1. Muerte de un gourmet

Pus qué te cuento, carnal. Todo empezó cuando se enfrió el Pancho. Pinche Pancho, palmó por un poco de polvo. Y por tragón, siempre con hambre y con ganas de tragarse lo que fuera y como fuera. Es que el Pancho se comía todo lo que viera comestible. Pa’ probar, decía. Dizque pa’ ver a qué sabe. Desos que les dicen «gurmetes». ¡Vaya gurmét! No le hacía ascos ni a la basura que tiran los humanos. Ésa de la que sólo comen las ratas, que son unas pinches nacas de pésimo gusto y sin cultura culinaria. Ratas rateras pendejas.

Es que los tlacuaches despreciamos a las ratas. Porque viven en los sitios más oscuros y malolientes y se alimentan de desperdicios, las muy puercas. Claro, ¿qué se puede esperar de un roedor? Tiene dientes pa‘ roer, pus roe lo que puede. Los tlacuaches, en cambio, somos otro boleto: somos marsupiales. Marsupiales didelfimorfos, ahí nomás. No te ofendas, pero la diferencia entre un marsupial y un roedor es como la que hay entre un águila y un zopilote, haz de cuenta. Cuestión de dignidad y autoestima. De pedigrí, pues. De mitología y simbolismo, como dice mi tío el que trabaja de nagual en la UNAM. De civilización y cultura, digo yo. Y comer es cultura, ¿sí o no? Vaya que es cultura. Dime qué comes y te diré quién eres. Un tlacuache de ley no se mete en los tiraderos a tragar verduras podridas, yogures caducados y restos de milanesas y papas fritas revueltas con salsa catsup. Pero el Pancho sí. Siempre andaba buscando «delicias alternativas». Así decía: delicias alterna­tivas. Y eso lo mató al pinche Pancho.

Es que un tlacuache que se precia de tlacuache no come sustancias jediondas de ésas que preparan los humanos en sus jediondas fábricas. Nomás el Pancho. El Pancho sí. El Pancho era omnívoro. Ser omnívoro significa comer de todo, o casi de todo. Y así era el Pancho, siempre come y come, sin freno ni medida. Ésa fue su perdición. Pinche Pancho, que descanse en paz.

Bueno, la neta es que todos los tlacuaches somos omnívoros. Y algunos se meten en las alcantarillas y devoran los desechos de los humanos, no digo que no. Aquí entre nos, la verdad es que casi todos lo hacemos, a veces. Pero no como el Pancho, no friegues. Es que hay omnívoros y omnívoros: en sentido estricto y en sentido amplio, para que me entiendas. Una cosa es comer de todo y otra, muy diferente, es comer TODO, así de plano, no sé si me explico. Y el Pancho era omnívoro en el sentido más amplio de la palabra. Era el omnívoro más omnívoro que he visto en mi vida. Más omnívoro que las pinches ratas rateras. Y lo peor es que no las despreciaba. No mames güey, ¿un tlacuache que no desprecia a las ratas? Pero el Pancho no, decía: ¿a santo de qué despreciarlas si son mis carnalitas?, les tengo ley a las ratas, decía, me invitan a sus reventones allá en Bordo Poniente y la pasamos bien a toda madre. No mames cabrón, ¡meterse con ratas! ¡Juntarse con ratas! Las ratas son gregarias, la rolan en banda, agandallan macizo y en bola; en cambio nosotros, los tlacuaches, somos dinásticos, la familia ante todo y sobre todo. Las ratas son unas advenedizas, no como nosotros, los tlacuaches, que somos autóctonos. Lo dice El Sabio, me lo sé de memoria: Si alguno puede jactarse de ser indígena en territorio americano, éste es el tlacuache. Y ese güey era un descastado jijo de su rejija, hay que decirlo como es. Al pan pan y al Pancho Pancho. Pero igual nos dolió su muerte. Es que con todo y todo era un tlacuache, un tacuacín, una zarigüeya, un opossum, o séase, un didelfimorfo, sóplate ésa. Era de la familia, de la estirpe, del clan, de la tribu, acá, y palmó bien gacho, pinche Pancho, y todo por comerse el polvo blanco que encontró en la chava ésa.

Más bien en lo que quedaba de la chava pues los humanos tienen costumbres bien brutas, hay que haberlo visto para creerlo, y además las ratas tenían hambre aquel día. Pero de esto nos enteramos mucho más tarde, cuando el Pancho ya había estirado las cuatro y se había quedado rígido como un palo de ahuehuete, bien tieso, dicho sea sin albur. Después de vomitar su estómago y cagar sus intestinos, ¡guácala! Pobre Pancho, aunque ni una muerte tan horrible le quita lo pendejo, de veras. Pero también se pasa, a quién se le ocurre comerse todo lo que encuentra dentro de una vieja, sabiendo cuántas porquerías se meten los humanos.

