1. Transportes públicos

Tremendo madrazo me di contra el techo del microbús. Reboté un par de veces dando vueltas en el aire, pero antes de caer a la calle logré agarrarme con las patas delanteras a unas ranuras y así me salvé de morir aplastado por el tráiler que seguía al micro como macho en celo, como que quería montárselo y contribuir a la procreación de su ya abundante especie. No mames, ¿qué hijos nacerán de tal apareamiento? ¿Vochos? Podría ser, pues, si no, dime, ¿de dónde son?, ¿de dónde son los vochos? ¿Sí o no parecen cachorros de carro?, no me digas que no.

El micro corría entre una manada de coches que se movían todos en la misma dirección, pasando sin mirar a los del otro rebaño que iban en sentido contrario. A cada rato se les juntaban más y más coches que venían de los afluentes mientras otros salían para afuera, algunos para descansar en la banqueta, otros para desaparecer en las calles laterales, y otros para permitirse un trago en un abrevadero de gasolina. Pero parecía que la manada seguía siempre igual de densa y maloliente, pues por cada coche que salía entraba por lo menos otro, dando claxonazos y amenazando con empujar a los demás para que le hicieran lugarcito. Daba vértigo ver tantos coches juntos y a tal velocidad que se me erizaban los pelos mientras las orejas me revoloteaban en el aire. El micro saltaba de un carril a otro como chapulín y rebasaba a los coches más lentos, bramando para intimidarlos como vaca con cólicos. ¡Puta madre!, no manches, nunca había viajado en coche, y la verdad que no era lo mismo verlos pasar desde las ramas de mi árbol que agarrarme del techo y encomendarme a san Juditas porque era mi única esperanza de llegar sano y salvo a mi destino. Ya empezaba a marearme cuando con un enfrenón se detuvo mi montura y se bajaron unos humanos, verdes las caras y temblorosas las piernas, y se subieron otros sin darse cuenta del riesgo que correrían sus vidas.

De nuevo arrancó el micro, pero esta vez no llegó muy lejos pues en el siguiente crucero se había atorado el tráfico. Los humanos más coléricos se mentaban su madre, mientras los otros se resignaban a esperar que se moviera el carro delante de ellos, sólo para avanzar unos pasos y pararse otra vez. Para esto se habían dado tanta prisa, pobres pendejos, para quedarse encerrados en sus jaulas de metal. A lo lejos se veían unos árboles bien bonitos, bien frondosos, que parecían viviendas de lujo para tlacuaches de la alta sociedad. Podría tratarse de la reserva ecológica, me decía, y llegaría más rápido si en vez de esperar que avanzaran los coches avanzaba yo, brincando de uno a otro hasta llegar a la punta del embotellamiento, donde me imaginaba que volvería a fluir el tráfico. Salté al techo de una camioneta gris que rebasaba mi microbús, le ganó una pequeña ventaja, pero en seguida tuvo que detenerse entre dos camiones que le tapaban el carril, por lo que me mudé a un taxi y de allí pasé al coche de una funeraria que no tenía prisa pues para su pasajero igual era tarde para ir adonde fuera. Qué manía tienen los humanos por llevar a pasear a sus muertitos, no hay quien los entienda. Sí o no, carnal, ¿pa‘ qué sirve airearlos si ya se enfriaron? Yo prefiero los funerales de los tlacuaches, son más… no sé cómo decirlo, más apropiados a la situación, más naturales, pues, y también más entrañables, claro: poéticos. Chidos. En fin, el coche de la funeraria también se quedó bloqueado y ya estaba a punto de volver al microbús que mientras se había acercado de nuevo, cuando escuché el í-u-í-u de una patrulla que, seguida por una ambulancia, se abría paso entre aquel titipuchal de coches. No me hice del rogar. De un salto pasé a la ambulancia a la que los demás carros cedían el carril a regañadientes. Gritando í-u-í-u tomamos otra avenida grande, por donde pasa el autobusote rojo, y así conseguí llegar a la reserva. Es un como campo bien amplísimo, con unos edificios cuadrados y de colores muy chingones. Vi a lo lejos uno de los como micros que nos había contado el Pancho y me dije, ahí viene mi transporte. Que me subo a un árbol y que brinco de nuevo al techo. Sí me di un putazo fuerte, pero con tantas vueltas que dio el camioncito se me olvidó. Por fin, llegué lo suficientemente cerca de la estación de la Universidad para poder abandonar mi medio de transporte y correr por el césped de la UNAM hacia el metro. Ora, ¿cómo tomar el metro sin llamar la atención de los humanos? Porque conozco de memoria sus prejuicios contra mi noble especie. Nos desprecian por comernos sus desperdicios. Los muy cabrones prefieren la compañía de gatos y perros, que son unos lambiscones hijos de su rejija.

