Sin dejar de sonreír, volvió a mirar el sobre. ¡Madres! Nada. No había una segunda tarjeta. Esa segunda tarjeta, la que debía tener la respuesta correcta y no la original que ya había leído y que claramente estaba equivocada. Revisó de nuevo, ya como por no dejar. ¡Pinche tarjeta, nomás no estaba! Llegado a este punto se le comenzó a notar un poquito desconcertado. Sin embargo siguió sonriendo. Me imagino que los minutos que permaneció de pie frente a las cámaras y frente al auditorio, debieron haberle parecido tan largos como la Cuaresma. ¡Qué angustia! ¿Qué habrá pasado en ese momento por su mente? ¿Cómo evitar perder la serenidad y compostura en un trance de ese tipo? «Ojalá y yo nunca me vea en un predicamento tan espeluznante!», pensé. Entonces recordé mi examen profesional.
Ahí estaba yo, en el momento cúspide de mi carrera como estudiante de la Escuela Libre de Derecho. Todo parecía ir relativamente bien, dadas las muy bajas expectativas que personalmente tenía respecto al resultado del acto ceremonial. De repente, el caos: «¡Ahora hablemos un poco acerca de tu caso práctico y la solución que propusiste!«. Acto seguido, formuló su primera pregunta. Oscuridad. Me hundí en una tan profunda oscuridad (porque justo en ese momento se fue la luz) que sólo atiné a buscar inútilmente en la basta colección de códigos y leyes que me rodeaban, una respuesta que yo sabía que no encontraría. Y es que desde la primera pregunta me di cuenta de que TODO mi planteamiento de respuesta estaba equivocado. ¡Oh, Dioses! Recuerdo que sudé y sudé y sudé. No es que aquélla fuera la primera ocasión en la que me presentaba a un examen sin estar debidamente preparado, ¡por Dios! Mis cinco años como estudiante de Derecho me habían permitido desarrollar cierta destreza en ese tan noble deporte. Pero siempre lo había hecho en la intimidad de un salón vacío, con tres sinodales y sin testigos presenciales. Esa noche, en cambio, iba a declarar mi ignorancia en público y frente a un auditorio que no tenía una idea muy clara de las profundidades a las que yo podía descender. De pronto, justo cuando más lo necesitaba, llegó esa bendita serenidad que brinda la irresponsable carencia de conocimientos. Mi gran compañera ¡Es como una luz que reconforta! Me relajé, encendí un cigarrillo, lentamente me recargué en el respaldo del cómodo asiento en el que estaba sentado y sonriendo, con voz sonora y confiada, formulé mi respuesta. Obviamente la cagué.
Todo eso pasó por mi mente ayer por la noche, mientras veía a un sonriente e impávido Warren Beatty. Sobra decir que me invadió una gran simpatía por el señor Beatty y por sus apuros. Y es que los segundos pasaban y Warren Beatty sólo sonreía. No sufría; nada lo perturbaba. Nada. Warren Beatty el impertérrito. Ni un movimiento. Ni una gota de sudor. «Seguro su mente ya se fue a su ‘happy place’«, escuché decir a mi esposa, quien no perdía detalle de la escena. «Ya ves cómo son los gringos«. Pues yo no sé cómo sean, pero lo que ayer aprendí es que poseen una enorme capacidad para tragar, en público, cantidades bárbaras de «sweet potatoes«, con una serenidad casi budista (lo cual explica muchas cosas, no necesariamente buenas).
Y mientras tanto el auditorio, expectante, observaba al impávido presentador, festejando cada uno de sus inexistentes gestos. Aparentemente se generó entre el público, en un primer momento, la percepción de que todo aquello era ocurrencia para ponerle un poco de sabor al momento. Algo así como para generar una sensación como de «yavasquechutas» (de esa que tantos éxitos le brindó a don Beto «el Boticario«). Sin embargo, conforme los minutos fueron pasando sin que algo sucediera, la broma comenzó a parecer un poco larga. Fue ahí cuando Warren Beatty, por primera vez, buscó con la mirada la ayuda de Faye Dunaway, su co-presentadora. A Faye Dunaway (ya también un poquito apurada) el problema pareció venirle guango y se fue por la salida fácil: votó por su película favorita.
Lo demás lo vimos todos. Un titipuchal de gente en el escenario. Mientras unos agradecían, otros, con cara de agente de migración del aeropuerto de Houston, trataban de poner orden y de recuperar los Óscares perdidos. Al final, todos (incluido Warren Beatty) tenían cara de estar pensando la misma cosa. Y fue justo en ese momento que caí en cuenta del pensamiento que, como mantra veracruzano, dominó la mente de Warren Beatty durante los momentos de mayor apuro, permitiéndole así mantener la serenidad y compostura todo ese tiempo: «¡Que chingue a su madre PriceWaterhouseCoopers!«.
¡Namasté!
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