Y luego otra cosa, ¿qué chingados les veía el Pancho a las ratas, pinches ratas culeras, tan nacas y jediondas? Nadie lo entendía. Al principio yo tampoco lo entendía. El Pancho siempre andaba rolando con las ratas. Las iba a visitar en Bordo Poniente, que está en el culo del mundo. Literal, pues jiede a caca y a muerte. Se iba de mosca en tráilers y camiones, y regresaba medio ido, en el alucine y tan jediondo como sus carnalas rateras. Decían por ahí las malas lenguas que andaba enculado con una ratesa. Dizque así se llaman las hembras de las ratas, decía el Pancho. Pinche Pancho, pero eso de la ratesa yo no me lo creía. Si todos sabíamos que al Pancho no se le daba por la procreación, que sólo pensaba en comer. Pa‘ qué llenarle la panza a una hembra si no me harto de llenármela a mí, decía. ¿Y coger con una rata? Sólo de pensarlo se me revolvían las tripas. Puro cuento, creía yo. ¿El Pancho con una hembra? Si hasta creíamos que era puto porque no procreaba. O sea, le valía madres. Decían que lo tenía todo entoloachado la rata o ratesa o como sea. Ni madres, pensaba yo, eso que se lo crea su abuela, que ya anda medio senil, pero no un tlacuache que está en su sano juicio como yo. Bueno, ya después me enteré de todo lo demás. Pero entonces creía que al Pancho las ratesas, ratosas o lo que fueran le venían valiendo verga. Si se largaba hasta el Bordo era por la oferta gastronómica, no para culear. Aunque ese día sí parecía que le habían dado toloache. O algo peor.

Fíjate, te cuento: estábamos en pleno banquete, acá bien chido, cuando llegó el Pancho, pálido como alma en pena. Nos dimos cuenta de que andaba mal porque ni comer quiso. Con lo atascado que era, si siempre andaba bien hambreado. Y había con qué, me cae. Se había volteado un camioncito de esos de oaxacos, que venía con sus quesos y sus chapulines y su mole amarillo y sus botellas de salsa valentina que quedaron todas rotas. Los humanos agarraron y se llevaron el camión, pero dejaron tirada en la banqueta toda esa comidita rica. ¡Qué desperdicio! ¡Pa’pronto, dijimos, atáscate que hay lodo! Y sí, había para saciar a toda la comunidad tlacuachera de Tlalpan y delegaciones vecinas. De Coyoacán, de Xochimilco, de la Contreras. Hasta de Milpa Alta habían venido unos cuates a la tragadera. Estaban los primos de la pirámide de Cuicuilco, las primas buenotas del Estadio Azteca, hasta los compadres del Tec, tan fresas con su cola estirada. Ah, y el tío que chambea de nagual en la UNAM. Una bandota. Y aún así había comida para todos: montones de chapulines con mole amarillo y salsa valentina.

Pero el Pancho ni peló. ¿Qué le pasa al Pancho que no quiere comer?, preguntaron las tías de Médica Sur. ¡Pinche Pancho, ha de estar empachado por la chatarra que se tragó en el Bordo con sus carnalas ratas!, rieron los cuñados de La Joya. No, dijeron las tías muy preocupadas, la cosa parece seria, no nos gusta nada, calla y está como ausente, y se ve más enfermo que los humanos que andan por nuestra casa, lo que es mucho decir. ¿Qué te pasa, Panchito, mi‘jito? Pero el Pancho no contestó: tenía los ojos inyectados, rojos rojos, la cara blanca blanca, y temblaba desde el hocico hasta la punta de la cola. La noticia pasó de un tlacuache a otro, hasta que todos dejamos de comer y miramos al pinche Pancho, que seguía sin decir nada. ¡Qué onda, güey, qué pedo! ¡El Pancho que anda malo! ¡Pinche Pancho! Y cuando todos, todos sin excepción lo estábamos mirando, que empieza a hacer unos ruidos extraños, haz de cuenta unas como gárgaras que venían de lo más profundo de sus entrañas, y cuando toda, absolutamente toda la atención se centraba en él, que empieza la guácara. Vomitó y vomitó todo lo que llevaba dentro, y lo que no vomitó le salió por atrás en chorros de diarrea y sangre que olían peor que el canal de Chalco, y claro, el muy cabrón echó a perder lo que quedaba de los chapulines y del mole amarillo, y de la valentina ni hablar.