Escondido entre las ramas de un matorral observaba la estación, que era todo un hormiguero, qué digo: un huma­nero. No había contado con el chinguero de humanos que entraban y salían sin cesar. No vi manera de pasar inadvertido, y no te hablo del peligro de recibir una que otra patada entre tantas piernas o de que alguien me pisara la cola, que ya la tengo pelada, no hace falta que me la jodan más. Pinches humanos, ¿para qué se mueven tanto de un sitio a otro? No son muy territoriales que digamos, la neta, y eso que no viven en los árboles sino que tienen sus madrigueras de concreto, bien calientitas y llenas de cosas ricas de comer, sus guaridas en donde se encierran de noche y no nos dejan entrar, los méndigos, pero de día no hay quien los pare, siempre corriendo, siempre moviéndose, siempre viajando de un sitio a otro, ve tú a saber para qué.

El primer problema por resolver era llegar hasta la entrada del metro. No había muchas posibilidades de esconderme. Entonces, que veo una hembra humana empujando un carrito lleno de almohadas y sábanas. Parecía dirigirse hacia la estación. Podría funcionar, me dije: si lograba meterme en el carrito, podría tal vez acercarme a las escaleras del metro sin llamar la atención. Entonces, que se detiene un ratito para ver unas mercancías que vendía un ambulante. Aproveché la oportunidad y me trepé. ¡Carajo, había un escuincle dentro! Claro, debí haberlo previsto: como los humanos no son marsupiales tienen que ingeniárselas para pasearse con sus cachorros. Así que les ponen ruedas. Me miró re-feo el chavito. Pus allá él, no me impresionó. Pasé encima de su fea cabezota, que ni hocico tenía, y me deslicé entre las sábanas para ocultarme en lo más profundo del carrito. El cachorrito empezó a gemir y moverse de un lado a otro, y como no le hice caso, se puso a patearme. ¡No lo hubiera hecho!, que le pego una mordida en un pie para enseñarle al malcriado a cómo se debe tratar a los huéspedes. ¡Y que empieza a berrear el cabrón escuincle! Haz de cuenta que lo estaban desollando vivo al infame. No había sido para tanto. Si nomás le había mordido un poquito, sin tragarme siquiera el trocito de su dedo gordo que se me había quedado entre los dientes. Es que no me gusta a qué saben. La carne de las crías humanas es muy insípida: no como los pollitos y ratoncitos, ésos sí son un manjar muy buenísimo. Pero el enano lloraba y aullaba como saraguato rabioso. Su madrecita se inclinó sobre el carrito para ver qué le pasaba al escuincle: Ay, mi’ijo, ¿ya te cagaste otra vez, canijo? Yo hasta dejé de respirar por miedo de ser descubierto. Lo que me faltaba era toparme con una madre iracunda. Las madres tlacuachas son terribles cuando defienden a sus hijos, y a las humanas me las imaginaba peores aún, con lo grandotas que son. Pero ni color se dio de mi presencia entre las almohadas. Sacó al mamón del cochecito, lo mecía en los brazos y le hacía cuchi-cuchi para tranquilizarlo mientras le olisqueaba el culo, qué asco. Preferí no esperar a enterarme si los mimos surtían efecto y decidí largarme de ahí antes de que descubriera la sangre y lo que quedaba del dedo gordo de su hijito y se le ocurriera hurgar entre las almohadas.

Salí pues del coche-marsupio y corrí a esconderme tras un arbusto, desde donde espiaba la entrada del metro en espera de otro aventón. Un macho humano muy, pero muy gordo, cargado con dos grandes bolsas de mandado, se arrastraba jadeando hacia la estación, deteniéndose cada dos por tres para quitarse el sudor de la cara. Las bolsas estaban lo suficientemente grandes para que cupiera en una de ellas si me hacía pequeñito, y con lo que le pesaban la panza y las bolsas con suerte el gordo no se daría cuenta de que llevaba un tlacuache de polizón. Cuando volvió a poner las bolsas en el suelo para descansar me metí de un salto en la que parecía menos llena y caí en un lecho de frutas, chocolates, pastelitos y otras golosinas. En la gloria, pues. El gordo siguió caminando, jadeando aún más que antes, mientras yo me puse cómodo entre su mandado y empecé a roer unas galletas de avena con pasas que eran una delicia. Subimos unas escaleras, él resollando y yo masticando, y pasamos por un puente y bajamos a una plataforma donde una muchedumbre impaciente esperaba el metro. El tren entró en la estación con un largo bufido. ¡No sabes, güey! ¡Qué emoción! Estaba a punto de tomar el metro por primera vez en mi vida y además me comía las mejores galletas del mundo. Las puertas se abrieron y la marabunta humana se echó dentro, empujándose y apretándose. Mi gordo llevaba ventaja pues con su masa aplastaba a sus más flacos congéneres y fácilmente conquistó un asiento en que posó el nalgatorio con un resoplido aliviado, dejando caer las bolsas a ambos lados de sus piernas. ¡Qué piernotas! Dos troncos de árbol, con zapatos en vez de raíces.

