Uno de los aspectos más interesantes de estos tiempos que corren, es que estamos constantemente expuestos a la lluvia noticiosa. En todo momento recibimos, voluntaria o involuntariamente, una gran cantidad de información. Para muchas personas expertas en la materia esto quiere decir que somos, precisamente, «la sociedad de la información», pues no solamente recibimos una cantidad insufrible de datos, sino que también los generamos y, al hacerlo, creamos un rastro que puede hablar más de nosotros que nuestra propia sombra. Por ello, también dicen los que saben, hay que tener mucho cuidado con las babosadas que uno escribe o dice (o compra, o ve, o escucha, ¡en fin! que hay que tener cuidado con eso de andar de metiche).
Ahí tenemos, por ejemplo, el tema de los suecos y el hombre anaranjado. ¡Qué cosa tan curiosa! ¡Hasta parece comedia de enredos! Para empezar, al señor presidente se le ocurrió decir que sus medidas anti-inmigrantes son correctas, ya que sirven para evitar ataques terroristas. Y, ¿por qué no? remató diciendo: «no nos vaya a pasar lo que anoche pasó en Suecia». ¡Sopas! Imagino que, tanto el auditorio ahí presente como los suecos, pusieron cara de espanto. Ni unos, ni otros sabían qué había sucedido en Suecia, pero para ambos grupos el tema debió haber sonado de extrema gravedad (como diría Newton). Me atrevo a pensar que el tema debió haberle parecido más alarmante a los suecos, pues además de la angustia causada por un hecho violento ocurrido en su país, seguramente se sintieron profundamente defraudados por haberse perdido de algo tan importante (eso les pasa por andar siempre en la baba).
A manera de paréntesis: creo firmemente que Donald Trump se equivocó. Se me ocurre pensar que si hubiera dicho que algo gravísimo pasó en México (y no en Suecia), las consecuencias hubiesen sido muy distintas. Si se hubiera referido a México, nosotros mismos, aún a pesar de la notoria inexistencia del hecho, lo hubiéramos corroborado. Ni modo que los gringos se fueran a dar cuenta de que nosotros no sabíamos y de que el atentado nos agarró comiendo camote. Lo más probable es que, en un principio, habríamos puesto cara de circunstancia, pero antes de que pasaran dos minutos algún connacional habría roto el silencio diciendo: «n’hombre, es que sí estuvo de la fregada, ¿verdad?» Y la persona a su lado, para no quedar mal, habría contestado: «Pues yo nomás vi el final, pero me contaron que así completo sí se sintió regacho». Y alguien más, para aprovechar la situación hubiera concluido: «De que estuvo horrible, sí lo estuvo. Yo hasta me tuve que empujar unos mezcales, nomás pa’ recoger la bilis». Finalmente, nuestro H. Congreso de la Unión habría creado una Comisión Bicameral Investigadora que, tras un par de años de arduo trabajo (y seis comparecencias), habría concluido que el atentado sí ocurrió y que fue de grandes proporciones, por lo que lo recomendable sería solicitar a «oenegés» y a potencias extranjeras, ayuda humanitaria para las víctimas ya organizadas en movimiento social (es muy probable que, con ello, Suecia hubiera acabado pagando los platos).
¡Pero no! El presidente Trump decidió ubicar su atentado imaginario en Suecia. Con ello, en vez de obtener la telenovela antes relatada, generó que los suecos de plano se voltearan y le pidieran les explicara qué demonios había pasado; que ellos ahí estaban y que fuera de una nevada espantosa (que además ya la esperaban pues es invierno y ahí, en ese pueblo, tiende a nevar «fuertecito»), todo lo demás pasó sin pena ni gloria. Lo más curioso es que, según el Washington Post, el día de hoy, en un suburbio de Estocolmo, efectivamente hubo un enfrentamiento entre inmigrantes y policías (una cosa bonita: con todo y coches quemados y un policía que terminó medio zarandeado).
¿Quién iba a pensar que una inocente y aparentemente inocua mentira, iba a generar tanto encono y discordia? Seguramente al señor presidente se le ocurrió poner de ejemplo a Suecia, pues le parecieron remotas las posibilidades de que los suecos se dieran por aludidos. Al fin y al cabo, Suecia está bastante lejos de la Florida y en esta época del año sus noches son largas, largas. Ahora ya nada más falta que algún imaginativo asesor de Trump salga a decir que lo que sucedió es que él puede ver las cosas antes de que sucedan. «Alternative facts!»
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