De todas maneras, para entonces ya el hambre se nos había espantado. Y cómo jijos no, si el Pancho se estaba convulsionando bien horrible: ponía los ojitos en blanco, resollaba, temblaba como sacudido por tremendos retortijones, se agarraba la panza, y entre ayes de dolor profería unos gritos extraños: ¡O nen notlacatl!, ¡O nen nonquizaco teotl ichan in tlalticpac! ¿Qué dice?, preguntamos. ¿En qué idioma está hablando? Es náhuatl, explicó muy quitado de la pena y con pose de sabelotodo el tío nagual de la UNAM. Nos miramos entre todos, ¿náhuatl? Sí: cuando un tlacuache empieza a hablar náhuatl es que está mal. Muy mal. En las últimas. A punto de pelarse. Pero, ¿qué dice?, preguntamos otra vez, porque ninguno de nosotros comprendía el náhuatl. Ni el Pancho, que supiéramos, y que, mientras, se revolcaba como tlaconete en su mierda. ¿Cómo carajos era posible que ahora que estaba muriendo se le diera por usar una lengua que no comprendía? ¡O nen notlacatl!, ¡O nen nonquizaco teotl ichan in tlalticpac!, gimió de nuevo el Pancho, con cara de mártir. Los humanos le dicen glosolalia, explicó el tío nagual de la UNAM, pero nosotros lo llamamos agonía. Agonía tu chingada madre, pinche mamón, le contestamos, lo que queremos saber es qué está diciendo. Está recitando, dijo el tío. ¿Recitando? No mames. ¿Y qué está recitando? Pues versos, recitaciones, bola de tarugos, dijo impaciente el de la UNAM. ¿En náhuatl? No lo creíamos. ¿Cómo iba a recitar versos en náhuatl el pinche Pancho que ni hablaba bien en español? Es algo innato, cosa del instinto, dijo el tío: los tlacuaches, cuando sentimos cerca la muerte, nos acordamos de la lengua de nuestros ancestros y nos ponemos a recitar los versos que escuchaban en aquellos tiempos remotos en que… ¿Nuestros ancestros? ¿Cuáles ancestros? Pues los tlacuachtecas, contestó el tío. ¡Yaa, ora resulta que la culpa es de los tlacuachtecas! Pues… sí, afirmó bien acá. Y el Pancho, en medio del mitote, ya nomás pelaba los ojotes y retorcía la cola. Órale pues, ¿nos vas a decir por fin qué carajos está diciendo? Pues, lo que oyen: ¡O nen notlacatl!, ¡O nen nonquizaco teotl ichan in tlalticpac! Ya, no seas mamón, dinos qué significa. La verdad, no tengo ni puta idea, dijo el tío, medio escamado. ¿Cómo que no sabes? ¿No dizque eres nagual en la UNAM? Pues sí, pero de un profesor de física cuántica, de los que no saben náhuatl. Ni siquiera sabe que tiene un nagual, el muy sonso. Para saber qué significa lo que dice el Pancho, tendría que preguntar a mi compadre del Instituto de Investigaciones Antropológicas, que está nomás a la vueltita de donde chambeo. ¡Pus pícale, ya te estás tardando! El tío se puso colorado, bueno, todo lo colorado que puede ponerse un tlacuache: Es que hace ya dos años que están de huelga en Antropológicas y no se sabe para cuándo levanten el plantón. ¡Pinches antropólogos güevones! Y el Pancho ahí tiradote, agarrándose la panza inflada y con los ojos virolos. ¿Y tu compadre también está en huelga? No, pues no, cómo va a estar de huelga: mi compadre no es humano, mi compadre es normal. ¿Entonces?, ¡ve y pregúntale! Es que no tiene conexión con el antropólogo del que es nagual, y el que sabe náhuatl es el humano, no mi compadre. ¿Y por qué no tiene conexión? Pues porque hoy, tal como están las cosas, no creen en los naguales ni los antro­pólogos. Estamos en crisis, cuates.

Ya nos íbamos a madrear al tío nagual por pendejo, pero el Pancho había empezado a delirar: ¡Ma xocon cua in cacahuatl, in cacahuaxochitl! ¿Qué dice? Sólo entiendo caca. Qué asco, ni muriendo cuida su lenguaje. ¡Nontiya! ¡¡Nontiya!!, gritó Pancho con un esfuerzo final. Dice algo de una tía. Dice que no quiere a su tía. No, dice que quiere una tortilla. ¿En serio será joto? ¿O quiere decir que no lo es, para no dejar la duda?