Quedarme en la bolsa me parecía demasiado arriesgado pues no creía que el gordo aguantara mucho tiempo sin empezar a comerse sus provisiones. Así que me salí, despacito, y me acurruqué quedito debajo del asiento, tras los pantalones del gordo que, la neta, olían cabrón a grasa derretida y tortilla rancia. Sí me daba asco, pero era lo que mejor me ocultaba a las miradas de los pasajeros. Desde allí se veía un denso bosque de piernas humanas, unas sentadas, otras de pie, y algunas pocas en movimiento, que correspondían a cuerpos que no alcanzaba a ver. Había un chingomadral de piernas en el metro. En cada estación cambiaba esa selva de patas, unas salían, otras entraban, pero nunca faltaba un par de piernas que caminaba por el vagón gritando ¡DIEZ PESOS LE VALE! ¡DIEZ PESOS LE CUESTA! y pregonando las bondades de algo que no conseguí a comprender, pero que hacía un ruidero infernal. ¡SE VA A LLEVAR! ¡DIEZ  PESOS LE VALE! ¡BARA BARA DIEZ PESOS! Las cien mejores cumbias del mundo mundial por sólo ¡DIEZ PESOS!, vociferaba el primero, moviendo el culo al ritmo de su letanía y dando ridículos saltitos. Le siguió otro, con una pinche tormenta de estridencias y truenos saliendo de su espalda, que canturreaba: ¡DIEZ  PESOS! ¡DIEZ PESOS! Los grandes éxitos de la música clásica por sólo ¡DIEZ PESOS! Bach, Mozar, Betoven, Guagner, Estraus, Chopán, Debusi, Estravisqui y muchos más. Más de mil conciertos y sinfonías, todo se lo lleva en emepetrés por sólo ¡DIEZ PESOS! Señora, damita, caballero, disfrute con la familia de la mejor música de todos los tiempos, por sólo ¡DIEZ PESOS! No hay manera de entender a los pinches humanos. Eso estaba pensando cuando ya vino otro, éste sin tanto alboroto, pues no hacía más que hablar y hablar y hablar: ¡A DIEZ  PESOS! ¡DIEZ PESITOS! Los clásicos de la filosofía mundial y universal sólo ¡DIEZ PESOS LE VALE! Las obras de Plató, Ristóteles, Gualter, Ruso, Carlos Mars, Federico Niche y muchos más, todo en un cedé que le vale ¡DIEZ PESOS! Para el estudiante, para las tareas, mire señora, damita, caballero, aproveche nuestra oferta promoción especial sólo por hoy: se va llevar los clásicos de la filosofía por sólo ¡DIEZ PESOS! y le regalamos las obras completas de Sócrates en un cedé DIEZ PESOS LE VALE DIEZ PESOS LE CUESTA. Se va llevar, aproveche la oferta promocióóóón: los más famosos de la filosofía en un cedé a ¡DIEZ PESOS! Eso sí me interesaba: ¿no había hablado maravillas de la tal filosofía mi tío de la UNAM? Que allí en la UNAM la estudian los humanos y que gracias a la tal filosofía saben no sé cuántas cosas que los tlacuaches ignoramos por brutos y que por eso ellos se llenan la panza con buena comida y a nosotros nos tocan los restos que tiran a la basura, y claro que quería ver con mis propios ojitos la filosofía esa por sólo ¡DIEZ PESOS! y me asomé entre las piernas del gordo pero no vi más que unos pinches discos metálicos que el gritón traía en las manos. ¿Era ésa toda la filosofía de los méndigos humanos? ¿Unos discos que parecían de lámina y que seguramente no eran comestibles? ¡Chale, qué desilusión! Con las ganas que tenía de comerme una filosofía bien filosa. Me la imaginaba más rica que los chapulines con salsa valentina, más dulce que las alegrías de amaranto con pasas, más jugosa que un mango con chilito. ¡Qué hambre tenía yo de filosofía!

