al menos eso decía el tío de la UNAM: según el libro sagrado nosotros los tlacuaches sí somos de aquí. Tenemos raigambre, por eso vivimos en los árboles. En cambio las pinches ratas viven en lugares como éste, en la basura, todas hechas bola. ¡Y encima de todo los humanos se ponían a fabricar más pinches ratas! Eso sí que estaba de la chingada.

Bah, ya tendría tiempo de arreglar cuentas con la rata Ratson. Mientras reflexionaba sobre todo esto había seguido, como en un trance, al bizcocho. Me llevó por debajo de la basura. ¡Puta madre! ¡Nunca había visto tanto desperdicio junto!, y sentía miles de ojitos sobre mi lomo. No podía ver a ningún pinche roedor, era el peso de sus ojitos lo que me ponía los pelos de punta. ¡Menos mal que los tlacuaches somos animales nocturnos y vemos perfectamente bien en la oscuridad!, porque parecía que me llevaban al mismo centro de la tierra. ¡A poco las pinches ratas rateras habían secuestrado el Árbol Sagrado de los tlacuaches! O peor, ¿a poco se creían que nosotros habíamos orquestado la muerte de sus hermanas? ¡Ay cabrón! ¡Me estaba metiendo solito en la trampa y ni cuenta me había dado! La ratesa seguro era el señuelo y yo bien caliente ni me las olí… nomás la olí a la reinita y ya me estaba metiendo hasta el culo en su agujero.

  1. La raza cósmica

La Ratsi se detuvo a la entrada de una cuevita, justo antes de cruzar un como arroyo. No era un arroyo pues éstos llevan agua, en cambio éste llevaba un líquido apestoso y turbio que escurría de la basura. Se volvió y fijó sus ojitos en los míos. Levantó la pata delantera derecha: pensé que era la señal para que un chingo de roedores cayeran sobre mí, sin embargo lo único que cayó fue el silencio. A lo lejos oía un murmullo que venía de la cuevita. ¿Dónde carajos estaba? ¿Qué me iban a hacer las pinches ratas rateras?

Tlacoyo, me dijo la Ratsi de mis sueños, estoy segura de que en tu cabecita loca te has imaginado cualquier cantidad de barbaridades. Ay, ustedes son todos iguales, los tlacus: quita esa cara, no te voy a comer, querido, me daría escrúpulo comerme a un amigo de mi Franky. Es necesario que hablemos sobre la muerte de mis queridísimas ratas, mis Ramonas y Ramones… y claro, ahora sabemos que también de… de… uuy. De Frank, tu amigo tlacuacua.

¡Qué manía de llamar Frank al Pancho! ¡Y de decir tlacoyo, tlacu, tlacuacua y otras pendejadas! Pero a una hembra tan buenota como la Ratsi le perdonaba hasta la mala lengua siempre que me dejara escuchar el suave murmullo de su voz, beber las palabras de sus labios, perderme en la profundidad de sus ojos… Con razón iba el Pancho al Bordo cada vez que podía, dizque a comer: ¡qué bomboncito lo esperaba entre los montones de basura, qué delicia ocultaban los desperdicios! ¿Qué importaba que lo llamara Franky la mamacita sabrosísima? Por mí que me llamara Franky a mí también, o Billy o Willy o hasta Kevin o Ronald o Jaison, los nombres más nacos me llenarían de orgullo si me los diera la ratesa de mis sueños.

Debes saber, continuó la Ratsi, que Frank fue un tlacuache amigo de las ratas, mejor aún: fue mi amigo y, sin saberlo bien, el vehículo para el avance más es-pec-ta-cu-lar en el reino animal desde la creación de las Ramonas y de los Ramones. Por eso era necesario saber si el veneno también lo había matado, si fue él a quien pateó el humano como has venido a confirmar. ¡No pongas esa cara, tlacua! Obvio no hubieras llegado vivo hasta aquí si nosotras las ratas no lo hubiéramos querido. ¿O de verdad crees que la ardilla loca se olvidó de la mordida que le diste, allá en los Viveros? Qué ternura, ¡de verdad creíste burlar a las ardillas! Siento decírtelo, tlacuache, pero mientras tú te llenabas esa tremenda barrigota en el restaurante y esperabas nuestro transporte humano, nosotras negociamos tu vida con las ardillas. Sí. Una embajada de ratas contuvo a esas peludas; con sus hermosas colas y sus pieles suaves…, dejó escapar un suspiro, esas ardillas son una verdadera mafia. Mordiste a una, pero la venganza la cobran todas. Al final son primas lejanas nuestras y entre nosotras es la ley: si atacas a un roedor, nos atacas a todos los roedores.