Con una expresión de terror en su jeta de tlacuache moribundo, el Pancho miró el cielo y, tras un alarido como si reventara por dentro, exclamó: ¡Anca ye nechmictizque! Y ya no dijo nada. Se quedó tieso el pinche Pancho. Bien muerto. Bien frío. En posición de firmes para toda la eternidad. Se murió todito. Y todo por comer de gorra donde las ratas. Ni modo.

  1. Funeral celeste

¿En serio? ¿Neta que nunca has visto un funeral tlacuache? Pero, ¿de dónde vienes? ¿De qué pinche desierto saliste que nunca has visto un entierro tlacuache? Si son bien chidos nuestros ritos funerarios. No sabes de lo que te has perdido, carnal. Los tlacuaches no solemos ser muy sociables, la neta que no, cada uno tira para su lado: pero a los entierros viene toda la raza y lo pasamos chingón, a toda madre. Casi como en las bodas. Sólo que no hay novia. Nomás un muertito. Como el pinche Pancho. ¿De qué se habrá muerto el Pancho?, nos preguntá­bamos. Ayer tan campante y hoy más tieso que un tronco de nogal, pa’que te pongas. Se enfrió tan de repente, pinche Pancho. Por haber comido donde las ratas, de eso estábamos convencidos. ¿Lo habrían envenenado las ratas rateras? Pero, si eran tan cuates, ¿por qué se iban a torcer al Pancho? De esto y lo otro platicábamos mientras lo velábamos al Pancho, que en paz descanse.

¿Que qué te cuento de nuestros velorios? La neta es que son emocionantes. Al muertito lo dejamos tirado allí mismo donde estiró las patas y nos subimos a los árboles, a esperar. Es que los tlacuaches somos arborícolas. No como las pinches ratas, que viven en cloacas inmundas, las muy ojetes. Lo nuestro son los árboles. Que si robles, fresnos, cedros, pinos, álamos, acacias, eucaliptos, olmos, cipreses. Todo tipo de árboles: ahuehuetes, sáucos, pirules, zapotes, hules, teotlates, jahuas, jacarandas, ceibas. Ora que si tienen frutos dulces, mejor. Ciruelos, naranjos, manzanos. ¡Ah, las manzanas! Qué ricas son las manzanas que cuelgan de las ramitas hasta que se caen de buenas cuando ya están maduritas, ¿verdad? Y el olor de la guayaba, ¡qué delicia! Higueras, castaños, cacaos, mameyes, papayas, aguacateros, nanches. Qué sabrosas son las frutas: las guanábanas, los mangos, los zapotes, los guamúchiles. Pero el árbol de los árboles es el de Chicomecoatl, el del fruto infinito. Que los humanos no saben donde está. Nosotros sí, pero guardamos el secreto. Los árboles son nuestro hábitat, dice el tío nagual de la UNAM, que se las sabe de todas todas. Y cuentan los viejos que antaño, hace un chingo de años, nuestra casa fue el árbol dizque Xochitlicacan, por allí en Tamoanchan, y que de ahí nos viene lo de vivir en los árboles. Pero que se les olvidó donde queda Tamoanchan. Pinche memoria de los viejos, se acuerdan de cualquier tarugada pero no de lo más importante. Dicen que Tamoanchan está más allá de los volcanes. Ve tú a saber si es verdad. ¿Hay algo más allá de los volcanes? ¿Puede haber algo más allá del Popo o del Iztla, del Ajusco Chichinautzin o del Xitle? Habría que verlo para creerlo.

Bueno, te contaba. El funeral es la hora de la verdad. Llegan los zopilotes y te deshacen a picotazos. Te abren la panza y se ve todo lo que llevas en las verijas. Ya no puedes ocultar nada. Toda tu identidad zarigüeya se asoma en tu panza abierta. Sale a la luz todo lo que llevas dentro: tu neta más profunda. El estómago, con tu última cena sin digerir, y los intestinos, llenos de miércoles, como dicen mis tías de Médica Sur, siempre tan finas. Salen el hígado, los pulmones. Todo lo visceral, todos los nervios, todo el corazón al aire libre. Y de ésta ya no te salvas, ya no te recompones, pues la vida no es un cuento, allí te quedas destazado por los zopilotes que te zampan. Te rompen la piel y te arrancan la carne. Te rajan el vientre con sus garras y sus picos y se te ven todos los valores interiores. Tu ser interior. Tu acá. Hasta lo que tienes en la cabeza. Todo el pensamiento. Lo sacan los zopilotes. A picotazos lo sacan. Se desparrama sobre la tierra, todo viscoso como un yogur podrido. Y se ve bien feo el pensamiento una vez que te lo han sacado de la cabeza los zopilotes. Ya no se le nota la inteligencia por ningún lado. Puros sesos. Nada de ideas. Pura masa rojigris. Jijos, qué feo es el pensamiento, no mames. Y esto nos da que pensar. En los funerales, al ver el pensamiento del cuate que se murió, los tlacuaches nos volvemos dizque filósofos. Así dice que se dice el tío de la UNAM. Pinche tío nagual, cómo sabe de palabrotas de ésas, ¡filósofos!, ¡glosolalia!, ¡hábitat!, pero no comprende el náhuatl el güey, no tiene ni puta idea de la lengua de nuestros antepasados. ¿Cómo no se van a perder las tradi­ciones si ni los sabios las recuerdan? Eso es lo que pensábamos mientras mirábamos el cadáver del pinche Pancho y esperábamos a los zopilotes.