Me asomé un poco más para husmear por lo menos el olor. ¡Una rata!, gritó de repente una vieja y saltó de su asiento, agitando los brazos histéricamente: ¡Una rata! ¡Allí!, ¡Una rata! Los demás humanos también se pusieron todos nerviosos, muchos se levantaron y miraron debajo de los asientos. También mi gordo dio un brinco como si le hubieran puesto cuetes en el culo. Yo no veía ninguna rata y ni siquiera olía mucho a rata en el metro, de seguro me habría dado cuenta con lo feo que huelen, pinches ratas pestilentes, que andaba alguna cabrona por ahí. ¿Qué rata veía la ruca? ¡Allí está! ¡Allí! ¡Mátenla! Me esforcé por descubrir a la rata, pero nomás no la vi. ¿La habría soñado la vieja loca? Los otros humanos también empezaron a gritar ¡Una rata! ¡Una rata! y a empujarse por el vagón en un tumulto sin pies ni cabeza. No lo podía creer, tanto escándalo por una pinche rata. Así miraba yo perplejo a los humanos apachurarse y gritar y gesticular cuando interrumpió mis meditaciones un patadón que me metió un energúmeno que había estado sentado enfrente y que debe de habérseme acercado sin que me fijara, clavado en el espectáculo de la ratifobia humana. La patada me sacó dolorosamente de mi estupor y también de mi escondite, y lo último fue fatal, pues cuando me vieron en el centro del vagón, sin protección ni camuflaje, todas las hembras humanas gritaron al unísono: ¡Iiiiiiiiiii! ¡Una rata!

Por fin comprendí: ¡La rata era yo! ¡Qué barbaridad! ¡Qué incultura! ¿Cómo pueden confundir a un tlacuache con una pinche rata? Nunca me habían insultado tanto. Que nos llamen zorros o comadrejas, pasa, pero ¡rata! ¿Para qué mandan a sus escuincles a la escuela si no les enseñan lo más elemental: la diferencia entre un marsupial y un roedor? ¿Y cómo no veían que yo era un marsupial? Los roedores tienen dientes para roer y los marsupiales un marsupio para meter a los críos, tan fácil es, y yo, evidentemente… ¡no tenía marsupio! No había pensado en eso: si el rasgo que nos identifica y caracteriza como marsupiales sólo lo tienen las hembras, ¿cómo los iba a convencer yo, un macho, que era un marsupial a pesar de carecer de marsupio? Claro que hay otras diferencias, por ejemplo… Pero ni tiempo tenía para intentar una expli­cación pues ya me llovían golpes y patadas y pisotones y un chorro de objetos que me aventaban y ya corría yo en zig-zag entre las piernas que trataban de pisarme, machacarme, golpearme y matarme, y no había salida, el vagón era una trampa a puerta cerrada, cerrada de todos lados y llena de humanos sanguinarios que querían mi pellejo. Eran tantos los que me perseguían y ahora que me habían descu­bierto ya no me dejarían ocultarme, pues se les había despertado el instinto asesino y sin duda me habrían linchado allí mismo si no me hubiera acordado de una vieja astucia tlacuachil: me detuve en seco como fulminado por un rayo, di unas vueltas sobre mi eje y me dejé caer haciéndome el muerto. Mis persegui­dores se quedaron un momento paralizados, mirándome boquiabiertos, justo cuando el metro llegó a la estación. Las puertas se abrieron y antes de que pudieran comprender qué estaba pasando resucité y me lancé al andén y de allí huí a toda velocidad por los túneles, pasando entre pies y saltando sobre maletas y valiéndome madres los gritos e insultos y chillidos de los humanos: yo corría por mi vida, subiendo las escaleras con el corazón a punto de reventar y sin detenerme hasta que me encontré al aire libre, subido al primer árbol con que me topé al salir a la calle y jadeando exhausto y horrorizado de lo peligroso que es usar los transportes públicos en esta ciudad.

  1. Cacahuates

¿Dónde diablos estaba? En mi loca carrera había perdido la orientación, ni siquiera me había fijado cuál era la estación en que huí del metro. De un lado se veía una calle con un chingo de coches y humanos de mirada perdida que corrían como hormigas, o sea, nada para ubicarse, pues así es en casi todas las calles de esta ciudad. Del otro lado, atrás de una bardita, había un titipuchal de árboles, y a uno de éstos me había trepado yo, justo el que estaba más cerca de la banqueta. Una vez más me encontraba, pues, en las ramas de un árbol mirando el tráfico y preguntándome cómo saldría de esta chingadera. Y todo por culpa del pinche Pancho. Si me hubiera expli­cado mejor las cosas habría sabido cómo viajar en el metro sin arriesgarme a ser destazado por una horda de humanos. No me vayas a decir que para tomar el metro también el pinche Pancho se metía de polizón en bolsas de compras y en cochecitos de escuincles gritones. Seguro que no, ése sin duda tenía un truco. Pero no me lo contó, el méndigo, y ahora, ¿cómo haría para llegar al Bordo? Iba a estar cabroncísimo si ni siquiera sabía dónde me encontraba. ¿Volver al metro? No podía estar lejos, pero no, ¡ni hablar! No me metería otra vez entre las bestias humanas. Y la idea de abandonar la búsqueda sin haber hablado con las ratas del Bordo tampoco me gustaba. Cuestión de orgullo. Qué quieres, mano, los tlacuaches somos así, si algo se nos ha metido en la cabeza, no descansamos hasta llegar a la meta… o hasta cambiar de idea a fuerza de madrazos.

