Hoy la vida se vive en grupos de «guasap«. No hay vuelta de hoja. Nos gusté o no, nuestra sociedad decidió que no podríamos subsistir como especie sin la capacidad de saber el uno del otro en tiempo real, a través de mensajes que se han vuelto cada vez más crípticos (basados en caritas, dibujos, fotomontajes y la ocasional llama despeinada que saluda con faltas de ortografía).
¿Cómo llegamos a esto? Bueno, pues comenzamos con cartas. Uno escribía un mensaje en una hoja de papel, ponía la carta dentro de un sobre, el sobre en el buzón y, tiempo después (mucho tiempo después), el destinatario recibía nuestras noticias. Un sistema romántico, aunque tardado. Sospecho que precisamente por esto último fue que se inventó el telégrafo. Artilugio mucho más rápido, corto y conciso, cuya principal desventaja consistía en que era necesario aprender clave morse. Como el mundo no estaba como para andar aprendiendo tanta cosa, un día alguien se cansó de los telegramas y nos movió al teléfono.
El teléfono fue una gran idea. En vez de leer un mensaje corto y pobremente redactado, comenzamos a escucharnos y a hablar a la distancia. Esta idea fue tan buena que el paso siguiente fue inventar un teléfono que nos siguiera a todos lados. Hoy por hoy pareciera que, a la distancia, no resultó tan conveniente tener teléfonos móviles. Y es que este nuevo invento implicó la reducción significativa de los pretextos de los que uno podía echar mano para aislarse y gozar de unos minutos de sana soledad.
Pero cuando pensamos que ya lo habríamos visto todo, regresamos a los mensajes telegráficos, nada más que ahora a través de «guasap«. Nuestros teléfonos móviles se convirtieron en dispositivos para mandar mensajes de texto que, a veces, requieren del conocimiento especializado de símbolos para poder interpretar correctamente el contenido; o sea, los convertimos en telégrafos móviles. Primero fueron mensajes directos de un emisor a un receptor, pero de ahí a la creación del grupo de «guasap» bastó sólo un suspiro.
Así, hoy cualquier persona medianamente sociable debe pertenecer al menos a tres grupos de «guasap«. El primero es el más obvio: el familiar. Después siguen los grupos de los amigos de la chamba, los de la chamba pasada (o pasadas), los de la otra familia (cada quien saque por favor sus propias conclusiones), los de los amigos de la universidad, y un muy largo etcétera.
Bueno, pues resulta que a través de uno de esos grupos de «guasap» recibí una imagen desconcertante. Este lunes pasado uno de mis grupos amaneció con bastante actividad (algo poco usual). Una cosa mala de los grupos de «guasap» es que entre más integrantes, menos armónica y coherente es la comunicación. Se des-coordinan fácilmente las preguntas y respuestas y, al final, cada quien habla de lo que quiere. Así sucedió este lunes con el grupo en cuestión. Tan ganosos estábamos todos de decir y escuchar, que cundió rápidamente el caos. De pronto, mi amigo Douglas (cuyo nombre real no he de revelar, pero que lleva 20 años con el mismo peinado y los mismos trajes, por lo que suponemos que en realidad es el mítico viajero de «El Túnel del Tiempo») mandó una foto, así nomás, sin previo aviso. Se hizo un silencio.
La foto, per se, no tenía nada de raro. Papá, mamá e hija posan para el fotógrafo sobre Avenida de la Reforma, en el marco de la marcha «Vibra México». Todo se veía muy normal, salvo por el hecho de que el papá es igualito a mí (con algunos kilos de más, modestia aparte). No lo podía creer. No podía ser yo. Para empezar, yo estaba en Chiapas con mi esposa cuando la marcha se llevó a cabo. Pero lo más importante, si mi esposa veía esa foto sin que mediara una explicación coherente, Chiapas o no Chiapas, me mataría con lujo de crueldad y refinamiento tamaulipeco.
Intenté serenarme, pero amén del temor reverencial producto de la vida conyugal, la verdad es que resulta una situación muy rara el verse confrontado, así de pronto, con un doble cachetón. Como no supe qué hacer, decidí acudir a una de mis brujas de cabecera. ¡Oh, funesto destino! Al parecer, se trata de mi «dopplegänger«. En palabras de una de mis brujas de cabecera, un «dopplegänger» es un doble y, en principio, no debiera yo preocuparme pues en este mundo matraca, aclaró, todos tenemos uno o más dobles. Sin embargo, advirtió, debo ser muy cuidadoso de hoy en adelante pues si por alguna casualidad, Tutatis no lo quiera, mi «yo bizarro» y yo llegamos a coincidir en el mismo espacio físico y plano temporal, uno de nosotros indefectiblemente quedará anulado o, en palabras que según dijo yo podría entender mejor, me cargaría el payaso. Fuera de ello no hay nada particularmente grave.
¡Carajo! ¿Y cómo demonios se cuida uno de no encontrarse a su «dopplegänger«? Por lo que sé, vive en la Ciudad de México, va a marchas vibrantes y conoce a Douglas. ¡Tampoco es que sean tan reducidas las posibilidades de encontrarnos! ¿Y si eso pasa? «Yo Bizarro» tiene más masa corporal que el de la voz (o sea, su servilleta), eso me hace más proclive a ser yo el «anulable».
Mi vida es una congoja perpetua. Por eso me caen mal los lunes.
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