Pero los zopilotes no vinieron. Claro que no. Nadie se sorprendió. En el DF no vienen nunca. Es que no hay. Carajos pajarracos carroñeros, no hay zopilotes en el DF. Pero los esperábamos igual. Es el ritual. Así ha de ser y así será siempre. Es que los tlacuaches somos muy tradicio­nalistas, ¿sabes? Por algo nos dicen fósiles vivientes. No vamos a cambiar nuestras costumbres porque las circunstancias resulten adversas. Si hay que esperar a los zopilotes, pus esperamos, ni pedo. Y si no hay zopilotes, pus igual. Si no vienen los zopilotes, vendrán los cuervos, que al fin siempre están de luto. Tarde o temprano. O el viene-viene. O los barqueros naranjas con sus botes surcando carriles. Eso si el muertito se ha quedado tieso por donde andan los humanos. A nosotros nos da igual. Nosotros esperamos en nuestros árboles. Así velamos a nuestros muertos, se lo debemos. Y apostamos, unos por los cuervos, otros por el viene-viene, otros por los basureros.

En el funeral del Pancho no vinieron los zopilotes. Ni los cuervos. Una pinche rata husmeó al muertito, pero las ratas no cuentan. Seguimos esperando. Tampoco se asomó un solo bote. No. Vino el viene-viene. ¡Pendejo viene-viene! Yo había apostado por los cuervos. Ni modo. Llegó pues el franelero agitando su trapo y echando madres. Gritaba pendejadas incomprensibles a otro humano que se empeñaba en meter su coche entre otros dos que estaban echados junto a la banqueta. Qué obsesión tienen los humanos por poner sus coches donde menos espacio hay, en vez de dejarlos en medio de la calle. ¡Viene, viene! gritaba el viene-viene dando brincos y haciendo señas al del carro, que avanzaba y retrocedía, sin poder decidirse, hasta que de repente miró hacia el Pancho, puso cara de asco y se largó con su coche a otro lado. El viene-viene le mentó su madre al Pancho y le dio una patada que lo hizo volar hacia un tambo de basura que se había volteado y allí se quedó el Pancho panza arriba. Es lo que suelen hacer el viene-viene o los naranjas. Nunca los hemos visto comerse el cuerpo, como los zopilotes y los cuervos. Sólo una patada y gritos. A mí, la neta, me gustan más los velorios con zopilotes, son más solemnes e instructivos, pero en el DF no hay zopilotes, como ya te digo. O con cuervos, que sí hay uno que otro, pero no siempre llegan antes del viene-viene. También son negros, también descuartizan al muertito a picotazos, sólo que son más pequeños y se tardan más. Al viene-viene, ¿cómo te explico?, como que le faltan fervor y empeño: pone poco entusiasmo de su parte, poca ceremonia, como si le fastidiara hacer de sepultu­rero, como si le repugnara, y así el funeral pierde todo su encanto, toda su poesía. ¿Sí me entiendes, güey?

Allí se quedó el Pancho, entre latas de aluminio y envases de plástico, y un enjambre de moscas azules en su traje de luces, las omnipotentes, victoriosas, vencedoras, soberbias comemierdas dando vueltas cual aureola. Antes de dispersarnos emitimos el juicio final, que no puede faltar en ningún funeral tlacuache. Pinche Pancho, que en paz descanses, fuiste tragón hasta reventar, siempre fiel a ti mismo, dijeron los primos de Cuicuilco. Pinche Pancho, que en paz descanses, ya no irás a cogerte a las ratesas, dijeron las primas del Estadio Azteca. Pinche Pancho, que en paz descanses, ya no comerás de gorra con roedores rascuaches, dijeron los cuates de Milpa Alta. Pobre Panchito, que en paz descanses, ¿por qué no le hiciste caso a tu mamacita?, dijeron las tías de Médica Sur. Pinche Pancho, que en paz descanses, naco viviste y naco moriste, dijeron los fresas del Tec. Pinche Pancho, que en paz descanses, ¿dónde aprendiste a recitar versos en náhuatl?, dijo el tío nagual. Pinche Pancho, que en paz descanses, encontraré al cabrón que te envenenó, dije yo.