Este árbol es nuestro, dijo una voz. ¿Qué? ¿Que el árbol es nuestro? Pues claro que es nuestro, ¿de quién va a ser?, pre­gunté desconcertado sin saber a quién. No, lo que digo es que este árbol es nuestro, repitió la voz; es decir, que tuyo no es y que aquí no te puedes quedar, que eres un intruso no autorizado. ¿Y eso? Y eso significa que estás cometiendo un delito, dijo una ardilla que asomó brevemente la cabeza de detrás del tronco. ¿Un delito?, dije hacia donde acababa de desaparecer la jeta del roedor. Sí, un delito gravísimo, contestó, ahora desde el otro lado, la ardilla: una invasión ilegal de propiedad privada, una infracción, una transgresión, una ocupación. Creía alucinar: ¿Qué los árboles no son de todos?, le espeté a la ardilla majadera. Nel, respondió desde una rama superior: este árbol es exclusivamente nuestro, y también lo son todos los demás árboles de los Viveros. ¿Los Viveros? ¿Y eso qué es?, pregunté mirando hacia arriba, sin ver a la ardilla. Es aquí, el lugar donde te encuentras, dijo la voz desde abajo. Los Viveros: coto privado de las ardillas de Coyoacán, o sea, de nosotros. Aquí no toleramos a otros mamíferos, excepto a los humanos. ¡Jaja, las ardillas tolerando a los humanos! Sí, claro, ¿no serán ellos los que les toleran a ustedes, pinches mamonas? No nos pinchees, tlacuache, y para que te lo sepas: hasta tributo nos pagan, dijo la ardilla defendiendo su ingenua concepción de la jerarquía en el reino animal. ¿Tributo? ¿Qué tributo van a pagar los humanos a unas pinches ardillas? Cacahuates, tlacuache, nos dan todos los cacahuates que les pedimos. ¡Cacahuates! ¡Qué risa! No son ustedes más que unos limosneros sin dignidad, unos vendidos, traidores de su naturaleza, capaces de todo por un puñito de cacahuates. En cambio nosotros, los tlacuaches, no les pedimos nada a los pinches humanos: nos lo tomamos. ¡Ladrones! ¡Son ustedes unos ladrones!, se indignó la ardilla. Ladrona tu puta madre, los cacahuates son de quien se los come y hay que ser un soberano pendejo para pedir lo que de derecho le pertenece a uno. Y los árboles son de quien se sube a ellos y no de una bola de ardillas pendejas. ¿Por qué les dan los cacahuates, eh, a ver? Porque les gusta verles sus caras de mensos, ¿sí o no? Porque les encanta sentirse superiores. Y porque les valen verga los cacahuates, les sobran caca­huates y se los dan porque ellos comen cosas mejores. ¿Y sabes por qué? Porque han estudiado la filosofía en el metro por ¡DIEZ PESOS! y se saben todo Rístoteles y Mars y hasta Ruso y no se contentan con unos pinches cacahuates. Oye, tú, orate, dijo la ardilla, ¿es posible, jijijijijijí, que estés un poco un poco un poco mal de la cabeza? No me insultes, pinche roedor, o te vas de aquí sin cola, lo amenacé mostrando mis cincuenta dientes afilados. ¿Y qué, jijijijijí, vas a hacer con mi cola, marsu-marsu-marsupial? Te la muerdo, pinche ardilla. Pero, jijijijijijí, antes demor- demor- de mordérmela tendrías que atraparme, tlacuache. Me eché sobre la ardilla, pero ya no estaba donde acababa de verla. Jijijijijí, atrápame, atrápame, atrápame, me gritó desde el árbol vecino. Corrí hacia el extremo de la rama y salté, y por nada me caigo y me rompo la crisma si no me hubiera agarrado al tronco. Atrápame, atrápame, me gritó desde lo más alto. Subí rabio­so, pero no encontré a la pinche ardilla. Atrápame, atra atrápame, me gritó desde el césped. ¿Cómo hacía para subir y bajar tan rápido? Bajé como un rayo: ya la vi trepar otro tronco. Subí tras ella cuando de repente algo duro chocó contra mi cabeza. Sentí otro golpe. Y otro. ¡¿Qué diablos…?! ¿No te gustan las avellanas, jijijijijí?, me gritó la ardilla tirándome nueces, ¿quizás prefieres cacahuates? Y me cayó encima una tormenta de cacahuates que me aventaba la pinche ardilla desde su escondite en el follaje.