Algo había cambiado en la ratesa. Por momentos perdía la pose de hembra dispuesta al chaca-chaca y se transformaba en un ser siniestro, de una voz profunda y una mirada que daba escalofríos. Peor que el Ratson ése. Me habían seguido en los Viveros, qué tal, pinches ratas escurridizas. Ya decía yo que me habían dejado entrar al Bordo muy tranquilamente, pero ellas estaban tan deseosas de respuestas como yo… y por lo visto hambrientas de venganza. No como yo, que de pendejo me había metido en este cuete, lo mío era una promesa tlacuacha y ésas son sagradas. No, lo que veía en el fondo de los ojitos del bombón asesino era algo peor, una furia bien chingona. Tenía que aprovechar esto para obtener información e irme lo antes posible, pero, ¿cómo apresurar a la Ratsi sin que descargara en mí su coraje? Estaba cabrón.

Siguió hablando la Ratsi con esa voz que me hacía soñar: No quiero cobrar venganza sólo por la muerte de las Ramonas, no. Ellas se reproducen y cubren las bajas rápidamente. Creen que sus hermanas han trascendido a otro nivel de existencia, las pobres. Son ingenuas como casi todos los animales, a veces hasta parecen humanos. ¿Sabes que los humanos, tlacuache, adoran a las ratas? Hacen efigies de nosotras, las hemos visto aquí, en las cajas donde ponen provisiones para sus crías: tienen imágenes donde ponen sus deseos, seres en dos patas, como ellos, con cola y orejas como ratas. Por eso fabrican Ramones, buscan una raza superior y quieren emparentar con nosotras. Estúpidos. Creen que con sus túnicas blancas y sus guantes parecerán ratas, pero no. Ay, lo único que logran es mantener contentas a mis hermanas y a mis hijas. Ellas, el resto de las ratas, piensan que los humanos lo son todo pero yo tengo mis dudas. Mis Ramonas y Ramones serán vengados, sí. Pero sobre todo busco la venganza por Frank, tu amigo. Ahora conocerás, tlacuache, el gran secreto de las ratas del Bordo, el gran salto al futuro: ¡la raza cósmica!

Puta madre, parecía que la pinche ratesa tenía de loca lo mismo que de buena. ¿Cómo que «raza cósmica», a qué chingados se refería? Jijos, de haber sabido entonces… pero en ese momento temía por mi vida y le seguí la corriente. Con un gesto de su cola —¡qué cola! — me indicó que la siguiera mientras bajaba a la cuevita. Apenas había entrado en la gruta, se puso a chillar como enajenada: ¡La raza cósmica, la raza cósmica! Su hocico cambió de color, sus pelos se erizaron, su boca expulsó un largo bufido, y después de un momento de total rigidez parecía que estaba creciendo, haciéndose cada vez más grande en la penumbra de la caverna. Ya no me hablaba con la voz de una rata mortal; como poseída por el espíritu de sus antepasados, gritó:

—Ésta es la verdadera razón por la que permití la amistad de Frank con mis hermanas. Es por esto que busco la venganza, para el padre de estos hijos míos. ¡Mira, mira la verdadera evolución! ¡La raza cósmica!

Me quedé pendejo. Si no lo hubiera visto no lo creería, carnal. Estaba rodeado por pequeñas criaturas, unas más pequeñas, otras más desarrolladas, con rasgos de rata pero también de tlacuache. No mames, el pinche Pancho no sólo se había cogido a la ratesa, ¡había sido padre! La descendencia del Pancho eran… ¿ratacuaches?, ¿tlacuarratas? ¿Cómo llamar a estas ¡ratas marsupiales!? ¡Animales capaces de vivir bajo tierra y en los árboles al mismo tiempo! El cielo y la tierra unidos en un, en un… ¡carajo!, en un tlacuarratacuache.

A la ratesa ya no había quien la reconociera, ni menos quien la hiciera callar. Tenía la mirada perdida, los ojos entornados, el cuerpo rígido, y hablaba como en un trance, con voz rápida pero solemne, y como si recitara frases que otro le inspiraba, como una letanía aprendida de memoria brotaron las palabras de su boca:

Es hora que sepas, tlacuache, la historia y el futuro de nuestra especie, y también de la tuya. Dicen las ratas sabias más autorizadas que somos los habitantes más antiguos del mundo, pues al principio era el caos hasta que Ratarsa, la rata cósmica, parió la primera camada de ratas. Esta raza primigenia, que hemos convenido en llamar amarilla por el color de su hocico, prosperó y decayó en la lejana China. Después de un extraordinario florecimiento, tras cumplir su ciclo, cumplida su misión particular, entró en silencio y la civilización ratuna se trasladó a otros sitios y cambió de estirpes: deslumbró en Egipto, se ensanchó en la India y en Grecia injertando en razas nuevas: las negras de Asia, las rojas de África y las pardas de Europa. Éstas últimas se han convertido en invasoras del mundo y se han creído llamadas a predominar lo mismo que lo creyeron las razas anteriores, cada una en la época de su poderío. Es claro que el predominio de las ratas pardas será también temporal, pero su misión es diferente de la de sus predecesoras: su misión es servir de puente. Las ratas pardas han puesto el mundo en situación de que todos los tipos y todas las culturas ratunas puedan fundirse. La civilización conquistada por las pardas, organizada por nuestra época, ha puesto las bases materiales y morales para la unión de todas las ratas en una quinta raza universal, fruto de las anteriores y superación de todo lo pasado. En la Historia no hay retornos, porque toda ella es transformación y novedad. Ninguna raza vuelve; cada una plantea su misión, la cumple y se va. Los días de las ratas puras, las vencedoras de hoy, están ya contados como lo estuvieron los de sus antecesoras: las amarillas, las negras, las rojas y las pardas. A lo largo de miles de años, las ratas, sin saberlo, han puesto, ellas mismas, las bases de un periodo nuevo, el periodo de la fusión y la mezcla de todas las ratas con la especie que hemos buscado desde el origen de los tiempos. Durante siglos pensábamos que la quinta raza era la de las ratas blancas, creada por los humanos en sus laboratorios, hasta que por fin, gracias a Franky, comprendimos nuestro error. Pues es aquí en América donde ha de crearse la quinta raza, la verdadera raza cósmica, mezclándose las ratas venidas de Asia, de Australia, de África y de Europa, con los marsupiales aborígenes de las Indias, los tlacuaches. No hay otro camino que el ya desbrozado de la civilización ratuna. También los tlacuaches tendrán que deponer su orgullo y buscarán progreso y redención en el mestizaje con las ratas, y se confundirán y se perfeccionarán en una variedad superior de las dos especies, en la nueva y definitiva raza de ratas y tlacuaches, de ratacuaches: la raza cósmica que dominará el universo.

La reinita estaba completamente fuera de sí, bien loca, miraba a las criaturas con un orgullo que daba miedo. Creo que en su éxtasis se le olvidó que ahí estaba yo, así que intenté hablar con uno de los Panchitos que ya se veía más grandecito: «Oye, ¿y sí de veras el Pancho era tu jefecito?». Varios me rodearon con curiosidad, una curiosidad muy tlacuacha, he de decirlo: «qpdo?», «Kien eres?», «T parces l otro, #BFF LOL» Y todos repitieron «#ParecesUnTlacuache», «#HagoComoTlacua #TodosConFranky #RazaCósmica LOL». Qué mala suerte, pensé, los hijitos del Pancho nacieron cuchitos del cerebro, pobrecitos. ¡Qué raza cósmica ni qué nada! Todo ese rollo de las razas ratunas y los mestizos y esas mamadas de la Ratsi, para encontrarme con estas criaturas que no saben hablar. Ha de ser herencia de las ratas rateras, aunque no tienen un pelo de pendejas uno no puede confiar en quienes no guardan su línea genealógica como nosotros, los tlacuaches. ¡Y todavía quiere que nos mezclemos! Ni hablar…

Es un lenguaje sólo de ellos, tlacua, dijo la ratesa que entretanto había vuelto de su viaje al más allá. No intentes comprenderlo, querido, no te traje aquí para eso. Pensé que querrías conocer a los hijos de Frank, o de «Pancho» como tú le dices, pero dudo que tu cerebrito de marsupial trepador llegue a entender jamás el lenguaje de mis hijas, las ratacuaches… Y ahora, ven conmigo, salgamos con el resto de mis hermanas. ¡Qué tal con la Ratsi! ¡Volvía a ser la reina de las ratas y no el agujero de maldad de hace unos momentos! Jijos, méndigas ratas ladinas y orates. Pero ya volvería a esta cueva, ¡no iba a dejar solos a mis sobrinitos, los Panchitos! No importa que hubieran nacido tontitos, igual el Pancho nunca fue muy brillante que digamos. Seguro ni cuenta se dio de que la ratesa había tenido varias camadas, ¡al pinche Pancho nomás lo guiaban la calentura y la tragadera! Raza cósmica mis güevos, nomás que cumpliera mi promesa volvería por los tlacuachitos… mejor dicho, por los tlacuarratitos.

Por fin alcanzamos la salida de esa montaña de basura, ¡falso marsupio gigante y jediondo! Afuera hasta el aire fétido del Bordo parecía fresquito comparado con el calor y el encierro de la ratsicueva. Ahí nos esperaba el Ratson con cara de pocos amigos. No, pos ahora me explicaba muchas cosas, este güey estaba enculado con la Ratsi y la Ratsi hasta cachorritos tenía con el Pancho, y no mediante tubitos de vidrio, no: bien cogida que se tenía a la ratesa, pare y pare tlacuarratas. Con razón el Ratson no nos quería a los tlacuaches. Y tenía razón, a nadie le gusta que se coman las frutas de su árbol ni que fecunden a sus hembras: el árbol y el linaje son lo más importante para un marsupial, chance y lo mismo funcionaba para los roedores. Hasta me cayó bien el güey, nomás defendía lo que consideraba suyo, y que el pinche Pancho le había quitado. En todo esto pensaba cuando nos reunimos los tres bajo la luz de la luna, al amparo de una caja perenne, la basura indestructible de los humanos.

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