  1. Cavilaciones

¡Ojalá no lo hubiera dicho! Pedazo de pendejo: seguiría tranquilo en mi árbol de la Calzada de Tlalpan, con la panza llena y la pensadora en paz, me comería las sobras del súper cercano y del restorán de enfrente, y de vez en cuando iría a fajar con las hembritas del Club de Golf, que paren sin parar, cada cuatro lunas, las muy calientes. ¿Qué falta me hacía meterme en este cuete? El pinche Pancho estaba muerto y nadie ni nada lo iban a resucitar. ¿Por qué no dije una de las babosadas que suelen decirse en esas ocasiones, como todos los demás? ¿Por qué no dije «Pinche Pancho, que en paz descanses, que te pudras, que te coman los gusanos, que te conviertas en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada», o algo por el estilo, una pendejada de ésas que les gustan a los viejos y que no te comprometen?

Pero no, dije lo que dije y ya era tarde para retractarme. Todos lo habían oído, pues lo dije bien clarito, pendejo de mí. Y estaba frito: ¿cómo ahora iba a encontrar al que envenenó al pinche Pancho? Y si lo encontraba, ¿qué haría con él? ¿O él conmigo, en el peor de los casos? Ni siquiera sabía si al Pancho lo habían envenenado o si simplemente había comido mal y demasiado, como de costumbre. Si sigues tragando así un día reventarás, le decíamos, y justo eso parecía que le sucedió. Una muerte anunciada, pues. Y seguramente había comido un montón donde las ratas. Siempre volvía de Bordo Poniente con la panza bien llena y con la cara bien satisfecha, y con esa sonrisita enigmática que ponía cada vez que había estado con las ratas. Pinches ratas rateras, ¿qué le habrán hecho para que se pusiera tan contento? ¿Y por qué carajos esta última vez le cayó tan mal la cena? No había manera de saberlo sin ir a Bordo Poniente. La solución, sea la que fuera, no se encontraría sin ir a ver a las pinches ratas culeis. Y había prometido averiguar qué le había pasado al Pancho. Había dado mi palabra de tlacuache. Y eso sí, nada como la palabra de un tlacuache. De lo que te dice un tlacuache, siempre te puedes fiar. A menos que seas coyote, claro. A los coyotes les contamos cualquier cuento para burlarnos de ellos. Es que se lo merecen: tienen fama de que son bien astutos, bien sácale-punta, pero es puro cuento: ¡son rependejos! Bueno, a otros animales también les echamos habladas de vez en cuando. Pero entre nosotros, las promesas son sagradas.

La neta, poco sabíamos de lo que iba a hacer el Pancho al Bordo Poniente. El cabrón nunca nos lo quiso decir. Cada vez que se lo preguntábamos, ponía los ojos en blanco, como recordando mil delicias, y nos decía: ¡Ah, Bordo Poniente! ¡Si supieran lo que es esto! ¡El olor oloroso de las rateras ratas! ¡Y qué bien se come allí! Pero claro que no iba sólo por la comida. Ahora que lo pienso creo que lo decía para despistar. Para que no nos diéramos color de su secreto, que no lo descubriéramos, para que me entiendas. Porque secreto sí que había. ¡Me cae de madres que lo había! Pero de esto no me había enterado aún aquel día que estaba en mi árbol cavilando sobre la muerte del pinche Pancho, sin comprender la causa ni encontrar otra explicación que el envenenamiento, con intención o por casualidad, vete a saber. Con toda la porquería que los humanos dejan tirada, no sorprende que uno se atragante. Ni modo, había que ir a Bordo Poniente. Pero, ¿cómo?