No podía más que rendirme a la evidencia: la canija ardilla era mucho más rápida que yo. Atrápame, atrá­pame, jijijí, me seguía provocando, pero no había manera de alcanzarla. Enton­ces hice lo que los tlacuaches hacemos en situaciones sin salida: me paré en seco y me dejé caer haciéndome el muerto. No era muy original, lo admito, pero poco antes en el metro me había dado muy buen resultado. Valía la pena probar suerte otra vez. La ardilla tardó un rato en comprender: Atrápame, atrá­pame, siguió gritando corriendo de un árbol a otro, mientras yo, tirado panza arriba en la hierba, fingía no darme cuenta de nada. ¿Qué te pasa, tlacuache-che-che-te? ¿Ya te cansastes? Jijijí, ¡qué poco aguantas, tlacua tlacua tlacuachote! Yo sin mover­me, rígido y con la lengua fuera. La ardilla bajó de su árbol y se acercó unos pasos, quedándose a una prudente distancia. Me aventó un par de cacahuates, pero no reaccioné. Oye tú, jijijí, ¿no te habrás muerto? ¿Ya reventastes, jijijí? No contesté. La ardilla se acercó aún más. ¿Eh, tlacuache, vives o ya te moristes? Yo ni respiré. Se murió el tlacuache, jijijí, el tlacuache se acabó, se acabó, se acabó, canturreó la pinche ardilla, bien contenta de verme fiambre, y empezó a bailar en torno a mi presunto cadáver, refre­gándome su tupida cola por el hocico. Esto es lo que había estado esperando: agarré su cola con ambas patas delanteras y le hinqué mis dientes con toda la fuerza. ¡Ayyyyyyy!, lloró la ardilla, ¡ayyyyyyy, que me coge! ¡Ayyyyyyy, que me agarra! ¡que me coge el tlacuache por detrás!, se lamentó refugiándose entre las ramas de un pino. Para que aprendas a respetar a los tlacuaches, pinche roedor de mierda, le grité escupiendo pelos, y que te metan tus cacahuates por el culo, ¡puto! ¡Tramposo!, me contestó con voz lastimera, ¡asesino comecolas!

Allí no me podía quedar, pues sin duda pronto la ardilla volvería con sus hermanos, primos, sobrinos y demás parentela para vengar la afrenta, y aunque son chaparritas, si las ardillas me atacaban en bola lo pasaría negro. Me comí unos cacahuates mientras reflexionaba. Uta madre, qué ricos cacahuates. Casi casi me daban envidia las ardillas que todos los días se llenaban la panza con tan deliciosos cacahuates. Y ni trabajo les cuesta a las muy lambisconas pues se los regalan los humanos por encontrarlas graciosas, pinches roedores aprove­chados. Lo que no se puede negar es que comer caca­huates ayuda a pensar, y así me comí todos los que la ardilla rabimordida había dejado tirados por ahí. Tenía que ir al Bordo y al Bordo va la basura de los humanos, de modo que, si me pegaba a la basura, tarde o temprano terminaría allí. Es lo que debería haber hecho desde el principio, pero como el pinche Pancho dijo que los basureros tardarían una eternidad, había creído que sería más rápido con los transportes públicos. Y a lo mejor lo sea si todo va bien, sin encontro­nazos con los humanos, pero con lo que me pasó en el metro no me daban ganas de volver a acercarme más de lo necesario a los pinches bípedos. Los tlacuaches deberíamos evitar a los humanos siempre que se pueda: verlos a ellos para que no nos sorprendan, y no ser vistos por ellos, que nada bueno resulta cuando nos ven. Había pues que seguir la basura. O sea, ponerme al acecho cerca de unas bolsas negras y esperar que vinieran a recogerlas. Y esto con preferencia fuera de los Viveros porque seguramente ya me estaba buscando el escuadrón de las ardillas justicieras.

Salí de los Viveros, muy a mi pesar, pues me sentía bien entre tantos árboles. Pero tenía una misión que cumplir y no podía demorarme más. Además temía las represalias de las pinches ardillas, claro. Salí pues a la calle y me puse a buscar un buen montón de basura para esperar allí mi aventón. Caminé un rato por el barrio, escondiéndome debajo de carros estacionados, en matorrales donde los había, o apretándome contra los muros para no llamar la atención. Desde un patio salía un tufillo tan apetitoso que no resistí a la tentación de curiosear. Lo que encontré fueron unos botes donde se vertían los restos de un restorán, y como lo suelen hacer, los muy bárbaros humanos habían tirado lo mejorcito: frijoles, jitomates, calabazas, qué te cuento, ramitas de huauzontle, trozos de tortillas con guacamole, tacos medio roídos, unas cabezas de huachinango, hasta bocados de quesadillas, y de huitlacoche, pa’ que te hagas una idea del despilfarro. Tuve que ahuyentar algunas ratas antes de poder disfrutar de tan exquisito festín. Me arrepentí de haberme llenado con cacahuates pues, ni modo, ya no me cabrían todas estas delicias. Pero me comí lo que pude y todavía no me había rendido cuando llegaron los basureros a llevarse los restos del banquete, tirándolo todo a las fauces del camión. Ésta era mi oportunidad, y no la iba a perder. Como me daba miedo terminar en las vísceras del camión me trepé al techo, desde donde tenía una buena vista y estaba fuera del alcance de los ojos de los basureros. Mejor viajar al aire libre que en el vientre del monstruo, me decía. Además, estos camiones son los que se llevan a nuestros muertos cuando los anaranjados les ganan a los cuervos y a los viene-viene. ¡Viajaba en el carro de los muertos! ¡Y qué viaje más largo! De veras parecía que íbamos al más allá. Nunca habría pensado que el DF fuera tan grande. El camión daba vueltas y vueltas por interminables calles tragándose la basura hasta que ya no le cabía nada más, y entonces iba derecho derecho durante una eternidad, calle tras calle y masas de casas y del Bordo ni rastro. El movimiento del coche me mecía suavemente, me arrullaban sus ruidos intestinales y me adormecía el aire caliente que salía de su interior, de modo que pronto me venció el cansancio y me quedé dormido, mientras el carro seguía rumbo a quién sabía dónde. Pinche DF, tan lleno de humanos y tan lejos del Bordo.