Esto sí nos lo había explicado el Pancho una vez que le habíamos preguntado por el camino al Bordo. Bueno, explicar explicar, lo que se dice explicar, pues no: había contado, a su manera, cómo se las arreglaba para viajar de mosca en los vehículos de los humanos. ¿Por qué no te subes a un camión de la basura, si éstos van al Bordo a descargar?, le preguntamos. Porque pueden tardar una eternidad en llegar, nos dijo. Que primero dan vueltas por toda la colonia para cobrar su tributo y entonces recoger la basura, después se van a echar unos tacos a una taquería, luego se jetean un rato, y con mala suerte, una vez comidos y descansados, se declaran en paro y ya no se mueven hasta la siguiente luna llena, y la basura se pudre y empieza a oler peor que una caverna llena de murciélagos. Por eso el Pancho prefería el transporte público. Le gustaba tomar el metro en Universidad. O sea, cerca de donde vive el tío de la UNAM. Hasta allí llegaba en el techo de un autobús grande y rojo y de varios vehículos similares, pues nunca había aprendido a distinguirlos, de modo que según el rumbo que tomaban, saltaba de uno a otro hasta encontrarse en la reserva ecológica. Desde allí es fácil, nos dijo el Pancho: tomas un como micro que te da vueltas y más vueltas, pero al final te deja en el metro. Las estaciones se distinguen por los dibujos que hay en las paredes: tomo el tren hasta Escaleras con Zopilote, de allí sigo en la línea amarilla hasta el aeropuerto. Pero ¡ojo!, es importante saber por dónde se va, porque el metro, mis güeyes, el metro, decía el Pancho dándose sus ínfulas, va y viene de un lado a otro. Nos lo imaginábamos muy difícil saber en qué dirección hay que ir pues en el túnel no se ven ni el sol ni la luna ni las estrellas ni nada que ayude a ubicarse. ¿Y en qué dirección hay que tomar el metro para llegar al aigropuerto?, le preguntábamos. Pos rumbo a Dos Trapos, que es la última parada, respondía el Pancho. ¿Y cómo sabes que estás en el aeropuerto si la estación está debajo de la tierra y no se ve nada?, preguntamos deseosos de comprender cómo hacía uno para no perderse en el metro sin ser topo o lombriz. Muy fácil, contestó: es la segunda parada después de Ardilla, o sea, paso por Ardilla, la próxima es Liebre Grandota, y en la siguiente se ve un avión dibujado y allí es donde me bajo. No entendíamos ni madres, claro. Pero qué pedazo de idiota, se enfadó el tío de la UNAM, no se trata de escaleras con zopilote, sino de una pirámide con un águila en la cumbre, y no es una liebre, sino un canguro, y los dizque trapos son banderas de ésas que cuelgan los humanos cuando les da por cantar y tirar cuetes. Pues a mí me parecen escaleras con un zopilote encima, se defendió el Pancho, aunque admitió que la liebre se veía un poco rara, con la cola tan larga. ¿Y qué es un canguro?, preguntamos. Un marsupial, dijo el tío. ¡Putísima madre! ¿Entonces los tlacuaches no somos los únicos marsupiales?, dijimos algo decepcionados, pues siempre nos habíamos creído excepcionales, y al mismo tiempo curiosos por saber más de nuestros parientes desconocidos. Claro que no, contestó el tío sabelotodo: hay canguros y coalas y vombatos, que todos son marsupiales, y por si acaso les interese les digo que también hay lobos marsupiales y conejos marsupiales e incluso topos marsupiales. ¿Y dónde viven todos esos marsupiales que no nos vemos nunca? Pues, por ahí, en Oceanía, dijo el tío, algo inseguro. ¿Ahí?, ¿dónde ahí?, ¿dónde queda la Oceanía ésa, tan llena de marsupiales?, quisimos saber. Pues, cerca de la estación, traslomita nomás, supongo, dijo el tío, aunque poco convencido. ¿Y qué es un avión?, seguimos inquiriendo. Es una máquina que usan los humanos para volar. ¿Nunca han visto un avión? Es como un gran pajarraco que nunca mueve las alas, vuela derecho derecho y caga humo. Ah, pos sí, de éstos habíamos visto muchos, pero no sabíamos que había humanos dentro. ¿Y cómo entran en el pájaro? Por el pico no puede ser porque los comería, debe de ser por el otro lado. ¡Guácala, qué asco! ¿Y por qué le sale humo del ojete? Será por los humanos que lleva dentro: ¿no los han visto fumar? Están locos los humanos: se meten por el culo de un pájaro para fumar en sus intestinos y no les da asco, pero tiran lo mejor de la comida porque está un poco podrida, que es justo cuando sabe mejor, chale. ¿Y la ardilla?, queríamos saber. ¿Tampoco saben qué es una ardilla? Si hay masas aquí, se sorprendió el tío. Sí sabemos qué es una ardilla, si no somos tan pendejos, pero la ardilla esa que dice Pancho, ¿neto es una ardilla o también es otra cosa: otro marsupial, por ejemplo? El tío se quedó pensativo y no supo decirnos si hay ardillas marsupiales. No, pues a mí me parece que es una ardilla bien normalita, dijo Pancho. ¿Y qué importa qué es si donde hay que bajarse no es allí sino donde el avión?, zanjó la cuestión el tío, harto ya de discutir. ¿Y del aeropuerto, cómo se llega al Bordo? Ah, pues muy fácil: subiéndose al camión de la basura, dijo Pancho, contento de tener la última palabra.