  1. Bordo Poniente

Me despertó el olor. La pestilencia, mejor dicho. La fetidez de la podre­dumbre. El hedor de la fermentación. Las miasmas de la putrefacción. No cabía duda, había llegado al borde del mundo: al Bordo. Basura por donde miraba, basura hasta el hori­zonte. Bandadas de garzas blancas revoloteaban sobre un mar de botellas estrelladas, latas y cajas vacías, papeles arrugados, ropa desga­rra­da, tela deshilachada, bolsas rotas, cables cortados, juguetes despedazados, máquinas estropeadas. Algunos humanos hambrientos y haraposos hurgaban entre los desperdicios buscando zapatos usados, sombreros estropeados, panta­lones remendados para vestirse y restos de comida para tragárselos. Qué igno­minia. Qué lugar más asqueroso. Si no lo has visto no eres capaz de imaginár­telo. Porque, te lo juro, lo que verías allí superaría tus peores pesadillas. El Bordo desbordaría tus fantasías más corruptas. Ni un cagadero de pájaros huele peor, ni una cloaca infestada de ratas puede ser más sucia. Sólo los humanos son capaces de crear algo tan repugnante. Porque nosotros no dejamos basura, sólo restos de lo que comemos, cáscaras, huesos, pelos, o nos los tragamos o los cagamos, digeridos o no, pero todo lo que entra por delante y sale por detrás ya estaba antes, o sea, nosotros no fabricamos cosas nuevas, cosas que no encontramos ya hechas. Los humanos sí, ¡y cuántas!, no se cansan de fabricar todo tipo de cosas y materiales que no existirían si ellos no los hicieran y cuyo destino es siempre e inevitablemente la basura. Y eso lo tengo muy claro y está probado y demostrado y no me vas a decir que no tengo razón: sólo los humanos fabrican basura. Creo firmemente que la basura es su esencia, la basura los define, la basura es la meta de todo lo que hacen. Todo lo que tocan, tarde o temprano, lo convierten en basura: la madera de los árboles, las fibras de las plantas, las pieles de los animales, los metales que sacan de la tierra, más aún, todos estos extraños materiales venenosos que se han inventado no se sabe para qué, todo termina como basura, todo lo hacen para tirarlo, todo lo destruyen para desecharlo, y el Bordo es el cementerio de las cosas degeneradas en basura. El Bordo es lo más chingadamente humano que he visto en mi vida.

El coche en que había viajado vertía su contenido al pie de una montaña de desechos que humeaba como un volcán de cosas muertas. Las sobras del restorán ya se habían mezclado con los desechos de varias calles de Coyoacán en el vientre del carro que ahora los vomitaba sobre ese cerro de la basura acumulada durante años. Me bajé del techo y me metí entre los desperdicios para explorar el lugar. Era jodidamente feo y olía peor. Olía a gases venenosos que emanaban del interior de aquel vertedero, olía a las exhalaciones del caño. ¿Cómo pudo gustarle al Pancho semejante muladar? Olía a tierra conta­mi­nada, a excrementos mojados, a carroña devorada por los gusanos. ¡Madres!, ¿cómo no le daba asco comer aquí? Es que uno come también con los ojos, ¿sí o no?, y lo que éstos veían allí era para hacerte un nudo en el estómago y torcerte los intestinos. Y uno come también con la nariz, y, no mames, ese olor era insoportable, de veras. ¿Cómo no perder todo apetito? El aire que respiraba era un vomitivo y la tierra un hervidero de flatu­lencias. El Bordo era el mundo que los humanos habían creado a su imagen y semejanza. Mal pedo. Por eso me caen tan gordos.