Iría, pues, en metro. Tan difícil no podía ser, si el pendejo de Pancho llegaba sin problemas. Pero una vez allí, ¿qué haría? Las ratas no me dejarían husmear en su territorio, no les gustan los intrusos que vienen a meterse donde no los han llamado. Las ratas son muy celosas de su basurero. Primero había que ganar su confianza, empezar a platicar bajo cualquier pretexto, hablar del tiempo, de la comida, de las hembras, jalar hilo para hacer madeja, y de paso, como quien no quiere la cosa, mencionar al Pancho: algo así como, ¿no habrán visto así de pura casualidad a un compadre mío que se paseaba mucho por aquí? Ahora que lo pienso, hace mucho que no lo he visto, ¿no sabrán que haiga sido dél? No me convencía la estrategia. Es que tontas no son, las roedoras culeras. Al contrario, las ratas son muy abusadas y desconfiadas, ladinas. Para engañar a una rata un punto más tienes que saber que el diablo, alionarte, dicen los viejos. Y eso que los tlacuaches tampoco tenemos fama de mensos. ¿No sería mejor ir al grano y tirarles bronca sin miramientos? A ver, bola de cabronas, ¿por qué envenenaron al pinche Pancho, ratas rateras? Mala idea: no viviría para contarlo. Me harían pedazos, y mucho más si resulta que realmente mataron al Pancho. A güevo que una rata sola no vence a un tlacuache, pero las ratas son muchas y van siempre juntas, siempre unidas, jamás serán vencidas. No, tampoco serviría tirar bronca. Podía hacerme el perdido: Disculpen, caballeros, ¿es aquí el Cerro de la Estrella? ¿Ves un cerro por aquí, tlacuache pendejo? No, pus la verdad que no, se ve todo como planito, ¿verdad? Exacto: ¿y qué concluyes de esto? Que no es esto el Cerro de la Estrella. Correcto: ¿entonces por qué preguntas, pendejo? No, así tampoco: las ratas se dan cuenta si finges, hueles a mentira, dirían, apestas a patraña, pinche tlacuache. Lo mejor será la sinceridad, pero con cortesía: Quiúbole compas, ¿me harían un favor? ¿Podrían decirme si últimamente han visto aquí a un cuate mío, un tal Pancho? Andaba mucho por este paradisíaco lugar, atraído por los exquisitos manjares que sirven aquí a quien sabe apreciarlos, ¿sí saben de quién les hablo? El Pancho sí entendía de buena comida, y siempre me decía «cabrón, donde mejor se come es en Bordo Poniente». Pero no he venido para probar el menú, sino porque, snif, el pobre Pancho ya no está con nosotros. O sea, abandonó el mundo terrenal, snif, es decir, snif, se nos adelantó, y, no sé cómo decirlo, hay razones para suponer que algo le sentó mal de lo que comió aquí. Pero no me entiendan mal, por favor, caballeros, no dudo de la excelencia de su gastronomía, pero miren, el Pancho tenía el estómago delicado y a lo mejor… ¿comprenden? A lo mejor comió algo que no debería haber comido, y como me queda esta duda, como me atormenta esta duda, como no pego un ojo desde que nos dejó el Pancho, he venido a platicar con ustedes para saber qué fue lo último que comió el pobrecito… No. Así tampoco: se morirían de la risa las ratas, y una vez muertas, no me dirían nada.

En eso estaba cuando un microbús se paró justo debajo de mi árbol. Unos humanos jóvenes cargados de libros y carpetas se subieron. ¿Serán estudiantes que van a la universidad?, me pregunté. Porque eran del tipo de humanos que más abundaba por donde vivía mi tío. Melenudos, grasientos, pazguatos y con ojos vidriosos, oliendo a petate quemado por esa hierba que fuman tumbados en el pastito, lo que parece ser su actividad favorita y a menudo exclusiva en la universidad. Decidí ir con ellos para probar suerte. Así que dejé de cavilar y, justo en el momento en que el micro arrancaba, salté.

Una respuesta a “Tlacuache”

  1. Desde el futuro me vuelvo a emocionar. ¡Larga vida para el Tlacua!

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