Olía a humedad. No a lluvia fresca, sino a charco de agua estancada y po­dri­da. A trapos mojados, a moho y a hongos. Olía a orina y ponzoña. A leche rancia y vinagre. Líquidos de los más variados colores brotaban de botes de plástico y empapaban telas y cartones. Mocos malolientes, sueros espesos y viscosos. Hay que ver lo que ingenian los humanos para volver imbebible el agua: le echan todo tipo de porquerías para que se vuelva verde, azul, rosada, amarilla y si la bebes te da náusea y hasta te puedes morir. ¿Para qué les sirven líquidos que no se pueden beber? ¿Por qué ensucian el agua hasta convertirla en puro veneno? Veneno con que llenan botellas y botes de plástico que después tiran a la basura. Y que no deberías ni probar. Toda agua de color es sospechosa, con suerte sabe a fruta o a dulce pero más probable es que te maree, te dé retortijones, te haga ver cosas que no están ahí, cosas espantosas, y que te mate si bebes lo suficiente. Parece que los humanos odian el agua fresca y limpia, por eso la echan a perder mezclándola con las chingaderas que le meten, los muy cerdos.

Olía a gasolina quemada, a hule chamuscado, a plástico calcinado. A chapopote caliente. Cuen­tan que hace mucho tiempo fue un tlacuache quien robó el fuego, pero hoy los que lo usan son los humanos: queman todo, tanto lo que ya estaba, la hierba de los prados, los arbustos de la selva, árboles enteros queman, como también lo que hacen ellos, toda la basura que fabrican, al final la tiran para quemarla. O dejan que se pudra porque para tanta basura ni ellos tienen bastante fuego. Pero prefieren quemarla. Les gusta el olor de la combustión. Qué triste es ver lo que queda de un árbol que ha pasado por sus manos. Talan los bosques donde vivimos para fabricar los mue­bles que llenan sus casas, y a veces para hacer las casas mismas, sólo para que al final todo termine en una hoguera. Qué absurdo destruir un árbol para hacer una casa si el árbol mismo es la mejor casa que puedes tener. Y qué obsesión por el fuego. Incluso a sus muertos los queman. Todo lo entregan a las llamas. Que arda todo el mundo. Olía a ceniza, a humo, a brasas.

Y olía a ratas. Entre tantos olores al principio no me había dado cuenta, pero ya estaba más que claro que flotaba en el aire un inconfundible tufillo que delataba la presencia de ratas. De muchas ratas. Olía a masas de pinches ratas culeras. A más ratas que había visto en toda mi vida de tlacuache. No las había descubierto aún, pero sabía que estaban allí, muy cerca, cerquita, observándome, acechándome. Me sentí espiado por miles de ojos de ratas, sin que yo pudiera verlas. Todavía no. De repente, en el interior de una llanta reventada de un tráiler, vi asomarse un hocico, unas orejas, una cabeza: una rata. Y a su lado otra. Y otra. Y más y más ratas. Una tras otra salieron de sus escondites entre los desperdicios, rata tras rata, formando una larga hilera de ratas, un círculo, un muro de ratas que se había cerrado y en cuyo centro me encontraba yo. Por todos lados ratas, un sinnúmero de ratas: me habían cercado, los pinches roedores.

Las miré. Me miraron. ¿Qué era lo que había en sus miradas? ¿Curiosidad? ¿Hostilidad? ¿Hambre? Tenían algo raro estas ratas, algo siniestro. Primero no comprendí qué era lo que las hacía tan extrañas, por qué me daban tanto miedo, pero un chisguete de frío me recorrió el espinazo. Las miré con atención, pasé los ojos de una a otra, y entonces me di cuenta: ¡eran todas iguales! No quiero decir con eso que se parecían mucho, como es normal, pues una rata no se distingue mucho de otra, por eso los tlacuaches solemos decir que las ratas se ven todas iguales, pero esto es una exageración, pues cada una suele tener sus rasgos personales, su cola un poquitito más larga, su hocico más ancho, sus orejas más peludas, sus manchas oscuras en la piel. Estas ratas, en cambio, eran exactamente idénticas: los mismos ojos, el mismo color blanco, los mismos dientes, las mismas patas. Sólo en el tamaño se diferenciaban, las había grandes y pequeñas, pero todas tenían las mismas jetas, increíblemente igualitas. No parecían naturales. Me habían rodeado estas ratas siniestras, me miraban mudas y me husmeaban estos monstruos, y el cerco se estrechaba cada vez más, me tenían atrapado y no había manera de escapar. Lo único que se me ocurrió fue lo que solemos hacer los tlacuaches en tales situaciones: puse los ojos en blanco, me dejé caer y me hice el muerto. Ya era la tercera vez en el mismo día, pero la tercera es la vencida, dicen, y por algo será, ¿sí o no?

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